Chapter 11 #2
Al ver que Isabel cogía aire y lo soltaba despacio mientras afirmaba con la cabeza, dando a entender que le había comprendido, sonrió al tiempo que le secaba con sus pulgares ese par de lágrimas que pretendían escapar de sus ojos. E, intentando calmar sus miedos, aseguró:
—Tampoco pretendo que lo hagas de la noche a la mañana. Tal vez, ahora que tú lo has propuesto, podríamos programar una especie de vacaciones, como tú dices, una breve visita antes de que tomes una decisión definitiva.
Calen depositó un corto beso en sus labios y añadió:
—Yo estoy descubriendo tu mundo a través de tus ojos. Me gustaría tener la oportunidad de mostrarte el mío tal como yo lo veo. Solo te pido eso. Después, la decisión será solo tuya.
Isabel colocó sus manos alrededor de las muñecas de Calen y con los ojos cerrados, giró la mejilla, buscando una caricia con el roce.
Respiró profundo y el pánico de momentos antes, desapareció.
La oferta de Calen era tentadora y aterradora por igual.
Una parte de ella susurraba «Sí, no lo pienses ni un instante.
Serías estúpida si dejaras escapar lo que tienes con él por tus miedos infantiles».
Y la otra, le gritaba «¿Estás loca? ¿Abandonar todo lo que has conseguido con tanto esfuerzo, por amor? ¿Qué pasará cuando el amor termine?».
Isabel abrió los ojos y, con un hilo de voz, preguntó:
—¿Puedo… pensarlo?
—Por supuesto, mo gharàdh —respondió con ternura Calen, encerrándola entre sus brazos.
Isabel se dejó mecer unos segundos y a continuación le dio las buenas noches.
—Me voy a la cama. Estoy cansada. ¿Vienes?
—Enseguida.
Calen la vio desaparecer por el pasillo y se giró para mirar de nuevo al horizonte.
«La suerte estaba echada», pensó. Temió que el hecho de marcharse, de que tuvieran que separarse para siempre, no fuera un motivo suficiente para convencer a Isabel de acompañarlo.
Pero, aun así, no estaba dispuesto a revelarle lo que le sucedería si ella decidía quedarse en su tiempo.
Si lo supiera, seguro que accedería, aunque lo haría por pena o piedad.
Esas razones quizás al principio hubieran sido válidas.
Ahora, ya no. Ahora quería que viajara con él porque de verdad lo deseaba.
Una hora más tarde, dejó de darle vueltas a la cabeza. Poco más podía hacer. Por supuesto, iba e insistir, a intentar convencerla, pero la decisión sería de ella.
Entró al salón, cerró la puerta acristalada de la terraza y a oscuras, se dirigió al dormitorio.
Se desnudó sigiloso y se metió bajo las sábanas.
Isabel, de espaldas, dormía profundamente, pero en cuanto él se acostó a su lado, su cuerpo, de forma instintiva, buscó su contacto.
Se giró y apoyó su mejilla sobre el pecho de Calen, a la vez que pasaba su brazo por encima del vientre masculino para abrazarlo.
Calen levantó su brazo para facilitar que se acomodara a su gusto. Después lo bajó y lo colocó a lo largo de la espalda de Isabel, hasta que su mano reposó sobre la tersa nalga femenina. Y así, con su candidata bien pegada a su costado, se quedó dormido.
Pasó la semana sin que volvieran a hablar de ello, aunque el tema seguía muy presente en la mente de ambos. Fueron días en los que se respiraba una tensa calma.
Calen la notó distante, pero no se lo reprochó.
Al contrario, respetó su espacio. E Isabel se encerró en sí misma, nerviosa y temerosa de que él le exigiera una respuesta.
Pero no lo hizo y ella lo agradeció. Continuó con sus rutinas, lo hacía de modo automático, mientras ocupaba su mente en intentar poner orden en sus pensamientos.
Sopesó, de la manera más neutral que pudo, las dos opciones.
Cuantificó, si es que eso era posible, las cosas intangibles que llenaban y daban forma y estabilidad a su vida.
E intentó averiguar si estaría dispuesta a renunciar a ellas.
Por las noches, se giraba hacia él en la cama e intentaba imaginar lo que llenarían su vida si decidía marcharse con aquel hombre.
Tras esos primeros días, y al ver que Calen no incidía en el tema, empezó a relajarse y decidió postergar de forma indefinida la decisión de aceptar esas «vacaciones especiales».
Pero le fue imposible. Una vez que la semilla de ese viaje, sin duda bastante fuera de lo común, prendió en su mente, no pudo apartarlo de sus pensamientos.
Para una amante de la historia y de la cultura anglosajona, el poder viajar a ese tiempo y verlo con sus propios ojos era como si un paleontólogo tuviera la oportunidad de hacerse un selfi con un Tyrannosaurus rex al fondo.
Era una oportunidad única. Por el momento, ni se planteaba lo de irse a vivir a esa época para siempre.
Más bien su intención era convencer a Calen para que se quedara con ella.
Dejar atrás todas las comodidades del siglo XXI para constatar en persona las cosas que había leído en los libros, no.
Aunque… un vistazo rapidito, una breve excursión a un destino tan singular, eso tal vez no sería una locura demasiado grande. ¿O sí?
Daba igual si lo era. No podía quitárselo de la cabeza.
Cuantos más días pasaban, más terreno ganaba la idea en su mente.
Se descubría a cada momento pensando en ello y, para cuando se dio cuenta, sin todavía comentarle nada a Calen, se había pasado por el despacho del director para mencionarle la posibilidad de que, en breve, se tomara cuatro semanas de vacaciones.
Probablemente era una locura. Pero una locura maravillosa.
Creo que no estará de más que empecemos a conocer mejor a los Callaghan. Me parece que pronto vamos a convivir de lleno con ellos.
Para empezar a familiarizarnos lo mejor será tirar de árbol genealógico.
Hasta que te hagas con uno, te presto el mío por si quieres echarle un vistazo .
ACCEDE AL CONTENIDO EXCLUSIVO