Chapter 9
Al día siguiente, Isabel hizo el firme propósito de archivar y olvidar «el incidente».
No le gustaba autocompadecerse. Y, aunque el asunto podría haber acabado muy mal si se hubiera prolongado su estancia allí solo unos minutos más, la cosa es que no había pasado nada irreparable, más allá del cabreo y la impotencia.
De momento, tampoco se atrevía a pensar demasiado en la petición que había hecho Calen y que le había llevado a viajar en el tiempo.
Ahora que conocía el propósito de ese viaje, las palabras que Calen pronunció en el parque la tarde que le presentó a Lethan: «Eres testigo de que esta es la mujer que he elegido como compañera de vida», que ella había tomado como un simple comentario jocoso, adquirían un nuevo significado, mucho más profundo y, en cierta forma, aterrador.
Porque, si estaba en lo cierto, lo que Calen pretendía era que ella lo acompañara a su tiempo para ser su compañera de vida.
Mejor no pensarlo, todavía no estaba preparada para ese desafío mental.
Poner el foco de atención en Calen resultaba más fácil.
Aunque, en cierta forma, también mucho más perturbador.
Ahora que sabía la verdad, lo observaba desde otro prisma y le asombraba lo rápido que se había adaptado a las costumbres de esta época, tan distintas a las de la suya.
No había levantado la más mínima sospecha en nadie, ni siquiera en ella.
Nada en su comportamiento lo delataba como fuera de lugar y lo admiraba por ello.
Sin embargo, de pronto, su lado racional, al que le seguía costando aceptar el pequeñísimo detalle de que Calen tuviera ¿cuántos?
¡SETECIENTOS SESENTA Y TRES AÑOS!, se activaba e intentaba convencerla de que eso era imposible y de que ambos hermanos le estaban tomando el pelo.
Pero, tras su propio viaje en el tiempo, ese argumentario hacía aguas por todas partes.
Por eso, en los siguientes días y semanas, Isabel se propuso compensar el desarraigo que el viaje hubiera podido ocasionar en Calen.
Que, de alguna manera, se sintiera lo más cerca posible de su tiempo.
Entre semana, el trabajo limitaba, y mucho, las posibles opciones.
Pero, para los fines de semana, preparó toda una batería de actividades para acercarlo a todas esas cosas a las que había renunciado.
Su primer intento no salió como ella esperaba.
Se podría considerar un fracaso en toda regla.
Isabel había preparado un viaje relámpago a Madrid para llevar a los hermanos al hipódromo.
Pensó que, acostumbrados a convivir a diario con los caballos, disfrutarían viéndolos correr.
Y sí, lo hicieron, pero no como ella creía.
Enseguida percibieron la calidad de los animales.
Su excelente pedigrí y su fuerza. Pero se pasaron el día fanfarroneando y asegurando que esos jinetes tan endebles, pese a su dominio de la montura, no durarían ni cinco minutos en el campo de batalla.
Isabel no se rindió. Para el fin de semana siguiente preparó una excursión muy diferente. Estaba empeñada en conseguir sorprender a Calen.
El destino elegido fue el pequeño pueblo de San Felices de los Gallegos.
Su elección se basó en que poseía un castillo originario del siglo XIII.
Aunque es verdad que en el siglo XV había sido objeto de algunas reformas, Isabel pensó que el conjunto podía resultar bastante evocador para Calen.
Estaba a poco más de cien kilómetros hacia el oeste, cerca de la frontera con Portugal.
A no más de hora y media de camino. Dos horas, a lo sumo, si se lo tomaban con calma y decidían hacer alguna parada para disfrutar de la belleza agreste de las Arribes del Duero.
También sumó puntos en la elección el hecho de que el pueblo en sí fuera pequeño y silencioso y estuviera cargado de historia.
Isabel supuso que todo eso contribuiría a que Calen se sintiera casi «como en casa».
Lethan, esta vez, había declinado la invitación.
Aunque puso como excusa una inaplazable cita con una joven con la que parecía haber hecho muy buenas migas, Isabel tuvo la impresión de que había sufrido algún tipo de presión por parte de su hermano para que no los acompañara.
Si hubieran ido los tres, Isabel tenía pensado haber alquilado un coche para la excursión.
Pero siendo solo ellos dos, utilizarían su moto.
Aunque Calen nunca lo admitiría, ella notaba su nerviosismo e incomodidad en cuanto subían a un vehículo de cuatro ruedas.
