La candidata perfecta Chapter 3 #5
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Chapter 3 #5

—Ya queda poco —informó Isabel, mientras bajaban el corto tramo de escalones y enfilaban la calle Tostado—. Está ahí mismo, a la izquierda, justo enfrente del teatro.

—Y, ¿tú? —preguntó Calen—, ¿algún antepasado escocés escondido en el árbol genealógico?

—No, qué va. Hasta donde yo sé, todos mis antepasados son españoles. De distintas regiones, tengo sangre cántabra, riojana, aragonesa, catalana, incluso andaluza. Lo que se dice un buen cóctel de culturas y costumbres, aunque todos sus ingredientes pertenecen a la Corona española.

—Entonces, ¿por qué ese interés por las Tierras Altas de Escocia?

—Supongo que el culpable fue don Benito, mi tutor en primero de carrera.

Era historiador y sentía pasión por tu tierra natal.

Tenía una voz pausada y melodiosa que te envolvía y te hacía perder la noción del tiempo.

Una de esas personas a las que nunca te cansas de escuchar.

Me pasaba tardes enteras en su despacho, empapándome de su sapiencia.

Narraba la historia como si la hubiera vivido en primera persona, intercalando comentarios o matices en los que solo se fijaría alguien que hubiera estado presente en los hechos.

No sé cómo explicártelo, a veces daba la impresión de que perteneciera a otra época, como si hubiera viajado en el tiempo.

Isabel arrugó el entrecejo.

—No sé si me entiendes —añadió, frustrada por no saber explicarlo mejor.

—Sí, creo que sé a lo que te refieres.

—¿De verdad? —preguntó, con un matiz de sorpresa.

Calen se detuvo ante la reja de hierro que protegía la entrada al local y, mirándola a los ojos, respondió con un escueto:

—Sí.

Isabel se paró a su lado, lo miró y sonrió aliviada, convencida de que sí había captado la sensación a la que ella se refería.

—¿Entramos? —preguntó Calen, cediéndole el paso.

—Sí, claro.

Por la noche, ya en casa, Isabel tuvo que reconocer que había pasado unas horas muy agradables en su compañía. El ambiente había sido relajado y la conversación había fluido sin tiranteces.

En realidad, se dio cuenta de que, alentada por sus certeras preguntas, ella había compartido mucha más información personal que él.

No había sido arisco, pero sí reservado.

Ahora que repasaba mentalmente la conversación, le parecía como si en algún momento fuera a decir algo y, en el último instante, hubiera optado por callarlo.

Habían hablado de muchos temas, pero seguía sin saber demasiado de aquel desconocido.

Decidió que, en la cita que habían fijado para el día siguiente, le pondría remedio.

Esa noche, Calen esperaba a su hermano, repanchingado en la cama, con las manos debajo de la cabeza y una expresión que denotaba su excelente estado de ánimo.

Las cosas empezaban a encarrilarse. Por fin, el viento parecía soplar a su favor.

Estaba muy satisfecho con la información que había obtenido en su primera cita con la candidata.

Con sutileza, había sabido dirigir la conversación para obtener el mayor número posible de datos sobre ella.

Así descubrió que era hija única, que sus padres habían fallecido, que sus parientes vivían dispersos por todo el país y que apenas tenía trato con ellos, y que su círculo de amigos era muy reducido, casi inexistente.

Todo ello resultaba muy conveniente para su propósito de que lo acompañara a su tiempo.

Lethan captó el cambio de actitud de su hermano en cuanto entró a la habitación.

—¿A qué se debe esa sonrisita?

—¿Qué sonrisita?

—Esa que luce en tu semblante.

Calen levantó la cabeza, ahuecó la almohada y volvió a recostarse.

—Bueno, por fin tengo motivos para lucirla.

Lethan, mientras se desabrochaba la camisa, lo observó con curiosidad.

—¿Tienes algo que contarme?

—Todavía no…, quizá pronto —respondió de forma velada.

Cruzaron una mirada silenciosa antes de que Lethan retomara su tarea, dejando la camisa sobre la silla y sentándose para quitarse los pantalones.

—Me alegro de ambas cosas —dijo—. De que tengas un motivo para sonreír y de que no quieras contármelo en este instante.

¡Estoy molido! —confesó, retirando la sábana y tumbándose sobre el colchón—.

Mejor que me lo cuentes otro día. Es posible que, sin mala intención, me quedara dormido a mitad de explicación.

Colocó la almohada bien encajada bajo sus hombros y añadió, al tiempo que cerraba los ojos:

—¡Este trabajo va a acabar conmigo!

Calen giró la cabeza para mirarlo.

—¿Seguro que tu agotamiento no se debe a tus actividades extralaborales? —preguntó convencido de que, como cada tarde, su hermano venía de visitar a su nueva «mejor amiga».

Lethan abrió los ojos y giró la cabeza para mirar a su hermano. Le guiñó un ojo y, volviendo a cerrarlos, admitió:

—Bueno, tal vez un poco sí.

Calen sonrió mientras apagaba la luz. Tenía cierta sensación de culpa por haberlo arrastrado con él en ese viaje y se alegraba de que, al menos, le estuviera sacando partido.

Entra, mira, esta es la pintura que ha originado la primera conversación entre Calen e Isabel

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