39. El funeral de los veintiocho
El entierro fue el jueves a las cinco de la tarde y en la iglesia de Valdestrella no cabía la gente.
Ciento veinte sillas, todas ocupadas. Gente de pie en las dos naves laterales, en el coro y en el atrio con la puerta abierta.
Vino el pueblo entero, los ciento y pico de Villar que tienen familia aquí, tres alcaldes de la comarca, un diputado provincial que llegó tarde y se quedó atrás, la banda al completo y unos treinta que no eran de ningún sitio conocido y que habían venido, según supimos luego, por el vídeo.
Doscientas noventa personas, calculó Herminia. Es más gente de la que vive en este municipio.
Lo digo con toda la intención, porque ese es el chiste que no tiene ninguna gracia: en el entierro de Eleuterio Pastrana había más gente que habitantes tiene Valdestrella según su propio padrón. Doscientas noventa contra doscientos cincuenta y dos, como quedaba después de darle a él de baja.
Nadie hizo esa cuenta aquella tarde. La hice yo el viernes, en la cocina de mi madre, con un lápiz.
Nicasio había puesto el ataúd en el crucero, sobre dos caballetes con paño negro, con la corona del ayuntamiento a la derecha y la de los familiares a la izquierda. La cinta de la del ayuntamiento decía SUS VECINOS.
En el primer banco no había nadie.
En un entierro, el primer banco es de la familia. Y Eleuterio Pastrana Ruiz era viudo desde 2009, no tuvo hijos, sus dos hermanos murieron antes que él y el único sobrino que le queda vive en Alicante y no vino.
Nicasio, que estas cosas las tiene medidas, no puso reservado el primer banco. Lo dejó vacío. Y la gente, que en un entierro se sienta donde le corresponde con una precisión que no falla nunca, no se sentó en él.
Estuvo vacío toda la misa. En una iglesia con doscientas noventa personas y gente de pie en el atrio.
Yo estuve en el segundo banco, con Herminia, Rufo, Consuelo y Gabino, que es donde se sientan los electos.
Y llevaba la mantilla de mi madre.
Me la puse porque era un entierro y porque en este pueblo, en un entierro, las mujeres de cierta edad se ponen mantilla. No fue una decisión de las mías. Fue lo contrario: fue la primera vez en once días que me puse aquella mantilla para lo que sirve una mantilla.
Don Atilano ofició él solo.
La homilía duró seis minutos y no dijo ni una sola mentira, y esto lo digo habiendo escuchado con muchísima atención, porque para entonces yo ya sabía escuchar a aquel hombre.
Dijo que Eleuterio Pastrana había servido a este pueblo veintiocho años.
Dijo que había gobernado con lo que tenía y que lo que tenía no era mucho.
Dijo que Dios juzga a cada uno por lo que se le dio y por lo que hizo con ello, y que eso no lo sabemos los demás.
Y dijo, al final, con una pausa antes:
—Y hoy encomendamos también a todos los que en estos años han salido de esta parroquia sin que pudiéramos acompañarlos como se debe.
Y ahí, en el segundo banco, con doscientas noventa personas detrás, oí a Consuelo tragar saliva.
Aquella frase la entendieron todos. Todos. Y a los que no eran del pueblo les pareció una fórmula bonita para los emigrantes.
La misa la aguantó la gente bien hasta la comunión.
En la comunión se rompió.
No sé explicar por qué en ese momento y no en otro. Comulgaron unas ochenta personas, que es muchísimo para esta parroquia, y a la vuelta del comulgatorio empezó a llorar la mitad de la iglesia.
Lloraba Consuelo. Lloraban las tres mujeres del rosario diario. Lloraban los Chaparro, los cuatro, en el mismo banco, con las manos entre las rodillas.
Lloraba una mujer de Villar a la que yo no había visto en mi vida y que resultó ser sobrina de Escolástica Herrán, la línea dos del cuaderno de hule, muerta en 2011.
