90 Cazalla de la Sierra, 18 de noviembre, 1600
Trinidad Marín vino cuando la citaron y esta vez no traía el bolso apretado, sino las manos vacías.
—Mi madre me lo contó cuando se estaba muriendo —dijo—. En el dos mil doce. Que mi padre mató a un hombre en una montería y que don Onésimo lo arregló. Que por eso teníamos el pasto y por eso en esta casa no se hablaba de aquello.
—¿Su hermano lo sabe?
—Mi hermano tenía trece años en el noventa y seis. —Trini se miró las manos—. No. Y por eso yo quiero vender y él no. Él cree que esa finca es nuestra. Yo sé lo que es.