La candidata perfecta Chapter 3 #4
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Chapter 3 #4

No le importó pasar gran parte de la mañana deambulando por las distintas salas, esperando encontrarla.

Lo cierto es que se sentía muy cómodo entre todos aquellos objetos tan familiares.

Para el resto de visitantes eran antigüedades.

Para él, eran elementos que formaban parte de su vida y sus rutinas.

El skene [6] con mango de roble oscurecido que reposaba dentro de la vitrina, sobre un retal de terciopelo negro, era muy similar al que había viajado con él en el tiempo, escondido bajo su túnica.

Y los cuarans [7] de piel curtida o la limosnera [8] de cuero de la vitrina de al lado, eran muy parecidos a los que, hasta hace pocas semanas, él utilizaba a diario.

Entre aquellas «reliquias», él se sentía como en casa.

La experiencia que había adquirido con las candidatas anteriores respecto a las reglas del cortejo en este tiempo, le vinieron muy bien para, esta vez, no cometer los mismos errores.

Por eso, aunque lo deseaba, no la invitó a salir la primera vez que, «por casualidad», se la encontró en una de las salas.

Se limitó a realizar una pregunta sobre uno de los objetos de la exposición y escuchó con atención sus explicaciones.

La segunda vez «que se encontraron», alargó la conversación hablando de historia, clanes y batallas, incluso aportó algunos datos sobre el tema, cosa que sorprendió y agradó a la candidata.

La tercera vez que «chocaron» de frente ante una de las vitrinas, Calen, tras una breve charla, creyó llegado el momento de invitarla a continuar la conversación en algún lugar tranquilo, fuera del campus. Pero ella se excusó, alegando un compromiso previo.

Mal guerrero sería si ante el primer escollo se batiera en retirada. Volvió a intentarlo, proponiendo posponer la cita hasta la tarde, con el mismo resultado. Y cuando lo intentó una tercera vez, ella ni lo dejó terminar la frase.

—Oye, no merece la pena que pierdas el tiempo intentándolo, de verdad. No te lo tomes a mal, pero en este momento, no estoy interesada en ningún tipo de relación.

—Perfecto, yo tampoco —respondió Calen, encajando la negativa con una sonrisa—. No voy a permanecer aquí el tiempo suficiente para buscar algo demasiado intrincado. Te aseguro que solo quiero que, mientras dure mi estancia, seamos amigos.

Y, a continuación, soltó una batería de opciones:

—Una copa, algún paseo, conversación, quizás una cena… —encogió los hombros y añadió—, nada complicado.

A la aspirante le debió sonar convincente porque, al fin, tras un largo silencio, aceptó.

—Está bien, salgo a las siete. Podemos tomar algo, si quieres.

—Perfecto —respondió Calen con voz neutra—. A las siete, entonces. Ahora, si me disculpas, tengo que irme. Nos vemos a la tarde.

Isabel se quedó allí plantada, observándolo mientras abandonaba la sala.

No era la única que lo seguía con la mirada.

Era una de esas personas que no pasaban desapercibidas.

Su estatura, su porte y, sin duda, su complexión fuerte, ayudaban a ese efecto atrayente, pero tenía algo más.

Isabel no supo discernir con exactitud qué era, no lo conocía lo suficiente.

Y esa era la cuestión, pese a que se había mostrado muy rotunda en su afirmación de no confraternizar, lo cierto era que quería saber más cosas de aquel desconocido del que, ahora que lo pensaba, no sabía ni siquiera su nombre.

No volvió a pensar en él en toda la jornada, pero, al cruzar el umbral del portón de salida, alzó la vista y allí estaba: apoyado contra la hermosa fachada plateresca, con un hombro recostado en la pared y las manos en los bolsillos.

No parecía haberla visto. Estaba entretenido observando a los transeúntes, así que aprovechó para estudiarlo con detenimiento.

La camisa, con los dos primeros botones del cuello sin abrochar, dejaba asomar la piel tostada por el sol.

Y el viento jugueteaba con algunos mechones sueltos de su melena, de un rubio oscuro, larga hasta los hombros.

Su barba de pocos días, acentuaba una mandíbula fuerte y masculina.

Sus labios, delineados con firmeza, parecían guardar palabras no dichas, y sus ojos…

, de un verde profundo, proyectaban una mirada serena, con un toque salvaje de chico malo.

Estaba segura de que era de los que habría causado estragos en el instituto.

Eso fue otra cosa que le llamó la atención.

No parecía darse cuenta del efecto que provocaba en los demás.

Esa postura relajada, casi indolente, sin proponérselo, lo hacía parecer todavía más atractivo.

Y era evidente que él no era consciente de ello.

Cuando sus miradas por fin se encontraron, él sonrió, con una curva lenta y segura que le recorrió la piel como una caricia invisible.

Se acercó sin apartar los ojos de los suyos y, al inclinarse, dejó un beso leve en su mejilla.

