La candidata perfecta Chapter 3 #2
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Chapter 3 #2

Calen se volvió un apasionado de los mapas y la geografía.

Descubrió de golpe todo un continente, América, y quiso saberlo todo de él.

De refilón supo de guerras y de anexiones de territorios por parte de unos países y otros, pero se cuidó muy mucho de leer nada en lo que estuviera involucrada la Escocia de su tiempo.

Se dio cuenta de que, a lo largo de los siglos, los reyes y gobernantes de todos los países habían ido cambiando, pero la guerra había permanecido como un elemento común y constante en todos ellos.

A Lethan le interesaban más los libros de ingeniería y arquitectura.

Desde el primer día estaba asombrado con los edificios tan altos y sofisticados que llenaban las calles.

El sistema de alcantarillado, los ascensores o el alumbrado eléctrico eran inventos que quería desgranar para descubrir y entender su lógica y, en la medida de lo posible, intentar adaptarlos a su tiempo.

Era habitual verlos entrar o salir juntos de la sala de lectura.

Su aspecto fuerte y atlético, unido a que ambos medían más de uno noventa, pronto los convirtió en objeto de miradas curiosas.

Si a eso añadimos que, según los cánones de belleza de esa nueva época, y hablando en términos académicos, serían merecedores de un notable alto, enseguida dejaron de pasar desapercibidos y, para satisfacción de ambos, su círculo de «amigas» se amplió de forma exponencial.

Pero, pese a ello, para desesperación de Calen, los días pasaban y los avances eran poco significativos.

Para soportar el constante parloteo de las jóvenes, necesitaba utilizar grandes dosis de paciencia, virtud en la que no andaba sobrado.

Y aunque de alguna de ellas conseguía algún escarceo que, digamos, compensaba un poco el esfuerzo, lo cierto es que la mayoría de los días regresaba a la pensión agotado y con un tremendo dolor de cabeza. Empezaba a estar harto de aquello.

Lethan, sin embargo, aunque su cometido requería mucho más esfuerzo físico, no parecía cansado ni contrariado.

Al contrario, cada día se le veía más relajado e integrado.

En el trabajo, preguntaba y se interesaba por las técnicas que utilizaban.

Disfrutaba aprendiendo cosas nuevas cada día.

Además, y sin proponérselo, había hecho amistad con la muchacha que atendía la tienda donde compraban los víveres y, por la noche, cuando regresaba a la pensión, si regresaba, lo hacía siempre con una sonrisa en la boca.

—Tal vez tendríamos que haber hecho la petición y el juramento sobre tu persona —le había comentado Calen una noche, algo malhumorado—. Ya estaríamos de vuelta con tu esposa debajo del brazo.

—No te confundas, hermano, yo no tendría que haber viajado tan lejos para conseguir esposa. Eres tú el que has atemorizado a todas las mozas de la comarca —respondió Lethan, con su habitual sentido del humor.

Calen no tomó a mal el comentario de su hermano.

Tenía razón. Ese era uno de los motivos que había propiciado la borrachera de aquella fatídica noche.

Había vuelto a ser rechazado como esposo por la última de las hijas casaderas del último clan vecino al que le quedaba por preguntar.

Después de haber «matado» a dos esposas, entendía que todas se mostraran algo reticentes a ocupar su lecho.

Algunos en el clan estaban molestos con él por no dejarse de pamplinas y tomar como esposa a alguna de las candidatas, si era necesario, por la fuerza. Pero él no estaba dispuesto a cruzar esa línea y eso lo había llevado a beber más de la cuenta y a hacer ese estúpido pacto con Vadala.

Ese día Calen no estaba con ánimos para aguantar mucha conversación absurda, así que había optado por acompañar a un grupo de universitarias a una conferencia informativa en el salón de actos, sobre una nueva colección que habían cedido de forma temporal al museo de la universidad.

Al menos, tendrían que estar calladas un rato, razonó.

Quizás así su constante dolor de cabeza desde hacía días, le daría un respiro.

La tregua había durado poco. En cuanto salieron, las jóvenes encontraron un nuevo tema de conversación al que lanzarse de cabeza.

¿Las mujeres siempre hablaban tanto? ¿en su época también?

, se preguntó. No tenía ni idea. Nunca había pasado tanto tiempo rodeado de mujeres como ahora.

Su trato con ellas se había limitado a la alcoba, en donde la conversación era limitada o a verlas de aquí para allá en el castillo o en la aldea, llevando a cabo sus tareas.

Analizaba esta cuestión mentalmente mientras de fondo seguía oyendo el parloteo incesante de las muchachas.

Había constatado que, aunque de manera individual fueran calladas, en cuanto se agrupaban más de tres y por muy dispares que fueran sus caracteres o formas de pensar, siempre encontraba un tema de conversación común que interesara a todas.

