40. La Estrella
Y aquella mañana, antes del pleno, hubo una sesión más.
La razón era esta: había que decidir quién era alcalde.
Aquí conviene explicar cómo estaba la cosa, porque si no, no se entiende lo que pasó.
La lista de AIVE tenía siete nombres y un suplente. El primero era Eleuterio Pastrana Ruiz, muerto y dado de baja el diecinueve de mayo. Al morir el cabeza de lista antes de la proclamación de electos, la lista corre.
De modo que los cinco concejales electos de la Agrupación Independiente Vecinos de Valdestrella son: Herminia Requena Lillo, Macarena Salcedo Vela, Rufino Peinado Cañete, Consuelo Ballesteros Utiel y Gabino Utrera Chinchilla.
El médico que firmó el certificado pasó a legislar. En un pueblo de doscientos cincuenta y tres, eso no le extrañó a nadie.
Y los dos de Futuro Rural: Óscar Lodares Serrano y Torcuato Ruipérez Chaparro.
Para ser alcalde hay que ser cabeza de lista. Muerto el cabeza, se considera tal al siguiente de la candidatura.
Es decir: Herminia.
Con sus cinco votos, y sin discusión posible, aquella mujer iba a ser alcaldesa de Valdestrella el sábado a las doce y cuarto, después de treinta años de segunda.
Eso era lo que decía la ley.
La sesión de güija se convocó a las diez de la mañana en el salón de plenos, dos horas antes.
Vinieron cuarenta y una personas, que es el récord de aquel salón.
Ceferino trajo el membrete, se sentó en su sitio y empezó a escribir nombres, y esta vez tardó siete minutos.
Se sacó del trastero el tablero del abecedario, que llevaba veinte días guardado encima de la caja de cartón, desde la mañana de las elecciones. Lo trajo Melchor y lo puso en la mesa presidencial, encima del faldón verde.
El cenicero de Cinzano lo trajo Rufo del bar, como siempre.
Yo me puse la mantilla.
Aquí voy a contar exactamente lo que pasó, sin adornar y sin quitar, y el que quiera creerse una cosa que se la crea y el que quiera creerse la otra que se la crea, porque yo llevo cincuenta y ocho años en este mundo y doce trabajando de esto y no tengo ninguna explicación.
Nos sentamos seis: Herminia, Rufo, Consuelo, Casimiro, Melchor y yo.
Y antes de empezar hubo un momento que a mí me pareció, entonces y ahora, el resumen de todo aquel mes.
El salón lleno a las diez de la mañana de un sábado, en silencio, esperando.
Una mujer de la tercera fila, que había venido de Torrubias con su cuñada por segunda vez, preguntó en alto lo que llevaba preguntándose este pueblo desde el jueves de hacía veinte días:
—¿Y qué dice el alcalde?
—Ahora se le pregunta, señora —dijo Ceferino, sin levantar la vista—. Que estamos con los asistentes.
Se formuló la primera pregunta, que era de trámite y la había redactado Ceferino:
—Señor alcalde. ¿Tiene algo que manifestar a esta corporación antes de la sesión constitutiva?
Puse los dedos en el cenicero.
Y el cenicero se movió antes de que yo lo moviera.
Eso es lo que pasó y es lo único que voy a afirmar. No digo que se moviera solo. Digo que se movió antes de que yo tuviera la intención de moverlo, que es una cosa distinta y que pasa a veces, porque somos seis manos y el que empuja no siempre es el que cree que empuja.
Salió hacia la izquierda, despacio, en línea recta.
Y se paró en la eñe.
Y se quedó ahí.
Yo esperé. Se espera siempre: la planchette se para, y luego sigue. Es lo normal. En una sesión larga se para veinte veces.
No siguió.
Estuvo quieta en la eñe once segundos, que con toda aquella gente delante es muchísimo tiempo.
Entonces hice lo que hay que hacer, como hace cualquier profesional cuando una cosa no funciona: empujar.
Empujé. Suavemente, como se empuja, con la yema de los dedos, hacia la derecha.
Y no se movió.
Volví a empujar, y esta vez ya no fue suavemente, y en aquel momento me di cuenta de una cosa que me heló: que las otras cinco manos estaban empujando también, todas hacia el mismo lado, porque todo el mundo esperaba que aquello siguiera.
Seis personas empujando un cenicero de cristal boca abajo sobre un tablero de madera barnizada.
Y aquel cenicero estaba quieto encima de la letra eñe.
Se levantó Casimiro, que fue el primero que quitó las manos. Se levantó con la silla haciendo ruido y se apartó dos pasos.
Y detrás Consuelo, que se santiguó.
En la sala no habló nadie.
Yo levanté las manos de la planchette y las puse encima de la mesa, con las palmas hacia arriba, que es un gesto de mi oficio y que significa: miradme las manos.
—Que las vea todo el mundo —dije.
Y las cinco personas que quedaban en la mesa hicieron lo mismo, sin que nadie se lo pidiera.
Doce manos en el aire.
Y el cenicero encima de la eñe.
Esto lo he pensado mucho.
Un objeto de cristal de doscientos gramos sobre madera barnizada tiene una fricción determinada y se mueve con muy poca fuerza. Es lo que hace que funcione el invento. Y por eso mismo es imposible que seis personas empujando a la vez no lo muevan.
Se me han ocurrido tres explicaciones y ninguna me sirve.