Solía agarrarse con fuerza al asidero de la puerta y se hablara de lo que se hablase, su aportación a la conversación solía ser algún aislado monosílabo.
Sin embargo, de paquete en la moto, bien sujeto a su cintura, lo notaba relajado y feliz.
No proporcionó a Calen demasiados datos sobre su lugar de destino y a él no le importó. Su espíritu aventurero estaba encantado. Así que, tras el copioso desayuno habitual de él y el consabido café bebido de ella, se pusieron en marcha.
Aunque Calen lo consideraba un invento para tontos o comodones, Isabel introdujo la dirección de su destino en el GPS y se dejó guiar.
Abandonaron Salamanca por la comarcal CL-517, dirección Ledesma. La carretera era amplia y tranquila, lo que les permitió ir disfrutando de las vistas abiertas a los campos de Castilla. Fueron dejando atrás poblaciones como Aldeatejada, Doñinos de Salamanca, Parada de Arriba…
Al llegar a Vitigudino, como iban bien de hora, Isabel decidió desviarse un poco de la ruta original para añadir una parada previa a San Felices.
Cuando preparaba la escapada en Vilvestre, un pueblo asomado a los cañones del Duero, localizó un tesoro que sabía que, como la fortaleza que visitarían más tarde, haría que Calen se sintiera más cerca de su hogar.
Al entrar en la población, redujo la marcha y aparcó en la plaza.
Calen, casi antes de que la moto se detuviera del todo, ya se había apeado y se peleaba con ese «objeto infernal», como él denominaba al casco integral, para conseguir quitárselo.
Isabel, mientras hacía lo propio, no le quitaba la vista de encima para no perder ninguna de sus reacciones.
Una vez que se deshizo del casco, movió la cabeza a ambos lados para desapelmazar su cabello y, a continuación, como hacía siempre, lo acomodó bajo el brazo como si fuera su yelmo.
Isabel sonrió divertida por la solemnidad con la que lo hizo.
Calen enseguida localizó el monumento que ella quería enseñarle y caminó decidido hacia él.
Ahora miraba absorto la columna de piedra, hermosamente tallada y rematada con una cruz en lo alto, que se erigía unos pasos más allá sobre varios escalones de granito.
—Es un rollo jurisdiccional —explicó Isabel cuando llegó a su lado—.
Empezaron a proliferar a partir del siglo XV.
Este concretamente, por lo que leí cuando preparaba la excursión, es del siglo XVI.
Y era la manera en la que indicaban a los viajeros que la villa tenía derecho a impartir justicia.
A juzgar y castigar por sí mismos. De hecho, a nivel práctico, solían emplearse para ajusticiar o anunciar sentencias.
A veces colgaban cadenas o grilletes, solo para que todos lo supieran.
—En mi tiempo utilizamos horcas al borde del camino, o picotas hechas de madera y soga. No están talladas con tanto esmero —añadió con cierta sorna—, pero el mensaje es el mismo.
Isabel sintió un escalofrío leve. Ella se limitaba a comentar datos que había leído en los libros y él respondía con hechos y experiencias vividas en primera persona. Esa era la abismal diferencia entre ellos.
—Póntelo otra vez, justiciero Laird de las Tierras Altas —bromeó ella señalándole el casco—.
Aún no hemos llegado a nuestro destino final.
Esto es solo un entrante. Lo descubrí mientras preparaba la ruta y había que desviarse tan poco que no me he podido resistir a enseñártelo. He pensado que te resultaría familiar.
—Y tanto.
¿Nos unimos a la excursión y echamos un vistazo al rollo jurisdiccional de Vilvestre? ¡Vamos !
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Se subieron de nuevo a la moto y, en pocos minutos, volvieron sobre sus pasos para retomar el camino hasta Lumbrales para coger el desvío hacia la carretera provincial SA-324.
Doce kilómetros más tarde, tras una larga curva, vieron el cartel blanco con letras negras que anunciaba: «San Felices de los Gallegos —Conjunto histórico—». Isabel redujo la velocidad.
Olivos y muros de piedra les dieron la bienvenida al tiempo que el aire se empezó a llenar de olores de campo.
La carretera empezó a estrecharse y enseguida vieron las primeras casas bajas, con fachadas de granito, portones de madera y macetas con floridos geranios en los alfeizares.
Tras un pequeño repecho, suave pero perceptible, divisaron una pequeña explanada que a Isabel le pareció el lugar perfecto para aparcar y poder hacer el resto del trayecto andando.
La idea de cargar con los cascos no le entusiasmaba demasiado.
