Chapter 11
Calen tenía claro que su tiempo en este siglo se terminaba.
Los días pasaban cada vez más deprisa y sabía que no podía seguir postergando la conversación que tenía pendiente con Isabel.
Sin embargo, tras el trauma que ella había sufrido al viajar a su tiempo, aún no se atrevía a pedirle que repitiera la experiencia… esta vez, sin retorno.
Había decidido no compartir con ella la segunda parte de la petición a Vadala, lo que ocurriría si no conseguía convencer a ninguna mujer de que lo acompañara a su tiempo.
Ya tenía claro que no habría otras candidatas.
O era Isabel o no sería ninguna. Pero no estaba dispuesto a ejercer sobre ella ningún tipo de chantaje emocional.
Sabía que eso le situaba en desventaja, pero le daba igual.
Y así se lo hizo saber a su hermano que, aunque trató de convencerlo de que esa era su mejor baza y tenía que usarla si quería ganar, aceptó su decisión y prometió no revelar esa parte de la información a Isabel.
Calen era consciente de cuánto había cambiado su postura al respecto.
Al llegar a este siglo, supuso que lo más difícil sería encontrar la mujer adecuada.
Una vez elegida, creyó que bastarían unas horas para convencerla de que lo acompañara.
Sin embargo, cuanto más conocía a Isabel, más dudaba si tenía derecho a arrancarla de su mundo para llevarla con él.
Se preguntaba si sería capaz de mantenerla a salvo…
si sería feliz allí o si acabaría añorando su tiempo y su hogar, como él añoraba el suyo.
Ahora comprendía lo inconsciente y egoísta que había sido al formular la petición a Vadala.
No tenía ningún derecho a pedirle semejante cosa.
Y, al mismo tiempo, en este punto de su relación, se veía incapaz de separarse de ella, de vivir sin ella.
De todos modos, poco importaba, si la maldición se cumplía, no tendría que hacerlo.
Él, que jamás había tenido miedo a nada, ahora estaba aterrado. Temía que Isabel no quisiera acompañarlo y por eso seguía retrasando esa conversación en la que su destino quedaría sellado.
Tras recoger la mesa después de la cena, Isabel, casi sin ser consciente, buscó la compañía de Calen.
Lo encontró en la terraza, que se había convertido en uno de sus lugares favoritos.
Se pasaba horas apoyado en la barandilla, con la vista perdida en el horizonte.
Habían estado dando un largo paseo sin rumbo fijo, conversando y disfrutando de esa complicidad que se estaba consolidando entre ellos.
Sin embargo, desde hacía unos días lo notaba inquieto, más meditabundo que de costumbre.
Le había preguntado varias veces qué le ocurría.
Siempre respondía con evasivas, restando importancia al asunto.
Lo dejó correr, convencida de que sería pasajero, pero los días pasaban y él seguía como ausente.
Intuía que tenía que ver con ella, pero si no le decía de qué se trataba, no podría ayudarlo.
Y quería hacerlo. Haría cualquier cosa porque regresaran la alegría y el brillo a sus ojos.
—¡Aquí estás! —comentó, saliendo a la terraza y abrazándolo por la espalda—. Pensé que te habías acostado.
—No, te esperaba —respondió Calen, sujetándola del antebrazo y tirando para colocarla delante de él, aprisionada entre la barandilla y su pecho.
Cuando la tuvo con la espalda bien pegada a su torso, la abrazó por la cintura y la besó en la coronilla. Calen llenó sus pulmones de aire y lo soltó en un largo suspiro.
—En mi hogar —comentó— tengo un lugar parecido a este, al que también me gusta salir al terminar el día para contemplar el cielo salpicado de estrellas. Pero aquí no se ven.
—Sí, es verdad. Es por culpa de la polución y la contaminación lumínica.
Calen no sabía qué era ni lo uno ni lo otro, pero le daba igual el motivo.
—¿Cómo podéis vivir sin verlas? Yo las echo tanto de menos —confesó.
Isabel detectó tanta nostalgia en su tono que se giró para mirarlo a los ojos y acariciar su mejilla.
—¿Hay más cosas que echas de menos? —preguntó, temerosa de la respuesta.
—Muchas —respondió con sinceridad—, pero otras las compensan —añadió, rozándole la mejilla con el dorso de la mano.
Isabel sonrió, premiándolo con un beso dulce y suave. Lo miró a los ojos y, al encontrarlos otra vez apagados y tormentosos, se decidió a intentar de nuevo que Calen compartiera con ella aquello que lo torturaba.
—Sé que te pasa algo y sé que tiene que ver conmigo. Supongo que tu afán protector te impide decírmelo —conjeturó mientras acariciaba mecánicamente el tórax de Calen—, pero te aseguro que esto es peor. No sé si he hecho algo mal o…
—No has hecho nada mal —atajó.
—Entonces ¿qué? ¿Dímelo? —pidió sujetándole las mejillas con las manos—. Si sé lo que te pasa seguro que podré hacer algo para ayudarte.
Calen la tomó de las muñecas y las acercó hasta los labios para besarlas con ternura. Primero una y luego la otra. Después, las apretó contra su pecho, cerca de su corazón.