Que hubiera algo pegajoso en el tablero, y no lo había, porque lo comprobé después con la mano.
Que estuviera encajado en el borde de la pieza, y la eñe está a nivel con las demás porque yo misma la apreté con el pulgar el viernes de la otra semana.
Y que nos empujáramos unos a otros en direcciones contrarias sin darnos cuenta, como dice la ciencia y lo que digo yo cuando me lo preguntan.
Ninguna explica los once segundos.
La letra eñe de aquel tablero la talló con una gubia, en el curso 2015-2016, un niño de diez años que se llamaba Álvaro Cifuentes Moya y que murió al año siguiente, y que es la línea trece del cuaderno de tapas de hule, y el único de los veintisiete que no da dinero, y el único al que nunca le pidieron el voto.
Yo eso lo sabía desde el primer día.
Y en aquella sala, aquella mañana, lo sabía todo el mundo.
Nadie lo dijo.
Ceferino Baixauli escribió en el acta, con su letra de imprenta:
«Se hace constar que la planchette permanece inmóvil sobre la letra Ñ durante un intervalo aproximado de once segundos, con las manos de los asistentes a la vista. Se hace constar asimismo que dicha letra no forma parte del orden del día.»
Y doña Otilia Cañas, desde la segunda fila, con el bastón, dijo en alto:
—A mí eso no me consta.
No se volvió a hablar de ello. Ni aquella mañana, ni aquella tarde, ni en los cinco meses que llevo aquí.
Después el cenicero se movió.
Se movió con toda normalidad, cuando volvimos a poner las manos, sin resistencia ninguna, como se había movido siempre.
Y deletreó una cosa.
L-A-E-S-T-R-E-L-L-A.
Ceferino cantó las letras una a una, según iban saliendo, y a la cuarta ya lo había entendido la sala entera.
La Estrella.
Y ahí está el problema, y es un problema que aquel pueblo resolvió en cuatro segundos y que yo no he resuelto todavía.
Porque hay una tercera posibilidad, y es la que a mí me parece más probable y la que no le he dicho a nadie.
Que lo deletreara yo.
No a propósito. Nadie deletrea nueve letras a propósito con cinco manos encima sin que se note. Pero llevaba veinte días con aquella palabra metida en la cabeza: la procesión, el paso, el manto, el nombre de mi programa, el anuncio de la caja de zapatos, la novena de los viernes.
En mi oficio se sabe desde hace un siglo: la planchette va adonde va la cabeza del que más quiere que vaya a alguna parte.
Y en aquella mesa, aquella mañana, la que más quería era yo.
Porque la Estrella es la patrona de este pueblo. La Virgen. La que sale en procesión el sábado de mayo, la que tiene el manto que restauró Visitación Requena y bajo cuyo paso estuvo un hombre veinticuatro horas.
La Estrella soy yo. Maca de España, la Vidente de la Estrella. Así se llamaba mi programa desde 2007 y así lo pone en el anuncio que mi madre recortó con la tijera y guardó en una caja de zapatos.
En aquel salón de plenos, la sala entera se giró hacia la mesa presidencial.
Y no miraron a la Virgen.
Herminia Requena estaba sentada a mi derecha, con las manos todavía encima del cenicero.
Yo la miré.
Ella no me miró a mí. Se quedó mirando el tablero, la palabra, las nueve letras.
Después levantó las manos, se echó hacia atrás en la silla y dijo, con la voz de leer un expediente:
—Bueno. Pues ya está.
Entre la sesión y el pleno hubo hora y media, y en esa hora y media pasó lo que tenía que pasar, que fue que Herminia Requena se fue a su casa sola.
Yo la vi salir por la puerta del ayuntamiento y cruzar la plaza, y no la siguió nadie.
Y a las once y media volvió, vestida de otra manera —con la chaqueta buena, la de los entierros— y con la carpeta de siempre debajo del brazo.
Se sentó en el sitio que le tocaba y no habló con nadie hasta el pleno.
Lo que hizo en su casa aquella hora y media no lo sé y no se lo he preguntado nunca.
Lo único que sé es lo que me dijo Rufo dos meses después, y me lo dijo sin darle importancia, porque él a estas cosas no se la da: que cuando ella salió del ayuntamiento, él estaba en la puerta del bar, y que la vio pararse un momento en la esquina de la calle del Pozo y mirar hacia arriba, hacia el balcón del primer piso, que era el del despacho del alcalde.
Y luego seguir andando hacia su casa.
El pleno de constitución se celebró a las doce, en el mismo salón, con el mismo público y con el tablero de las letras ya guardado.
Se formó la mesa de edad, que la preside el concejal de más edad, y ese es Gabino.
Se comprobaron las credenciales. Se prometió el cargo uno por uno.
Lodares prometió por su conciencia y honor, con la espalda recta y la mirada al frente. Torcuato prometió mirando al suelo.
Y llegó el momento de la elección de alcalde.
—Pueden ser candidatos los concejales que encabecen sus correspondientes listas —leyó Ceferino—. Por la Agrupación Independiente Vecinos de Valdestrella, doña Herminia Requena Lillo. Por Futuro Rural, don Óscar Lodares Serrano. ¿Aceptan las candidaturas?
Lodares dijo que sí.
Herminia Requena, alcaldesa en funciones de este municipio desde hacía veinte días, con el bastón de mando en la vitrina a tres metros y cinco votos asegurados, dijo:
—No acepto.