Chapter 7
Para pronunciar el conjuro y darle más pompa y boato, había cruzado los brazos sobre su pecho con la tela bien sujeta en su puño y había cerrado los ojos.
Cuando los abrió, dispuesta a burlarse de Calen al haber dado al traste con su farsa, se quedó sin aire.
Se sintió débil y mareada y todo a su alrededor comenzó a desvanecerse.
Fijó su mirada en Calen y vio cómo se levantaba con rapidez y, con una expresión mezcla de asombro y terror, intentaba alcanzarla.
Tras el siguiente parpadeo, él y el salón habían desaparecido y estaba sola, en realidad rodeada de extraños, en medio de lo que parecía una aldea medieval recién atacada.
¡Aquello era una locura! Parecía haber aterrizado en pleno rodaje de una película, pero algo le decía que aquello no era ficción.
Observó paralizada cómo las mujeres huían despavoridas, los niños lloraban desconsolados y los lugareños se enfrentaban a los agresores con palos, hachas o lo que tuvieran a mano.
Ella seguía paralizada. Solo era capaz de mover los ojos, intentando captar todo el caos que la rodeaba.
Un jinete pasó junto a ella a toda velocidad y eso fue lo que la sacó de su estupor.
Hasta entonces, solo había sido capaz de captar las imágenes, como si contemplara una película de cine mudo, pero de golpe, toda una amalgama de voces y gritos reverberó en su cabeza y tuvo que taparse los oídos con las manos para poder pensar.
Tenía que quitarse de en medio o se la llevarían por delante.
Miró en todas direcciones, buscando un lugar donde esconderse y localizó una especie de cobertizo a su espalda.
Ya estaba casi en la puerta cuando un fuerte brazo la cogió desde detrás por la cintura y la levantó en volandas.
Isabel se revolvió y pataleó para que la soltara, quienquiera que la sujetase, pero lo único que consiguió fue que la agarrara con más fuerza.
La metió al interior y la tiró al suelo con brusquedad.
El golpe seco la dejó sin respiración y antes de que pudiera reaccionar, un hombre inmenso y mugriento estaba a horcajadas encima de ella.
Y, lo que es peor, antes de que pudiera evitarlo, le dio un rudo beso en la boca.
Mientras seguía pateando y braceando, no dejaba de repetirse que aquello no podía estar pasando, pero estaba.
Sentía el peso del hombre encima y su repugnante aliento golpeándole en la cara.
Ella estaba aterrada. Él, por el contrario, sonreía divertido.
Isabel, en su constante braceo, consiguió que uno de sus puños, en el que apretaba con fuerza la tela, impactara de lleno en la mejilla del agresor.
Pareció tan sorprendido como lo estaba ella de que lo hubiera conseguido, pero al momento se enfureció y la zarandeó con fuerza.
Estaba segura de que, si seguía sacudiéndola con tanta brutalidad, era cuestión de segundos que alguna de sus vértebras se descolocara.
El hombre dejó de hacerlo de repente y su gesto de enfado se transformó en una expresión de puro gozo, como si alguien hubiera puesto delante de sus ojos un plato con un rico festín.
Al mirarse a sí misma lo comprendió. Con el meneo, el cinturón del albornoz había vuelto a aflojarse, dejando al descubierto todo un manjar a los ojos de aquel individuo.
Isabel, aprovechando que seguía pasmado, intentó atizarle otro puñetazo, pero esta vez, no lo consiguió.
Él, sin ningún esfuerzo, atrapó sus dos puños con una sola mano y los empujó hasta posarlos en el suelo, detrás de la cabeza de Isabel.
Luego, volvió a fijar la vista en el escote femenino y con la mano libre, apartó el albornoz hacia los lados.
Otra vez la miraba con ojos desorbitados por la sorpresa.
Sin duda, la extraña ropa interior que llevaba la mujer, lo tenía desconcertado.
Posó la palma de su mano sobre una de las copas del sujetador y ejerció un poco de presión.
Sus pupilas volvieron a agrandarse y bailotear al pisar de nuevo terreno conocido.
Pareció ser consciente de que estaba perdiendo demasiado tiempo con aquella mujer, así que decidió dejarse de juegos y empezó a tirar con fuerza de la prenda, intentando arrancarla.
Isabel no daba crédito. ¿De verdad la iba a violar un maleante del siglo XIII?
Comenzó a notar que le faltaba el aire y fue consciente de que estaba a punto de entrar en pánico.
Un segundo estaba atrapada, bajo aquella mole de mugre, y al siguiente, estaba otra vez en el salón de su casa. Semidesnuda y aterrada, pero a salvo.
AÑO 2025
Calen llevaba diez minutos paseando, como un león enjaulado, a lo largo del diminuto salón de Isabel.
Llegó hasta el ventanal de la terraza y giró para emprender el trayecto una vez más y entonces la vio aparecer junto al sofá.
En dos zancadas estaba junto a ella. La estrechó contra su pecho y tres segundos más tarde volvió a separarla para reprender su irresponsable forma de actuar.
