Chapter 10
La rutina diaria continuó siendo muy parecida. Calen pasaba a buscarla y ahora, tal vez, evitaban más los lugares cerrados. Casi nunca entraban a bares o restaurantes. Se limitaban a pasear o se encerraban en casa y pasaban horas hablando y compartiendo vivencias o recuerdos.
Aprovechando las suaves temperaturas que aún ofrecía el recién estrenado otoño, implementaron una nueva rutina. Los sábados cogían comida y sacos de dormir y se perdían en cualquier campo, monte o bosque de los alrededores.
Allí, sin nada que le recordara que estaba en otro siglo, afloraba un Calen capaz de orientarse sin necesidad de brújula, mucho menos de GPS, de saber la hora sin mirar un reloj, de encender un fuego sin cerillas o de cazar un sabroso conejo sin escopeta.
En ese entorno se sentía más a gusto. Era lo más parecido a estar en casa.
A Isabel le encantaban esas escapadas porque en ellas Calen solía relatar anécdotas de su infancia.
Le contaba travesuras cometidas a dúo con su hermano o en solitario, le hablaba de sus padres, le describía su hogar y los alrededores…
En esas noches bajo las estrellas, solía aflorar el Calen más auténtico, más familiar.
Ahora que podía hablar con Isabel con plena libertad, estaba mucho más relajado. No tenía que estar constantemente midiendo sus palabras, como debía de hacer con el resto de las personas. Isabel quería saber cosas de su tiempo y él estaba deseando contarle.
Y tenía la intención de aprovechar cada minuto de esas charlas para conseguir que ella se enamorara a partes iguales de él y de su hogar o que lo hiciera mucho, mucho, de él, para que no le importara abandonar todo y acompañarlo a su tiempo.
No era ningún iluso. Veía cómo Isabel, siendo como era una apasionada de la historia, lo escuchaba con avidez hablar de su tiempo y sus costumbres.
Pero era muy consciente de que una cosa era empaparse de conocimientos de una forma tan privilegiada, oyéndolo de boca de uno de sus protagonistas, y otra querer irse a vivir a ese tiempo para siempre.
Pese a ello, no perdía la esperanza de conseguirlo, aunque sabía de sobra que su plazo se agotaba.
Calen había convencido a Isabel de que se tomara el día libre. No le costó mucho: llevaba una semana saliendo tarde a diario, necesitaba un respiro. Invitaron a Lethan a comer y aceptó encantado. Llevaban días sin coincidir los tres y lo echaban de menos.
Holgazanearon en la cama hasta casi las diez, desayunaron sin prisa y, como aún faltaban horas hasta la llegada de Lethan, decidieron dar un largo paseo hasta el río.
Tomaron el camino habitual hacia la Universidad, aunque en esta ocasión pasaron de largo. A Isabel le resultó extraño no formar parte de ese bullicio que marcaba siempre las primeras horas de clase. No recordaba la última vez que se había tomado un día libre y se sintió casi una privilegiada.
Continuaron andando calle abajo, hacia el Puente Romano, cruzándose aún con estudiantes presurosos rumbo a clase. En contraste, ellos atravesaron el puente con calma y luego descendieron al paseo fluvial para seguir caminando.
Tras más de media hora recorriendo la ribera, regresaron y se sentaron en uno de los bancos de madera desde el que se contemplaba el contorno de la ciudad, con la catedral erguida en el centro del paisaje.
Calen aguantó poco sentado. Pronto se levantó, se acercó a la orilla y permaneció allí, con la vista perdida en un punto indeterminado del horizonte.
Isabel dejó que disfrutara de esa soledad buscada.
Notaba que, a veces, necesitaba tomar distancia de todo y lo entendía.
Debía de ser muy difícil asimilar todo lo que estaba viviendo y le parecía natural que, de vez en cuando, buscara esos pequeños retiros en solitud [13] .
Calen se agachó, recogió varios guijarros y los lanzó al agua.
Ese gesto, tantas veces repetido en su juventud, permitió que pudiera imaginar que estaba junto a uno de los recodos de su querido río Tay , y no ante este cauce extraño y tan lejano de sus tierras.
A veces le sorprendía la de cosas similares que lograban unir dos mundos tan distintos y lo cerca o lejos que llegaba a sentirse uno tras un simple parpadeo.
Vamos a verlos disfrutar de un momento de relax a orillas del río Tormes .
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El repique de campanas dando las doce lo sacó de su ensimismamiento. Se giró y se encaminó hacia Isabel, que lo esperaba con una sonrisa en los labios. Entrelazaron los brazos y emprendieron el regreso.
Calen no se cansaba de recorrer aquellas calles estrechas. Le ayudaban a imaginar como serían las grandes urbes de su tiempo en los siglos venideros.
A Isabel no le pasó desapercibido la atención con la que observaba todo.
—¿En qué piensas?
