Chapter 7 #2
Isabel se detuvo nada más rebasar el umbral de la puerta.
—Primero necesito lavarme —anunció con voz apagada—. Voy a darme una ducha rápida.
Calen asintió.
—Pondré a calentar agua para tu infusión.
Un cuarto de hora más tarde, estaban instalados en el sofá, sentados de medio lado para poderse mirar a los ojos: Isabel con su tisana y Calen con su whisky.
Ella, tras los dos primeros tragos, empezó a recuperar la calma. Después de todo y siendo consciente de lo que podía haber pasado, todo había quedado en un susto.
Se dio cuenta de que Calen seguía observándola como un halcón y la sorprendió ver miedo reflejado en su mirada.
—¿Seguro que no te sentará mal eso con el estómago vacío? —le preguntó con cierto tono maternal.
—Tranquila, no es la primera vez que recurro a él por sus efectos medicinales.
Calen alargó el brazo que tenía apoyado en el respaldo del sofá y acarició la mejilla de Isabel.
—¿Estás mejor?
Isabel afirmó con la cabeza, posó la jarra sobre la mesita y apoyó la cabeza sobre el pecho de Calen, abrazándose a su cintura.
Tras una larga inspiración, como si necesitara cargarse de energía, quiso retomar la conversación en el punto dónde la habían interrumpido.
—Háblame de Vadala.
—Ya te lo conté todo.
—Lo sé, pero entonces no te escuché. No quería creerlo. Ahora estoy preparada para saberlo todo sobre la leyenda de Vadala.
—Está bien —asintió Calen, con tono grave, apretándola aún más contra su pecho, sin saber si lo hacía porque ella se sintiera más segura o para sentirse más seguro él—.
Lo primero que tienes que tener claro, como has comprobado, es que no es una leyenda ni ningún cuento de viejas.
Su historia es real y por suerte o por desgracia, el destino de los Callaghan está ligado a ella.
Hizo una breve pausa, que Isabel aprovechó para acomodarse mejor contra su pecho y abrazarse con más fuerza a su cintura.
—Eso ya lo tengo claro —aseguró mientras lo hacía.
—Antes Vadala —comenzó Calen—, era la encargada de acompañar a los que estaban a punto de morir a cruzar al otro lado. A ella recurrían los propios moribundos o sus parientes para que los guiara y ayudara a pasar al otro mundo. Pero algo cambió.
—¿En qué sentido?
—Los dioses empezaron a sospechar que se estaba extralimitando en sus funciones. Estaban seguros de que retenía las almas de los que debían cruzar al otro lado, más tiempo del debido.
—¿Con qué fin?
—Al principio seguramente por pura diversión.
Pero luego empezó a obsesionarse y a disfrutar demasiado con la angustia y la desazón que mostraban los pobres desgraciados que caían en sus manos.
Su lado oscuro, alimentado por los miedos y las súplicas de los agonizantes, comenzó a crecer de modo exponencial.
—Y eso cabreó al resto de deidades —dedujo Isabel.
—Supongo que más que cabrearlos les preocupaba que hiciera su santa voluntad y se convirtiera en alguien demasiado poderoso e incontrolable.
—Y empezaron a verla como una amenaza.
—Exacto. No podían destruirla directamente sin romper sus propias leyes, así que formaron un ejército humano. Valerosos guerreros y prestigiosos druidas se pusieron al servicio del orden divino, con la misión de aniquilarla.
—Con tan mala fortuna que eligieron como campo de batalla las tierras de los Callaghan.
—En efecto.
—Y los Callaghan salieron en tromba a defender a la débil damisela en apuros.
A Calen no le pasó desapercibido ese leve tono burlón y le dio un suave tirón de pelo a modo de correctivo para, a continuación, besar cariñoso la zona maltratada antes de aclarar:
—Por lo que sé de Vadala, yo no la definiría como una débil damisela en apuros. Y te aseguro que tampoco contaba con el cariño y el apoyo incondicional de los míos. Pero el honor es el honor. Y en tierras de los Callaghan no se mata a traición a nadie sin que, al menos, intentemos defenderlo.
Ahora fue él el que añadió con cierta sorna:
—Menos a una diosa, por muy perversa y poco de fiar que sea.
—Y así fue como tu ¿bisabuelo?
—Tatarabuelo. Malcolm Callaghan, primer laird de Glenbràith.
—Tu tatarabuelo, Malcolm Callaghan, primer laird de Glenbràith — repitió ella con solemnidad —, perdió la vida por defender a Vadala.
—Exacto. Y eso lo cambió todo —susurró melancólico.
Isabel apoyó la mano sobre su camisa y dejó que la palma se deslizara con suavidad, como si ese sencillo gesto pudiera calmar su pena sin necesidad de palabras. Surtió efecto. Calen respiró profundo y en la siguiente espiración se liberó de su congoja y continuó con el relato.
—Mi bisabuelo, Ian Callaghan, con veinte años recién cumplidos, tuvo que ver morir a su padre sin poder hacer nada para evitarlo. Supongo que la mezcla de impotencia y rabia contenida le dio el valor suficiente para atreverse a exigir a Vadala una compensación por el sacrificio de su padre.
—Y ella accedió.
Calen soltó un corto resoplido.