Se fijó por primera vez en su rostro desencajado y no le hizo falta preguntar, supo que algo malo había ocurrido.
Le quitó el albornoz sin demasiada delicadeza y comenzó una exhaustiva revisión de su cuerpo.
Isabel seguía sin pronunciar palabra y, pese a su estado catatónico, no dejaba de intentar cubrirse.
Calen no cedió a su mudo ruego. Necesitaba comprobar que no la habían herido.
La parte superior, a excepción de algún arañazo y rojeces, no parecía tener ninguna lesión importante.
Calen hincó la rodilla en el suelo y continuó con la exploración.
Tras revisar la parte delantera, la obligó a girarse y palpó sus nalgas y las piernas.
El hecho de que, a pesar del estado lamentable que presentaba, parecía que la hubieran arrastrado por media aldea, todavía llevara puesta la ropa interior, le proporcionó un mínimo de calma.
Cuando quedó satisfecho con la inspección volvió a abrazarla, no supo si por el bienestar de Isabel o por el suyo propio. Ni en la más cruenta de todas las batallas en las que había participado había pasado tanto miedo, ni se había sentido tan impotente como en los últimos diez minutos.
Al darse cuenta de que le costaba mantenerse de pie, la tomó en brazos y la llevó a la habitación.
La acostó con delicadeza sobre la cama, la cubrió amorosamente con la colcha y se acostó tras ella.
Estaba deseando saber qué le había sucedido, pero no iba a agobiarla con preguntas.
Sabía que tendría que esperar un poco más.
La abrazó fuerte y la atrajo hacia sí para mecerla como a un bebé.
Y cuando, poco después, la escuchó empezar a llorar muy bajito, sin dejar de acunarla, comenzó a susurrarle una y otra vez, que estaba a salvo, que todo estaba bien.
Ninguno de los dos tuvo curiosidad por saber cuánto tiempo pasaron así. Muy pegados el uno al otro. Ella llorando bajito y él acunándola entre murmullos. Transcurrió lo que quedaba de mañana y dejaron que el mediodía se alejara, sin cambiar su posición.
Y poco a poco esas palabras susurradas fueron calando en la mente de Isabel.
Se fue relajando y la neblina en la que se había sumido su mente tras la traumática experiencia, empezó a disiparse.
Se obligó a respirar hondo unas cuantas veces para hacerla desaparecer por completo.
Y entonces fue consciente de dos verdades igual de aterradoras: que habían estado a punto de violarla y que todo lo que Calen le había contado era cierto.
Pegado a su espalda tenía a un hombre que había viajado más de setecientos años en el tiempo.
Y fue en ese momento cuando toda la historia cobró una nueva dimensión.
Se giró para poder mirarlo a los ojos y él, le mantuvo la mirada en silencio. Intuía el torbellino que bullía en la cabeza de la mujer.
—Por favor, vuelve a contármelo todo —pidió poco después—. Ahora te escucho.
Y él lo hizo. Le habló de sus esposas muertas… de su desesperación por conseguir una nueva esposa… de la importancia de engendrar un heredero para su clan… de su inoportuna borrachera, de su estúpida burla de la leyenda y de su llegada a este mundo, como consecuencia de ella.
Le habló de todo eso con detalle, sin omitir nada, pero no le mencionó qué ocurriría si no conseguía regresar con una esposa en el plazo convenido.
Los silencios fueron una parte importante de la conversación, más bien del monólogo, puesto que Isabel casi no intervino. Dejó que él lo contara a su ritmo y solo cuando tuvo curiosidad por algún aspecto concreto, interrumpió pidiendo una aclaración más exhaustiva.
Isabel, alertada por un cambio brusco en la luz, se giró para mirar el reloj de la mesilla.
Eran poco más de las seis, en teoría, aún quedaban varias horas para que se pusiera el sol.
Sin embargo, el fragmento de cielo visible desde la ventana se había cubierto de densas nubes de un gris plomizo, que parecían tener prisa por descargar su contenido. Se avecinaba una tormenta.
—Estoy un poco destemplada —afirmó, apartando la colcha e incorporándose—. Voy a prepararme una infusión.
—Buena idea —respondió Calen, echando también pie a tierra.
—¿Tú también quieres una infusión? —preguntó extrañada.
—No. Quiero recuperar la templanza, pero para eso, yo necesito algo más fuerte. Echaré mano de mi botella mágica.
Isabel sabía a cuál se refería. Desde el día que lo conoció, siempre que tenía ocasión, aseguraba que la cerveza que bebían aquí era tan suave e insulsa que parecía pis de gato.
Ella siempre había pensado que por «aquí» se refería a España, pero ahora comprendía que él se refería al presente.
Sin embargo, cuando probó el whisky por primera vez, aquel destilado le pareció toda una revelación, un licor con la fuerza del aguardiente de su época, pero infinitamente más refinado.
Desde ese día, junto con el vino, era lo único que Isabel le veía beber.