37. De la emoción
La protesta de Torcuato viajó a Cuenca el lunes por la mañana, dentro del sobre del acta de escrutinio, y se murió antes que el alcalde.
La resolución llegó el martes por la tarde por correo electrónico al ayuntamiento, y Ceferino me la leyó en voz alta con una voz que no tenía ni triunfo ni pena, que es la que se pone para leer las cosas que estaban cantadas.
Desestimada.
Primero, porque la mesa se había constituido válidamente con el suplente designado en tiempo y forma, y la incomparecencia justificada de un vocal titular no afecta a la validez de la constitución.
Y segundo, porque el fallecimiento alegado no consta en el Registro Civil.
—Ahí está —dijo Ceferino, y dejó el papel encima de la mesa—. Ese hombre ha dicho la verdad y le han contestado que la verdad no está registrada.
—Y usted eso lo sabía.
—Yo eso lo sé desde el jueves de la semana pasada —dijo—. Lo que no sabía es si iban a mirar dos veces. Y no han mirado.
Se quitó las gafas y estuvo un rato limpiándolas con el faldón de la camisa.
—Macarena, esa protesta es exacta. Palabra por palabra. Y por eso no prospera, porque protesta una cosa que la ley ya tenía prevista: que un vocal no pueda ir. La ley no prevé el porqué, prevé el suplente.
Ahí se me quedó una cosa que no he podido soltar desde entonces, y es que aquel pueblo se salvó cuatro veces en cinco días y las cuatro se salvó por lo mismo: porque todo lo que hacíamos estaba previsto en algún sitio.
El domingo, mientras tanto, ya había pasado otra cosa.
El alcalde de Valdestrella murió el domingo 18 de mayo a las 23:20, en su domicilio del número 12, de un infarto agudo de miocardio.
Eso es lo que dice el certificado médico de defunción, modelo oficial del Consejo General de Colegios de Médicos, firmado por don Gabino Utrera Chinchilla, colegiado número 16/1074.
Y esto es lo que pasó.
A las diez de la noche, con el pueblo entero todavía en la calle, se sacó el cuerpo del paso.
Lo hicieron seis, con la iglesia cerrada por dentro y sin luces en la nave: los cuatro Chaparro, Nicasio y Melchor. Se levantaron los faldones, se sacaron las cuñas y se subió al furgón de la funeraria, que Nicasio había metido marcha atrás hasta la puerta lateral.
La almohada salió también. Herminia se la llevó a su casa aquella misma noche y no está en ninguna parte de esta historia a partir de aquí.
De la iglesia a la casa del alcalde hay cuatrocientos metros. El furgón hizo el recorrido a paso de hombre, con las luces cortas, y no se cruzó con nadie, porque a las diez de la noche del domingo de las elecciones en Valdestrella todo el mundo estaba en la plaza y en el bar.
Lo subieron por la escalera entre cuatro.
Lo acostaron en su cama, en el dormitorio del fondo, el de la puerta pintada de blanco.
Herminia había subido antes y había hecho la cama con sábanas limpias, y había abierto la ventana dos horas para que la habitación no oliera a cerrado, y había puesto en la mesilla un vaso de agua y las gafas de leer.
Le quitaron el traje gris marengo de invierno, con cuidado de no romper nada, y le pusieron el pijama.
Es un pijama de rayas azules, de los de dos piezas, con el bolsillo en la chaqueta.
Yo estuve delante.
Yo entré en aquella habitación a las diez y media de la noche del domingo, con Gabino, con Nicasio y con Herminia, y vi cómo cuatro personas de sesenta y tantos años vestían a un muerto de sesenta y ocho horas con un pijama de rayas para que pareciera que se había muerto durmiendo.
Y lo peor no fue eso.
Lo peor fue que aquello era, con muchísima diferencia, la escena más cariñosa de toda la semana.
Porque no había prisa. No había una funcionaria de Toledo a la puerta, ni una procesión, ni una urna. Ya estaba todo hecho. Y aquellas cuatro personas hicieron lo que llevaban cinco días sin poder hacer, que era ocuparse de él despacio.
Nicasio le peinó. Le pasó un peine mojado, dos veces, hacia atrás, como se peinaba él.
Consuelo, que subió después con la ropa, le puso las manos.
Y Gabino se sentó en el borde de la cama con el maletín en el suelo, sacó el impreso y estuvo un rato con el bolígrafo en el aire.
—¿Qué pongo? —dijo.
Nadie contestó.
—Es que hay que poner una causa inmediata y una causa fundamental.
—Pon lo del corazón —dijo Herminia.
—Lo del corazón lo pongo. Pero es que también hay una casilla de intervalo, que es el tiempo desde que empieza hasta el fallecimiento, y eso hay que ponerlo en minutos o en horas.
—Pues pon minutos.
Gabino escribió.
Cuando llegó a la casilla de la fecha, la fecha de defunción, dieciocho de mayo, veintitrés horas veinte minutos, dejó de escribir un momento y le tembló el pulso. Se le notó en la letra, que en ese renglón es más grande.
Es lo único que le tembló a aquel hombre en cinco días.
