La campaña de los difuntos 35. El voto de los ausentes
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35. El voto de los ausentes

El voto por correo de los veintiséis se pidió en abril y se pidió bien.

Eso conviene decirlo antes que nada, porque la gente se imagina un fraude como una cosa hecha a escondidas y con nocturnidad, y aquello se hizo a las diez de la mañana de un jueves, en el mostrador de la oficina de Correos de Villar del Záncara, con impresos oficiales, y lo hizo la persona a la que le corresponde hacerlo.

—Se pide en persona —me explicó Puri el domingo, mientras esperábamos fuera del colegio—. El elector va a la oficina con su documento y firma la solicitud. Eso es lo normal.

—¿Y ellos?

—Ellos no pueden ir.

—¿Y entonces?

—Entonces hay dos maneras. Una es que un familiar vaya con un poder notarial, que eso lo hace la gente que está en el hospital. Y la otra es que lo tramite quien tiene la autorización de recogida.

Y esa es Puri.

Purificación Mansilla Chinchilla, cartera rural, plaza a extinguir, con la autorización firmada por veintitantos vecinos de esta localidad a lo largo de veinte años. Papeles amarillos, algunos escritos a mano, con el DNI grapado. El más antiguo es de 1998.

En un pueblo donde hay ciento y pico personas mayores de setenta y cinco años y una oficina de Correos a dieciséis kilómetros, ese papel no es una picaresca: es lo que hace que la gente cobre, reciba las recetas y no tenga que coger un autobús para firmar un acuse.

—¿Y en la oficina no dicen nada?

—En la oficina está Encarni, que estuvo aquí cuatro años.

Ahí está el pueblo entero explicado en una frase.

—¿Y cuántos llevaste?

—Veintiséis. En cuatro veces.

—¿Por qué en cuatro veces?

—Porque veintiséis papeles el mismo día los mira cualquiera —dijo Puri—. Y de seis en seis, no.

Lo dijo sin ninguna picardía, mirando la puerta del colegio, con la saca colgada del hombro. Es lo más cerca que ha estado aquella mujer en su vida de confesar un delito, y lo hizo con el tono con el que se explica el reparto de una ruta.

—¿Y en la oficina no te dijeron nada?

—Me dijeron que si quería un café.

—Puri.

—Que no, Macarena, que es que tú no lo entiendes.

—Se cambió la saca de hombro—. Allí no se comprueba si la persona está viva.

Allí se comprueba si la persona está en el censo.

Y si está en el censo y trae la firma y el papel, se admite y ya está.

Eso me lo explicó Encarni el primer año, cuando yo le pregunté lo mismo que tú.

—¿Y el censo?

—El censo lo hacen en Madrid.

—¿Con qué?

Y Puri me contestó con una tranquilidad que a mí, aquella mañana, me dejó fría:

—Con el padrón.

Nos quedamos las dos calladas en la puerta del colegio electoral, viendo entrar a la gente.

—O sea, que si estás en el padrón, estás en el censo.

—Si estás en el padrón, estás en todo —dijo Puri—. En el médico. En el autobús. En las subvenciones. En el sorteo de las mesas. Y en el voto. —Se ajustó la correa—. Aquí no hace falta estar vivo, hija. Hace falta estar en la lista.

Y esa frase, dicha por una cartera rural de cincuenta y cinco años con plaza a extinguir, un domingo por la mañana en la puerta de un ayuntamiento, es la única tesis que tiene este libro y no la he escrito yo.

La última semana de abril llegaron los veintiséis sobres certificados, con la documentación para votar por correo, a veintiséis domicilios de Valdestrella.

Los repartió Puri.

Los recogió Puri, porque tenía las autorizaciones.

Y los devolvió Puri, cumplimentados, en la oficina de Villar, en las fechas que marca la ley.

—¿Y las papeletas quién las metió? —le pregunté aquel domingo. Se lo pregunté a bocajarro, sin preparar el terreno, que es como se preguntan las cosas cuando ya no importa la respuesta.

—Cada uno la suya —dijo Puri.

—Puri.

—Cada uno la suya —repitió—. Herminia lo de su hermana. Otilia lo de Argimiro. Los de la residencia, Consuelo. Y a los que no tienen a nadie, yo.

—¿Y cuántos no tienen a nadie?

Puri se lo pensó.

—Nueve.

