La candidata perfecta Chapter 12
29%

Chapter 12

El sábado se levantó rebosante de vitalidad.

Lethan iba a venir a comer a casa y ella quería lucirse preparando algo especial.

La idea era encerrarse en la cocina, sola.

Pero Calen se ofreció como pinche y, aunque fue mucho más divertido cocinar juntos, la tarea, con tantos besos y arrumacos, se ralentizó.

Aun así, el resultado fue bastante aceptable.

—¡Oh, Dios mío! —exclamó Isabel, al ver la hora en el reloj de pared— ¡Es tardísimo! —añadió, con los brazos todavía alrededor del cuello de Calen—. ¡Tengo que ir a recoger la tarta!

Isabel escapó de sus brazos, pero este intentó retenerla y ella empezó a bracear para impedirlo.

—No, no, suelta. Me voy…

—Espera, voy contigo.

—No, tú quédate. Tu hermano llegará en cualquier momento. ¿Qué anfitriones seríamos si tuviera que esperar en la escalera?

Frente al espejo de la entrada, liberó su melena de la coleta que se había hecho, como siempre que cocinaba, y enterró sus dedos en ella, a modo de peine improvisado.

—¿Ves? —gritó desde el recibidor—. Si no fuerais unos antiguos y hubierais accedido a compraros unos móviles, ahora podríamos haberle avisado de que viniera más tarde y podrías haberme acompañado.

—¿Antiguo? —repitió, ofendido.

—He intentado ser educada, la otra opción era llamarte viejo —replicó asomándose a la puerta que comunicaba el recibidor con el salón.

—¡Será víbora! Este viejo te va a demostrar la buena forma física que tiene para su avanzada edad.

Isabel lo vio apoyar una mano en el respaldo del sofá, y saltar limpiamente por encima, y supo que tenía dos segundos para echar a correr escaleras abajo.

Lo hizo riendo a carcajadas y llegó al portal todavía con la sonrisa en la boca.

Se detuvo sorprendida por la duda que surgió en su cabeza.

¿Qué cosas le hacían reír a carcajadas antes de conocer a Calen?

No fue capaz de enumerar ninguna y eso la desconcertó.

Regresó media hora más tarde, feliz con su flamante tarta.

También había parado en el supermercado para comprar una botella de whisky.

La que tenía en casa estaba en las últimas y sabía que a los hermanos les gustaba alargar la sobremesa degustando un buen licor.

Los oyó hablar en cuanto introdujo la llave en la cerradura.

Parecían alterados y eso era extraño, nunca discutían.

En cuanto cerró la puerta, las voces cesaron.

Se detuvo en la puerta del salón y observó a ambos. Lethan estaba de espaldas, con las dos manos entrecruzadas a la altura de la nuca. Calen estaba sujeto con ambas manos al borde de la mesa y permanecía con la cabeza gacha.

—¡Hola!

Lethan se giró y le dedicó una tenue sonrisa.

—¡Hola! —respondió, cruzándose de brazos.

Calen no varió su postura.

Silencio.

—¿Qué ocurre?

—Nada —respondió Calen.

—Nada, no —contradijo Lethan.

Calen levantó la vista y lo fulminó con la mirada. Puesto que ninguno de los hermanos parecía dispuesto a dar una explicación, tras unos largos segundos, Isabel repitió su pregunta.

—¿Qué ocurre?

Calen se enderezó y la miró por primera vez.

—Lethan ha leído en algún sitio…

—En algún sitio, no —lo interrumpió el menor de los hermanos—. En la biblioteca. En un libro de historia.

Calen resopló y continuó con lo que estaba diciendo.

—Según él, está a punto de ocurrir algo en nuestro tiempo…

—Según yo, no, según el libro.

—¿Quieres dejar de rectificar todo lo que digo? —inquirió Calen, visiblemente irritado.

Lethan elevó las palmas de las manos en señal de disculpa y volvió a cruzar los brazos, en apariencia dispuesto a guardar silencio.

Calen respiró hondo y, con tono más calmado, intentó retomar el hilo.

—Digamos que nuestra ausencia, hasta el momento, no habrá disparado ninguna alarma. Es habitual que faltemos algunas semanas sin dar demasiadas explicaciones a nadie. Pero eso está a punto de cambiar si es verdad lo que ha leído Lethan.

—¡Cómo no va a ser verdad si lo pone en un libro de historia! —protestó este, cansado de tanto rodeo.

Calen, desesperado por las interrupciones de su hermano, golpeó la mesa con la palma de la mano y se alejó unos pasos, elevando la vista al techo. Regresó y se detuvo delante de Lethan para increparlo.

—¿Lo explicas tú o lo explico yo?

—Pues creo que lo voy a hacer yo —replicó su hermano pequeño, tan irritado como él.

Se giró hacia Isabel y, sin más preámbulos, anunció con contundencia:

—Tenemos que regresar a nuestro tiempo ya.

—No seas bruto —reprendió Calen, sorprendido por el poco tacto de su hermano—. No puedes soltar a bocajarro semejante bomba sin una explicación previa.

—No hay tiempo para grandes peroratas —se defendió el increpado—. Estás derrochando un tiempo del que no disponemos.

—¿Queréis decirme uno de los dos qué puñetas pone en ese libro de historia? —exigió Isabel, tan alterada ya como lo estaban ellos.

