41. El formato
Coda — En tránsito
✝
ROGAD A DIOS EN CARIDAD POR EL ALMA DEL SEÑOR
DON ELEUTERIO PASTRANA RUIZ
ALCALDE-PRESIDENTE DEL EXCMO. AYUNTAMIENTO DE VALDESTRELLA
que falleció en esta villa el 18 de mayo
a los 71 años de edad
habiendo recibido los Santos Sacramentos y la Bendición Apostólica de Su Santidad
Sirvió a este pueblo durante veintiocho años y siete mandatos. Trajo el agua a la parte alta, sostuvo la escuela mientras hubo niños, peleó el autobús y no dejó cerrar el consultorio. Murió la misma noche en que sus vecinos volvieron a votarle por mayoría absoluta.
Sus desconsolados: la Corporación Municipal; sus vecinos todos; y quienes le acompañaron hasta el final.
Ruegan una oración por su alma y le invitan al funeral que, por el eterno descanso de su alma, se celebrará el jueves 22 de mayo, a las cinco de la tarde, en la iglesia parroquial de Ntra. Sra. de la Estrella.
D. E. P.
Publicada en el semanario comarcal el 21 de mayo, con orla, a media página.
41. El formato
Contesté al audio de Poli el 9 de junio, dos días después de tomar posesión, desde el despacho de la Alcaldía, sentada en el sillón que tenía el respaldo hundido con la forma de otro hombre.
Y no contesté con un audio. Contesté con una llamada, a las nueve y media de la mañana, que es cuando en las productoras hay resaca de reunión y se coge el teléfono sin mirar.
—Poli. Soy Macarena. Dime lo del formato.
Vinieron el jueves siguiente.
Vinieron tres: Poli, una chica de veintiocho años que se llamaba Marta y que era la que sabía de todo, y un hombre con chaleco que no dijo su nombre en toda la mañana y que iba mirando techos.
Yo los recibí en el ayuntamiento, con el bastón encima de la mesa y la banda cruzada, y eso fue idea mía y fue lo primero que hice bien.
—Coño, Macarena —dijo Poli, en la puerta—. Que eres la alcaldesa.
—Soy la alcaldesa.
—¿Y esto cómo ha sido?
—Eso te lo cuento cuando hablemos de dinero.
Estuvieron cinco horas.
Vieron el pueblo entero. Vieron la plaza, la iglesia, el balcón del ayuntamiento —del que se hicieron cuatro fotos, porque el balcón era, según Marta, «el activo»—, el bar, el frontón y la calle de la Tercia con sus doce casas cerradas.
A mediodía, en la plaza, se juntó gente. Se juntó porque en este pueblo se junta la gente en cuanto aparece una furgoneta con logotipo, y en veinte minutos había allí unos cuarenta vecinos mirando cómo el hombre del chaleco medía la fachada del ayuntamiento con un metro láser.
El hombre del chaleco, que llevaba cinco horas sin decir una palabra, dijo la única que dijo en todo el día:
—Aquí hay más población aparente que en Callao un sábado.
Lo dijo por la gente que había en la plaza. No sabía nada de nada. Y a mí, que estaba a dos metros con la banda puesta, se me quedó una cosa fría en el estómago que no se me quitó en toda la tarde.
Yo he oído esas dos palabras por primera vez en mi vida en la boca de una funcionaria de Toledo, dictando un acta en esa misma plaza, con veintisiete testigos que no estaban.
Y cuatro meses después se las oí a un tipo de Madrid con chaleco, en la misma plaza, queriendo decir «hay mucho ambiente».
Y a las doce y media los llevé al Centro de Interpretación del Azafrán.
Yo iba con la idea de que aquello era lo que buscaban. Un edificio de trescientos metros, con luz —que la habíamos vuelto a dar en dos días, porque un ayuntamiento paga sus deudas cuando quiere—, con vestíbulo, con aseos y con aparcamiento.
Entraron. Miraron. El hombre del chaleco tocó una pared y miró el techo. Marta dio una vuelta entera sin decir nada, con el móvil en horizontal, grabando.
Y en cinco minutos estaban fuera.
—No —dijo Marta.
—¿Cómo que no?
—Que no da verdad.
Me lo explicó allí mismo, en el aparcamiento vacío, con una claridad que a mí, que llevo cuarenta años en esto, me dejó sin argumentos.
Que un plató parece un plató y que eso no lo arregla la decoración. Que el público de un formato así no viene a ver un programa: viene a ver una casa. Que lo que había funcionado del vídeo del balcón no era el alcalde: era la eñe de cinta aislante colgando de la pancarta.
—La gente quiere ver dónde vive usted —dijo—. Y quiere ver dónde vivía su madre.
Me quedé mirándola.
—¿Y usted eso cómo lo sabe?
—Porque está en internet —dijo Marta—. Lleva ahí desde mayo. Hay tres vídeos de la casa de la calle de la Tercia con las persianas atadas con alambre. Uno tiene ciento cuarenta mil visualizaciones.
Yo no sabía nada de aquello. Jandro tampoco: eran de un chaval de Villar.
Firmamos el 30 de junio, en el despacho de un notario de Cuenca capital, y firmé cuatro documentos.
El primero es el contrato de la sociedad que hemos constituido a medias, y en el que Leopoldo Ferrán Casaus, director de contenidos de Alcores Media, tiene el quince por ciento.
Quince por ciento.
Lo mismo que le sacaba Eleuterio Pastrana Ruiz a la obra pública de este municipio desde 1994.