Nueve personas de este pueblo, de las veintisiete, no tienen a nadie que se acuerde de ellas ni para eso. Ni un hijo en Cuenca, ni una sobrina en Alemania, ni una vecina.

Una mujer de cincuenta y cinco años, cartera rural, con plaza a extinguir, se sienta cada cuatro años en su cocina y les mete la papeleta a los nueve.

—¿Y tú qué les pones?

—Lo que ponían ellos —dijo Puri—. Que me lo sé.

Y ahí me quedé callada, porque en aquel momento entendí que aquello no era una operación centralizada.

Que no había una mesa donde alguien rellenara veintiséis sobres.

Que aquel pueblo había repartido a sus muertos entre los vivos que les correspondían, como se reparte una herencia, y que cada uno votaba lo que su muerto habría votado.

—¿Y si alguno hubiera votado a los otros? —dije.

Puri se me quedó mirando con una cara rarísima.

—Es que alguno vota a los otros —dijo.

—¿Cómo?

—El Fulgencio. Su hija está en Cuenca y lo lleva ella. Y su hija es de los de Villar de toda la vida. —Se encogió de hombros—. Ella le pone lo que le ponía él.

Aquí lo dejo, porque no tengo nada que añadir. En el fraude electoral más grande que ha cometido este pueblo en su historia, había un voto de la oposición porque nadie se atrevió a quitárselo a un muerto que era de los otros.

De los veintiséis, uno votó a Futuro Rural. Con toda naturalidad. Como siempre se ha hecho.

Del veintisiete no se habló nunca.

Ni una vez. Ni el jueves en la cámara, ni el viernes en la trastienda, ni cuando se hicieron las solicitudes en abril, que fue mes y medio antes de que yo llegara a este pueblo.

Álvaro Cifuentes Moya está en el padrón municipal de Valdestrella desde que nació. En la ficha del padrón la fecha de nacimiento es de 2005, y el padrón, que no sabe nada, le fue sumando los años como se los suma a todo el mundo, y este año cumplía veinte.

Este año tenía derecho a voto.

—Ese no —me dijo Puri, y fue lo único de aquella conversación que dijo deprisa—. Ese ni se ha mirado.

—¿Y no lo ha propuesto nadie nunca?

—No.

—¿Ni el alcalde?

—El alcalde fue el que dijo que ese no se toca —dijo Puri—. En el veintiuno, cuando lo de las otras elecciones. Lo dijo en el bar y no lo repitió.

Hay fraudes que ni este pueblo.

Yo le he dado muchas vueltas a esto y no tengo una explicación buena, porque no la hay.

Aquella gente robaba diecinueve pensiones.

Cobraba tres plazas de residencia de mujeres enterradas.

Recetaba insulina a nombre de un diabético muerto en 2018.

Metía a difuntos en un taller de memoria para justificar una subvención.

Y aquella semana, además, escondió un cadáver, engañó a una funcionaria de Toledo y firmó una fe de vida.

Y a un niño de once años no le tocaron el voto.

No lo hicieron por moral, porque estas mismas personas hacían todo lo demás sin que les temblara el pulso. No lo hicieron por miedo, porque un voto más entre veintiséis no cambia nada.

Yo creo, y esto es una opinión mía y de nadie más, que no lo hicieron porque un niño en un padrón no es un fraude: es un padre y una madre que pidieron una cosa en el peor mes de su vida y a los que este pueblo les dijo que sí.

Y eso, aquí, no se toca. Aunque se toque todo lo demás.

Los padres de Álvaro llegaron a las once y media.

Es un coche gris, un utilitario con siete u ocho años, con matrícula de Cuenca. Entró por la carretera de Villar, cruzó la plaza despacio y aparcó al lado del frontón, que es donde aparca la gente que no quiere aparcar delante del ayuntamiento.

Bajaron los dos. Él es alto y ella es menuda, y los dos tendrán poco más de cincuenta años.

Vinieron andando hasta el ayuntamiento y subieron las escaleras.

En la plaza de Valdestrella, aquella mañana, había en ese momento unas treinta personas: los que salían de votar, los que estaban en la puerta del bar, dos hombres sentados en el poyo y yo.

No los saludó nadie.

Nadie. Ni una mano levantada, ni un buenos días, ni una cabeza inclinada.