—No por gusto, estoy seguro. Es sabido por todos que Vadala odia que la obliguen a hacer nada. Imagino que, desde el primer momento, detestó a aquel muchacho por su osadía, pero muy a su pesar, tuvo que ceder. Aunque, como era de esperar, se aseguró de conservar la ventaja en su trato.
Isabel, sin levantar la mejilla de la camisa de Calen, le palmeó el pecho, apremiándolo para que continuara.
—Esta parte la conozco, la he sufrido en propias carnes, pero quiero oírla de tus labios. Continúa, por favor.
Calen miró con reverencia la pequeña caja de madera que contenía la reliquia y aún estaba encima de la mesa, y como si recitara una antigua letanía, añadió:
—Vadala se agachó y rasgó un trozo del manto ensangrentado del laird y se lo entregó a su heredero asegurándole que, quien lo empuñara con deseo verdadero, recibiría su ayuda para alcanzar lo que más ansiaba.
Pero si, a pesar de su mediación, no lo lograba…
entonces ella reclamaría lo que era suyo y lo arrastraría al Inframundo para siempre.
Aunque todas las ventanas estaban cerradas, ambos sintieron un soplo de aire fresco que les hizo estremecerse al unísono. Isabel se incorporó y se frotó los antebrazos con ambas manos para eliminar esa sensación de vulnerabilidad.
Por motivos diferentes, guardaron silencio durante unos segundos.
—¿Sabes si alguien más, además de vosotros, lo ha usado?
Calen negó con la cabeza antes de levantarse del sofá y caminar furioso hasta el ventanal.
—No tengo ninguna prueba —afirmó con tono burlón, mientras friccionaba con fuerza su nuca—, pero me parece que soy el primer gilipollas que ha tenido la brillante idea de invocar la ayuda de la tramposa e intrigante Vadala.
Un relámpago eligió justo ese instante para rasgar el oscurecido cielo y un potente trueno resonó pocos segundos después.
Calen se giró para mirar a Isabel, vio un punto de temor en sus ojos e intentando desdramatizar lo que acababa de pasar, añadió sarcástico:
—No le cuentes esto a Lethan o verá en una simple coincidencia un aviso amenazador del más allá.
Hizo una mueca burlesca, mezcla de temor e incredulidad, y eso bastó para que Isabel se relajara de nuevo.
Se habían saltado la comida y Calen ni siquiera había desayunado, por lo que acogió con agrado la propuesta de Isabel de trasladarse a la cocina y preparar algo ligero que sirviera de cena.
Calen se limitó, como siempre que decidían cocinar juntos, a merodear alrededor de ella, pero, aun así, ella agradeció su compañía.
Isabel preparó una generosa tortilla de patatas, que Calen devoró casi en su totalidad. Ella se sirvió una pequeña ración que, tras media docena de bocados, quedó olvidada en el plato. Y el silencio, una vez más, se convirtió en el protagonista.
Calen no quería meterle prisa, pero llevaba horas conteniéndose las ganas de interrogarla sobre lo que había sucedido en esos eternos diez minutos en los que había permanecido ausente. Ya no podía aguantar más.
Isabel se había levantado para llevar su plato casi intacto hasta la fregadera y permanecía ahí, de espaldas a él y ensimismada.
Calen apuró de un largo trago la copa de vino, apoyó los codos en la mesa y entrelazó las manos a la altura de la nariz.
Entonces, con una voz calmada, tan protectora como su mirada, sugirió:
—Creo que, ahora, te toca hablar a ti.
Sí, Isabel sabía que era lo justo. Calen había demostrado una paciencia infinita. Conociéndolo, tenía que haberle costado un gran esfuerzo no acribillarla a preguntas nada más regresar.
Afirmó con la cabeza y, sin girarse, comenzó a narrar su relato.
Lo hizo de forma serena, casi impersonal, como si hubiera sido una simple espectadora.
Pero la rigidez de su postura, la tensión de los hombros, y la fuerza con que se sujetaba con ambas manos a la encimera, indicaban que su aparente serenidad era solo fachada.
Cuando terminó la crónica de lo acontecido, Calen, que a duras penas había resistido sentado, se levantó, se acercó a ella y la besó en la frente para luego estrecharla entre sus brazos, dando gracias a todos los dioses por haberla mantenido a salvo.
—Supongo que habrás tenido la mala fortuna de aparecer en mitad de una de las incursiones habituales de los Burg —conjeturó poco después.
—¿Quiénes son esos Burg y a qué llamas tú habituales? —preguntó separándose hacia atrás para mirarlo a los ojos.
—Los Burg son nuestros vecinos del norte. Nunca han llevado bien que nuestro clan sea más fuerte y respetado que el suyo. Desde que mataron a mi bisabuelo, la antipatía entre ambos clanes es mutua.
—Espera, espera —lo interrumpió, con tono titubeante— ¿mataron a tu bisabuelo? —preguntó a medio camino entre la alarma y el alivio, sin tener claro si debía sentirse asustada o afortunada tras su encuentro con los Burg.
—Mi bisabuelo, Ian Callaghan, asumió el liderazgo del clan después de que su padre Malcolm diera su vida por proteger a Vadala —explicó gustoso Calen—.
Se ganó el respeto de su clan. Pero, más importante todavía, se ganó el respeto de la corona tras posicionarse de lado de Guillermo I frente a la presión que el monarca inglés estaba ejerciendo sobre él.