Miró al cielo. No tenía trazas de que fuera a llover.
No solía hacerlo, pero optó por dejarlos en la moto.
Abrió el pequeño compartimento de debajo del asiento y sacó la cadena antirrobo para sujetarlos al vehículo.
Esperaba que ese elemento disuasorio fuera suficiente para cualquier amigo de lo ajeno.
Le apenaría mucho que tuviera que comprar otros.
Sería un desembolso importante para su economía mensual.
Les echó una última mirada lastimera y, en cuanto se dio la vuelta, se olvidó de ellos.
Calen la tomó por la cintura para apretarla a su costado y echaron a andar por la calle Corredera, una vía que cruzaba el pueblo de este a oeste y que los llevaría hasta la antigua puerta de la muralla.
Hicieron el recorrido en silencio. Calen no perdía detalle. No se parecía demasiado a su aldea y, a la vez, todo le recordaba a ella. En cuanto entraron en el recinto fortificado, esa sensación de cercanía se intensificó.
—¿Todo bien? —quiso saber Isabel, al notar que su cuerpo se tensaba.
Él tardó en responder unos segundos. Lo hizo con una sonrisa serena dibujada en su rostro.
—Piedras, musgo, silencio… huele como en casa. Gracias —añadió después de otra pequeña pausa.
—Vamos —animó Isabel, feliz—, aún nos quedan cosas por ver.
Continuaron camino hasta la torre del homenaje. Al entrar les llamaron la atención unas vitrinas que parecían contener objetos artesanales y se acercaron a echar un vistazo. Uno de los expositores encerraba una pequeña colección de piezas de cerámica tosca que casi pasaron de largo.
En el siguiente, Isabel se detuvo ante una figura de arcilla.
La observó durante varios minutos, pero no fue capaz de identificar qué o a quién representaba.
La figura quedó olvidada cuando descubrió en la vitrina de al lado un colgante con una cruz celta hermosamente tallada, que le pareció una verdadera obra de arte.
Cuando levantó la vista, Calen ya no estaba.
Lo localizó poco después, fuera, con los ojos cerrados y las palmas de sus manos apoyadas en las piedras de uno de los muros.
Se detuvo a unos metros y lo observó. Estuvo así varios minutos.
Cuando abrió los ojos y la miró, Isabel juraría que vio en esa mirada un matiz salvaje que hasta entonces no había detectado.
Tuvo la impresión de que, por primera vez, estaba frente al Calen del siglo XIII.
En el siguiente parpadeo, desapareció, oculto ya bajo una capa de urbanidad.
Pero a ella le quedó el regusto y las ganas de volver a tratar con ese otro Calen más primitivo.
Subieron juntos a lo alto de la torre. Era una construcción robusta, almenada y bien conservada. Estaba rodeada por muros gruesos y fragmentos de la antigua muralla que bordeaba el casco antiguo de la población. Desde lo alto se dominaba todo el valle, y al fondo, Portugal.
A Isabel las vistas le parecieron espectaculares, entre otras cosas, porque estaban libres de todo elemento urbanita.
Nada de cables ni asfalto. Solo árboles y algún que otro cuervo.
Y el silencio, solo roto por un ligero viento y el rumor de las encinas, hipnótico y sobrecogedor. Cero coches… cero polución…
Dejó de observar el paisaje y volvió a centrar la atención en la expresión y las reacciones de Calen. Paseaba con paso marcial a todo lo largo del perímetro como si estuviera evaluando el asentamiento. Sus siguientes palabras confirmaron que así era.
—Si quisieras proteger estas tierras de incursiones portuguesas, no habría una ubicación mejor para hacerlo.
No tendrías que defender toda la frontera, solo ese paso de ahí —afirmó señalando al frente—.
¿Lo ves? Es el único acceso. Todo lo demás tiene demasiado desnivel.
Sería muy difícil subir cargado, y con escalas, casi imposible.
Y a campo abierto, esa pendiente sería una trampa mortal.
Permanecieron un rato más, cada uno sumido en sus propios pensamientos, para después desandar el camino.
De vuelta en el pueblo, se entretuvieron visitando varias tiendas de productos locales. Tras probar algunos, terminaron comprando un queso y una botella de vino con la intención de disfrutarlos esa misma noche.
Isabel nunca había sido amiga de comprar en sus viajes el típico llavero o imán de nevera con la consabida frase: «Recuerdo de…», pero esta vez sí que le pareció buena idea adquirir uno que atrapara ese día y ese instante y lo retuviera para siempre.