Chapter 3 #3
Mientras esperaba a que el dispositivo hiciera las mediciones, su pensamiento regresó al día que la contrató la universidad.
La llamada inesperada y la voz amable del director del MUSAL, invitándola a que pasara esa misma tarde por su despacho para una entrevista de trabajo relacionada con una colección privada cedida de forma temporal.
Acudió nerviosa, sin saber muy bien qué esperar.
A pesar de su historial académico impecable, rozando el sobresaliente durante toda la licenciatura, su experiencia laboral era escasa.
Un par de becas de colaboración durante la carrera y algunas sustituciones esporádicas como profesora de lengua o literatura.
Completaba su currículum, un año como recepcionista en una asesoría laboral, y dos como dependienta en una librería especializada en libros de texto.
Nada de ello tan destacado o excepcional como para justificar la llamada del director del MUSAL en persona.
El señor había guardado silencio mientras releía su expediente.
—Veo que estudió el Grado en Estudios Ingleses en esta universidad.
—Así es.
—Y veo que ya en su Trabajo de Fin de Grado se decantó por la traducción de manuscritos antiguos.
—Sí, señor. Siempre me atrajo la vertiente más filológica de la carrera.
El director, tras otro vistazo a los folios que tenía delante, añadió:
—Y luego, realizó el Máster Universitario en Estudios Medievales y Renacentistas, también aquí, por cierto.
El hombre levantó la vista y la miró directamente, pidiendo confirmación.
—Sí, señor.
—Dicho máster —continuó el veterano académico— incluye: Historia y literatura medieval, Paleografía, Cultura material y simbología. ¿Es correcto?
—Así es.
—Y, además, veo que enfocó su Trabajo de Fin de Máster en idioma y literatura escocesa medieval.
Isabel no lograba comprender dónde pretendía llegar con la conversación. En cualquier caso, volvió a confirmarle que los datos eran correctos.
—En efecto. Como mi TFG ya estuvo relacionado con manuscritos antiguos, me pareció la oportunidad perfecta para ampliar mis conocimientos en esa área y centrarme en el siglo XIII escocés.
El director había afirmado con la cabeza de forma distraída y había seguido alternando muescas sobre los dos folios que tenía sobre la mesa.
Cuando terminó, levantó la vista, con una expresión que denotaba casi tanta perplejidad como la que sentía ella.
—La verdad es que estoy muy sorprendido —dijo—.
Aquí tengo su currículum —anunció señalando uno de los folios— y este otro es la lista de requisitos que el donante, que prefiere permanecer en el anonimato, especificó que debía cumplir la persona que seleccionáramos como Comisaria de la exposición: conocimiento de inglés antiguo, familiaridad con simbolismos escoceses del siglo XIII, experiencia con traducción de manuscritos de esa época, sensibilidad estética y, a poder ser, formación en filología.
El rechoncho caballero se había reclinado hacia atrás y había abierto los brazos en un gesto que plasmaba toda su incredulidad.
—Ante una lista tan singular, pensé que tendríamos que inventar a la persona que cumpliera todos los requisitos… Sin embargo, solo hizo falta consultar nuestra propia base de datos y ¡ voilà! : ahí estaba usted.
De esa conversación ya hacía cinco meses.
Isabel seguía sin conocer la identidad de ese donante anónimo, pero le estaba profundamente agradecida y, para demostrárselo, pensaba cuidar con esmero cada uno de los objetos que había cedido a la universidad por tiempo limitado, para que regresaran a su poder en perfecto estado.
Era una donación de gran envergadura: más de un centenar de piezas, en excelente estado de conservación y con una antigüedad que superaba los setecientos años de media.
No sería ella quien pusiera en peligro ni una sola pieza de la colección.
De momento, los objetos expuestos no parecían estar afectados por la luz, la humedad o la temperatura. Sin embargo, si llegaba a detectar el menor cambio, informaría en el acto a la dirección para que los retiraran.
Isabel estaba tan concentrada en su tarea que no se había percatado de que un hombre, con la altura suficiente para mirar por encima de su cabeza, se había posicionado tras ella. Por eso, cuando notó el soplo de su aliento en el oído, se sobresaltó.
—No parece una tarea difícil —comentó Calen, observando el dibujo que ilustraba la página por la que el libro estaba abierto.
—¿Perdón?
—Ese individuo, no parece que su vida sea demasiado complicada —explicó Calen, señalando el grabado.
Isabel se giró de nuevo hacia la vitrina. Vio que el dibujo en cuestión, representaba a un laird. Estaba en lo alto de una colina y su mirada se perdía en la marabunta de cadáveres que había en la base de la misma.
—Discrepo —respondió, sin dejar de observar la lámina.
—¿Le parece complicado observar desde lo alto, a salvo, cómo la muerte se cobra la vida de otros?
