La campaña de los difuntos 34. Vocal por sorteo
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34. Vocal por sorteo

El colegio electoral de Valdestrella es el salón de plenos.

El mismo salón donde dos noches antes se había preguntado a un muerto por un contrato de autobuses tenía el domingo a las ocho de la mañana una urna de metacrilato encima de la mesa presidencial, con el faldón verde puesto, y detrás una cabina hecha con dos biombos de la escuela y una cortina de ducha estampada de flores.

Yo entré temprano, con Herminia, a ayudar a montar. Y lo primero que hicimos las dos fue quitar de la mesa presidencial el tablero del abecedario de la escuela, que llevaba allí desde el viernes, y guardarlo en el trastero de detrás.

Lo llevé yo en las manos, con las letras hacia arriba, y lo dejé encima de la caja de cartón donde había estado veinte años.

—Hasta el lunes —dijo Herminia.

No lo dijo con ironía. Lo dijo como se dice de una silla que hay que retirar para poner las mesas de la comunión.

Las papeletas estaban en dos montones separados por veinte centímetros, encima de una mesa de comunión con mantel: a la izquierda las de AIVE, a la derecha las de Futuro Rural.

Herminia las había colocado el sábado con escuadra, y digo con escuadra porque es literal: usó una escuadra de la escuela para que los dos montones quedaran a la misma distancia del borde.

—¿Y eso para qué? —le dije.

—Para que nadie diga.

En la papeleta de la Agrupación Independiente Vecinos de Valdestrella hay siete nombres y un suplente, y el primero, en negrita y con letra más grande, es ELEUTERIO PASTRANA RUIZ.

Se imprimieron cuatrocientas en la imprenta de Antoñito, en Villar, en abril.

A las siete y cuarenta y cinco llegó la presidenta de mesa, que este año era una mujer de cuarenta y un años que trabaja en la resinera y que se llama Sonia. Llegó con dos hijos y sin desayunar.

A las siete y cincuenta llegó el primer vocal, que era Casimiro.

Y a las ocho menos cinco seguía sin aparecer el segundo vocal, porque el segundo vocal era Melitón Garrido Ruipérez, y Melitón Garrido Ruipérez lleva desde 2015 en el corralillo.

Esto hay que explicarlo, porque a mí me costó entenderlo y porque es la cosa más limpia que hizo el Estado español en toda esta historia.

Los miembros de una mesa electoral no los pone el ayuntamiento. Los saca el Estado por sorteo público entre los inscritos en el censo del distrito, y el censo lo hace la Oficina del Censo Electoral, que es un organismo estatal que trabaja con los datos del padrón municipal.

El padrón municipal de Valdestrella tenía a Melitón Garrido, de setenta y nueve años según la ficha, empadronado en la calle del Pozo número 6.

El sorteo se hizo en el pleno del ayuntamiento el 24 de abril, en sesión pública, con un ordenador y a la vista de tres personas.

Y salió él.

—Salió él —me dijo Herminia, cuando yo puse la cara que puse—. Y cuando lo vi en la pantalla me tuve que sentar.

—¿Y no se puede repetir el sorteo?

—El sorteo lo hace la ley. Aquí se ejecuta.

Así que el 25 de abril salió de Madrid una notificación oficial dirigida a don Melitón Garrido Ruipérez, comunicándole que había sido designado segundo vocal de la mesa única del municipio de Valdestrella para las elecciones locales del 18 de mayo, con la advertencia de que la no comparecencia sin causa justificada constituye delito.

La Guardia Civil de Villar del Záncara subió a entregarla en mano, que es como se entregan estas notificaciones, un martes por la mañana.

Y aquí, si alguien está leyendo esto buscando el momento exacto en que este pueblo pudo haberse librado de todo, es este.

Una notificación oficial del Estado, entregada en mano por la Guardia Civil, en el domicilio de una persona que llevaba diez años muerta, un martes por la mañana, a plena luz.

