Chapter 7 #3
Isabel, pese a que los engranajes de su cabeza, en ese momento, no iban todo lo rápido que acostumbraban, pronto dedujo que el monarca inglés al que se refería era Juan I, también llamado Juan Sin Tierras, el hermano menor de Ricardo Corazón de León.
—Más tarde —estaba diciendo Calen—, el propio Alejandro II, el hijo de Guillermo, reconoció los derechos del clan sobre el valle de Glenbràith al invitar a mi bisabuelo a presentar los títulos de propiedad de las tierras ante el tribunal real.
Glenbràith —añadió, sin poder ocultar su orgullo—, es un paso estratégico clave para el comercio entre las tierras del priorato y la costa.
Los Burg llevaban décadas intentando hacerse con el control del valle, así que, como te puedes imaginar, que recibiéramos este respaldo por parte de la corona, no gustó demasiado a nuestros vecinos.
Isabel lo escuchaba hablar todavía abrumada ante el hecho de tener en su cocina a un hombre que había nacido en el siglo XIII. Era algo increíble. Tan increíble como que ella no hubiera percibido algo extraño en él desde el principio.
Ahora le parecía tan obvio…
Tenía la mente al borde del colapso, pero se obligó a seguir atenta a las palabras de Calen. Ya habría tiempo para asimilar la magnitud de todo lo que había vivido y descubierto en las últimas horas, aunque todavía no tenía ni idea de cómo iba a hacerlo.
Calen había hecho una pausa y la miraba, supuso, intentando evaluar su estado emocional. Antes de que las piernas le fallaran, notaba que le flojeaban, decidió tomar asiento de nuevo y desde allí le animó a que continuara, preguntándole:
—¿Cómo murió tu bisabuelo?
—Le prepararon una emboscada y lo asesinaron sin darle la más mínima oportunidad de defenderse, como los cobardes que son —respondió con un tono frío y distante que no dejaba traslucir toda la ira que le provocaba hablar de ello.
—Si los enfrentamientos siguen vigentes en tu tiempo, imagino que esa acción tuvo sus represalias por vuestra parte —conjeturó, con buen criterio.
—Por supuesto —respondió, como si fuera algo obvio—. Mi abuelo Duncan juró venganza y lideró en persona el ataque contra los Burg. Los obligó a firmar un pacto de no agresión y a retroceder y abandonar parte de su territorio para crear una tierra de nadie entre ambos clanes.
Calen parecía perdido en sus pensamientos. Isabel respetó su silencio.
—Su esfuerzo no sirvió de mucho. Una vez más, años más tarde, los Burg incumplieron su palabra. Y hubo un nuevo enfrentamiento abierto que tuvo su punto álgido en los campos de Caol Gleann. Los Callaghan ganaron la batalla, pero el abuelo Duncan cayó mortalmente herido.
Isabel podía imaginar la red de odio que generación tras generación van creando hechos así.
Calen se encogió de hombros y con ello pareció sacudirse toda la nostalgia que le había provocado hablar del pasado. Con tono más ligero, como si intentara restar importancia al asunto, añadió:
—Las rencillas entre ambos clanes han sido constantes desde entonces.
Mi padre consiguió meterlos en vereda. Están mucho más comedidos y parecen haber entendido, por fin, cómo son las cosas.
Pero, de vez en cuando, irrumpen en alguna aldea y arman un poco de alboroto.
Normalmente no suelen pasar a mayores. Reparten algunos puñetazos, hacen pequeños destrozos y se van por donde han venido.
—Y ¿ya está? —exclamó Isabel con incredulidad.
—No, por supuesto que no. Después solemos ser nosotros los que vamos a una de sus aldeas y hacemos algo parecido para resarcirnos.
Isabel no daba crédito a lo que estaba oyendo. Calen se dio cuenta de lo mal que debía de haber sonado su alegato para alguien del siglo XXI.
—Sé cómo suenan esas palabras en tus oídos, pero te aseguro que no es para tanto. Digamos que es una práctica habitual. Nos mantiene alerta y activos y hostigar a los vecinos no deja de ser una forma de divertirnos.
