Chapter 8
Cuando despertó, Calen no estaba en la cama. Aún más dormida que despierta, se reincorporó un poco para consultar el reloj de la mesilla. Las diez y cuarto. Se dejó caer otra vez con fuerza sobre la almohada. No recordaba cuándo había dormido hasta tan tarde, por muy domingo que fuera.
El olor a café terminó de despertarla del todo.
Curiosamente, Calen, aunque nunca lo tomaba, había aprendido a manejar la cafetera italiana solo para preparárselo a ella.
Sonrió, con esa mezcla de asombro y ternura que le provocaban ese tipo de gestos.
Que un hombre del siglo XXI hiciera algo así, ya era algo habitual, y no por ello menos valioso.
Que lo hiciera uno del siglo XIII era casi impensable e imposible no agradecerlo.
Con ese pensamiento, se puso la bata y se dirigió a la cocina.
No lo encontró allí. El tintineo de una cucharilla la guió hasta el salón.
No estaba solo.
En cuanto la vieron, ambos hermanos interrumpieron su susurrante conversación y se pusieron en pie.
Calen volvía a observarla con ojo crítico, evaluando su estado emocional.
Lethan, por el contrario, parecía algo intimidado.
Al incorporarse, se recolocó el cuello de la camisa con un gesto automático, casi inconsciente, y se irguió hasta estirarse por completo.
Luego separó ligeramente las piernas y llevó las manos a la espalda en una postura firme, casi marcial.
Solo entonces alzó la vista y la miró expectante…
aunque también temeroso de que Isabel lo viera con otros ojos.
Por un instante, así fue.
Isabel pasó revista a aquel musculoso cuerpo y, ahora lo veía claro, siempre en guardia, y reconoció en él a un guerrero nato. Le resultaba increíble haberlo confundido con un simple albañil del siglo XXI.
Después, al mirarlo a los ojos, encontró en ellos la bravura que esperaba, pero también la ternura que le caracterizaba y ese afecto silencioso que ya había empezado a surgir entre ellos.
La sonrisa contagiosa que se dibujó poco a poco en sus labios, le devolvió al Lethan bromista y cariñoso que ella conocía.
Los hombros de Lethan se destensaron y sonrió más abiertamente antes de inclinar su cuerpo en señal de respeto.
— A Bhean Uasal . [11]
—No tengo ni idea de qué me has llamado, pero veo la chufla en tu mirada. Será mejor que me des un abrazo antes de que decida perseguirte con la escoba.
El guerrero obedeció la orden, encantado, y toda la tensión del ambiente se esfumó.
Era evidente que Calen había puesto al día a su hermano sobre el altercado asociado al improvisado viaje en el tiempo de Isabel.
Lethan le pidió disculpas, como si en parte fuera responsable de lo ocurrido, y se interesó por su estado.
Ella le eximió de toda culpa y, con un rápido «estoy bien», zanjó de inmediato el escabroso tema de su atropellado viaje.
Se trasladaron a la cocina para desayunar y bollos, cuencos de leche de avena y cereales integrales fueron testigos mudos de la conversación que se desarrolló a continuación. El apetito de los hermanos no parecía afectado por las novedades acontecidas en las últimas horas.
Isabel, en cambio, aunque se resistiera a reconocerlo, seguía con el cuerpo revuelto por el huracán de acontecimientos vividos.
Solo se sirvió una generosa taza de café.
En ese momento, para ella era mucho más urgente saciar su curiosidad que su estómago.
Su cabeza era un hervidero de ideas y preguntas.
Quería saberlo todo. Bajo esa nueva verdad, en la que Lethan y Calen habían viajado en el tiempo, todo adquiría una perspectiva diferente.
A través de los libros había aprendido muchas cosas de su tierra y de su tiempo, pero ahora quería escucharlo de sus labios.
Del mismo modo, para ellos poder hablar sin tapujos de lo ocurrido también fue una liberación. Intentaron describir lo que sintieron cuando, tras un parpadeo, estaban en otro país y en otro siglo. Ahora Isabel podía comprenderlo a la perfección.
—Esos primeros momentos, cuando comprendimos que la leyenda se había cumplido, fueron impactantes —explicó Calen—. Nos quedamos sin habla, ¿verdad?
—Sí, no éramos capaces de procesar lo ocurrido —añadió Lethan—. Nos dolía todo el cuerpo, supongo que como te pasó a ti.
Cuando Isabel afirmó con la cabeza, continuó:
—Pero eso no fue nada comparado con lo que vendría después. La primera vez que entramos en la ciudad, se nos sobrecargaron los sentidos. Todo era nuevo: olores, ruidos, texturas, colores… No sabíamos dónde mirar.
—Daba igual donde miráramos, todo era extraño y ajeno —apostilló Calen—.
Nos pasamos un día entero deambulando sin rumbo, hasta que los olores se volvieron más suaves, los colores más tenues, las texturas más familiares y la visión del conjunto menos estridente.
Cuando oscureció, regresamos al cobijo del bosque, convencidos de que ya controlábamos la situación.