—Puedes hacer mucho, pero no sé si tengo derecho a pedirte que lo hagas.
Isabel liberó sus manos, que seguían prisioneras entre las de Calen, y volvió a sostener el rostro masculino con ellas.
—Haré lo que sea —afirmó, presionando las mejillas de Calen para dar énfasis a sus palabras.
Él volvió a tomarle las muñecas y las retuvo de nuevo entre sus manos. La miró con intensidad, intentando colarse en su mente y adivinar la respuesta a esa pregunta que no se atrevía a formular. No lo consiguió, pero comprendió que había llegado el momento de exponerla en voz alta.
Siguió callado unos segundos más, mientras dejaba que Isabel volviera a acariciar su tórax de manera mecánica. La cadencia de ese roce constante, lo ayudó a calmarse y a recuperar la confianza.
—Mi tiempo aquí se acaba —anunció sin más preámbulos—. Pronto tendré que regresar a mi hogar.
Isabel sintió una punzada en su corazón.
—¿No podrías renovar el voto, la promesa o como quiera que se diga, y alargar tu permanencia aquí?
—No. Me temo que no funciona así —respondió con pesar.
Isabel se abrazó a Calen y apoyó la frente en su pecho.
—Pero sí que habría una manera de que permaneciéramos juntos —añadió Calen, casi en un susurro.
Isabel levantó la cabeza esperanzada. Haría todos los conjuros que fueran necesarios con tal de que él pudiera quedarse más tiempo.
Calen le mantuvo la mirada unos segundos antes de sugerir:
—Podrías venirte conmigo.
Isabel retrocedió un paso, como si una fuerte ráfaga de aire la hubiera empujado. Esa propuesta sí que no la esperaba.
—¿De vacaciones? —preguntó con un hilo de voz, casi segura de que la respuesta sería no.
—No, para siempre.
Isabel cerró los ojos y negó con la cabeza. No podía pedirle eso. Que necesitase una esposa no era razón suficiente para que quisiera llevarla con él.
De repente sintió mucho frio. Se abrazó a sí misma y dio unos pasos, buscando la seguridad del salón.
Calen la siguió. Ahora que había empezado no podía dejarlo a medias.
Había visto el momento exacto en el que el pánico se había adueñado de Isabel.
Tenía que hacerlo retroceder antes de que ocupara todo su pensamiento y le impidiera pensar en la proposición con calma.
La sujetó por los antebrazos y la obligó a mirarlo.
Para convencerla, necesitaba que no perdiera el contacto visual.
—Escucha, lo que te pasó la otra vez no volverá a suceder. Mi hogar es seguro. Nunca permitiría que te pasara nada malo.
La mente de Isabel, en ese instante, estaba llena de imágenes de su visita al pasado. Seguía mirándolo, pero no dejaba de negar con la cabeza.
—No puedo dejarte aquí —confesó Calen—. Necesito tenerte a mi lado.
—Yo también quiero estar contigo, pero no puedes pedirme que lo abandone todo —argumentó, abriendo los brazos en un amplio círculo para señalar todo el entorno.
—¿Abandonar el qué? Solo son cosas, amor.
—Son mis cosas —objetó con vehemencia, al tiempo que hincaba el dedo índice en el pecho de Calen—. Mis cosas —repitió con especial énfasis en la palabra «mis».
—De acuerdo, son tus cosas, pero siguen siendo eso, cosas.
—Para ti son solo cosas. Para mí son mi vida. Es mi vida la que me pides que abandone de la noche a la mañana.
Se giró y tomó un marco con una fotografía en la que se veía a un grupo de personas en lo que parecía una excursión familiar.
—Tú solo ves una foto —afirmó Isabel, al tiempo que le mostraba la imagen—, yo veo el último día que salí de excursión con mis padres y mis tíos.
Dejó el portarretratos donde estaba, abrió el cajón que había debajo y sacó un sencillo mantel bordado con punto de cruz.
—Para ti esto solo es un trozo de tela. Yo cada vez que lo miro, recuerdo a mi madre pasando tardes enteras dando puntada tras puntada.
Isabel devolvió la mantelería al cajón y lo cerró con un golpe seco de cadera.
—Estos pequeños ceniceros de plata —explicó cogiendo uno y plantándolo ante la nariz de Calen—, fueron el regalo de boda de mis tíos a mis padres.
Para ellos tenían más valor que si fueran de oro porque, al parecer, en aquella época mis tíos estaban pasando una mala racha y andaban bastante justos de dinero.
Mi madre estaba segura de que había supuesto un verdadero dispendio para ellos comprar estos sencillos ceniceros.
Volvió a posarlo en su sitio y algo emocionada, añadió:
—Tú solo ves cosas. Para mí son recuerdos de personas a las que quería y ya no están conmigo.
Calen comprendió que Isabel estaba a punto de sucumbir al llanto y la atrajo hacia sí, para envolverla en un amoroso abrazo.
—Perdona, no quería decir que no fueran importantes —intentó explicar—. Me refería a que no hay padres, hermanos o hijos que te retengan aquí.
Calen la tomó por los hombros y volvió a separarla.
—Si fuera así —añadió mirándola a los ojos— jamás me atrevería a pedirte que los abandonaras.