La candidata perfecta Chapter 13
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Chapter 13

En algún momento, totalmente satisfecha y saciada, se debió de quedar dormida y cuando despertó, él no estaba a su lado.

Se tensó. Se sentó de inmediato en la cama y permaneció inmóvil, conteniendo la respiración y atenta a todo su entorno.

Sus sentidos se agudizaron y unos segundos más tarde, cuando le llegó el tenue sonido de una conversación, soltó de golpe todo el aire contenido en sus pulmones.

Se levantó y salió como un rayo, rumbo al salón.

Calen la vio entrar como una exhalación y al segundo la tenía abrazada a su tórax, como una bomba lapa. La voz de Isabel sonó amortiguada al tener la boca pegada a la camisa de Calen.

—¡Dios, qué susto me he dado! Me he despertado y no estabas.

Isabel levantó la cara para mirarlo y añadió:

—¡Creí que te habías ido!

Calen la abrazó y volvió a acunarla al tiempo que besaba su cogote.

—Tranquila, estoy aquí.

Era tentador fingir que su vida no iba a sufrir un cataclismo en breve, pero Isabel no cayó en esa trampa y quiso saber con exactitud cuánto tiempo les quedaba de estar juntos.

—Hemos pensado marcharnos al anochecer, cuando ya todos estén en sus casas. No sabemos dónde reapareceremos exactamente. Será mejor evitar en lo posible espectadores no deseados.

Isabel afirmó con la cabeza mientras consultaba el reloj. Dos horas máximo, calculó.

Lethan se levantó y estiró el brazo para coger su cazadora.

—Necesito estirar las piernas —afirmó mientras se la colocaba—. Volveré en una hora.

Calen asintió. Lethan le mantuvo la mirada y mientras recolocaba el cuello de la prenda, ordenó:

—Díselo.

Vio cómo Calen fruncía el ceño en señal de amonestación y añadió:

—Tiene derecho a elegir.

Abandonó el apartamento de inmediato para no dar tiempo a réplica.

El golpe seco de la puerta al cerrarse puso en marcha el cronómetro. Empezaba la cuenta atrás.

Isabel concedió un instante a Calen para que hablara, pero no lo hizo y tiempo era algo que no podía permitirse perder.

—¿Y bien? —inquirió para instarlo a que hablara.

Calen se levantó y fue hasta el ventanal, pero continuó en silencio.

Lethan le había estado presionando para que le dijera toda la verdad a Isabel.

Según él, debía saber cuál sería su destino si ella decidía no acompañarlo.

Por unos segundos, la idea de contárselo fue muy tentadora.

Intuía que ella no había decidido nada, aunque se lo estaba planteando, y sabía que ese dato, inclinaría la balanza a su favor.

No tenía la menor duda de que, en cuanto ella supiera que si no lo acompañaba él pasaría el resto de la eternidad en el inframundo, al servicio de Vadala, en ese mismo instante elegiría regresar con él sin el menor titubeo.

Pero, aunque era lo que más deseaba en el mundo, no quería que sucediera de esa manera.

Quería que ella lo decidiera por propia voluntad, sin la más mínima coacción.

Isabel casi iba a insistir cuando al fin, lo escuchó decir:

—Es posible que haya otra forma de hacerlo, pero no estamos seguros de que funcione.

—¿A qué te refieres?

Calen se giró para mirarla de frente y con cierto deje de desesperación, confesó:

—Todo son conjeturas, no tenemos experiencias anteriores en las que basarnos.

Calen volvió a dudar si seguir hablando. Bajó la cabeza y se pasó la mano por el pelo. Aquello era un despropósito, pero estaba desesperado y eso lo hacía el candidato perfecto para cometer locuras.

La escuchó pronunciar su nombre y levantó la cabeza para mirarla.

—Por favor, dime que habéis pensado.

—Que seas tú la que haga la petición a Vadala.

Calen pensó que ella explotaría, que diría algo así como «¿Estás loco?», pero en lugar de eso, lo sorprendió con un «continúa» y eso fue suficiente para que relatara toda la idea de tirón.

—De las pocas cosas que tenemos claras es que toda petición lleva implícito un viaje de ida y uno de vuelta.

Si yo hago la solicitud se dará por zanjada mi petición y no podré regresar.

Pero si eres tú la que pides viajar y que nosotros te acompañemos, técnicamente, no se puede considerar parte de la misma petición y quedaría la puerta abierta a que podamos regresar los tres.

Calen hizo una pequeña pausa para estudiar su expresión y añadió para que el mensaje resultara más tranquilizador a ojos de Isabel:

—Considéralo una especie de vacaciones, como tu dijiste. Nada definitivo. Una semana, diez días, quince…, lo que tú quieras. En cuanto decidas regresar, lo haremos.

Calen volvió a guardar silencio y a estudiar el gesto de Isabel para intentar adivinar lo que pasaba por su cabeza.

Y por su cabeza pasaban muchas cosas. Más que pensar en si ese viaje de ida conllevaría uno de vuelta, de momento estaba evaluando la viabilidad del plan. Tras casi un minuto en silencio, habló.

—Yo ya he utilizado una vez el retal para viajar, igual que tú. ¿Por qué conmigo va a funcionar una segunda vez y contigo no sería posible?