—¿Diversión? —gritó, levantándose de golpe como empujada por un impulso interno, y volviéndose a sentar al instante, al darse cuenta de su incapacidad temporal de mantenerse en pie—.
¡Una bestia malnacida casi me viola! ¿Me estás diciendo que, por diversión, tú y los tuyos también tenéis la costumbre de hacerlo? —preguntó horrorizada.
—Por supuesto que no —aseguró categórico—.
No digo que a veces, lamentablemente, no ocurra —confesó con cierto recelo—, pero siempre el culpable recibe su castigo.
Lamento mucho lo que te ha sucedido y te aseguro que mi percepción de lo que es divertido y de lo que no, a partir de ahora, no será la misma.
Isabel bajó la cabeza y resopló como un toro de lidia.
Calen se puso en cuclillas ante ella, la sujetó por la barbilla y la obligó a levantar la vista para mirarlo.
—Sé que es algo incomprensible para tu mentalidad.
No te pido que lo entiendas o lo apruebes, solo que intentes verlo con mis ojos.
Vuestra sociedad tampoco es perfecta. Tenéis robos y asesinatos.
Y también violaciones a diario y convivís con ello.
Los saqueos y las incursiones forman parte de la mía.
No lo defiendo, al contrario, me alegra saber que es una de las cosas que desaparecerán en unos años.
Solo quiero decir que, ni allí es todo malo, ni aquí todo es bueno. Nada más.
Calen no la soltó hasta que ella afirmó con la cabeza.
—Dejémoslo aquí por hoy —propuso, ya más calmada—. Estoy agotada. Me voy a la cama —añadió, levantándose y casi llevándoselo por delante al hacerlo.
—¿Estás bien? —preguntó Calen, interceptando su salida.
Isabel ladeó la cabeza y atrapó con dulzura la mano que le acariciaba el rostro, acunándola entre la mejilla y el hombro. Sonrió serena antes de responder.
—Solo necesito dormir tropecientas horas seguidas —bromeó—. No te preocupes, mañana estaré como nueva —aseguró posando su mano sobre la que Calen aún tenía en su mejilla.
Isabel hizo mención de esquivarlo y echar a andar, pero él se resistió a dejarla marchar sin verbalizar en alto un último ruego.
—Debes prometerme que nunca más volverás a hacer una petición a Vadala si no estoy a tu lado.
Isabel bufó como si le hubiera planteado hacer algo a todas luces imposible.
—Te aseguro que no tengo intención de volver a hacer algo semejante, ni sola ni acompañada.
Calen la tomó de la nuca y la atrajo hacia sí.
—Mi viajera en el tiempo… —exclamó antes de depositar un beso en su frente.
—¡Vaya viajera estoy hecha! He hecho un aterrizaje forzoso en toda regla —se lamentó Isabel—. Bueno, al menos ya sabemos que el trapo zarrapastroso ese, no solo obedece a los lairds.
—¡Ajjjj! —se quejó Calen de forma exagerada, echando la cabeza atrás—. No lo llames así —rogó, quejumbroso —, me desgarra las entrañas.
Calen bajó la vista de nuevo para mirarla y la pícara sonrisa que encontró en su cara lo tranquilizó más rápido que un trago del mejor whisky. Volvió a estrecharla contra su pecho para acariciarle la espalda.
Isabel se dejó abrazar. Acurrucada en sus brazos se sentía a salvo y eso era justo lo que necesitaba.
Calen la tomó en brazos sin previo aviso y puso rumbo al dormitorio.
—Vámonos a la cama.
La oscuridad los fue engullendo al tiempo que los nervios de Isabel se iban templando. El sonido de los truenos, cada vez más lejanos, los acompañó hasta que se quedaron dormidos.
Piso de Isabel. El lugar donde Calen e Isabel empiezan a desafiar las leyes del espacio- tiempo.
Si te apetece, puedes pasear por él con total libertad .
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