—Pero no controlábamos una mierda —exclamó Lethan, ignorando la mirada recriminatoria que le dedicó Calen por utilizar ese vocabulario delante de Isabel—.
Cuando empezamos a interactuar con la muchedumbre, fue peor.
Mucho peor —se quejó apesadumbrado—. Gente, muchísima gente en las calles.
Ni en la feria anual del condado, a la que acuden habitantes de más de una docena de poblaciones vecinas, habíamos visto tal multitud.
Pensamos que, por algún motivo, todo el mundo había salido de sus casas a la vez.
Incluso llegamos a creer que habíamos llegado en plena movilización para una batalla o algo así. Pero no. Simplemente era…
—¡Hora punta! —corearon a dúo los hermanos.
Se dieron cuenta de que Isabel intentaba contener la risa. No se ofendieron. Eran conscientes de lo cómica que debía parecer su odisea para alguien que había vivido toda su vida en medio de ese caos cotidiano. ¡Ahora, hasta a ellos les estaba sonando divertido!
—En un alarde de valentía sin precedentes —ironizó Calen—, hicimos un primer intento de comunicarnos con alguno de los viandantes, y entonces nos dimos cuenta de lo diferente que era este tiempo del nuestro.
Gracias al conjuro hablábamos el mismo idioma, pero, aun así, no éramos capaces de entender nada.
—Creíamos que nos estábamos volviendo locos —apostilló Lethan.
—Nos batimos en retirada —continuó Calen, sin abandonar el tono jocoso—. No nos pareció deshonroso. Era evidente que el enemigo nos superaba en número, y eso requería diseñar una nueva estrategia.
Lethan le quitó la palabra.
—Por la tarde, una vez recuperado el ánimo tras sustraer algo de manduca de unos puestos ambulantes con los que nos topamos de casualidad —confesó divertido por haber intercalado en la frase esa palabra nueva que había escuchado a un compañero en la obra la tarde anterior—, optamos por intentar pasar desapercibidos, mantenernos callados, mezclarnos con la plebe y escuchar.
A Isabel, que seguía intentando contener la carcajada, le pareció harto difícil que dos hombres de más de un metro noventa de altura pasaran desapercibidos, pero no hizo comentario alguno.
—En fin, para no aburrirte —concluyó Lethan, tras apurar con un último sorbo el contenido del tazón—, después de varios intentos más, cada uno más osado que el anterior, conseguimos la suficiente información para emprender el cometido por el que habíamos venido: encontrar a la candidata perfecta para mi hermano.
O sea, a ti. ¿Puedo repetir? —añadió levantando su taza vacía.
—Sírvete tú mismo —respondió Isabel, señalando hacia la encimera donde seguían expuestos la caja de cereales, los bollos, la cafetera, la leche y el resto de productos que componían el desayuno.
Isabel tenía curiosidad por ese punto en concreto que acababa de señalar Lethan. Miró directamente a Calen, que en ese momento saboreaba con deleite un bollo untado con mantequilla, y comentó:
—Viniendo de donde venís tuvo que ser muy impactante encontraros con mujeres independientes, con libertad para hablar y opinar de todo, decidiendo por sí mismas, sin tener que pedir permiso a ningún hombre…
incluso dando órdenes a algunos. Supongo que en esos primeros días resultaría algo desconcertante para vosotros.
Frunció el ceño, intentando visualizar la escena, y añadió:
—Me cuesta imaginar cómo abordaste a tus primeras candidatas.
Calen acababa de dar otro bocado a su bollo recién impregnado de mantequilla y lo tragó sin apenas saborearlo para poder responder.
—En realidad, los primeros trabajos de campo los hizo este —respondió señalando a su hermano, que seguía rellenando su tazón y repoblando su plato de bollería.
Antes de dar otro mordisco al bollo, añadió en tono burlón:
—La primera lo abofeteó antes de que pudiera terminar de preguntarle cuánto cobraba.
Isabel cerró los ojos y echó la cabeza atrás, representando un pesar que no sentía.
Por primera vez en muchas horas, se lo estaba pasando bien.
Sabía que, para los hermanos, toda aquella vorágine de los primeros días tuvo que ser una experiencia casi traumática, y les agradecía que le estuvieran quitando hierro para hacerla más liviana para ella.
Al abrir los ojos y volver a mirar a Calen, este la estaba observando, calibrando el impacto que estaba causando en ella todo aquello.
—¡Patético! —exclamó, con énfasis, ahora mirando a Lethan.
Este se sintió obligado a defenderse.
—Noto cierto retintín en ese tonito —acusó, bajando la cabeza y alzando las cejas, como haría alguien que utilizara gafas para mirar a otro por encima de la montura—. Intenta imaginar lo que es llegar a un mundo donde las mujeres deciden con quién, cuándo y cuántas veces se acuestan.
Ahora la señaló con el dedo índice mientras afirmaba:
—Las mujeres de tu época son… muy diferentes a las de la mía. Su forma de hablar, de caminar, de vestir… Son libres y resolutivas… —Calló un segundo, antes de añadir con una media sonrisa—. Son peligrosas.