Chapter 12 #3
Isabel siguió en silencio. Al no conocer a las personas de las que hablaban, perdió interés por la conversación .
Se quedó ensimismada, abstraída en sus propias reflexiones.
Localizó una minúscula cutícula en su dedo índice y se obcecó en arrancarla.
Todo su castillo romántico, con la primera brisa en contra, se había empezado a desmoronar ante sus ojos.
No era ninguna ilusa, sabía que existía la posibilidad de que aquella relación no prosperara.
En realidad, había muchos boletos para que eso sucediera.
Demasiados elementos inusuales, por decirlo de forma suave.
Pero estaba convencida de que, si eso sucedía, sería porque uno de los dos, lo había decidido así.
No se le había ocurrido que fuera una causa externa la que, en contra de su voluntad, terminara con la relación de una forma tan abrupta, sin concederlos la más mínima oportunidad.
Para cuando se dio cuenta, su dedo sangraba tras el estropicio causado al arrancar el trozo de piel. Se lo llevó a la boca y succionó para eliminar la sangre.
Los hermanos habían reemprendido la conversación sin que ella se percatara.
Se levantó con la excusa de dar los últimos toques a la comida. Primero fue al baño, abrió el grifo del lavabo y metió el dedo dañado bajo el agua. Luego, cubrió la herida con una tirita.
Desde la cocina, escuchó retazos de la conversación que se mantenía en la sala.
Lamentaban la muerte de la niña y hacían balance de las consecuencias que tendría.
Conjeturaban sobre las posibles soluciones al conflicto que la desafortunada muerte había provocado.
Al parecer, Lethan había abandonado el libro a su suerte, tras leer ese primer párrafo, sin esperar a averiguar nada más.
Isabel no pudo menos que sonreír. Tenía su gracia. Seguían perdiendo el tiempo debatiendo sobre qué pasaría a partir de ese momento, cuando sería mucho más fácil averiguarlo consultando un libro de historia o « el chisme ese », como se refería Calen a Google o a las siempre cooperadoras IA.
Pero los hermanos se habían negado en redondo a hacer eso desde un principio.
Más bien, había sido Calen quien se había opuesto y le había hecho prometer a ella que no les revelaría lo que supiera ni indagaría aposta nada más sobre su época.
Ella se había comprometido a hacerlo. Lethan, de forma explícita, no, por lo que, en sentido estricto, al pasarse esa mañana por la biblioteca, no había desobedecido la orden de su hermano.
Aunque, conociendo a Calen, estaba segura de que ese tecnicismo no habría disminuido en absoluto su cabreo al constatar que este había ignorado deliberadamente su deseo.
Durante la comida, los tres se esforzaron por mantener una conversación fluida, pero no lo consiguieron.
Ellos la vigilaban, temerosos de hacer o decir algo que pudiera dañarla y ella fingía una entereza de ánimo que, desde luego, no sentía.
Huyó a la cocina en cuanto tragó el último bocado y allí dio rienda suelta a su desconsuelo.
Estaba bloqueada. No era capaz de imaginar lo que haría al día siguiente.
¿De verdad el lunes tendría que ir a trabajar como si nada?
¿En serio le tocaría volver a cocinar para ella sola?
¿Otra vez iba a tener que dormir sola? Sola, sola…
Todos los pensamientos que se le venían a la cabeza terminaban en sola.
Isabel secó con el antebrazo una lágrima que escapaba mejilla abajo y continuó aclarando los platos. Ahora no era capaz de escuchar nada. Habían bajado el tono de la conversación hasta convertirla en murmullos ininteligibles. Daba igual, no tenía ningún interés en escucharlos hacer planes.
Otra tanda de preguntas se coló en su cabeza en cuanto bajó la guardia. ¿Se llevaría Calen todo lo que le había dado? Estabilidad emocional, risas, autoestima, planes de futuro… ¿Cómo iba a vivir sin todo eso?
¿Cómo iba a vivir sin él?
Escuchó cerrarse la puerta de la calle y al momento, Calen apareció en el umbral. Se miraron y sonrieron sin proponérselo, de forma natural.
—Y ¿Lethan?
—Ha ido a la pensión a recoger nuestras cosas. Lo traerá aquí todo y elegiremos lo que podemos llevarnos.
Isabel afirmó con la cabeza mientras pasaba por décima vez el estropajo por la base de la tartera.
Calen no había cruzado el umbral, como si la cocina fuera terreno prohibido o pantanoso.
Se apoyó en el quicio y la observó desde allí.
Solo con mirarla, supo que había llorado.
Supo que estaba confusa. Supo que estaba dolida.
Y lo único que se le ocurrió para intentar solventar todo eso fue abrazarla.
Y lo hizo. Se pegó a su espalda y la rodeó con sus brazos sin decir ni una palabra.
Y ella lo agradeció en el alma. La acunó con un leve balanceo y, cuando la escuchó empezar a llorar bajito, la apretó más fuerte y la dejó desahogarse.
—Deja eso para luego —la instó, pasándole un paño para que se secara las manos.
Ella obedeció y entonces, la tomó de la mano y la guió hasta el dormitorio. Se tumbaron sobre las sábanas, se miraron, se acariciaron y, después, como la cosa más natural, como algo tan inevitable como que en pocas horas se separarían para siempre, hicieron el amor.