Dos guardias civiles subieron la calle del Pozo con un sobre a nombre de Melitón Garrido Ruipérez. Llamaron a una puerta que no abre nadie desde 2015.

Y no abrió nadie.

Entonces hicieron lo que hace la Guardia Civil en un pueblo cuando no abre nadie, como haría cualquiera y lo que está previsto: preguntar.

Y la firmó Puri.

—¿Cómo que la firmaste tú? —le dije.

—Yo tengo la autorización de los buzones —dijo Puri, sin levantar la cara—. Hay ocho o nueve vecinos que me tienen firmado que yo puedo recoger sus certificados. Es de toda la vida, es por los que están malos.

—Puri, Melitón está muerto.

—Ya. Pero la autorización se la firmó en el dos mil catorce.

El justificante lo hizo Gabino el jueves por la mañana, antes del pregón. Antes de que se muriera el alcalde. Es el único papel de toda esta historia que se escribió cuando aún no había pasado nada.

Membrete, sello torcido, letra de receta:

«D. Gabino Utrera Chinchilla, colegiado nº 16/1074, hace constar que D. Melitón Garrido Ruipérez no puede comparecer en la Mesa Electoral para la que ha sido designado por encontrarse desplazado fuera de la localidad para recibir asistencia médica especializada de carácter continuado.»

Y debajo, en el apartado de observaciones, escrito a mano:

«Está en Cuenca, en el especialista.»

Ese papel se presentó ante la Junta Electoral de Zona el 30 de abril, con siete días de antelación, tal y como marca la ley. La Junta lo aceptó y comunicó al primer suplente que ocupara su lugar.

Todo en plazo. Todo por escrito. Todo firmado por quien tenía que firmarlo.

La Junta Electoral de Zona de Cuenca, que aquella semana tramitó ciento y pico excusas de miembros de mesa de sesenta y tantos municipios, no tenía por qué mirar dos veces un parte médico de un señor de setenta y nueve años que está en la capital en tratamiento.

Es lo más razonable del mundo. Si un organismo tuviera que comprobar cada justificación médica de cada vocal de cada mesa de España, no habría elecciones.

Todo el sistema, de arriba abajo, funciona sobre la misma base: que el padrón dice la verdad.

Cuando el padrón miente, no falla nada. Todo sigue funcionando exactamente igual de bien, y ese es el problema.

El primer suplente es un chaval de veintiséis años que se llama Iván y que trabaja en Villar en una empresa de fitosanitarios. Llegó con dos minutos de margen, con la credencial en la mano y cara de haber dormido mal.

—¿Y el otro vocal? —preguntó.

—El otro está malo. Lo tienen en la capital —dijo Casimiro.

—Ah.

Y ya está. Ahí acabó la investigación.

A las ocho en punto, Sonia, Casimiro e Iván se sentaron detrás de la mesa presidencial, levantaron el acta de constitución y la firmaron los tres.

Aquella acta está en el archivo de la Junta Electoral de Zona de Cuenca. Es un documento público, con tres firmas auténticas, que acredita la constitución legal de una mesa electoral en la que había una silla ocupada por un suplente porque el titular llevaba diez años muerto.

Torcuato llegó a las ocho y cuarto con la chapa puesta.

Se sentó en la silla del interventor, a la derecha de la mesa, sacó una libreta y un boli y se puso a mirar.

Nada más abrirse el colegio hizo lo primero: pidió ver la credencial de Iván. La miró, tomó nota del nombre y la devolvió.

A las ocho y veinticinco pidió ver el justificante del titular, y ahí Sonia se lo pensó dos segundos.

—Puedes verlo —dijo Casimiro—. Está en la documentación de la mesa.

—Ya sé que puedo verlo —dijo Torcuato—. Por eso lo pido.

Sonia se lo pasó.

Torcuato hizo una cosa que yo vi desde la puerta y que en aquel momento no supe leer.

Sacó el móvil y le hizo una foto.

