La campaña de los difuntos 36. 171
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Las urnas se cerraron a las ocho de la tarde.

Sonia lo dijo en alto, mirando el reloj de la pared del salón de plenos, con la fórmula que viene en el manual:

—Se cierra la votación.

Y en aquel momento había dentro de la sala treinta y una personas apretadas, que es más gente de la que cabe, y fuera, en la plaza, unas cincuenta.

Lo primero que se hace es votar la mesa. Los tres miembros votan los últimos, y lo hacen delante de todo el mundo, y aquello duró dos minutos.

Después se abren los sobres del voto por correo y se introducen en la urna, uno a uno, con el nombre en alto.

Puri se los dio a Sonia en una caja de cartón.

Cincuenta y ocho sobres, que son los veintiséis de los nuestros más treinta y dos de vivos: de los que trabajan fuera, de los que están en Cuenca con las hijas, de una chica que estudia en Albacete.

Sonia fue diciendo los nombres.

Cuando llegó a los de la lista, la sala no cambió de cara. Ni uno.

—Machuca Lillo, Eufrasio.

—Vota.

—Requena Lillo, Visitación.

—Vota.

—Salcedo Vela, Rosario.

—Vota.

Yo estaba en la tercera fila.

Y aquí viene lo más incómodo, que llevo doce capítulos aplazando.

Que cuando dijeron el nombre de mi madre en aquella sala, a mí me subió por dentro una cosa que no era vergüenza.

Era orgullo.

Mi madre votó en las elecciones municipales de este año. Consta en el acta. Su nombre se dijo en alto en el salón de plenos de su pueblo, delante del pueblo entero, y un hombre de setenta y dos años con una gorra en la mano dijo «vota».

Yo, que dos días antes había estado sola delante de un montón de tierra sin lápida, en aquel momento pensé exactamente esto: menos mal.

Sé perfectamente lo que significa esa frase y lo que dice de mí. La escribo igual.

El recuento empezó a las ocho y veinte.

Se hace así: la presidenta saca los sobres de la urna uno a uno, los abre, saca la papeleta, la lee en voz alta y la pasa a los vocales. Los interventores anotan. La sala escucha.

En este pueblo, el escrutinio se oye entero. No hay pantallas, ni porcentajes, ni tertulia. Hay una mujer diciendo un nombre y doscientas personas contando por dentro.

—Agrupación Independiente Vecinos de Valdestrella.

—Agrupación Independiente.

—Futuro Rural.

—Agrupación Independiente…

Y así doscientas treinta y dos veces.

En la calle, los que no cabían dentro estaban en silencio, y cada cierto tiempo alguien salía a la puerta y decía cómo iba, y se oía un ruido bajo, de aprobación, y volvían a callarse.

Aquello duró cuarenta minutos.

Y yo estuve los cuarenta minutos de pie, apoyada en la pared del fondo, y no conté los votos.

Conté las caras.

Es lo que hago desde que tengo diecisiete años en cualquier sala donde pasa algo: mirar a la gente mientras todos miran otra cosa.

Lo que vi fue esto. Que a la papeleta número sesenta y tantos, cuando ya estaba claro cómo iba a acabar aquello, la sala dejó de escuchar el escrutinio y se puso a mirarse entre sí. Y no se miraban con alegría.

Aquellas treinta y una personas llevaban cuatro días sin dormir bien.

Habían tenido a un hombre en una cámara frigorífica, se habían hecho pasar por sus muertos delante de una funcionaria, habían metido un cadáver debajo de una Virgen y lo habían paseado por sus calles con la banda de Villar tocando.

A la papeleta sesenta y tantos, todos a la vez, se dieron cuenta de que habían ganado.

Y ganar significaba que aquello no se acababa el domingo.

He visto muchas caras de alivio en mi vida. Aquella noche vi treinta y una caras de gente entendiendo, a la vez, que se había metido en algo que no tenía fecha de final.

Torcuato lo cotejó todo. Cada papeleta. Con su libreta, haciendo palotes de cinco en cinco, sin levantar la cabeza. Y cuando terminó, sus números eran exactamente los mismos que los de la mesa, porque estaban bien.

Y ahí es donde aquel hombre hizo lo único que le quedaba por hacer, y lo hizo bien, y a mí me dio pena.

Cuando Sonia empezó a rellenar el acta de escrutinio, Torcuato pidió la palabra.

—Quiero hacer constar una protesta.

En la sala se movió todo el mundo a la vez.

—Adelante —dijo Sonia, que estaba nerviosa pero que lo hizo correctamente.

—Que hago constar mi protesta por la constitución de esta mesa —dijo Torcuato, leyendo de su libreta—.

Que el segundo vocal titular, don Melitón Garrido Ruipérez, no ha comparecido, y que el justificante médico presentado por la Junta Electoral de Zona señala que está fuera de la localidad recibiendo asistencia.

Y que a mí me consta que don Melitón Garrido falleció en el año dos mil quince.

Silencio.

Del bueno. Del que no se paga.