Y podían estar horas y horas. Solo otro compromiso anterior, las hacía despedirse de forma abrupta y desaparecer un segundo más tarde.

Sí, posiblemente en su tiempo pasaba lo mismo.

Lo comprobaría cuando regresara, si es que alguna vez lo hacía.

No supo por qué, pero la figura de una mujer solitaria que pasaba por delante del grupo, le llamó la atención y no pudo evitar seguirla con la mirada hasta que la vio cruzar las puertas de la biblioteca.

Una pregunta directa de su nueva candidata lo sacó de su abstracción.

Volvió la mirada hacia la joven, le sonrió y respondió amablemente, como hacía siempre.

Había dado con ella en la última semana.

No habría sido su primera elección, pero podía servir.

No era demasiado inteligente, ni demasiado hermosa, pero, sobre todo, no era demasiado habladora.

Y, ese dato, empezaba a ser valioso en las últimas semanas.

Si, a su juicio, en algo fallaban todas las jóvenes con las que había tratado, era en su falta de madurez.

Con los años que tenían, en su tiempo, estarían todas casadas y con hijos.

En su época, todas tendrían ya un hogar a su cargo.

Serían mujeres adultas, maduras, que ya habrían aprendido todo lo necesario.

Sin embargo, aquí, seguían instruyéndose y lo más importante, seguían sin madurar.

En fin, pensó Calen, no se puede tener todo.

Si, al final, esta era la elegida, él se encargaría de enseñarle lo que fuera menester.

Calen volvió a observarla. Sabía que, si empleaba malas artes, la seduciría sin demasiados problemas.

Sabía que, bajo su embrujo, sería capaz de hacerla decir las palabras que tanto ansiaba escuchar: «Quiero irme contigo».

Calen cerró los ojos con fuerza. ¡Por Dios!

exclamó para sí, empezaba a estar desesperado si ya estaba barajando la opción de emplear sus encantos para cautivarla.

Y, como para demostrarse así mismo que, si la ocasión lo requería, sería capaz de hacerlo, la convenció para abandonar el grupo y tras un largo paseo a solas, la acompañó a su casa, dejándola más que dispuesta a aceptar otra propuesta más atrevida para la noche.

Dos días más tarde, Calen deambulaba por una de las salas adyacentes a la biblioteca, donde habían expuesto parte de los objetos procedentes de esa renombrada donación privada, cuando vio a la mujer que había llamado su atención días antes.

Y, como ya le había pasado en la otra ocasión, la vista se le fue tras ella casi sin querer.

No tenía pinta de estudiante. Parecía mayor.

Calen buscó el anillo que identificaba en esta época a las mujeres casadas, pero no lo vio.

La joven se internó en otra sala contigua y la perdió de vista, lo que lo obligó a ponerse en marcha y seguir sus pasos.

La desconocida se había parado ante una vitrina que encerraba uno de los libros expuestos. Había introducido un fino cable, conectado a un aparato, en el interior y ahora anotaba en una libreta.

Calen se acercó curioso, dispuesto a descubrir para qué servía ese instrumento.

Era bastante improbable que desbancara en su ranking particular de inventos, a la luz eléctrica o a eso otro aparato que llamaban teléfono y que les permitía hablar con otra persona, aunque estuviera a kilómetros de distancia.

Pero eso había pensado con cada cosa que descubría de este mundo y, la mayoría de las veces, cada descubrimiento superaba al anterior.

Parecían pura magia. Pura brujería. Por mucho menos, en su tiempo, los habrían quemado a todos en la hoguera.

Isabel comprobaba la temperatura del interior de las distintas vitrinas acristaladas.

Había insistido en que era pronto para exponer las piezas.

Aún quedaban por datar gran parte de ellas y, sobre todo, evaluar su estado.

Sin embargo, desde la dirección le habían insistido en que, al menos una parte de la colección, debía ser expuesta antes del comienzo del curso.

Era una de las condiciones que había impuesto el donante anónimo.

Así que, Isabel había seleccionado algunos objetos menores y, entre los manuscritos, aquellos que consideró menos relevantes o los que gozaban de mejor estado de conservación, y había entregado una breve lista con los elegidos. La dirección no puso objeción alguna. En realidad, nunca lo hacía.

Cuando acudió a la entrevista de trabajo, el director del MUSAL [4] le aseguró que tendría libertad absoluta para organizar y desarrollar la tarea encomendada de la forma que creyera más conveniente y así había sido desde el primer día.

El higrómetro [5] portátil que llevaba en la mano emitió el pitido característico que anunciaba que estaba disponible una nueva lectura: 20ºC y 50% de humedad. Perfecto. Isabel anotó diligentemente los valores en su libreta, y pasó a la siguiente vitrina para repetir el proceso.