La candidata perfecta Chapter 6
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Chapter 6

Isabel echó un vistazo al reloj de la mesilla y, al percatarse de lo tarde que era, salió de la cama disparada.

Calen se estiró y preguntó con mirada lasciva:

—¿Tienes que irte? ¿No puedes quedarte un poco más?

—Voy tarde, debería estar llegando a la universidad y mira dónde estoy todavía —respondió, desprendiéndose de la parte de arriba del pijama, brindando con ello todo un convite para la vista de Calen.

Abrochó con destreza el sujetador y se sentó sobre la cama para, en el mismo movimiento, desprenderse del pantalón del pijama y ponerse la ropa interior.

De camino al armario para coger una blusa limpia, se percató de que Calen se la estaba comiendo con los ojos.

—Por cómo me miras, diría que no has visto nunca a una mujer en ropa interior.

Calen podía haber respondido que había visto muchas mujeres desnudas, pero ninguna con esa ropa interior tan novedosa para él. En lugar de eso, contestó:

—Nunca una tan espectacular como tú.

Su piropo lo hizo merecedor de un beso largo y posesivo que casi termina con ambos tendidos de nuevo sobre la cama.

Antes de que eso ocurriera, Isabel retrocedió, se colocó la blusa y terminó de abrochar los botones camino de la cocina, deseando que la jornada pasara rápido para volver a esa habitación y continuar justo donde lo habían dejado.

Y para cuando quisieron darse cuenta, llevaban algo más de un mes despertando juntos y el paso de los días no había restado ni un ápice de emoción a ese momento.

Era como si cada mañana se reencontraran por primera vez.

Solían colocarse de lado para poder mirarse a los ojos.

A veces, ella le acariciaba la mejilla o dejaba vagar su dedo índice por el rostro de Calen, como si de un pincel se tratara, y perfilaba sus pómulos, sus cejas…

Otras veces era él el que le besaba los párpados cerrados o deslizaba los labios a lo largo de su cuello, encendiendo cada milímetro de piel que rozaban a su paso.

Isabel cedió el primer turno de ducha a Calen para remolonearse un poco más en la cama.

Pensó en todas las cosas que quería compartir con él a lo largo del día: La visita turística que había preparado, la comida en una de las tabernas del casco antiguo…

quizá un corto paseo por la tarde y una cena tranquila en algún lugar íntimo y poco concurrido…

Imaginó todo aquello sin saber que esa jornada, lejos de ser un sábado más, iba a marcar un antes y un después en su relación.

Disfrutó del espectáculo de verlo pasearse desnudo por la habitación recogiendo su ropa, antes de encerrarse en el baño.

Le gustaban esas rutinas recién adquiridas desde la llegada de Calen.

Se dio cuenta de que, desde que había entrado en su vida, todo había cambiado por completo.

La había llenado de luz, de risas, de conversación, de proyectos, de sueños y de amor.

Isabel era consciente de que estaba viviendo una de las etapas más felices de su vida.

Sonrió de puro gozo y, sin dar tiempo a que la pereza la convenciera de lo contrario, salió de la cama para preparar el desayuno mientras esperaba su turno en la ducha.

Se colocó el albornoz sobre la ropa interior y puso rumbo a la cocina.

Mientras degustaba el primer café de la mañana, sentada a la mesa de la cocina, se puso a recordar las que habían sido sus primeras citas con Calen.

Estaba casi segura de que aquel «solo amigos» con el que logró convencerla para quedar, había sido solo una argucia.

Casi se atragantó recordando cómo solo tres días después de aquella primera cita, él le había soltado a bocajarro: «Llevamos demasiado tiempo siendo amigos, ¿no te parece?

¿Qué tal si damos un paso más en nuestra relación?

». Ella lo había mirado y buscado algún matiz que revelara broma o diversión, pero no lo encontró.

Al contrario, por su expresión parecía una afirmación muy meditada.

Y a Isabel no se le ocurrió ningún motivo para declinar su oferta, como tampoco lo encontró para rechazar el beso apasionado que él le dio a continuación, y al que ella respondió gustosa.

Aquel día marcó un antes y un después que entonces Isabel no supo ver, pero que ahora, al recordarlo, le parecía evidente.

Calen, desde ese instante, había empezado a tratarla de manera diferente.

Quizás de una forma más cercana y es posible que más posesiva, pero a la vez, más tierna y cariñosa.

Parecía haberse quitado una de esas capas protectoras que la mayoría nos ponemos cuando tratamos con desconocidos, lo que permitió que ella pudiera empezar a conocerlo de verdad.

A menudo compartía fragmentos de su pasado que hasta entonces había obviado.

Hablaba de su familia y del lugar donde vivía.