Y ahí, en el salón de plenos del Ayuntamiento de Valdestrella, a las nueve y cinco de la noche del domingo de las elecciones, un hombre de sesenta y cuatro años con una chapa de plástico dijo en voz alta y por escrito, delante de todos sus vecinos, la verdad entera de este pueblo.

Y no pasó absolutamente nada.

Sonia lo anotó en el apartado de reclamaciones y protestas, tal cual, con las palabras de él. Casimiro miró la mesa. Iván, el suplente de veintiséis años, miró a Casimiro.

Y luego se siguió con el escrutinio.

Porque una protesta en un acta de escrutinio no para nada. Se anota, se firma, se remite a la Junta Electoral de Zona y allí se resuelve. Y hasta que se resuelva, el resultado es el resultado.

Yo pasé la hora siguiente con la boca seca, porque yo entonces todavía no sabía cómo iba a acabar aquello.

Lo que acabó pasando lo supimos el martes: que la Junta Electoral de Zona de Cuenca desestimó la protesta de don Torcuato Ruipérez Chaparro por dos motivos.

Primero: porque la mesa se constituyó válidamente con el suplente designado en tiempo y forma, conforme al artículo correspondiente, de modo que el hecho denunciado no afecta a la validez de la constitución.

Y segundo: porque el fallecimiento alegado no consta en el Registro Civil.

Esa segunda es la que me sigue quitando el sueño.

Aquel hombre denunció la verdad y le contestaron que la verdad no constaba. Y era cierto: no constaba. La que tenía que haberla hecho constar era una señora de ochenta y cuatro años que no fue capaz de escribir el nombre de su marido en un libro en 1998, y desde entonces, ninguno.

Torcuato tenía razón. Y perdió porque tenía razón en un sitio donde la razón hay que registrarla.

Aquella noche, cuando terminó el escrutinio, firmó el acta. Está obligado y la firmó, y firmó también el ejemplar que se lleva la mesa y el que se remite a la Junta.

Y luego recogió su libreta, se quitó la chapa —se la quitó él, con las dos manos, delante de todo el mundo—, se la metió en el bolsillo del pantalón de pana y salió del salón de plenos.

En la puerta, un vecino le dijo:

—Hasta mañana, Torcuato.

Y él contestó:

—Hasta mañana.

En este pueblo, después de todo, la gente se sigue diciendo hasta mañana. Y es verdad: al día siguiente están todos en el mismo sitio, comprando el pan en la misma tienda.

Eso es lo que no entiende la gente de fuera cuando se ríe de estos pueblos.

Que aquí no se puede romper con nadie del todo.

Que la excomunión de Rufo dura lo que dura, y que dentro de dos años Torcuato volverá a tener línea abierta en la libreta de hule, porque su hermana está en Los Almendros y porque un domingo alguien tendrá que llevarla en coche.

Y que eso no es perdón. Es aritmética.

El resultado se leyó a las nueve y cuarenta.

Agrupación Independiente Vecinos de Valdestrella: 171 votos.

Futuro Rural: 61 votos.

Nulos: 0. En blanco: 0.

Votantes: 232 sobre 253 censados. Participación: 91,7 %.

En la plaza, cuando salió el primero a decirlo, hubo un ruido raro. No un grito, no un aplauso. Un ruido de gente que suelta el aire.

Y luego sí, luego se aplaudió, y luego alguien lo dijo dos veces por si no había quedado claro, y luego se abrazó la gente.

Cinco concejales de siete.

Mayoría absoluta.

Ceferino hizo la cuenta en el margen de su carpeta, con el bolígrafo, mientras la gente se abrazaba a su alrededor, y me la enseñó sin decir nada.

Ciento setenta y uno menos veintiséis son ciento cuarenta y cinco.

Ciento cuarenta y cinco votos de vivos frente a sesenta y uno.

Sin los muertos, AIVE saca cuatro concejales de siete y gobierna igual.

Se lo enseñé a Herminia media hora después, en la esquina de la barra del bar, escrito en el mismo papel.

Ella lo miró tres segundos.

—Ya —dijo.

—Herminia, no hacía falta.

—Ya.

—Nada de esto hacía falta. Los veintiséis sobres no hacían falta. Habríamos ganado igual.

Herminia Requena, con la copa en la mano y el pueblo entero celebrando alrededor, me contestó lo que a mí me parece la frase más exacta de toda esta historia:

—Eso no se sabe hasta después.

Tiene razón. En abril, cuando se pidieron los votos por correo, nadie sabía que el alcalde se iba a morir, ni que iba a salir un vídeo con cuatrocientas mil visualizaciones, ni que iba a haber una médium en la radio.

En abril se hizo lo que se hace todos los años desde hace catorce, porque se ha hecho siempre y porque nunca se sabe.

Robamos unas elecciones que habíamos ganado.

Y eso, que parece un chiste, es el resumen exacto de por qué la gente sigue haciendo estas cosas cuando ya no le hacen falta: porque el día que dejas de hacerlas es el día que pierdes, y ese día no lo sabe nadie de antemano.