En el banco de atrás, con la cara puesta en el suelo, lloraba Puri.
Los de fuera lo miraban como se mira la devoción de un pueblo pequeño.
Yo, que llevaba once días en aquel sitio, ya sabía perfectamente lo que estaba mirando: veintiocho duelos con quince años de retraso saliendo todos a la vez en una tarde de mayo, con permiso, con banda y con sillas.
Ese es el funeral que enterró a este pueblo. El de los demás fue el jueves.
Lo de las esquelas lo hizo Nicasio en la sacristía, mientras se organizaba la comitiva para el cementerio.
Yo entré a por un vaso de agua y lo vi.
Tenía la carpeta encima de la mesa de las casullas, abierta. Y de la carpeta iba sacando papeles doblados en dos, cada uno con un nombre escrito a lápiz en la esquina, y los iba entregando en mano, sin decir nada, a las personas que se le acercaban.
Estaban esperando en fila. Ocho o nueve personas.
Herminia recibió el suyo el primero. Yo la vi cogerlo, mirarlo un segundo y metérselo en el bolso sin abrirlo.
Después la sobrina de Escolástica. Después los hijos de Amancia. Después Otilia, con el bastón, que se lo guardó dentro del misal.
En el fondo de la fila, con la caja de zapatos donde lleva el bizcocho a la nuera, estaba Engracia, la señora del coche de línea, la que hizo el viaje conmigo el primer día y que lloró en el pregón sin saber quién era yo.
Nicasio le dio el suyo.
Y Engracia lo abrió allí mismo, de pie, en la sacristía, se puso las gafas y lo leyó entero.
Luego lo dobló otra vez, lo metió en la caja del bizcocho, con la tapa, y se lo llevó.
Yo pregunté, porque estaba allí y porque llevo toda la vida preguntando lo que no me importa.
—Nicasio, ¿esto qué es?
—Esto es de cada uno —dijo, sin levantar la vista de la carpeta.
Y me dio uno a mí.
Estaba doblado en dos, como los demás, con un nombre a lápiz en la esquina: R. Salcedo .
Lo abrí en la sacristía, de pie, igual que Engracia, y tardé más de lo que se tarda en leer catorce líneas.
Está la fecha. La de verdad. Seis de marzo de dos mil veintitrés.
Está la edad. Setenta y cuatro años.
Está el oficio: modista. Y una línea que dice que cosió para medio pueblo y descosió lo que hizo falta, sin que se le conociera queja, deuda ni puntada floja.
Y en los deudos, en el sitio donde en las esquelas de este país van los hijos, pone: su hija, Macarena Salcedo Vela, «Maca de España», ausente por compromisos profesionales.
Ausente por compromisos profesionales.
Nicasio Fuentes escribió eso en su casa, una noche de marzo de hace tres años, después de enterrar a una mujer de tapadillo en un rectángulo de tierra, y lo guardó en una carpeta durante tres años esperando a poder dárselo a alguien.
Me lo dio en una sacristía, sin decir una palabra, el jueves siguiente al entierro del hombre que decidió no llamarme.
—Nicasio.
—Dime.
—¿Esto lo escribiste tú?
—Todas —dijo.
Son esquelas.
Esquelas de verdad, con su orla, su cruz, su fecha, su edad y sus deudos. Escritas por Nicasio Fuentes, funerario comarcal, a lo largo de quince años, cada una la noche siguiente al entierro que no se pudo anunciar. Guardadas en una carpeta. Sin publicar.
Con la fecha real.
Eso es lo que hay que entender de aquellos papeles y por eso los cuento: son los únicos documentos de esta historia que dicen la verdad. En el padrón no está. En el Registro Civil no está. En el ayuntamiento no está.
Está en una carpeta de un funerario de pueblo, escrito a máquina, con una coletilla abajo que dice: pendiente de publicación .
—Nicasio, ¿tú por qué las escribías?