Calen sonrió tímidamente, como un niño pillado en falta.
—Me gusta imaginar que el Edimburgo de mi tiempo, dentro de pocos años, tendrá un aspecto parecido a este. Ya cuenta con su Royal Mile , una larga calle que une el Castillo con Holyrood y que incluso está empedrada en algunos tramos.
Calen volvió a hacer un barrido visual panorámico y añadió:
—Seguro que pronto las construcciones de adobe y madera, con techumbres de paja, irán dando paso a hermosas fachadas de piedra y tejados firmes, sostenidos por sólidas vigas.
El humo, las hogueras y el olor a animales serán cosas del pasado.
Y el barro y el estiércol desaparecerán del pavimento para dar lugar a calles limpias, que dejarán de ser simples lugares de tránsito para convertirse en vías por donde apetezca pasear despacio, como ahora hacemos nosotros.
Aprovechando que ya habían entrado en la calle Libreros, Isabel comentó:
—¿Sabes? Esta calle es de tu tiempo. Más vieja, de hecho.
No se llamaba como ahora, ha tenido muchos nombres, pero ya existen registros de la calle como tal desde 1250.
Fue una de las calles principales durante la Edad Media.
Luego, cuando la comunidad judía, que era la que ocupaba toda la zona, cayó en decadencia, la Universidad consiguió los solares y la calle se llenó de negocios de libreros e impresores, lo que motivó que se la conociera como la calle de los Libreros.
Hubo un tiempo en que la mayoría de sus locales estaban ocupados por librerías.
Isabel señaló la fachada de uno de los cafés.
—Lamentablemente, parece que, ahora, los estudiantes prefieren los bares a las librerías —apostilló, con tono lastimero.
Antes de llegar a casa, pararon en la panadería.
La cocina no era una de las áreas favoritas de Isabel.
Se desenvolvía mejor entre libros y antigüedades que entre cazuelas y recetarios.
Así que había pensado recurrir a su socorrido amigo el hornazo.
Un poco de picoteo previo y un delicioso postre después tendrían que bastar para salir del paso.
Salió haciendo malabares con las dos bandejas pensando que Calen le echaría una mano de inmediato, pero no estaba en la puerta.
Giró en redondo y lo localizó parado junto a la verja del patio del colegio que había pocos metros más adelante.
Estaba observando, con cierta envidia, juguetear a la chavalería que apuraba los últimos minutos de uno de sus tiempos de descanso.
No era la primera vez que lo veía hacer eso.
Isabel se detuvo a su lado.
—Ya está, podemos irnos.
Calen siguió mirando a los críos. Los señaló y afirmó nostálgico:
—Creo que no me habría importado haber estudiado en uno de vuestros colegios. Parece divertido.
—No creas. Solo a ratos. Si te tocaba un profe plasta o, peor aún, uno que te cogiera manía, el curso se hacía muy cuesta arriba.
—Solo por poder estar con tantos chicos de tu edad, merece la pena —afirmó él sonriendo al ver corretear y bromear a unos con otros.
—Esa era otra —exclamó Isabel, con cierto pesar—. Como empezaras con mal pie y no tuvieras suerte con el mote que te tocara en suerte… te habías caído con todo el equipo.
—¿Mote?
—Apodo —aclaró—. Si tenías suerte y te lo ponían tus amigos, era llevadero. Como te lo adjudicaran otros no tan bien intencionados…
Por sus palabras, y sobre todo su tono de resignación, Calen dedujo varias cosas: que Isabel había cargado con un sobrenombre desde edad temprana y que no era muy de su agrado.
—¿Cuál era el tuyo?
—No tuve —respondió demasiado rápido.
Calen le echó el brazo al cuello, la atrajo hacia sí y le revolvió el pelo de la coronilla.
—Confiesa ¿cuál era? —repitió con falso tono amenazador—. No me obligues a utilizar la fuerza para arrancarte la verdad —añadió, haciéndole cosquillas en el costado.
—Vale, vale, me rindo —exclamó, retorciéndose de la risa—. Isabelilla. Unieron mi nombre y mi apellido: Isabel Illa. Isabelilla.
—No está tan mal.
—Cuando todas tus compañeras de clase te sacan una cabeza de altura, no te hace demasiada gracia que constantemente se dirijan a ti con un diminutivo que pone en evidencia tu baja estatura.
Calen volvió a atraerla hacia sí y, ahora, depositó un beso en su cogote.
—Pobrecita, mo gharàdh.
Isabel aceptó encantada su gesto de cariño. Unos pasos más adelante, Calen ejerció una leve presión en su hombro, para llamar su atención, y preguntó:
—¿Qué apodo me habrían puesto a mí?
Isabel lo pensó un instante.
—Con lo complicado que es pronunciar bien tu apellido, creo que habrían simplificado llamándote Doble C.
—Suena contundente —afirmó con cierto orgullo, tras repetirlo un par de veces en voz alta—. Me gusta.
