Chapter 6 #2
El día anterior Calen había pasado por el hostal para recoger el pequeño cofre que habían comprado para guardar la reliquia, una de las pocas cosas suyas que aún quedaban en la habitación. Ahora lo sacó de su mochila y fue en busca de Isabel.
—¿Tienes un momento? Quiero enseñarte una cosa.
—Más bien no, aún tengo que ducharme y tenemos que estar en la puerta del palacete a las once, vamos un poco justos —argumentó mientras terminaba de aclarar la taza del café—. ¿No puedes esperar?
—No. Llevo posponiéndolo días. Tengo que contarte una cosa importante. No nos llevará mucho tiempo.
—De acuerdo —asintió mientras se secaba las manos— Tú dirás.
—Sentémonos.
Isabel consultó el reloj, casi segura de que no llegarían a tiempo a la visita en la que había reservado plaza, pero, como lo vio tan circunspecto, obedeció sin rechistar y lo siguió hasta el salón.
Lo observó posar una pequeña cajita sobre la mesa y abrirla con gesto reverencial, por lo que dedujo que aquello que estaba a punto de decirle era importante para él.
—Esta caja guarda una reliquia familiar que ha pasado de generación en generación desde hace siglos. Su custodio es el jefe del clan.
Calen hizo una pausa para comprobar si el mensaje iba calando en Isabel.
—Puesto que está en tu poder, deduzco que tú eres el jefe de tu clan.
—Así es. Yo soy el laird de los Callaghan —ratificó con orgullo.
Isabel estuvo a punto de hacer un comentario jocoso tipo «¡Qué calladito te lo tenías» «¡Vaya!
así que yo soy una especie de consorte del jefazo», pero el tono y la actitud de Calen le indicaron que no era oportuno.
Dejó que continuara hablando y unos minutos después habían desaparecido todas sus ganas de bromear.
En realidad, su estado de ánimo se debatía entre el asombro y el cabreo.
Para determinar hacia cuál de los dos estados se inclinaba la balanza, decidió dejar que siguiera hablando un poco más.
Lo escuchó relatar una historia digna del mejor libro de aventuras, en el que se entremezclaban conjuros, magia, druidas, dioses del inframundo y viajes en el tiempo.
Barajó la posibilidad de que Calen volviera a bromear, pero a los pocos minutos, pese a su escepticismo sobre esos temas y a lo increíble que sonaba el relato de principio a fin, empezó a tomarlo en serio.
La historia estaba tan bien argumentada que algo le decía que Calen no había inventado ni el más ínfimo detalle y eso sí que la asustó.
Y, como parapeto defensivo, se refugió en el sarcasmo.
—¿Quieres decirme que has nacido en el siglo XIII y que ese trozo de tela es el responsable de que hayas viajado en el tiempo?
—Sí, exacto —respondió sin perderla de vista.
Para su gusto se lo estaba tomando de forma demasiado calmada. No le había interrumpido ni una sola vez mientras contaba toda su odisea y algo le decía que, esa calma aparente, estaba a punto de terminar.
Isabel, desde fuera, podía parecer calmada, pero su mente estaba sufriendo todo un terremoto interno y su boca era la salida natural por la que toda la lava del volcán iba a comenzar a erupcionar.
—¿Sabes qué? Llevas semanas pitorreándote de mí con ese temita y he aguantado tus bromas sin protestar, pero ya no tiene gracia.
—No te lo he contado para que te haga gracia —replicó muy pausado, consciente de que, a priori, no debía sonar muy creíble—. Te lo he contado porque es la verdad y no quería seguir ocultándotela.
Isabel había intentado mostrar una calma que no sentía. Ninguna de las alternativas era muy halagüeña. O ese tío intentaba burlarse sin escrúpulos de ella o lo que contaba era verdad. Y esa segunda opción, era mucho más terrorífica.
Su temperamento no aguantó más. Un segundo estaba sentada, erguida y con las manos apoyadas sobre la mesa y, al siguiente, la silla había caído al suelo y ella caminaba de un lado a otro, al tiempo que gesticulaba de forma exagerada.
—Pero ¿tú eres gilipollas? ¿Tan estúpida me crees para tragarme esa patraña?
—No creo que seas en absoluto estúpida —negó con calma Calen—. De hecho, cuento, precisamente, con que seas todo lo contrario.
