La campaña de los difuntos 38. Lo que dijo Herminia
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38. Lo que dijo Herminia

El bar cerró a las dos y media.

Es decir: Rufo echó la persiana entera y nos quedamos dentro cuatro. Él, Herminia, un vecino que se llama Emilio y yo.

Emilio se fue a los diez minutos, sin despedirse de nadie en particular.

Rufo estaba fregando vasos en la pila de la barra, con el agua corriendo. Herminia estaba a su lado, del otro lado del zinc, secando con un paño y colocando los vasos boca abajo en la bandeja de rejilla.

No le tocaba. Nunca le ha tocado. Lleva haciéndolo cuarenta años.

Yo estaba sentada en el segundo taburete con un vino que no me iba a beber.

Aquella mujer llevaba tres horas y diez minutos siendo la alcaldesa de Valdestrella.

Desde las once y veinte de la noche, cuando Gabino firmó el certificado en el borde de una cama, Herminia Requena Lillo era la máxima autoridad municipal de este pueblo por sustitución legal, con el bastón de mando en una vitrina del salón de plenos a doscientos metros de donde estaba y las llaves del ayuntamiento en el bolso que tenía colgado del respaldo.

Estaba secando vasos en un bar que no es suyo, de madrugada, porque el hombre que los fregaba llevaba dieciséis horas de pie.

Hablamos de cosas.

De la esquela, que había que ponerla en el semanario de la provincia y que la iba a redactar Nicasio.

Del entierro, que sería el jueves, porque el martes venía el juez de paz de Villar para lo de la licencia y el miércoles no podía el cura.

De la corona del ayuntamiento. De si se ponía cinta con letras o sin letras.

De las sillas de la iglesia, que hay ciento veinte y se calculaba que iban a hacer falta más.

De si el ayuntamiento ponía autobús para los de Villar que quisieran venir al entierro, y de que no, porque el autobús es el de línea y el de línea tiene su horario.

De la comida de después, que en este pueblo se hace y hay que contar cuántos.

De que el jueves era el día de reparto del pan, y de que Rufo tenía que hablar con el de Villar para que subiera antes, porque a la hora del entierro no iba a haber nadie en la tienda.

Estuvimos así veinte minutos, hablando de sillas y de pan.

Y en un momento dado dije yo, por decir algo, que había sido un día muy largo.

Añadí, porque me pareció que había que decirlo y porque a mí me sale siempre ponerme la medalla:

—Bueno. Ha salido bien.

Herminia levantó un vaso a contraluz para ver si estaba limpio.

Y dijo:

—Te elegimos a ti porque no te quiere nadie, Macarena.

Rufo cerró el grifo.

—A ti no venía a buscarte ni la Guardia Civil.

Y siguió secando el vaso, con el paño metido dentro, dándole vueltas, mirándolo a contraluz.

No lo dijo gritando. No lo dijo llorando. No lo dijo con la voz rota ni con odio ni con desprecio.

Lo dijo con la voz con la que aquella mujer dice todas las cosas: la voz de quien lee un expediente en alto.

Puso el vaso boca abajo en la bandeja y cogió otro.

Yo no contesté.

Y no contesté porque no había nada que contestar, y porque yo llevo cuarenta años en un oficio en el que se contesta siempre, en el que hay una salida para cada cosa, en el que si una señora te dice a las tres de la mañana que su marido no la quiso nunca tú tienes tres frases preparadas y las tres funcionan.

Repasé las tres. Están en algún sitio de la cabeza, con el desgaste de doce años de uso.

La primera sirve para devolver el golpe con una broma, y era imposible.

La segunda sirve para preguntar por lo de debajo —«¿y usted por qué me dice eso ahora?

»—, y esa la descarté enseguida, porque yo sabía perfectamente por qué me lo decía ahora y porque preguntarlo habría sido hacerle decir en voz alta lo del molino, y aquello era la una de la mañana del lunes y quedaban veinte días de pueblo por delante.

La tercera sirve para aguantar el silencio y esperar a que el otro lo llene, que es la que funciona siempre.

Herminia no lo llenó. Cogió otro vaso.

Rufo abrió el grifo otra vez.

Estuvieron un rato con eso, ella secando y él fregando, y en aquel bar no se oía nada más que el agua y los vasos.

Después Rufo apagó la cafetera, que hace un ruido al apagarse, un clac hondo, y se puso a contar la caja.

Herminia terminó los vasos, colgó el paño del gancho, se secó las manos en el mandil de él y se puso el bolso en el brazo.

—Mañana a las ocho —dijo, no sé a quién de los dos.

Y salió.

Yo me quedé sentada en el taburete.

Rufo terminó de contar la caja, apuntó el número en la libreta de hule, la cerró y la puso en su sitio, encima de la caja registradora.

—¿Te pongo otro? —dijo.

—No.

—Vale.

Y no dijo nada más. Ni una palabra. Ni «no le hagas caso», ni «está cansada», ni «lleva unos días muy malos».

Ese hombre me hizo el único favor que me podía hacer aquella noche, que fue no arreglarlo.

Y no lo arregló porque en este pueblo no se arreglan estas cosas. Aquí, cuando alguien suelta una verdad así en una barra a esas horas, los que están delante hacen exactamente lo que hizo Rufo Peinado: seguir con lo suyo y no repetirla nunca.

Aquella frase no ha vuelto a decirse. Ni ella la ha repetido, ni yo se la he recordado, ni Rufo la ha contado.

Y las tres personas que estábamos en aquel bar la sabemos de memoria.

Me levanté, dejé dos euros en el zinc y él los cogió y los metió en la caja sin decir nada, porque los dos sabíamos que aquella noche yo no podía deber nada a nadie.

Salí a la calle.

Hacía el fresco que hace siempre aquí a esas horas en mayo, aunque el día haya sido de veintiocho grados. Es un fresco que baja del cerro y que huele a tierra mojada aunque no haya llovido.

La plaza estaba vacía.

En la casa de la calle del Pozo, a cuatrocientos metros, se veía luz en la ventana de arriba y luz en el zaguán, con la puerta apoyada, y todavía había dos hombres fumando en la acera.

En el resto del pueblo, en las tres calles que se ven desde allí, había luz encendida en los pasillos.

Eso lo hace la gente aquí cuando ha ganado. Dejar la luz del pasillo dada, y las persianas a medias, y acostarse.

Fui andando hasta la calle de la Tercia y me metí en la casa de mi madre.

Encendí la luz de la cocina, me senté en su silla, en la mesa camilla con las faldas puestas en mayo, y estuve un rato con las manos encima de la mesa.

Y estuve pensando en si era verdad.

Porque eso es lo que hace una persona de mi oficio con una cosa así: no se pregunta si ha sido cruel. Se pregunta si es exacta.

Y es exacta.

A mí, en febrero, me sacaron de una casa en Usera dos funcionarios, un cerrajero y una abogada de oficio a la que había visto dos veces. No vino nadie más. No había nadie a quien avisar.

Mi madre llevaba tres años muerta y no me enteré, y no me enteré porque no había en el mundo entre ella y yo una tercera persona a la que se le ocurriera cogerme el teléfono para decírmelo.

Este pueblo me eligió a mí para ponerle voz a un muerto por lo mismo por lo que se elige a alguien para estas cosas: porque si aquello salía mal, la que se quedaba fuera era la que no tenía a nadie que preguntara por ella.

Herminia lo sabía desde el primer día. Y lo dijo en voz alta, secando vasos, después de tres horas y diez minutos siendo alcaldesa.

No lloré. No hice nada.

En el aparador estaban sus cinco fotos mías detrás del cristal, puestas de pie por orden.