Y aquel hombre, con la carpeta ya vacía en la mano, me dijo:
—Porque a la gente hay que ponerla en el papel.
Al cementerio subimos a pie, detrás del furgón, unas doscientas personas.
Se enterró en el panteón de los Pastrana, según se entra a la derecha, el primero, el de mármol claro con las columnas.
Abrieron. Bajaron el ataúd. Se cerró.
Yo estuve a diez metros mirando aquella puerta de hierro con los cristales de colores y el cristal roto de la esquina de abajo, y pensando en una losa con un asa que hay dentro, en el suelo, y en una palabra escrita a bolígrafo azul en la última página de una libreta forrada con plástico de cocina.
Cuando terminó, la gente empezó a bajar.
Y yo me fui por detrás, pasada la última calle de nichos, al rectángulo de tierra pisada que está a la sombra de la tapia.
Once pasos hacia el este y cuatro hacia el norte.
El tiesto de esparto seguía allí.
Me quedé de pie delante, con la mantilla de mi madre puesta, mientras a cincuenta metros doscientas personas bajaban del entierro más solemne que ha tenido este pueblo en cuarenta años.
Le dije, en voz baja, la frase que estaba escrita de su puño y letra en un folio doblado en cuatro que yo llevaba en el bolso en aquel momento y que llevo llevando desde entonces:
—A mí me enterráis con papeles.
Eso es lo que ella pidió.
Este pueblo, que aquella tarde acababa de enterrar a un hombre con certificado, licencia, misa cantada, dos coronas y banda, la había metido a ella en un agujero sin nombre a cincuenta metros de allí.
Lo que hice después es lo único que hice bien en aquellos veinte días, y lo hice sin pensarlo y sin que me viera nadie.
Saqué del bolso la esquela que me había dado Nicasio, la que tiene su nombre, su fecha y su oficio, y la puse debajo del tiesto de esparto, doblada en cuatro, con una piedra encima para que no se la llevara el aire.
Papel. Encima de ella. Al fin.
Duró lo que dura un papel a la intemperie en la Mancha, que es hasta la primera tormenta de junio. Cuando volví a subir en julio ya no estaba.
Y da igual. Estuvo cinco semanas.
Bajé la última.
Y en la puerta del cementerio, cuando ya no quedaba nadie, me encontré con lo que llevaba once días encontrándome.
Sagrario no fue al entierro.
No estuvo en la misa, ni en el atrio, ni en la comitiva. No puso las flores del altar aquel día: las puso una vecina, y se le notó, porque no era el mismo orden.
Estuvo en la puerta de la iglesia, sentada en el escalón de piedra, con las manos en el regazo, todo el rato.
Cuando la comitiva bajó del cementerio y pasó por delante, se levantó, se apartó a un lado para dejar sitio y se quedó de pie hasta que pasó el último.
A mí me miró. Un segundo, no más.
Y luego se metió en la iglesia a apagar las velas.
Yo entré detrás.
No sé muy bien por qué entré. Llevaba once días sin hablar con aquella mujer, y a aquellas alturas ya sabía perfectamente que era la única persona de Valdestrella a la que no le podía vender nada.
La iglesia estaba vacía y con las sillas descolocadas. Sagrario iba por el lado de la epístola con el apagavelas, ese de latón con el cono en la punta, apagando una por una las del altar de la Virgen.
—Sagrario.
—Dígame.
De usted. Después de once días.
—¿Por qué no ha ido?
Apagó otra vela y no se volvió.
—Porque a un entierro se va a rezar por un difunto —dijo—. Y ahí había mucha gente rezando por otras cosas.
—Ahí había gente que llevaba quince años sin poder llorar.
—Ya lo sé. —Ahora sí se volvió—. ¿Y quién les ha quitado ese llanto durante quince años? ¿La Junta? ¿Los de Madrid?
No contesté.