Despacio, con las dos manos, poniendo el papel bien recto encima de la mesa y esperando a que enfocara. Como se fotografía un documento que va a hacer falta.

Luego se lo devolvió a la presidenta, le dio las gracias y se sentó.

Y a media mañana, en la puerta del ayuntamiento, tuvo la conversación que yo llevaba cinco días esperando sin saberlo, y la tuvo con la única persona de este pueblo que podía contestarle.

Ceferino había subido de Villar por su cuenta, en domingo, «por si acaso», y estaba fumando en el escalón, que es una cosa que hace tres veces al año.

Torcuato salió a estirar las piernas. Se pusieron los dos en el mismo escalón sin haberlo hablado, que es como se ponen los hombres de esta comarca.

—Ceferino.

—Torcuato.

Estuvieron un rato callados.

—Yo te quería preguntar una cosa —dijo Torcuato—. Y te la pregunto a ti porque tú eres el que sabe.

—Pregunta.

—El vocal ese que ha salido sorteado. Melitón.

Ceferino no se movió.

—¿Quién pone a los vocales de una mesa? —dijo Torcuato.

—El sorteo.

—¿Y quién hace el sorteo?

—Lo hace el pleno del ayuntamiento en sesión pública, con el programa que mandan de Madrid —dijo Ceferino—. Yo levanto acta. El veinticuatro de abril, a las doce, con tres personas delante.

—¿Y de dónde saca los nombres ese programa?

—Del censo electoral.

—¿Y el censo de dónde sale?

Y ahí Ceferino Baixauli, que llevaba veintiséis años cuidando de no saber nada, se sacó el cigarro de la boca y contestó la verdad entera, porque era la verdad y porque no había otra manera de contestar.

—El censo lo hace la Oficina del Censo Electoral con los datos del padrón municipal.

Torcuato asintió despacio.

—O sea, que del padrón.

—Del padrón.

—Y el padrón lo lleva el ayuntamiento.

—El padrón lo lleva el ayuntamiento —dijo Ceferino.

Otro silencio.

—Entonces, si en el padrón hay alguien que no debería estar —dijo Torcuato—, ese alguien está en el censo. Y si está en el censo, entra en el sorteo. Y si sale en el sorteo, el Estado le manda una carta y le pone en una mesa.

—Sí.

—Y le manda a la Guardia Civil a entregársela.

—También.

—¿Y nadie mira?

Ceferino se quedó un rato con el cigarro en la mano.

—Torcuato, en esta comunidad hay novecientos y pico municipios —dijo—. La semana pasada se sortearon mesas en todos. ¿Tú sabes cuántas excusas de miembro de mesa se han tramitado en Cuenca en siete días? Ciento y pico. ¿Y quién las mira? Un funcionario, en una tarde, con un parte médico delante.

—Ya.

—Nadie mira porque no hay que mirar. El sistema no está hecho para pillar a nadie. El sistema está hecho para que los papeles cuadren. —Apagó el cigarro en el escalón—. Y aquí todos los papeles cuadran.

Torcuato estuvo un rato mirando la plaza.

—Ceferino, tú llevas veintiséis años.

—Veintiséis.

—Y tú lo sabes.

Y aquel hombre, que se jubila en año y medio, contestó lo que llevaba contestando toda su vida, y lo contestó sin bajar la voz, en la puerta del ayuntamiento, un domingo de elecciones:

—Yo compulso. Yo no leo.

Torcuato se levantó, se sacudió el pantalón de pana y volvió a entrar a su silla de interventor.

Yo estaba a cinco metros, apoyada en la fachada del consultorio debajo de mi propia cara empapelada, y lo oí todo.

Y lo que pensé fue lo siguiente, que es lo único que tengo que decir de aquella mañana: que en aquella escalera no había ningún error.

El Estado había sorteado bien, había notificado bien, había admitido en plazo una justificación médica firmada por un colegiado y había designado suplente conforme a la ley.

El error estaba trescientos kilómetros más abajo, en una ficha que nadie ha dado de baja.