—El jueves era mala praxis, ¿te acuerdas? —le dije, cuando bajábamos.
—El domingo también lo es —dijo Gabino—. Lo que pasa es que el domingo ya no le hace daño a nadie.
Media hora después, Nicasio salió con el furgón, dio la vuelta a la manzana y volvió a entrar en la calle con las luces largas y sin ninguna prisa, para que lo viera todo el mundo.
Y a los veinte minutos estaba el pueblo en la puerta.
La casa de la calle del Pozo se quedó abierta toda la noche, con la luz del zaguán dada y la puerta de la calle apoyada, sin echar el pestillo, que es como se dejan aquí las casas cuando hay un difunto.
Y por allí pasó Valdestrella entera.
Subían de dos en dos, entraban en el dormitorio, se santiguaban, decían dos cosas y bajaban. Las mujeres se quedaban abajo, en la cocina, y hablaban en voz baja. Los hombres salían a fumar a la puerta.
Yo estuve en la cocina hasta las tres de la mañana.
Lo que vi allí fue una cosa muy sencilla y que a mí me costó cinco días entender: aquella gente estaba haciendo el velatorio de veintiocho personas.
Nadie lo dijo. Pero yo vi llorar a Herminia por primera vez en cinco días, y no lloró en el dormitorio: lloró en la cocina, hablando de su hermana Visi, con una vecina, mientras ponían café.
Vi a los hijos de Amancia, que habían venido de Cuenca para la comparecencia y se habían quedado, sentados en las sillas del pasillo sin decir nada durante dos horas.
Y a las dos de la mañana, uno de los Chaparro dijo en voz alta, en la cocina, sin dirigirse a nadie:
—Mi padre también estuvo cuatro días.
Nadie contestó, y nadie le preguntó de qué hablaba, porque lo sabía todo el mundo.
La coreografía se había ensayado en la trastienda del multiservicio el sábado por la mañana. Quién lo encuentra, quién avisa, a quién se llama primero.
Y allí hubo un momento que yo no he contado todavía y que conviene poner aquí, porque explica lo que pasaría dos noches después en la barra de un bar.
Yo estaba organizándolo. Estaba diciendo quién decía qué y en qué orden, como quien reparte una escaleta, y en un momento dado dije que era mejor que el aviso lo diera Gabino y no Herminia, porque a Gabino se le cree por oficio.
Herminia, que llevaba veinte minutos callada con la carpeta en las rodillas, levantó la vista y dijo:
—¿Y eso qué dice el alcalde?
Lo dijo con una acidez que cortaba el aire. Los cuatro que estábamos en aquella trastienda nos quedamos mirándola.
—Herminia…
—Que si eso lo dice él o lo dices tú —dijo—. Que ya no sé.
Y volvió a mirar sus papeles.
Lo encuentra Herminia, que había subido a llevarle la cena. Avisa a Gabino, que vive a dos calles. Gabino sube, certifica y llama a la funeraria, que es Nicasio y está en el pueblo.
Y ninguna de esas tres personas mintió a nadie aquella noche, porque a partir de aquel momento no hizo falta.
—Ha sido de la emoción —dijo una mujer en la puerta, y lo dijo llorando.
—Con lo que ha ganado, y no lo ha visto.
—Es que él era muy de aquí.
Y eso es lo que se contó, y es lo que se sigue contando, y a estas alturas ya no sé si es mentira.
Un hombre de setenta y un años que gana sus séptimas elecciones y se muere esa misma noche es una historia demasiado buena para desmontarla, y este pueblo la ha adoptado como se adoptan las historias que le vienen bien a todo el mundo.
Nicasio trabajó toda la noche.
A mí me sorprendió tanto que se lo pregunté a la mañana siguiente, cuando lo vi en el bar desayunando con la camisa arrugada y sin haber dormido:
—Nicasio, ¿tú estás contento?
Aquel hombre se quedó con el café a medio camino.
—Yo llevo cuarenta años en esto —dijo—. Y llevo unos cuantos enterrando gente de noche, sin flores, sin misa, sin esquela y sin cobrar. —Dejó la taza—. Anoche he tenido un difunto con su parte, su certificado, su licencia de enterramiento y su libro de firmas. Y esta mañana he encargado la corona.
Se limpió la boca con la servilleta de papel.
—Como siempre se ha hecho —dijo—. Como se tiene que hacer.
Y se fue a trabajar.
El audio de Poli me entró el lunes a las nueve y cuarto de la mañana.
Poli es Leopoldo Ferrán Casaus, sesenta y un años, mi exmarido y mi antiguo representante, el hombre que en 2015 vendió la sociedad que llevaba mis contratos y me dejó dentro una deuda con Hacienda de ciento ochenta y siete mil euros, como me costó la casa de Madrid.
Llevaba cuatro años sin llamarme.
Y aquella mañana me entró un audio de treinta y ocho segundos, con el ruido de una redacción por detrás, y decía esto:
— A ver, Macarena. Que soy Poli. Que me han pasado lo de tu pueblo y lo he visto, y he visto lo de la radio también, que me lo ha puesto una chica de aquí.