Isabel no quería que le gustara, se suponía que tenía que suceder lo contrario. Así que dijo con malicia:
—Eso, suponiendo que te lo pusieran tus amigos. Los otros no habrían sido tan benévolos.
—¿Qué me habrían llamado los otros? —inquirió, siguiéndole la corriente.
Isabel empezó a jugar con distintas variantes de su apellido, hasta que dio con un apelativo con chispa.
—Callaghan… Calajan… Calayan… Callajan… Calla ya. ¡Calla ya! —repitió divertida.
—A ti sí que te voy a callar yo —amenazó Calen, acribillándola a cosquillas con ambas manos, provocando con ello que el hornazo casi acabara en el suelo.
Isabel le pasó las dos bandejas para poder buscar las llaves en el bolso y abrir el portal.
—Así que, tú ¿nunca asististe a una escuela como tal? —preguntó mientras recogía el correo del buzón.
Calen, que la esperaba a pie de escaleras, retrocedió mentalmente en el tiempo.
—Recuerdo que una vez mi padre encontró en nuestras tierras a un hombre bajito y apocado que iba de paso. Le ofreció la hospitalidad del castillo para que recuperara fuerzas, pues se le veía exhausto, y él aceptó.
Isabel llegó a su altura, le cedió el paso y, a continuación, la siguió escaleras arriba.
—El hombrecillo le dijo que era un estudioso de la historia, amante y observador de la naturaleza y que también dominaba las matemáticas a la perfección.
Tras dos días durmiendo a cubierto y con el hambre saciada, padre le propuso que se quedara una temporada e intentara enseñarnos a mi hermano y a mí todo lo que pudiera.
Hizo una pausa en el relato y sonrió con cierta picardía.
—Creo que mi padre nunca tuvo muchas esperanzas de que aprendiéramos gran cosa —comentó cuando llegaron al rellano del primer piso—.
Pero supongo que pensó que, al menos durante las horas que durasen las lecciones, nos tendría localizados.
El hombre aceptó con la condición de que pudieran asistir a sus improvisadas clases todos los niños que quisieran.
Mi padre no se opuso y mi hermano y yo nos encargamos de reclutar a todos los muchachos que pudimos —explicó divertido—.
Al final el hombrecillo se quedó dos años.
Terminamos cogiéndole cariño y sentimos su marcha.
Supongo que, entre trastada y trastada, algo aprenderíamos, pero desde luego fueron los dos años más divertidos de mi infancia.
Isabel abrió la puerta y, tras recuperar las dos bandejas que había subido Calen, siguió atenta a la historia camino de la cocina.
—Sí, puedo hacerme una idea de lo que tuvo que bregar aquel pobre hombre con una habitación llena de gamberretes —aseguró, burlona, posando las bandejas sobre la encimera.
Calen, que la seguía a pocos pasos, le echó el brazo al cuello, la atrajo hacia sí y revolvió su cabello a modo de regañina.
Después, con tono nostálgico, continuó:
—Poder pasar gran parte del día en compañía de otros chicos de nuestra edad fue todo un regalo inesperado.
Tras su partida, se acabó la diversión. En realidad, se acabó la infancia tal y como la conocéis vosotros.
Me temo que nuestra niñez dura bastante menos que la vuestra —comentó, como si fuera un detalle en el que no hubiera caído hasta entonces—.
En cuanto aquel hombrecillo salió por el portón, se acabaron los libros y las travesuras y empezó el duro entrenamiento cuerpo a cuerpo y la instrucción en el manejo de la espada.
Dejaron el tema, pero surgieron otros. Nunca les faltaba conversación.
Lethan llegó puntual y la sobremesa volvió a alargarse hasta media tarde, cuando el invitado, al darse cuenta de la hora, se despidió de forma precipitada porque había quedado con alguien y abandonó la casa con prisas.
No se libró de las bromas de Isabel y su hermano ya que, aunque no dio pistas, los dos tuvieron clarísimo que su misteriosa cita era rubia, lucía media melena y se llamaba Laura.
La última hora de la tarde estuvo llena de arrumacos. Una vez más, el sofá fue testigo de confidencias, de conversaciones susurradas, de tiernos besos, de largos abrazos…
Para Isabel fue un día estupendo. No habían hecho nada extraordinario y, sin embargo, sentía que su relación con Calen, tras esas horas compartidas, se había consolidado.
Después de cenar, el dormitorio fue el escenario del broche de oro que puso punto y final a un día, a su juicio, apacible y perfecto.
Sería uno de los últimos días tranquilos que pasarían juntos. Pronto se desataría todo un torbellino de acontecimientos tras los cuales sus vidas cambiarían para siempre.
¿Cómo imaginas el aula improvisada donde Calen y los otros niños descubrieron el mundo?
Entra y comprueba si tu visión coincide con la mía.
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