La candidata perfecta Chapter 5 #2
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Chapter 5 #2

—¡Ah! —exclamó entusiasmada de nuevo—. Tengo que enseñarte uno de los últimos que he clasificado esta tarde.

Es una daga preciosa. No sé si estás familiarizado con el armamento tradicional escocés —continuó con la explicación, sin dar tiempo a que Calen respondiera—.

Es un arma de doble filo, de unos veinte centímetros, diseñada para el combate cuerpo a cuerpo y que solía llevarse al cinto.

—Sí, me resulta vagamente familiar —comentó, con mordacidad, en cuanto pudo intervenir.

Isabel no detectó su sorna, mucho menos adivinó lo cercano que le resultaba el objeto en cuestión.

—La hoja es de acero y el mango… el mango es una obra de arte por sí solo. Es de raíz de tejo y está tallado con unos intrincados dibujos, seguramente de origen celta. Le he pasado unas fotografías a un colega para que me lo confirme.

Isabel fijó la vista en el suelo y pareció hablar con ella misma.

—En siglos posteriores las damas llevaban puñales similares, pero mucho más reducidos en tamaño, escondidos en sus ropas o en el corpiño.

Pero en el siglo XIII, al que pertenecen la mayoría de los objetos de la colección, no tengo constancia de que fuese habitual que las mujeres llevaran este tipo de armas.

Calen se había detenido de golpe y había tirado hacia sí de la mano de Isabel, haciendo que esta chocara contra su pecho.

—¿Para qué iba a querer una mujer del siglo XIII llevar un arma de ese tipo?

—Para su protección.

—No necesita más seguridad que la compañía de su esposo, padre o hermano a su lado.

Isabel obvió esa respuesta tan retrógrada y desconcertante para ella, y se concentró en la expresión de Calen.

Tuvo la impresión de que se había tomado el comentario como algo personal, como si le ofendiera la idea, a su juicio tremendamente descabellada, de que una mujer quisiera defenderse por sí sola.

Un instante después, tanto la respuesta como la expresión de Calen quedaron relegadas a un segundo plano. Sus miradas se habían quedado enganchadas y todo a su alrededor: transeúntes, luces, sonidos… todo dejó de existir.

Isabel hizo un esfuerzo por salir de ese limbo hipnótico y en un susurro sin el menor entusiasmo, replicó:

—A mí, para más seguridad, me gustaría tener uno de esos puñales escondido entre las enaguas.

Calen amplió la sonrisa y, sin poder resistirse, deslizó su dedo índice a lo largo de la nariz de Isabel, antes de asegurar:

—Te garantizo que conmigo a tu lado no necesitarías jamás juguetitos de ese tipo.

Lo afirmó con tal convicción que Isabel lo creyó.

Y, como en otras ocasiones, tuvo la sensación de que él habría encajado a la perfección en aquella época.

Su físico, su firmeza, su talante… Le resultaba fácil imaginarlo liderando alguna de las batallas que habían comentado en días pasados, o vistiendo los ropajes que describían los libros de historia.

Para cuando quiso darse cuenta, la lengua de Calen campaba a sus anchas por su boca. Y la atrevida de su homóloga se había apresurado a salir a su encuentro. El beso terminó cuando él le puso fin. Si por ella hubiera sido, habría seguido hasta quedarse sin aliento.

Cuando abrió los ojos, Calen la miraba sonriente.

Había un atisbo de prepotencia en su mirada, como si, con ese beso demoledor, acabara de constatar algo que él ya sabía.

Pero ni siquiera eso la molestó. Volvió a besarla de forma fugaz y echó a andar con ella abrazada por la cintura, bien pegada a su costado.

Isabel no fue consciente de haber atravesado la Plaza Mayor ni de haber recorrido la calle Toro. Cruzaron a la carrera, con el semáforo en rojo, el transitado Paseo de Canalejas, para tomar la calle María Auxiliadora y, en un abrir y cerrar de ojos, estaban en el portal de su casa.

