La candidata perfecta Chapter 8 #2
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Chapter 8 #2

—¿Peligrosas? —repitió Isabel, sorprendida por el matiz acusador implícito en el adjetivo.

—Para dos hombres como nosotros, criados en un tiempo en que las jerarquías entre hombres y mujeres son incuestionables, sí —alegó, intentando sonar serio—.

En un instante, todo lo que nos habían enseñado, todo lo que creíamos saber…

—Hizo una pausa breve, dejando que las palabras se asentaran—.

Dejó de servirnos. Se esfumó de un plumazo. Tuvimos que empezar de cero.

—Sí, así os fue —replicó ella, conteniendo la risa de nuevo.

Recibió el impacto de una miga de pan en forma de proyectil, por su falta de respeto, que la hizo estallar en carcajadas.

—¡Shhh! ¡Haya paz! —amonestó Calen, igual de divertido que ellos.

Los tres se pusieron serios por un segundo y, cuando Lethan se sentó a la mesa, de vuelta con su segunda ración de desayuno, ella continuó con el interrogatorio.

—¿Y la segunda?

—No fue mucho mejor —confesó el aludido, sin el menor pudor—. Otra pregunta similar…, otra respuesta parecida.

Isabel fingió darle un capón, y él gesticuló de manera exagerada, como si de verdad lo hubiera golpeado.

—Tras varios intentos —intervino Calen—, consiguió dar con una joven lo suficientemente ingenua para tragarse el embuste de que profesaba una religión muy estricta que prohibía el contacto carnal entre las parejas hasta no haber jurado los votos.

Gracias a eso, pudo mantener una conversación bastante instructiva sobre el tema y averiguar que, en este tiempo, las mujeres son libres de practicar sexo, aunque no tengan intención de continuar con la relación.

Y luego, cuando deciden tener una pareja estable, no tienen problema en encontrar a un hombre dispuesto a tomarlas como esposa.

Aquí, las mujeres no temen que los demás se enteren de que comparten el lecho con quien les place. Y, para nuestra sorpresa, no son estigmatizadas por ello ni pierden valor ante los hombres.

—Por supuesto que no —espetó Isabel en un arrebato de feminismo, dispuesta a debatir sobre ello con quien se atreviera a rebatirlo.

Calen levantó las manos en señal de rendición. Por experiencias anteriores sabía que, aunque no estuviera del todo de acuerdo, ese era un jardín que no debía pisar.

—El caso es que, gracias a los errores de él, yo empecé mi andadura con bastante más información, mucho más tacto y, por supuesto, mejores resultados.

Su derroche de fanfarronería le valió un abucheo que, lejos de hacerlo recular, lo envalentonó aún más y terminó añadiendo:

—A las pruebas me remito. Mi mejilla está intacta y he conseguido a mi candidata perfecta.

Terminaron de desayunar sin que el buen humor los abandonara y se trasladaron al salón para continuar la charla. Calen e Isabel se acomodaron en el sofá y Lethan ocupó el sillón orejero que había en frente.

Los hermanos comentaron algunas de las cosas que más les habían llamado la atención de este tiempo: El bullicio constante, la cantidad de tabernas que había y la de horas que pasaban en ellas los habitantes de este tiempo.

—Aunque no me extraña —había comentado Calen—, tiene que darles pavor permanecer dentro de esas cajas apiladas tan altas a las que llaman hogar.

—Tuviste suerte de que yo viviera en un edificio de solo tres plantas —había respondido Isabel.

—Sin duda fue una de las cosas que decantó la balanza a tu favor —había replicado él, socarrón, antes de besarla.

Después, fue inevitable que también nombraran lo que más echaban de menos… El silencio, las estrellas, el olor a brezo…

Se callaron muchas otras por no herir a Isabel: el sentido de hermandad, el arraigo, el apego… el honor, el valor de la palabra dada…

También aprovecharon para preguntarle abiertamente a ella por cosas que no entendían y que antes habría sonado extraño que preguntaran. Algunas, fue capaz de responderlas por sí misma. Para otras, las distintas herramientas de IA se convirtieron en un valioso aliado.

La hora de comer los sorprendió sin haber recogido todavía la mesa del desayuno.

Isabel abrió el frigorífico y estudió las posibles alternativas.

Se decidió por una fuente con hornazo [12] .

Desde que Calen había aparecido en su vida, el socorrido hornazo nunca faltaba en casa. Ya la había sacado de más de un apuro.

Mientras retiraba el papel de aluminio que lo cubría, recordó la primera vez que Calen lo probó:

—¡Dios santo! ¿Cómo no me habías hablado de esto antes? —había exclamado tras el primer bocado.

A partir de ese día se convirtió en un básico de su alimentación. Por algún motivo, ya fuera su elaboración, los ingredientes, el sabor… o quizá la mezcla de todo ello, le resultaba evocador, y su paladar lo reconocía como si fuera un manjar propio de su tiempo.

Encendió el horno para recalentarlo un poco y, mientras esperaba a que se atemperase y perdiera el frío de nevera, preparó una rudimentaria ensalada.

Los hermanos dieron buena cuenta de todo ello. Ella, tras media docena de bocados, se sintió saciada. Su estómago seguía revuelto.

Y, en cuanto terminaron de comer, se trasladaron de nuevo al salón, donde siguieron conversando durante horas, buscando una lógica que no fueron capaces de encontrar.

Revisaron pormenorizadamente todo lo que había pasado, separando los hechos constatados de las suposiciones y las certezas de las cosas pendientes de verificar.

Pasadas las dos de la madrugada, Isabel optó por dar por concluida la jornada.

Tenía la sensación de que la cabeza estaba a punto de estallarle.

Se quedó dormida con el sonido apagado de las voces que le llegaban desde el salón.

Eran más de las tres cuando los fuertes brazos de Calen rodearon su cintura y la hicieron pegar la espalda a su tórax.

Me ha entrado hambre al ver ese desayuno tan opíparo…

Ahora que se han ido al salón, ¿qué tal si nos colamos en la cocina, a ver si han dejado algo ?

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