Y te voy a decir una cosa: esto que habéis montado tiene formato.
Tiene formato, Macarena, me explico. Que yo esto lo veo y digo, esto no es un vídeo, esto es una temporada.
Y no te llamo por nada raro, ¿eh?, que yo ahora estoy de director de contenidos en una cosa aquí de la TDT, en Alcores, que es la de siempre pero ahora es otra. Bueno. Que me llames. Ea.
Ea.
Que es como acababa los audios el hombre al que acabábamos de enterrar.
No lo he vuelto a oír en toda mi vida a nadie más que a esos dos.
Yo escuché aquel audio tres veces seguidas, de pie en la cocina de Herminia, y a la tercera me di cuenta de que se me había puesto la piel de gallina y de que no era por el «ea».
Era por la palabra formato.
No contesté. Guardé el audio en la carpeta de destacados, que es donde yo he guardado siempre los contratos malos, y me fui al ayuntamiento, que había pleno de constitución en once días y había mucho que hacer.
Ceferino me esperaba en la puerta con la carpeta de anillas.
—Antes de nada —dijo—. Que sepas que desde anoche a las once y veinte, en este municipio, hay alcaldesa en funciones.
—¿Cómo?
—Fallecido el alcalde, asume la primera teniente de alcalde por sustitución, hasta la sesión constitutiva. Automático. Sin votación y sin toma de posesión. —Se ajustó las gafas—. Es Herminia. Lo es desde anoche.
Yo me quedé mirando la fachada del ayuntamiento, con la pancarta del homenaje todavía puesta y la eñe de cinta aislante colgando de un lado.
—¿Y ella lo sabe?
—Se lo dije anoche, en el pasillo de la casa de él, delante del médico.
—¿Y qué dijo?
Ceferino se colocó la carpeta debajo del brazo.
—Preguntó si había que abrir el ayuntamiento el lunes.
El martes, cuando Ceferino volvió con la carpeta, se resolvió además lo del sobre, que es la cosa más de este pueblo que ha ocurrido en once meses.
El sobre es el de los efectos personales.
Lo abrió Nicasio el lunes, delante de testigos, y contiene lo que llevaba encima Eleuterio Pastrana la noche del pregón: un reloj de acero, una cartera con cuarenta euros y el carné, dos llaves, un mechero de gasolina y otros cuarenta euros sueltos en el bolsillo del pantalón.
Ochenta euros, un mechero y un reloj.
Y aquella mañana se juntaron cinco personas en el despacho de la Alcaldía a decidir qué se hacía con aquello.
—Los efectos personales se entregan a los herederos —dijo Ceferino.
—No hay herederos —dijo Herminia.
—Los hay. Hay un sobrino en Alicante.
—Ese sobrino no ha venido al entierro.
—Eso a mí no me consta y además es irrelevante —dijo Ceferino—. Sobrino carnal. Colateral de tercer grado. Hereda él, salvo testamento.
—¿Y hay testamento?
—Habrá que pedirlo al Registro de Últimas Voluntades.
—Ceferino, que son ochenta euros.
—Son ochenta euros y un reloj —dijo Ceferino—. Y yo no puedo entregar un reloj a quien no acredite.
Estuvieron veinte minutos.
Se planteó dejarlo en la caja del ayuntamiento y se descartó, porque el ayuntamiento no puede custodiar bienes privados.
Se planteó dárselo al cura para una misa, y Gabino dijo que eso era exactamente lo que había hecho el pueblo con la pensión de Obdulia y que ya estábamos otra vez.
Se planteó llamar al sobrino de Alicante, y Herminia preguntó quién lo llamaba y todo el mundo miró el suelo.
Y a los veinte minutos, Consuelo, que llevaba toda la reunión callada con el bolso en las rodillas, dijo:
—El mechero se lo puede quedar Rufo, que le hizo la matanza doce años.
—Consuelo, es que no es cuestión de…
—Y el reloj, para el chaval —dijo—, que le ha estado poniendo la voz.
Nadie contestó a eso.
Al final se decidió lo que se decide siempre aquí, que es no decidir: el sobre entero se metió en el cajón de la cocina de Herminia, con una nota que puso Ceferino de su puño y letra, con fecha y firma, y que dice: «Efectos personales del Sr. Alcalde. Pendiente de acreditación de herederos.»
Ahí sigue.
Once meses después, en el cajón de los cubiertos de una casa de la calle del Pozo, hay ochenta euros, un reloj de acero y un mechero de gasolina, custodiados por la primera teniente de alcalde de Valdestrella con su acta de depósito.
En este pueblo se pueden mantener veintisiete muertos en el padrón durante quince años, pero no se le entrega un mechero a nadie sin acreditar.
El cajón lo cerró ella, por cierto. Con la nota dentro.
Aquella mujer, que llevaba treinta años esperando la Alcaldía, lo recibió a las once y veinte de la noche, de pie en el pasillo de la casa de un muerto, con el olor a cerrado todavía en la ropa, y lo primero que preguntó fue por el horario.
Le duró veinte días exactos.