Lodares estuvo allí. En la última fila, de pie, contra la pared, con la chaqueta puesta y sin una carpeta, que fue lo primero que me llamó la atención.

Llegó a las ocho y media, cuando ya se estaba abriendo la urna, y no habló con nadie. Se le dejó sitio como se le deja sitio en un entierro al que no es de la familia.

Y aguantó el escrutinio entero. Los cuarenta minutos. Papeleta a papeleta, oyendo cómo cantaban el nombre de la otra candidatura ciento setenta y una veces.

Yo lo miré tres o cuatro veces desde la tercera fila.

No se movió y no cambió de cara. Cuando llegó lo de la protesta de Torcuato, se quedó mirando el suelo, y creo que fue el único momento en que aquel hombre lo pasó verdaderamente mal, porque su número dos acababa de decir en alto y por escrito lo que él llevaba dos meses sin poder demostrar.

Cuando Sonia leyó el resultado, aplaudió.

Cuatro palmadas. Secas, en el sitio, sin sonreír. Es lo que se hace y él lo hizo, y en aquella sala aplaudían todos menos siete personas.

Después la gente empezó a salir y él vino hacia la mesa, porque un candidato tiene que firmar el acta de escrutinio, y firmó.

Y al girarse me lo encontré delante.

—Enhorabuena, señora Salcedo.

—Gracias.

Y yo hice lo que llevaba cuarenta minutos queriendo hacer y que no me honra:

—Los números no se atragantan, decía usted.

Lodares se rio. Poco, pero se rio de verdad, y en aquel salón de plenos con la gente saliendo fue el único ruido raro de la noche.

—Ciento setenta y uno —dijo—. Sobre un censo de doscientos cincuenta y tres, de los cuales, según mis cuentas, veintitantos no pueden venir a votar por razones que usted conoce mejor que yo.

—Eso tendrá que probarlo.

—Eso lo va a probar un ordenador en veinte minutos.

—Pues lléveme al ordenador.

Y ahí aquel hombre hizo una cosa que no me esperaba, que fue bajar la voz y acercarse medio paso, no para amenazar, sino al revés: para que no lo oyera nadie más.

—Señora Salcedo. Yo llevo dos meses diciendo por toda la comarca que aquí hay un padrón inflado, y esta noche me han votado sesenta y una personas.

Sesenta y una. —Se colocó la chaqueta—. Yo ya no tengo que probar nada.

Lo va a probar la Junta, y va a tardar dos años, y cuando lo haga usted va a ser la alcaldesa de un municipio con un expediente encima.

—¿Y eso qué es?

—Lo peor que se puede ser —dijo—. Un municipio con expediente no se muere. Se queda esperando cuatro años.

Y ahora viene lo que no le he contado a nadie.

Que aquel hombre, después de decir eso, se quedó un segundo mirándome y añadió otra cosa, en el mismo tono bajo, mientras a nuestro lado Casimiro recogía las sillas:

—Y le voy a decir una cosa más, ya que estamos, y no se la digo con maldad. Usted ha ganado esta noche porque este pueblo la ha adoptado en once días. Once. —Miró la sala—. A mí me tienen aquí desde que nací y llevo cuarenta y tres años siendo el de fuera.

Se fue por el pasillo, entre las sillas, y se cruzó con Torcuato en la puerta, y salieron juntos y sin hablar a la calle, que estaba llena de gente celebrando.

El martes vino a recoger su credencial de concejal y me dio los buenos días en la escalera.

En el bar, sobre las once, Herminia levantó la copa una sola vez, y no hizo un brindis: dijo seis palabras.

—Esto ha sido para el pueblo.

Y bebió.

Y a los tres segundos, sin cambiar la cara, añadió lo suyo:

—Y ahora, el martes, se convoca el pleno de organización y se reparten las tenencias.

Nadie se escandalizó. Aquella mujer llevaba treinta años esperando ese martes.

Hubo también forasteros en el bar aquella noche, porque en un pueblo, cuando se gana, aparece gente. Dos de la resinera y uno de Villar que es primo de Rufo.

Y el de Villar, ya con dos copas, preguntó lo que preguntan siempre los de fuera:

—Oye, ¿y el alcalde? Que ha ganado y no está.

Contestó Casimiro, que llevaba toda la noche celebrando y que se confió, como nos confiamos todos aquella noche:

—Está en Cuenca, en el especialista.

Y en el bar, durante medio segundo, se hizo un vacío pequeño, de los que solo notan los que saben.

Rufo pasó el paño por la barra y dijo que si alguien quería más hielo.

Aquella noche, cuando todo el mundo se había ido y el bar se había quedado en ocho, alguien puso la radio y sonó un pasodoble.

Y no lo bailó nadie.

Porque el que había ganado las elecciones por mayoría absoluta estaba, en aquel momento, a ciento veinte metros de allí, debajo de una imagen de la Virgen, con el traje de invierno puesto y la almohada de su cama.

Y al día siguiente había que matarlo.