Los dos hermanos, en un gesto muy parecido, bajaron la cabeza, apoyaron las manos en sus caderas y observaron la punta de sus zapatos durante unos segundos. Después, Lethan tomó la palabra.

—¿Has oído hablar de la doncella de Noruega?

—Supongo que te refieres a la pequeña Margarita I de Escocia, la nieta de Alejandro III.

—Esa misma. ¿Sabes lo que le ocurrió?

—No en profundidad. En su día lo estudié, pero lo tengo algo oxidado. Creo recordar que su abuelo se despeñó con su caballo por un barranco y murió. Y ella, como su única heredera, se convirtió en reina de Escocia siendo una niña.

—Tenía tres años —puntualizó Calen.

—Exacto. Eso se supone que ocurrió hace cuatro años. Cuatro años nuestros, no tuyos —intentó explicar Lethan—. Esto es un lío —añadió confuso.

—Lo he entendido. Sigue.

—Debido a su corta edad, se nombró a un grupo de nobles escoceses para que gobernaran Escocia hasta que se estableciera un sucesor legitimo.

—Sí, los guardianes escoceses.

—Correcto. No está tan mal para alguien que dice tenerlo oxidado —bromeó Lethan antes de proseguir.

—La pequeña ha permanecido todo este tiempo en Noruega, bajo la tutela de su padre, pero, según ese libro, en septiembre de 1290, tomó un barco rumbo a Escocia para ser coronada y falleció en la travesía.

Isabel empezó a vislumbrar el problema. Lethan, con un par de zancadas, se plantó delante de ella y preguntó:

—¿Sabes cuándo murió?

—No, aunque me temo que estoy a punto de averiguarlo.

—El libro en cuestión tampoco lo tiene claro, pero la franja que marca es mínima: entre ayer, 26 de septiembre, y mañana, 28.

Se hizo el silencio. Esperaron a que ella hiciera algún comentario. Al no hacerlo, Calen se sintió en la obligación de añadir:

—Sería muy extraño que un laird no acudiera a la coronación de su reina.

—¡Pero no va a haber coronación! —protestó Isabel—. Vais a regresar para nada.

—Eso lo sabemos nosotros —puntualizó Lethan con tono suave—, pero ellos no. Calen debe estar allí cuando den la noticia de la muerte. Si no, podría considerarse una falta de respeto.

Isabel miró al techo y suspiró al tiempo que entrelazaba los dedos de sus manos a la altura de la nuca.

—¿Por qué ahora? —inquirió enfadada—. ¿Por qué han esperado cuatro años para coronarla? ¡Maldita sea!

Anduvo unos pasos hasta la puerta que daba al pasillo y regresó, señalando a Lethan con el dedo índice.

—No entiendo eso que has dicho de que gobernarían los Guardianes de Escocia hasta establecer un sucesor legítimo. Ya lo tenían. ¿Por qué lo retrasaron tanto?

Fue Calen el que respondió con un tono calmado que no correspondía a su estado emocional.

—Hubo muchos nobles que dudaron que, siendo tan pequeña y criada en Noruega, pudiera llegar a ser una buena reina.

—Y otros —añadió Lethan— temíamos que, si la traían a Escocia y terminaban casándola con el hijo del rey de Inglaterra, como se rumoreaba, Eduardo aprovecharía para anexionarse nuestro país a la corona inglesa, como lleva queriendo hacer desde hace años.

—Y, por si eso fuera poco —continuó Calen—, se empezaban a barajar los nombres de otros candidatos, que también reclamaban su derecho al trono.

Isabel sintió una flojera en las piernas y tuvo que sentarse en la silla que tenía al lado. Apoyó los codos en la mesa y permaneció pensativa, mientras, de forma inconsciente, se apretujaba los labios con los pulgares. ¿Ya está? se preguntó a sí misma ¿Así termina todo?

Los hermanos la observaban en silencio, intentando adivinar si había captado lo que significaba ese precipitado regreso. La siguiente pregunta que hizo confirmó que lo había comprendido a la perfección.

—Y ¿no podríais ir, hacer acto de presencia y regresar aquí?

Los hermanos volvieron a mirarse y, esta vez, Lethan dejó que fuera Calen el que respondiera.

—Me temo que no. A cada petición le corresponde un viaje de ida y uno de vuelta. Si el peticionario decide regresar sin haber conseguido el objetivo, es su problema.

Calen esperó a que Isabel lo mirara de frente y añadió:

—Si me voy, no podré volver.

De la calle llegaba el ruido de los coches circulando: frenazos de vez en cuando, bocinas de conductores con prisa…

incluso música a todo volumen escapando del vehículo de algún piloto solidario, de esos que piensan que los demás no llevan radio en el coche y comparten la suya con generosidad desmedida.

Fuera se seguían escuchando los sonidos habituales de un sábado por la tarde.

Parte de la ciudad agotaba ya sus últimas horas de ocio y se preparaba para recogerse y descansar.

Mientras, otra parte empezaba a animarse con gente que abandonaba sus hogares en busca de unas merecidas horas de diversión.

Dentro…, dentro del apartamento de Isabel, hacía más de diez minutos que hasta el tic tac constante del reloj de péndulo colgado junto a la librería, sonaba con sordina.

Cada uno estaba sumido en sus propios pensamientos.

Isabel, furiosa con el destino por jugar así con su vida, seguía sin darse por vencida, buscando una excusa que evitara que los hermanos tuvieran que regresar.