Un saludo breve… y, sin embargo…, suficiente para desbaratarle el pulso y hacer que su corazón se saltara un compás.

Calen no podía permitirse perder el tiempo, así que había decidido emplear el grueso de sus armas de seducción desde el minuto uno. Con esa intención, saludó a la candidata con una de sus sonrisas más cautivadoras.

—Buenas tardes, nueva amiga.

—Buenas tardes, desconocido sin nombre —respondió Isabel, sonriendo.

—¿Sin nombre? —repitió él, de forma exagerada—.

¿Es posible que a estas alturas de nuestra larga y duradera amistad todavía no lo haya mencionado?

Os ruego que disculpéis mi torpeza, milady —imploró, acompañando sus palabras con una reverencia muy parecida a la que solía hacer en su tiempo ante una dama de alta cuna.

Tomó la mano derecha de Isabel, y con un perfecto besamanos, añadió:

—Mi nombre es Calen Callaghan y estoy a vuestro servicio, mi señora.

El tono de voz, el gesto, la postura… Isabel no supo qué fue, pero por un segundo sintió que había retrocedido en el tiempo y un apuesto caballero de varios siglos atrás le estaba rindiendo pleitesía.

Además, había pronunciado su apellido con un acento marcadamente cerrado, que ella no había escuchado antes.

Desde luego, era un nombre inusual, incluso difícil de pronunciar, lo que contribuyó a esa sensación de haber sido transportada por un instante a otra época, una en la que los hombres saludaban con una reverencia y llevaban espadas al cinto.

Tuvo que parpadear varias veces para romper el hechizo y, cuando lo hizo, dijo lo primero que se le vino a la boca.

—Bien, ¿dónde vamos?

—Tú mandas —respondió Calen, entrelazando sus manos a la espalda, en un gesto despreocupado—. Tu ciudad, tú eliges.

A Isabel le estaba resultando difícil desprenderse de esa sensación de irrealidad, de estar viviendo una escena típica de otra época. Miró a derecha e izquierda, intentando centrarse en la lista de bares y cafeterías cercanos. Había muchos. No podía ser tan difícil.

—Vamos a ver… —exclamó, buscando ganar un poco de tiempo para ordenar sus pensamientos—. Podemos ir a Erasmus… o a Las Caballerizas.

A Calen el nombre de la primera opción no le evocaba nada. Sin embargo, lo de «Las Caballerizas» le resultó mucho más cercano. No creía posible que hubieran montado una taberna entre las cuadras de los caballos, pero, a estas alturas, no descartaba nada.

—Las Caballerizas suena bien —respondió—. No lo conozco.

—¿No has estado? —inquirió Isabel, indicando con el brazo hacia la derecha, antes de echar a andar—. Durante la carrera se convirtió en mi segunda casa.

—¿La carrera? —repitió Calen, poniéndose a su lado.

—Es el bar preferido de los estudiantes de Filología. Es lo que estudié yo en esta misma Universidad.

Para Calen, a pesar de que entendía y hablaba el español a la perfección, seguía habiendo expresiones que se le escapaban.

No tenía nada claro qué tenía que ver estudiar filología con correr una carrera, pero lo dejó pasar.

Tal vez era algún tipo de prueba adicional que exigían a los estudiantes, dedujo, intentando encontrar una lógica.

Tomaron la calle Libreros, antaño repleta de librerías, pero ya sin una sola abierta, y caminaron despacio. La cafetería no estaba a más de cinco minutos.

—Callaghan. ¿Lo he dicho bien?

—Más o menos —respondió Calen con una media sonrisa—. Puedes llamarme Cálajan [9] si te resulta más fácil de pronunciar—aseguró restándole importancia con un gesto—. La verdad es que, desde que he llegado, nadie es capaz de pronunciarlo bien. Ya me he acostumbrado al Cálajan.

Isabel afirmó con la cabeza y lanzó otra pregunta mientras giraba a la derecha para tomar la calle La Fe.

—¿Escocés?

—Sí. Mis antepasados eran irlandeses, pero hace varias generaciones que emigraron a Escocia.

—Así que, en nuestra charla de esta mañana, hablabas con conocimiento de causa cuando mencionaste la batalla de Largs como el lugar más probable en el que hubiera perdido la vida el dueño de la espada que ahora ocupa una de las vitrinas.

—¡Sí! Es muy posible que alguno de mis antepasados interviniera en esa guerra entre Escocia y Noruega. Y, posiblemente, cayera combatiendo al lado del dueño de tu espada —aventuró con cierto orgullo.

Volvió a hacerse el silencio entre ellos mientras cruzaban la plaza Anaya y el crujir de los guijarros bajo los zapatos ganó protagonismo.

El eco lejano de unas campanas se mezclaba con las conversaciones de los turistas que, cámara en mano, trataban de capturar la imponente fachada de la Catedral Nueva y la elegante escalinata del Palacio Anaya.