La candidata perfecta Chapter 3
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La candidata perfecta

La candidata perfecta

Por Rosa Saenz

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Chapter 3

Calen Callaghan, como jefe del clan, cargaba con el peso de asegurar su linaje, pero la fortuna no parecía estar de su parte.

Había contraído matrimonio dos veces y ambas esposas, sin llegar a cumplir el primer año de casados, habían fallecido sin darle descendencia.

Lo que él consideraba un suceso tan lamentable como fortuito, el resto de habitantes de la región lo interpretaba como un nefasto designio divino, lo que dificultaba mucho la tarea de encontrar una nueva candidata.

Calen hacía muchos años que había dejado de creer, si es que alguna vez lo hizo, en hadas, diosas, druidas y brujas.

Su línea de razonamiento estaba plagada de una lógica aplastante y toda afirmación que no cumpliera esa norma, para él, era un simple cuento de vieja.

Por eso, esa mentalidad tan antigua y retrógrada de sus coetáneos le frustraba y enfurecía a partes iguales.

Digerir esa información les llevó toda la noche. Les surgieron mil preguntas y, la mayoría, después de horas elucubrando, sin una base sólida en la que basar sus cada vez más locas teorías y argumentaciones, quedaron sin respuesta.

Una vez aceptado el hecho de que la profecía era cierta y no un cuento de viejas, Calen tuvo que asimilar también lo que eso significa.

Según su propia petición, tenía dos meses para elegir una mujer y una vez que lo hubiera hecho, cuatro para lograr convencerla de que abandonara su tiempo y regresara con él al suyo para convertirse en su esposa.

Porque, si la primera parte de la leyenda se había cumplido, era obvio que la segunda, la que afirmaba que, si fracasaba en su propósito, debería acompañar a Vadala al inframundo para toda la eternidad, llegado el caso, también se cumpliría.

Admitido todo eso y siguiendo con su línea de pensamiento racional, no había tiempo que perder.

Los siguientes quince días fueron caóticos y, al mismo tiempo, apasionantes.

Llenos de descubrimientos que en un principio creyeron fruto de la brujería, pero luego entendieron como simples consecuencias de la evolución: Agua que brotaba de las paredes o techos de las casas con solo girar una pequeña pieza de metal, luz sin necesidad de velas, libros al alcance de cualquiera, carros veloces sin caballos o barcos con alas que surcaban los cielos llenos de personas y mercancías.

¿Cómo era posible? ¡Todo era una locura!

Pero una locura maravillosa que los dejaba, a cada momento, con la boca abierta.

Y, de manera incomprensible, tras un período de adaptación corto pero muy intenso, habían conseguido aclimatarse al nuevo tiempo de manera bastante satisfactoria.

Lo primero fue cubrir las necesidades básicas de abastecimiento.

Lethan enseguida consiguió un empleo en la construcción en el que no hicieron demasiadas preguntas sobre su pasado o experiencia, ni pidieron ninguna identificación.

Y, con la primera paga semanal, abandonaron el bosque donde habían estado pernoctando y alquilaron una habitación para ambos en una pensión cercana.

El segundo paso, fundamental para el buen término de la tarea, había sido recordar, con la mayor precisión posible, cuál había sido su petición y su juramento.

No les resultó fácil. Las lagunas al principio eran inmensas, pero tras dos noches en vela, habían conseguido hacer una reconstrucción bastante exacta de lo dicho y hecho en aquella fatídica noche y estaban todo lo satisfechos que se podía estar del resultado.

Releyeron todas las notas que habían ido tomando e hicieron la anotación definitiva.

Parecía que, pese al grado de embriaguez de aquella noche, Calen había sido muy meticuloso en sus especificaciones, condiciones, peticiones y promesas. Eso facilitaría y mucho el cometido.

Además, en un alarde de sensatez, antes de pronunciar el conjuro, había tenido el buen tino de llamar a su constable [3] a la torre y advertirle de la inminente partida de ambos hermanos por un tiempo indefinido.

No mintió en el motivo: encontrar esposa.

Aunque sí ocultó que, para ello, pensaba contar con la ayuda de Vadala.

El castillo estaba preparado para seguir con sus rutinas sin necesitar la presencia física de su laird. Era habitual que se ausentara durante semanas sin que el engranaje de tareas y obligaciones se resintiera. Pero sí habría resultado extraño desaparecer sin una mínima justificación.

A Calen lo dejó más tranquilo saber que, incluso en medio de aquella nebulosa mental, se había ocupado de que nadie se preocupara por su ausencia.

Que antes de lanzarse a esa aventura descabellada, se hubiera asegurado de no inquietar a los suyos decía mucho de su carácter.

Calen había contemplado la posibilidad de que Vadala los trasladara fuera de las fronteras de Escocia.