Eso lo pensé en la notaría, con el bolígrafo en la mano, y no me reí porque estaba delante el notario, pero hay que ser muy tonta para no verlo: en este país todo el mundo cobra el quince.
El segundo, un contrato de servicios de la productora con el Ayuntamiento de Valdestrella, aprobado en pleno el 24 de junio por cinco votos a favor y dos en contra, para la cesión del uso de espacios públicos y la coordinación de las grabaciones.
Lo redactó Ceferino, que se jubila en año y medio y que me dijo dos cosas mientras lo hacía. La primera: que estaba todo correcto. Y la segunda:
—Macarena, esto no lo he visto hacer nunca. Pero como siempre se ha hecho todo lo demás, tampoco veo por qué no.
El tercero, un arrendamiento de la vivienda sita en calle de la Tercia número 3, de Valdestrella (Cuenca), propiedad de doña Macarena Salcedo Vela por herencia de doña Rosario Salcedo Vela, a favor de Alcores Media S.L., para su uso como espacio de grabación.
Y el cuarto es el anexo de ese contrato.
El anexo tiene cuatro páginas y once fotografías numeradas, y es el inventario de los elementos que se ceden con la vivienda y que, según la cláusula tercera, no podrán ser retirados ni modificados durante la vigencia del contrato por formar parte de la ambientación.
Fotografía 1: mesa camilla con faldas y brasero eléctrico.
Fotografía 4: aparador con vajilla y cinco marcos con fotografías.
Fotografía 7: máquina de coser marca Alfa, de pedal, con labor inacabada sobre el tablero.
Fotografía 9: costurero de mimbre con tapa.
Yo firmé las cuatro páginas y las once fotografías, una por una, en el margen derecho, con la firma de las prisas.
Y firmé sabiendo exactamente lo que estaba firmando, que es la única diferencia entre aquella firma y la de hace ocho meses en un bar de la calle Antonio López.
Esta vez leí hasta la letra que no estaba.
Le pregunté a Marta, en el coche, de vuelta:
—¿Y esto cuánto dura?
—El contrato, dos temporadas.
—No. Digo la casa. Cuánto tiempo va a estar así.
Marta me miró sin entender la pregunta.
—Lo que dure el programa.
Y ahí está todo. Lo que dure el programa.
Del dinero voy a decir lo justo, como se dice de estas cosas: que es más de lo que yo he ganado en toda mi vida junta y menos de lo que la gente se imagina, y que la primera transferencia sirvió para pagarle a Hacienda el aplazamiento número ocho.
Del otro dinero, del de las llamadas, diré esto: que la tarifa la negocié yo, que la negocié al alza y que la conseguí.
1,45 el minuto desde red fija.
Poli quería subirla a uno noventa y cinco, como se lleva ahora, y yo dije que no, y no dije que no por decencia.
Dije que no porque ese número lo tiene la gente de mi edad metido en la cabeza desde hace veinte años, y porque hay señoras en este país que se saben esa cifra como se saben el precio del pan.
Se llama fidelidad de marca y lo aprendí en una centralita de doce puestos en un polígono de Getafe.
Lo demás lo pusieron ellos, y ahí es donde entra lo de la bolsa de deporte.
Aquella bolsa azul que yo metí debajo del faldón del paso el sábado por la noche estuvo allí veintitrés días. Nadie la tocó. La saqué el domingo siguiente al pleno, en la sacristía, con Nicasio en la puerta.
Dentro estaban el cuaderno de tapas de hule, la libreta azul de Caja Rural, el sobre marrón de Ceferino con las once fotocopias y los cuatro folios grapados de Cinegética del Záncara.
Los cuatro folios los llevé a Cuenca el 12 de junio y estuve dos horas con un abogado que me cobró ciento veinte euros la consulta.
Lo que me dijo aquel hombre es que una opción de compra sobre unas fincas cuyo titular ha fallecido, condicionada a una recalificación que tiene que aprobar el pleno de un ayuntamiento, no vale absolutamente nada si el ayuntamiento no quiere.
—¿Y si la sociedad reclama?
—¿A quién? —dijo el abogado—. El firmante murió sin herederos directos. Y usted es la alcaldesa del municipio que tiene que aprobar la condición.
Cinegética del Záncara nos escribió en septiembre. Una carta muy educada, ofreciendo una reunión.
La reunión se celebró en el salón de plenos, con Ceferino levantando acta y con Óscar Lodares sentado en su sitio de concejal de la oposición, que asistió porque tiene derecho y que no dijo ni una palabra en cincuenta minutos.
Yo les dije que no.
Y luego les dije lo otro, como había ensayado en la cocina de mi madre la noche antes: que el Ayuntamiento de Valdestrella no tiene ningún interés en un coto de caza, pero que sí tiene interés en el turismo, y que en este municipio se está montando una cosa que va a traer gente, y que si su fundación quiere patrocinar el Centro de Interpretación del Azafrán, que lleva nueve años cerrado, aquí hay un edificio de trescientos metros con su placa y sus tres escudos.
Patrocinan desde octubre. Ponen dieciocho mil euros al año y su logotipo en la puerta.
El Centro abre los sábados por la tarde, lo lleva una chica de Villar contratada a media jornada y en el panel cuarto sigue faltando la A.
Lo del calendario lo hablamos en agosto, en la mesa camilla de mi madre, con Ceferino, Herminia y Gabino, y es la conversación más fría que he tenido en mi vida.