—Pero, vamos a ver —exclamó, muy sulfurada, volviendo sobre sus pasos y tomando la tela en sus manos— ¿Cómo este viejo trapo te va a hacer ir a ninguna parte? —preguntó irreverente, tirando otra vez el retal de tela sobre la mesa—. ¡Es una solemne tontería! —sentenció tras reanudar su ir y venir.
—Sé que puede resultar difícil de creer, pero te aseguro que así sucedió.
Isabel regresó sobre sus pasos, apoyó las manos en la mesa y se inclinó hacia delante para acercar su rostro lo más posible al de Calen.
—Así ¿cómo? —interrogó con cara de pocos amigos.
—Ya te lo he dicho. Formulé la petición formalmente y Vadala la aceptó.
Isabel se reclinó hacia atrás hasta recuperar la horizontalidad. Agachó la cabeza, cerró los ojos y respiró muy profundo intentando serenarse.
—Creo que voy a sufrir un ataque de ansiedad.
Él miró alerta a ambos lados a medio camino entre la indignación y la incredulidad. No creía posible que nadie, ni siquiera del inframundo, se atreviera a atacarla estando él a un metro escaso. Endureció la expresión y afirmó con rotundidad:
—Estate tranquila, mientras yo esté contigo, nadie te va a atacar.
Isabel no supo si reír o llorar porque, que Calen hubiera tomado su frase al pie de la letra, como si de verdad esperase un ataque, sería algo muy lógico en alguien llegado del siglo XIII. Aun así, siguió negándose a claudicar.
—Eso que me estás contando, rompe todas las lógicas. Es imposible que suceda —aseveró dando un golpe en la mesa.
—Te digo que no lo es —respondió Calen sin perder la calma.
—¿Sabes qué? —lo increpó nerviosa, inclinándose otra vez hacia delante con gesto desafiante—. A mí me parece mucho más creíble que te hayas escapado de un psiquiátrico y que ahora intentes arrastrarme a mí en tu locura —culpó, enderezándose de nuevo.
Antes de reanudar su frenético paseo, comprobó que su albornoz se había abierto con tanta gesticulación. Cruzó las solapas con gesto brusco, tiró del cinturón para ajustar la prenda y, entonces sí, avanzó a toda velocidad hasta casi chocar con el televisor.
—¿Con qué fin iba a hacer eso?
—¡Está muy claro! —replicó, dando media vuelta y reemprendiendo su paseo—. Para que me encierren contigo en el manicomio y vivamos juntos, felices para siempre.
Calen no sabía qué más decir para convencerla.
—Escucha…
—No, escúchame tú —ordenó silenciándolo—. Quieres decirme que ese trapo…
—No lo llames así, suena irreverente —rogó, dolido por su falta de respeto.
Isabel levantó los brazos y le mostró las palmas, fingiendo una disculpa. Regresó hasta la mesa, tomó el retal sin miramientos y retomó la frase con algo de retintín.
—¿Quieres decirme que esta maravillosa pieza de tela —añadió con sorna—, tiene poderes mágicos y que, si yo pidiera un deseo me lo concedería?
Calen entornó los ojos, algo descolocado. Jamás se le había ocurrido hacerse esa pregunta. Siempre había dado por hecho que el retal solo funcionaba en manos de un laird.
—Supongo que no —respondió, aún pensativo—, pero no lo sé seguro. Siempre se ha dado por hecho que, al permanecer bajo la custodia del laird, su magia solo era efectiva si la petición la formulaba él. Aunque, en realidad, no hay evidencias que prueben tal cosa —razonó, pensativo.
—¡Ohhh! —exclamó Isabel, haciendo un gran aspaviento con los brazos—. ¡Qué conveniente para la credibilidad de tu historia, que la magia solo funcione contigo! Pero, tal vez deberíamos comprobarlo para asegurarnos.
El tono chulesco de Isabel, lo puso en alerta. Calen reaccionó de inmediato, pero no con la suficiente rapidez. Para cuando quiso levantarse, bordear la mesa y arrebatarle el retal de la mano, ella ya había tomado la palabra y estaba formulando la petición:
Mi querida Vadala,
me gustaría viajar, diez minutos nada más,
al tiempo y lugar del que vino mo gharàdh [10]
para luego regresar a este mismo tiempo y lugar.
Isabel pensó que la mejor manera de desmantelar aquella fábula era encender la mecha en pleno polvorín y hacerlo saltar por los aires. Pero la que saltó fue ella y no por los aires… sino por el tiempo.
Si prometes guardar silencio, puedes asomarte y ser testigo de la discusión que cambió las vidas de Isabel y Calen para siempre .
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