—Le invito a dar un segundo vistazo al grabado —pidió, intentando no parecer grosera—. El laird…
—¿Cómo sabe que es un laird?
—El artista lo deja claro. Su apostura. Su bravura. Su porte… y su rico broche, sin duda, al alcance de muy pocos —añadió Isabel dejando para lo último el dato más relevante.
—Continúe, por favor —pidió Calen.
—El laird tiene la mirada triste. Ha ganado la batalla, pero…
Calen volvió a interrumpirla.
—¿Cómo sabe que ha ganado la batalla?
—Su estandarte, con los colores de su plaid , es el que ondea en lo alto de la colina.
Calen la invitó a seguir con un gesto mudo.
—Ha ganado la batalla, pero, pese a ello, está triste por las vidas perdidas. Solo un gran líder valora más las vidas de sus hombres que una victoria en el campo de batalla.
—Bueno, tal vez, si hubiera luchado junto a sus hombres, hubiera salvado alguna vida.
—Vuelve a confundirse —reprendió Isabel, de muy buenas maneras—.
Es sabido que la mayoría de los lairds lideraban a sus tropas en el campo de batalla y luchaban como uno más.
Pero, aunque no tuviéramos ese dato, en este caso en concreto y si se fija de nuevo en la pintura, verá como su manto está desgarrado, su brazo herido y la punta de su espada manchada de sangre.
Calen se inclinó hacia delante, como si pretendiera observar el grabado desde más de cerca, obligando con ello a la mujer a hacer lo propio.
—Vaya, creo que tiene razón.
Continuó encorvado unos segundos más, aspirando el olor a manzana de aquellos cabellos que habían quedado tan cerca de su nariz. La mujer hizo mención de incorporarse y él tuvo que enderezar el cuerpo.
Isabel se giró y lo miró de frente por primera vez.
Él le sobrepasaba la cabeza en altura. Tuvo que dar un paso atrás para poder mirarlo a los ojos.
Y al segundo de hacerlo, estaba perdida en su verdor.
Parpadeó para salir del ensimismamiento en que había caído y buscó otro punto focal, pero fue peor.
Sus ojos pasearon de arriba abajo por aquel cuerpo y llegó a la conclusión de que, el modelo del grabado debía de haber sido un antepasado del hombre que tenía ahora delante.
Poco imaginaba Isabel lo cerca que estaba de la verdad.
Calen había cruzado los brazos y con las piernas semi separadas, en una de sus posturas favoritas, observaba asombrado y divertido a la mujer.
Solo había buscado un tema de conversación para abordarla, pero había quedado sorprendido de su notable conocimiento sobre su época.
Y ahora, ella miraba alternativamente hacia la pintura y hacia él, como si estuviera buscando similitudes.
Calen se inclinó hacia delante para leer el nombre de la mujer en la placa que llevaba prendida en el pecho.
—Señorita… Isabel, me ha sido de gran ayuda. ¿Es usted una alumna aventajada?
—Lo fui. Ahora soy una postgraduada mediocre, en espera de una plaza vacante de profesora —respondió sin disimular su frustración.
El desconocido la miraba fijamente. Ya hacía varios segundos que un incómodo silencio llenaba el encuentro e Isabel empezó a sentirse violenta bajo ese escrutinio.
—Y, ahora, si me disculpa, he de continuar con mi trabajo, si no quiero pasar a ser una desempleada mediocre.
Calen bajó la mirada e inclinó levemente la cabeza a modo de despedida. La vio girar y al hacerlo su olfato otra vez detectó aquel olor a manzana en el aire.
Se giró y volvió a observar el grabado, apreciando los detalles y descubriendo toda una historia detrás de ellos.
No reconoció el estandarte. Posiblemente el pintor se había tomado algunas licencias, pero sí tuvo que reconocer que él mismo podría haber tenido una pose muy similar tras cualquiera de sus refriegas.
El sexto sentido en una batalla puede salvarte la vida.
Calen, pese a ser un gran defensor de la lógica, sabía que, en más de una ocasión, dejarse llevar por su sexto sentido había salvado la vida de sus hombres y la suya propia.
Alguna vez, lo lógico habría sido detenerse a descansar o tomar la bifurcación de la izquierda, pero haber continuado ruta o haber girado a la derecha, había cambiado el rumbo de los acontecimientos.
Marcando la diferencia entre la vida o la muerte.
Ese mismo sexto sentido le indicó que debía de aparcar a su última candidata y fijar sus esfuerzos en la bibliotecaria.
No sabía con exactitud el porqué, pero algo en su interior le decía que aquella mujer era la más afín a él de todas las que había tratado hasta ahora.
Así que, esa semana, dejó de rondar al resto de aspirantes y se convirtió en un asiduo visitante de la exposición de la biblioteca, buscando la oportunidad de volver a verla y hacerse el encontradizo.