La candidata perfecta Chapter 5
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Chapter 5

Isabel procuraba pasar por la sala de exposiciones varias veces al día. Le gustaba mezclarse con los visitantes y escuchar a hurtadillas sus comentarios. A veces, descubría en ellos aspectos o detalles que le habían pasado desapercibidos.

Pero, si había una hora en la que disfrutaba deambulando por la sala era cuando los visitantes la abandonaban y se quedaba vacía.

Porque, cuando todos callaban, la historia gritaba.

Entonces, como estaba haciendo ahora, la recorría sin prisa, deteniéndose delante de cada vitrina y observando su contenido como si fuera la primera vez.

No podía estar más contenta con la sala que había elegido el MUSAL para exponer la colección. Estaba ubicada en la planta baja del edificio histórico, en uno de los largos pasillos del claustro, y ya por sí sola constituía todo un tesoro. Techos abovedados, muros de piedra porosa…

Las vitrinas expositivas, de madera oscura y cristal grueso, descansaban sobre un suelo embaldosado, añejo como los buenos vinos y recio como el resto de materiales utilizados en la construcción del edificio.

La luz natural entraba por los altos ventanales, pero eran los diversos focos semiocultos en lugares estratégicos del techo, los que aportaban ese juego de luces y sombras tan característicos de los museos.

La Universidad de Salamanca sabía jugar muy bien con el espacio y las luces.

A lo largo de sus ochocientos años de historia, había ido engrosando poco a poco un valioso patrimonio y parte de esos objetos se exhibían al público, bien de forma temporal o permanente, por lo que había adquirido mucha experiencia en organizar exposiciones.

Y en esta ocasión, una vez más, había conseguido crear un espacio para el disfrute de los sentidos.

Un día, en una de las visitas guiadas que la Universidad concertaba con los colegios de la zona, escuchó a un niño decir que allí olía a museo.

«Y ¿a qué huele un museo?» —le había preguntado la guía—.

El niño, encogiéndose de hombros, había respondido: «No sé, a cuero…

, a papel viejo…». Algunos compañeros se habían animado a continuar con la lista: «a madera mojada…

a tinta… a rancio…», sugirió otro de los niños provocando un coro de risas a su alrededor.

Al final la retahíla de olores se había desvirtuado un poco, pero Isabel estaba de acuerdo con la mayoría de las aportaciones.

En definitiva, los museos no dejaban de ser un espacio en el que se pretendía que objetos de épocas pasadas siguieran vivos.

Lógico era que lo hicieran también todos los olores que acarreaba su historia.

Escuchó las pisadas inconfundibles del guardia de seguridad y se giró para saludarlo.

—Buenas noches, Germán —exclamó, al tiempo que apagaba las luces de la sala y salía al pasillo.

—Buenas noches, señorita Isabel.

Por más que le había insistido en que suprimiera el «señorita», él, como todos los de su generación, seguía utilizándolo como muestra de respeto.

—Otra vez trabajando hasta tarde.

—No me importa —respondió, echando a andar hacia la salida—. Ya sabes que soy ave nocturna, como tú.

—No se crea —contradijo él, poniéndose a su lado para acompañarla un tramo del recorrido, como hacía siempre que se encontraban—.

Mi cabeza sigue siendo la de un búho nocturno, pero mis huesos se comportan como los de un gorrión y me piden a gritos que cambie mis costumbres y, a estas horas, les deje ya descansar.

Es lo que tiene ser viejo, que se produce un desajuste irreconciliable entre cuerpo y mente.

Isabel sonrió, divertida por el tono catastrofista de Germán.

—No exageres. ¡Estás estupendo! —halagó, frotándole el antebrazo con afecto—. Me voy. Mañana más y mejor —afirmó a modo de despedida, al tiempo que echaba a andar hacia la puerta lateral que utilizaba el personal fuera de las horas lectivas.

—Ya me han avisado de Dirección de que mañana a primera hora vienen a montar otra vitrina —voceó Germán.

—Sí —confirmó Isabel, caminando de espaldas para mirarlo—, ya tengo otro puñadito de cosas bonitas para enseñar a la gente.

—Se le va a quedar la sala pequeña.

—¡Ojalá! —respondió ella, empujando la barra de la puerta tras pasar la tarjeta por el lector.

Ya en el exterior, se detuvo para guardar la identificación en su bolso y escuchó el inconfundible estruendo de la pesada puerta metálica cerrándose a su espalda. A esas horas, cuando la intensidad del bullicio diario era mucho más leve, el fuerte ruido todavía resultaba más estridente y molesto.

Antes de ponerse en camino, valoró si debía sacar el fular para echárselo por los hombros, pero lo descartó. El trayecto hasta casa no era de más de veinte o veinticinco minutos y hacía una noche estupenda.

No había dado más de media docena de pasos cuando lo vio y como ocurría siempre, su corazón se puso contento.

Calen no se movió de su posición. La había visto salir…

detenerse a rebuscar en su bolso… otear el cielo y, al fin, ponerse en marcha.