«Porque yo, es muy posible que, en cuanto regrese, vaya de cabeza al inframundo y no tenga opción a hacer una segunda petición», deseó poder responder.

En lugar de eso, inventó sobre la marcha otra excusa plausible.

—Todo son conjeturas, pero creemos que tú completaste el ciclo, fuiste y regresaste.

Ahora sería una nueva petición. En cambio, yo estoy a medias.

No puedo iniciar una nueva petición sin finalizar la anterior.

Si vuelvo, se considerará el cierre de la primera, no el comienzo de otra.

Y tampoco sirve que sea Lethan el que haga la petición puesto que forma un tándem indiviso conmigo. Vinimos juntos, nos vamos juntos.

Calen sabía que esa teoría estaba cogida con alfileres y era cuestión de tiempo, de poco por la cara de Isabel, que ella le encontrara alguna falla.

—Pero lo más importante de ese plan —continuó con rapidez para dejar atrás la explicación cuanto antes— es que, haciéndolo así, nos da la oportunidad de que tú vengas con nosotros con la tranquilidad de que, en cuanto decidas regresar a tu tiempo, podrás hacerlo.

El teléfono móvil de Isabel eligió justo ese instante para empezar a sonar. Calen torció el gesto y maldijo entre dientes.

—Es un compañero de trabajo. Tengo que contestar.

Calen deslizó las manos entre los cabellos y las dejó entrelazadas en su nuca, maldiciendo de nuevo lo oportuno de la llamada.

Isabel abandonó el salón, rumbo al dormitorio, antes de descolgar.

Calen consultó el reloj que había colgado en la pared. El tiempo, una vez más, se había convertido en su peor enemigo. En menos de media hora, su hermano estaría de vuelta y habría que empezar con los preparativos. En poco más de dos horas, su destino estaría sellado.

Fue hasta la ventana y dejó que su mirada se perdiera en la oscuridad. Sin ver ni mirar nada en particular.

Todo aquello era una locura. De hecho, era posible que hicieran el viaje de regreso, para que su clan estuviera representado en esa importante reunión, y que Vadala ni siquiera lo dejara asistir.

¿Esperaría a que el tiempo se agotara o lo daría por terminado en cuanto volviera a su tiempo y le arrastraría de inmediato al inframundo con ella? No había forma de saberlo.

Si Isabel decidía no acompañarlo, era muy probable que no volviera a ver amanecer.

Si decidía hacerlo y el hechizo no funcionaba con ella una segunda vez, las posibilidades de ver amanecer eran de nuevo escasas.

Lo que pasaría en las próximas horas, tras ese segundo viaje en el tiempo, era todo un enigma, y eso le ponía nervioso.

Casi deseó estar borracho, como la primera vez, para no ser tan jodidamente consciente de todo.

No le hizo falta volver la cabeza para saber que Isabel había regresado. La vio reflejada en el cristal . Estaba apoyada en el marco de la puerta. Mantenía la cabeza gacha, fija en la pantalla del móvil que todavía estaba iluminada.

—Era Esteban. Le ha surgido un imprevisto y quería saber si podría hacerme cargo de las llamadas o recados de su departamento por un par de días.

Calen metió las manos en los bolsillos, inspiró muy hondo y se giró para mirarla de frente, intentando mantener una expresión neutra.

Tras una pausa eterna, Isabel, añadió:

—Le he dicho que me es imposible porque salgo de viaje esta noche. Que, de hecho, me ha pillado con el teléfono en la mano para avisar a la dirección de que me ha surgido una urgencia, fuera de la ciudad, y necesito cogerme unos días libres.

Hizo una pausa, pero como Calen seguía callado, añadió:

—En cuanto he terminado de hablar con Esteban, he llamado al director. No me ha puesto pega. Todo está arreglado. Tengo cuatro semanas de vacaciones.

Calen no era consciente de que hubiera retenido el aire en sus pulmones, pero así debía de haber sido a razón de la larga exhalación que hizo a continuación. La miró deseando ser capaz de ver en su interior. Como no lo era, tuvo que preguntar.

—¿Estás segura?

—No, no mucho —confesó ella, con una sonrisa nerviosa—. Pero sí estoy segura de que me arrepentiré si te dejo marchar sin más.

Calen intentó mantener la expresión neutra, pero le fue imposible.

Estaba pletórico. Mantuvo sus manos prisioneras en los bolsillos para impedir que alzaran a Isabel por los aires.

Apretó los labios para que no se dibujara la sonrisa que pujaba por salir.

Pero sus ojos, sus ojos lo traicionaron, y en ellos se reflejó lo feliz que le habían hecho las palabras de Isabel.

Esperaron a Lethan. Cenaron algo ligero.

Redactaron entre los tres el hechizo que Isabel debería leer y aunque los hermanos insistieron en que no hacía falta que preparara equipaje, porque la proveerían de todo lo que necesitara al llegar, ella se negó a viajar sin su ropa interior, su cepillo de dientes y un peine.

Eran cosas que no estaba dispuesta a usar de segunda mano.

Y antes de lo que pensaba, llegó la hora.

Pasa y toma asiento junto al fuego.

El laird se dispone a contar la historia de la familia a grandes y pequeños.

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