Y no fue por desprecio. Fue exactamente por lo contrario, y lo entendí en el momento, y creo que es la cosa más de este pueblo que he visto en toda mi vida: que saludarlos habría sido obligarlos a contestar.

Y contestar habría sido pararse. Y pararse habría sido que alguien les preguntara qué tal, y que ellos tuvieran que decir algo.

De modo que treinta personas miraron para otro lado a la vez, con una coordinación que no se ensaya, y les dejaron cruzar la plaza solos y en paz.

Y hubo una excepción, y la excepción fue Consuelo.

Consuelo estaba en la puerta con la lista de la residencia y, cuando pasaron por su lado, dijo dos palabras, muy bajito, sin pararse ella y sin que ellos se pararan:

—Buenos días, Pilar.

Y la mujer, sin volver la cabeza, contestó:

—Buenos días.

Fue todo. Cuatro palabras en la plaza.

Consuelo fue la maestra de aquel niño durante dos cursos, antes de que cerraran el colegio y ella se pasara a la residencia, y por eso podía. En un sitio como este, cada persona tiene medida exacta hasta dónde puede llegar con cada otra, y no se equivoca nadie nunca.

Estuvieron dentro cuatro minutos.

Cogieron las papeletas del montón, sin cabina, delante de la mesa. Dieron los dos documentos. Sonia dijo los dos nombres en alto y Casimiro dijo «vota» dos veces.

Y luego, cuando ya habían metido los dos sobres, la mujer hizo una cosa.

Dejó la mano encima de la tapa de la urna.

La palma abierta, encima del metacrilato, sin apretar. Un segundo. Puede que dos.

Yo estaba en el vano del salón, a cuatro metros, y lo vi.

Nadie más lo vio, o nadie más quiso verlo, porque en aquel momento Casimiro estaba buscando el siguiente nombre en el listado y Sonia estaba mirando el DNI del marido.

Después bajaron las escaleras, cruzaron la plaza, se subieron al coche gris y se fueron por donde habían venido.

El marido puso el intermitente para salir a la carretera aunque no venía nadie, y esperó los tres segundos que hay que esperar.

Cuatro minutos y medio en total.

No entraron en el bar. No fueron a la iglesia. No subieron al cementerio, que está a ochocientos metros por el camino de arriba y donde hay un rectángulo de tierra con un niño de once años que se llamaba Álvaro y que talló la letra eñe del abecedario de la escuela.

Son las únicas dos personas de este pueblo que se fueron por un muerto, y no por dinero, ni por trabajo, ni por hartazgo.

Y son las únicas que volvieron por otro.

—Puri —dije, cuando el coche ya había salido a la carretera.

Puri estaba a mi lado con la saca vacía colgada del hombro.

—Ya lo he visto —dijo.

—¿Ellos saben lo del padrón?

—Ellos pidieron que no se le diera de baja —dijo Puri—. Fueron ellos. En el diecisiete, cuando iban a cerrar el colegio. Pidieron que se quedara en el padrón el curso siguiente, porque con él eran diecisiete matriculados y sin él dieciséis, y con dieciséis lo cerraban.

—¿Y lo cerraron?

—Lo cerraron igual —dijo Puri—. Y ellos se fueron en septiembre.

Se colocó la correa de la saca.

—Y de ese ya no se ha hablado más. Se quedó en la lista y ahí está. Ese no da dinero, ese no da nada. Ese está porque no hay quien lo quite.

Y en ese momento, desde la mesa, alguien la llamó:

—¡Puri! ¡Que hay que contar los sobres del correo!

Y Puri se subió la saca al hombro y se metió dentro a hacer su trabajo, porque en este pueblo la vida administrativa no se para nunca, ni por eso.

Yo me quedé en la puerta un rato más, mirando la carretera de Villar por donde se había ido el coche gris.

No pensé en su hijo, ni en el colegio, ni en los dieciséis matriculados.

Pensé en un tablero de madera con las letras talladas, guardado desde por la mañana en el trastero de detrás del salón de plenos, encima de una caja de cartón.

En que aquella eñe estaba torcida porque la había hecho un crío de diez años con una gubia, y en que yo la había apretado con el pulgar el viernes por la noche para que encajara en su cuadrado, y en que la había usado, durante dos sesiones, para que un cenicero de Cinzano contestara preguntas sobre un contrato de autobuses.