Hablaba mucho de sus antepasados, de sus costumbres y creencias y lo hacía de manera tan minuciosa, que ella se quedaba anonadada por el grado de conocimiento que demostraba.

Estaba convencida de que debía de haber consultado cientos de libros para recopilar tantos detalles como sabía.

Era capaz de hablar durante horas sobre batallas o hechos históricos en los que sus antepasados habían participado.

Argumentaba, defendiendo el motivo de cada pequeña escaramuza que su clan había llevado a cabo.

Y lo hacía con tanta pasión que parecía que él mismo hubiera intervenido en la refriega.

Alguna vez que ella se lo había comentado, él se había burlado asegurándole que así era, que había viajado en el tiempo y que, en realidad, su tiempo, su hogar y su vida, estaban a más de siete siglos de distancia.

Hasta semejante barbaridad, sonaba creíble en su boca. Era un narrador nato. A ella le encantaba escucharlo. Le recordaba a su profesor de primer curso y estaba segura de que, como él, si se lo propusiera, también sería un estupendo docente.

Tras el último sorbo a su café, rememoró el día en que Calen le presentó a su hermano menor.

Lethan le había caído bien al instante. Aunque físicamente se parecían mucho, desde ese primer día notó que sus formas de ser eran muy diferentes, cosa que confirmó con el tiempo.

Lethan era mucho más locuaz, espontáneo e impulsivo que su hermano mayor.

En la forma de comunicarse de Calen tenían mucho más peso las miradas y los silencios.

También diferían en el humor. El menor de los hermanos siempre recurría a él para rebajar la tensión en momentos complicados.

El humor de Calen era mucho más sutil. A veces utilizaba la ironía o el sarcasmo, pero no solía bromear tan abiertamente como lo hacía su hermano.

Y, así como Lethan siempre tenía una sonrisa cómplice preparada, las de Calen eran más escasas y, por ello, más valiosas.

Isabel también se dio cuenta de que Lethan tenía la necesidad de gesticular mientras hablaba.

Era mucho más expresivo que su hermano. Calen, en cambio, solía mantener una postura firme, erguida.

Sus movimientos eran mucho más medidos y solo se relajaba en la intimidad.

Desde el primer instante, Isabel percibió la camaradería que existía entre ellos y le gustó. Ella no tenía hermanos y era algo que siempre había envidiado en los demás.

A partir de ese primer día, fueron muchas las tardes que Lethan se unía a ellos y entre los hermanos siempre había bromas, miradas, sonrisas cómplices y frases con segundas intenciones que solo ellos entendían.

De hecho, Isabel recordó que aquel día en que Lethan acudió al parque para que se conocieran, se produjo una de esas conversaciones cifradas entre los hermanos.

No había vuelto a pensar en ello, pero sí le había parecido algo rara la forma en que Calen la había presentado a su hermano.

Se había colocado tras ella, la había sujetado por los hombros y, dirigiéndose a su hermano con un tono muy solemne, había dicho algo así como: «Eres testigo de que esta es la mujer que he elegido como compañera de vida».

A lo que Lethan, igual de ceremonioso, había respondido con un asentimiento de cabeza.

Para cuando quiso girarse y amonestar a Calen por su broma, el momento había pasado y los dos hermanos volvían a comportarse de manera normal, por lo que ella lo había dejado pasar.

Para Calen, el invento de la ducha ocupaba uno de los primeros puestos en su lista de maravillas del siglo XXI. La combinación de agua caliente, chorro de presión y comodidad, al poder instalar el invento dentro de los hogares, era digna de una mente brillante.

Como siempre que la utilizaba, salió del habitáculo con energías renovadas.

Las iba a necesitar. El día anterior había decidido que ya había llegado el momento de hablar claro a Isabel del conjuro, de la reliquia familiar y de su viaje en el tiempo.

No podía demorarlo más. Llevaba semanas intentando prepararla y esperaba que hubiera sido suficiente.

No había dejado de hablarle de su época, de su país, de cómo era la vida diaria…

Ella se mostraba receptiva, lo escuchaba con atención.

No estaba seguro, pero tenía la impresión de que le gustaba lo que oía.

Aun así, no se hacía ilusiones, eso no era garantía de nada.

Sabía que haría falta algo más que entusiasmo para creer su historia y todavía más para querer formar parte activa de ella.

Los sábados, Isabel preparaba excursiones turísticas por la ciudad, mostrándole lugares emblemáticos. Los domingos, simplemente se cerraban en casa y pasaban la tarde hablando.

Hoy, Isabel había reservado plaza para una visita guiada a una casa palaciega propiedad del ayuntamiento.

Pero, antes de eso, él tenía pensado mantener la tantas veces postergada conversación y era posible que, según como se desarrollara, lo que hubiera que aplazar para otro día fuera la visita guiada.