Y todo lo que se construye encima de esa ficha es impecable.

Los primeros en votar fueron los de siempre: los cuatro o cinco que llegan a la hora de abrir porque llevan cuarenta años llegando a la hora de abrir, y luego, sobre las diez, la gente de misa.

Y aquí conviene decir cómo se vota en un pueblo de este tamaño, porque no se parece nada a lo que hace la gente en una ciudad.

En Madrid uno entra, coge un sobre, se mete detrás de un panel, sale, vota y se va, y no le mira nadie.

Aquí no hay panel: hay una cabina, y la cabina la usan tres personas en toda la jornada. Los demás cogen su papeleta del montón, delante de todo el mundo, la meten en el sobre allí mismo y se acercan a la mesa.

No es que no haya secreto. El secreto está, y está por ley, y el que quiere usar la cabina la usa.

Lo que pasa es que aquí el secreto se considera de mala educación.

Coger la papeleta a la vista es decir: yo doy la cara. Meterse en la cabina es decir: yo tengo algo que esconder de vosotros.

En un sitio donde vas a seguir viendo a los mismos ciento noventa vecinos hasta que te mueras, dar la cara sale más barato.

Aquella mañana usaron la cabina cinco personas. Yo fui una de ellas. La segunda fue la mujer de Torcuato.

A media mañana llegó la furgoneta del multiservicio con el primer viaje de Los Almendros.

Bajaron seis. Consuelo delante y una chica del centro detrás, con dos andadores en la mano. Seis personas de entre ochenta y noventa y tres años que cruzaron la plaza despacio, del brazo, arregladas como para una boda.

En un pueblo, la gente mayor no vota por convicción política. Vota porque es domingo, porque hay que ir y porque llevan votando desde el setenta y siete. La misma señora que no sabe cómo se llama el que se presenta te dice que ella no ha faltado nunca.

Y a mí, que llevo toda la vida trabajando de noche con señoras solas al teléfono, aquello me pareció lo más serio que vi en todo aquel mes.

Seis personas de más de ochenta años haciendo doscientos metros con andador para meter un papel en una urna.

Tres de las camas de las que habían salido aquella mañana estaban pagadas con las plazas de tres personas muertas.

Yo voté a las diez y veinte.

Y eso, que parece una tontería, a mí me costó veinte minutos de cola pensando en otra cosa.

Porque yo estaba en una papeleta. La tercera. Con mi nombre completo, Macarena Salcedo Vela, debajo del nombre de un hombre que estaba en aquel momento debajo de una imagen de la Virgen a ciento veinte metros de allí.

Cogí la papeleta de AIVE del montón de la izquierda. La metí en el sobre en la cabina, detrás de aquella cortina de flores.

Le di el DNI a Sonia. Sonia dijo mi nombre en alto:

—Salcedo Vela, Macarena.

Casimiro buscó en el listado y dijo:

—Vota.

Y metí el sobre en la urna.

Voté por mí. Voté por Herminia. Voté por Rufo, por Consuelo, por Gabino y por Puri. Y voté, en el mismo papel y en la primera línea, por un hombre muerto al que yo misma había puesto voz aquella semana.

Salí del salón de plenos, bajé las escaleras y me fui a la plaza a que me diera el sol.

Ahí, sentada en el poyo del consultorio, debajo de mi propia cara empapelada, hice la única cuenta que me quedaba por hacer.

Que en aquel colegio electoral, aquella mañana, había una urna de metacrilato, una cortina de ducha de flores, tres personas honradas detrás de una mesa, un interventor de la oposición vigilando con una libreta y una candidata que acababa de votarse a sí misma.

Y que todo era rigurosamente legal.

Yo llevo doce años en este oficio vendiendo cartas a un euro con cuarenta y cinco el minuto, y me he sentido una estafadora muchas noches.

Nunca me había sentido tan estafadora como aquel domingo por la mañana, cumpliendo la ley punto por punto en la plaza de mi pueblo.