Otro beso abrasador la dejó sin resuello y cuando Calen sugirió que le enseñara ese piso con el que tanto se había encariñado, ella aceptó la propuesta encantada.

A la mañana siguiente, camino del trabajo, todavía se sonrojaba al recordar las escenas de las que había sido testigo el sofá del salón.

Ya nunca podría mirarlo de la misma manera, se dijo a sí misma sonriendo como una tonta mientras esperaba para cruzar la calle.

Casi pudo volver a sentir las manos de Calen recorriendo su piel, con esa mezcla de cautela y descubrimiento propia de las primeras veces.

Recordó la urgencia de los primeros instantes y la calma posterior.

Recordó los suspiros, los susurros, las caricias, las risas apagadas…

Revivió la sensación de vértigo y de fuego, de ternura y de refugio, y el rubor volvió a colorear sus mejillas.

A pesar de las trabas que ella misma había puesto a esa relación desde el primer momento, a pesar del poco tiempo que hacía que se conocían, a pesar de saber que él estaba en la ciudad por tiempo limitado…

, a pesar de todos los pesares, no se arrepentía de nada de lo que había dicho o hecho la noche anterior.

No había habido premeditación, todo había surgido de forma inesperada y natural.

Y el resultado, lejos de clichés mil veces repetidos, había sido genuino, auténtico.

Imposible compararlo con nada vivido hasta entonces.

Calen había abandonado el piso de Isabel al amanecer.

Se había comprometido para acompañar a Lethan a la obra y no podía faltar a su palabra.

No era la primera vez. Si el capataz preveía que iba a haber algún trabajo extra, solía contar con él.

Casi agradeció tener una excusa para marcharse, si no, no habría sido capaz de abandonar el dormitorio de Isabel.

Se había despertado con la agradable sensación de tenerla pegada a su espalda.

Se había girado con cuidado de no despertarla y la había estado contemplando, no supo cuánto tiempo.

No se cansaba de mirarla. Solo el compromiso previo de acudir a la obra lo había arrancado, muy a su pesar, de esa cama.

Tras una hora de caminata hacia la pensión, el sol ya empezaba a calentar su cuerpo, nada comparable al calor vivido la noche anterior.

No pudo evitar respirar henchido de satisfacción al recordar el ardor con el que Isabel lo había recibido.

La intensidad con la que se habían fundido lo dejó con la sensación de haber traspasado un umbral invisible.

Estaba seguro de que no había sido solo deseo.

Era algo más parecido a la pertenencia. En su mundo no había juramento más sagrado que el de entregarse así, sin reservas, sin exigir nada a cambio.

Tuvo la certeza de que esa mujer ya era suya, aunque ella todavía no lo supiera.

En ese mismo instante, se propuso hacerla consciente, en el menor tiempo posible, de esa realidad: la de que ya le pertenecía, aunque ella no lo supiera.

Pensó que la manera más rápida de lograrlo sería hacerse tan imprescindible en su vida como el aire. Si eso implicaba convertirse en su sombra, ¡qué se le iba a hacer!, bromeó consigo mismo, tendría que sacrificarse y no separarse de su lado.

Dicho y hecho. Esa misma tarde volvió a buscarla a la salida del trabajo, y tras un corto paseo, la acompañó hasta el portal.

No subió a su casa, pero se aseguró de fijar un nuevo encuentro para el día siguiente.

Que fuera sábado le permitió quedar a última hora de la mañana y, como esperaba, ella terminó invitándolo a comer a casa.

El que, tras una tarde de conversación distendida y algún beso robado, terminara quedándose a dormir de nuevo, fue algo tan lógico y natural como inevitable.

¿Me ayudas a verificar que Isabel no se ha confundido al recitar de memoria el nombre de las calles de su recorrido diario?

Vamos a comprobarlo con el plano de Salamanca .

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