—Ese hombre —dijo Sagrario, y no lo dijo con rabia, sino con la cansada exactitud de quien lo tiene pensado desde hace mucho—. Ese hombre que hoy ha ido con dos coronas y con banda. Ese es el que dijo, uno por uno, que a estos no se les diera parte.
Volvió a lo suyo. Apagó dos velas más.
—Y ahora tienen ustedes su papelito —dijo—. Y todos contentos.
—El papel se lo ha dado Nicasio.
—El papel se lo ha dado Nicasio a escondidas, en la sacristía, como se da la droga.
Y ahí me callé, porque tenía razón y porque en once días había aprendido que cuando aquella mujer tiene razón no hay por dónde entrarle.
Terminó la fila de velas. Se limpió el latón con un paño que lleva en el bolsillo de la rebeca y me miró de frente por primera vez.
—Yo le voy a pedir a usted una cosa —dijo—. Una. Y no le voy a volver a pedir nada más en mi vida.
—Dígame.
—Que inscriba a su madre.
Se me paró todo por dentro.
—Que vaya usted al juzgado, que es de aquí abajo, y que le diga a Otilia que ponga en el libro que Rosario Salcedo Vela murió el seis de marzo del veintitrés. Con su fecha. Y que luego le pongan una piedra con su nombre, que eso lo paga usted, que ahora tiene sueldo.
—Sagrario, eso no es tan fácil.
—Es facilísimo —dijo—. Es un libro y una pluma.
—Si se inscribe una, hay que inscribirlas todas. Y si se inscriben todas de golpe, esto salta por los aires y la residencia se cierra y su tejado se queda como está.
—Mi tejado que se caiga.
Lo dijo sin levantar la voz, apretando el paño.
—Yo llevo veintidós años poniendo flores a esa señora los viernes sin saber que estaba muerta.
Veintidós no: tres. Tres años poniéndole flores a una viva que estaba en el corralillo.
—Se guardó el paño—. Y usted ha venido, se ha puesto su mantilla, se ha subido a esa mesa y ha estado once días hablando con el que la enterró.
—Voy a hacerlo —dije.
Y lo dije en el momento. Sin pensarlo. En una iglesia vacía, con las sillas descolocadas, a una mujer de sesenta y nueve años con un apagavelas en la mano.
Sagrario Utiel Peral se me quedó mirando un rato largo.
—No —dijo.
—¿Cómo que no?
—Que no lo va a hacer.
Y se fue por el pasillo del lado del evangelio a apagar las otras.
Yo salí a la calle.
Eso es todo lo que aquella mujer y yo hemos hablado en once meses. Nunca más. Ni una palabra desde entonces.
Lo del pésame fue después, en la puerta del ayuntamiento, y ahí es donde se decidió lo que se decidió, aunque yo tardé veinte días en darme cuenta.
Se formó la fila sola, como se forman estas cosas.
Y la fila se formó delante de mí.
No delante de Herminia Requena, alcaldesa en funciones de este municipio desde el domingo por la noche, que estaba a tres metros, de negro, con la cara puesta y las manos cruzadas.
Delante de mí.
Doscientas personas dándome el pésame a mí, que había llegado a aquel pueblo once días antes en un coche de línea y que no era pariente de nada.
Yo di la mano a todo el mundo, y dije lo que se dice, y a los de fuera les dije gracias por venir.
Cuando ya se iba la gente, doña Otilia Cañas, con el bastón y el misal con la esquela dentro, se paró delante de mí y me dijo, con esa voz suya de fórmula antigua:
—Yo lo conocí de toda la vida.
—Ya lo sé, Otilia.
—Me consta —dijo—. Es lo único que me consta.
Y siguió andando calle abajo.
Herminia estuvo hasta el final, de pie, a tres metros, viendo pasar la fila.
No dijo nada aquella tarde. Ni una palabra. Se quedó allí, con las manos cruzadas y la cara de inventario, y estuvo mirando aquello exactamente como se mira una factura que ya está pagada.