Por eso, de manera brillante en su opinión, había incluido en las peticiones que, ambos hermanos pudieran hablar y entender a la perfección el idioma utilizado en las tierras a las que fueran trasladados.

Pero a Vadala no se la conocía precisamente por jugar limpio.

Siempre aprovechaba la más mínima grieta para llevar a cabo alguna de sus jugarretas y a él no se le ocurrió pensar que pudiera hacerlos viajar en el tiempo, a una época tan distante y diferente a la suya.

Aunque tuvo que reconocer que, el lugar al que los había enviado, después de una primera inspección ocular sobre el terreno, cumplía los requisitos con creces.

Al parecer, se encontraban en una ciudad llamada Salamanca.

No muy grande para los cánones de ese tiempo, pero cuyo centro neurálgico era una universidad.

Que las mujeres llenaran un porcentaje bastante alto de sus aulas fue otra de las grandes sorpresas que les deparaba ese tiempo.

Pero, a esas alturas, después de todo lo que ya habían descubierto, su capacidad de asombro había quedado colapsada.

A Calen el emplazamiento elegido por «su benefactora», lleno de féminas en edad de casar, le había parecido el lugar perfecto para encontrar una mujer sana y de mente abierta, dispuesta a seguirlo sin mirar atrás.

Incluso creyó que no necesitaría tantos meses para conseguir su propósito.

Casi un mes después, empezaba a dudarlo.

Tras esos primeros quince días, en que necesitaron toda su energía para intentar aclimatarse a ese nuevo tiempo y lugar, se sumergieron en una nueva rutina en la que Lethan empezó a acudir diariamente a la obra para trabajar como peón de albañil y Calen pasaba las horas deambulando por el campus.

A pesar de que las clases no habían comenzado, la ciudad ya era un hervidero de jóvenes universitarios buscando alojamiento y deseosos de comenzar el curso.

Además de convertirse en un habitual de los bares y cafeterías más frecuentadas por los estudiantes, e ingeniárselas para integrarse en varias de sus tertulias y quedadas, pensó que sería buena idea matricularse en alguna asignatura.

Eso le proporcionaría la excusa perfecta para pasar todavía más tiempo con las posibles candidatas.

Después de todo, su plan era conseguir su objetivo lo más rápido posible para regresar a casa cuanto antes, así que, cuando le hablaron de la posibilidad de matricularse como oyente, le pareció la opción perfecta.

Barajó la idea de elegir la asignatura de Historia.

Saber qué les habría deparado el futuro a los suyos era tentador, pero desistió.

Se convenció de que sería como hacer trampa.

La otra alternativa, pensar que no se atrevía a indagar y que, por lo tanto, en cierta forma era un acto de cobardía, era inaceptable para él.

Decidió que la de Filosofía sería una opción emocional y moralmente mucho menos conflictiva.

Su decepción fue mayúscula cuando pasó por secretaría y descubrió que incluso para asistir como simple oyente se exigía la presentación de documentos acreditativos que, por supuesto, él no tenía.

Por suerte, al comentarlo con su nuevo círculo de amigos, uno de ellos le sugirió que hablara directamente con el profesor que impartía la asignatura, e incluso se ofreció a acompañarlo.

Inventaron una supuesta investigación de campo para un estudio de posgrado que, según dijeron, Calen estaba realizando en una universidad extranjera. Su nuevo colega llevó el peso de la conversación, y fue crucial para alcanzar el objetivo.

El trabajo, explicó su acompañante al profesor, se basaba en la observación participante en aulas universitarias, centrada en la diversificación del alumnado y en la adecuación del temario según la ubicación del centro.

Su perorata continuó durante varios minutos y estuvo llena de palabras muy técnicas y rimbombantes, pero totalmente vacías de contenido.

Al final, su improvisado portavoz terminó la alocución con el argumento de que, para que el estudio fuera riguroso y veraz, era imprescindible que su compañero pudiera asistir con regularidad a las clases durante, al menos, un trimestre.

El catedrático accedió sin objeciones. Calen tuvo la impresión de que lo hizo más por agotamiento que por convicción.

Saldó la deuda con su eficaz amigo, invitándolo a un par de cervezas en un bar cercano, donde «su salvador» alardeó ante el resto de compañeros relatando su hazaña. Sin duda, la experiencia de aquel día pasaría a engrosar el seguro más que nutrido repertorio de anécdotas del avispado estudiante.

Desde esos primeros días, tanto él como su hermano se convirtieron en asiduos visitantes de la biblioteca. Ambos, cuando sus «obligaciones principales» se lo permitían, se pasaban horas devorando libros. ¿Quién iba a ser tan tonto de no aprovechar semejante oportunidad?