Percibió el instante en que lo descubrió parado en la acera de enfrente, pero permaneció inmóvil, disfrutando del espectáculo de verla avanzar con paso firme, directa hacia él.

—Buenas noches —la escuchó decir, con una sonrisa que evidenciaba cuánto se alegraba de verlo.

Se dio un pequeño impulso para separar la espalda de la pared y, en el mismo movimiento, aprovechó para acercar los labios a su mejilla, dejándolos ahí unos segundos.

—Buenas noches —susurró junto a su oído antes de separarse.

—No habíamos quedado.

—No, pero me pareció buena idea pasarme y acompañarte a casa.

—Estoy muerta. Llevo trece horas ahí dentro.

—Bien. Pongámonos en marcha entonces. Cuanto antes lleguemos, antes podrás meterte en la cama.

A pesar de sus palabras, que incitaban a la acción, Calen no se movió, otorgándole el poder de decidir si permitía que la acompañase o no.

Y eso, a ella, le gustó. Empezaba a conocerlo y algo le decía que esa noche, su caballero andante la iba a acompañar a casa.

A su lado, con su beneplácito. O, unos metros más atrás, si no había otro remedio. Echó a andar y él se colocó a la par.

—¿Has cenado?

—Sí, me traje un bocata. Y ¿tú?

—Sí, con mi hermano. En un bar cerca de la obra donde está trabajando.

—¿Llevas mucho esperando?

—No —mintió.

Tomaron la calle Libreros y continuaron hacia la plaza Mayor.

—No tenías que haberte molestado.

—No me importa, al contrario. Además, no quiero que te pierdas —bromeó.

Isabel sonrió.

—Imposible. Llevo tantos años haciendo este recorrido que podría llegar a casa con los ojos cerrados.

Calen se puso a su espalda y la hizo detenerse, rodeando desde atrás su cintura con uno de sus brazos y tapándole los ojos con la otra mano.

—Demuéstramelo —le susurró, juguetón.

Esa mano posada en su vientre estaba haciendo estragos en su concentración, pero aun así logró recitar el itinerario de memoria.

—Libreros hasta la Plaza San Isidro… mi querida Rúa Mayor…

calle Quintana… Plaza Poeta Iglesias… bordeamos Plaza Mayor para tomar la calle Toro, todo tieso hasta llegar a la Avenida de Mirat, cruzamos dejando a la derecha la Plaza de España, entramos al barrio por la calle Auxiliadora y, en cinco minutos, tumbada en mi camita.

—Excelente, prueba superada —exclamó bajito Calen, resistiéndose a soltarla.

—Te lo dije —afirmó, escapando del abrazo y echando a andar—.

Alquilé el piso cuando empecé a estudiar en la universidad, con la intención de dejarlo cuando terminara.

Me costó convencer a la dueña —recordó divertida—.

Había tenido una mala experiencia el año anterior y no quería saber nada con estudiantes, prefería alquilarlo a alguna pareja joven.

Me había pateado media Salamanca, pero solo había encontrado cuchitriles o los que eran medio decentes, tenían unos precios desorbitados para mi limitado presupuesto.

Empezaba a estar desesperada por lo que no estaba dispuesta a rendirme.

—Y ¿cómo la convenciste?

—Una tiene sus métodos —respondió con picardía—. Ahora, está encantada conmigo. Creo que, si algún día le dijera que me marcho, se llevaría un disgusto —profetizó con cierto tono de superioridad.

Rió divertida por hacer una afirmación tan osada y continuó hablando, recuperando la seriedad.

—Fue un acierto, la verdad. Las dos estamos contentas con el acuerdo.

Esas cuatro paredes se han convertido en un lugar especial.

Al final, he terminado encariñándome con el barrio, he ido encadenando trabajos por la zona y la idea de mudarme a otro lugar ha ido perdiendo fuerza.

Me encanta poder ir andando al trabajo todas las mañanas —añadió levantando los brazos con efusividad—.

Y me encanta que la mayor parte del recorrido sea por calles peatonales como esta, en las que puedes centrarte en otras cosas que no sean vigilar a conductores atolondrados.

En ese momento, Calen vio por el rabillo del ojo que de la puerta del bar que tenían justo al lado, salía un grupo de jóvenes más alegres y alborotados de lo normal. Tuvo el tiempo justo para estirar el brazo y detenerla. De lo contrario, se la habrían llevado por delante.

Isabel, que no los había visto, contuvo el aliento unos segundos por la impresión.

—¡Cuidado! Estos no necesitan coche para ir atolondrados —bromeó Calen.

Bajó el brazo y aprovechó para atrapar la mano de Isabel y arrastrarla consigo hasta pegarla a su costado. Y allí, en un amasijo de dedos entrelazados deseó que permaneciera el resto del camino.

—¿Te ha dado tiempo a dejar terminado lo que querías clasificar? —preguntó con celeridad para evitar en lo posible que Isabel fuera consciente de esa mano prisionera e intentara liberarla.

—Sí, todos los objetos están preparados para que mañana puedan exponerse —respondió orgullosa—. Ya solo me quedan media docena de cajas por revisar. Me va a dar pena cuando termine —confesó con tono melancólico.