La campaña de los difuntos 33. La jornada de reflexión no existe
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33. La jornada de reflexión no existe

Parte V — Mayoría absoluta

✝

ROGAD A DIOS EN CARIDAD POR EL ALMA DE

EL SEÑOR DON EUFRASIO MACHUCA LILLO

«el Contradiós»

que falleció en Valdestrella el 3 de julio de 2011

a los 80 años de edad

habiendo recibido los Santos Sacramentos bajo protesta

Llevó el Land Rover verde desde 1968 y aparcó siempre donde le pareció. Discutió con tres alcaldes, dos curas y una comisión de festejos, y en las tres ocasiones tenía razón en algo.

Sus desconsolados: un sobrino en Alemania; los que le aguantaron; y el Ayuntamiento de esta villa, que le sigue notificando.

Ruegan una oración por su alma y comunican que el sepelio se celebró de tapadillo, cosa que a él le habría parecido fatal y lo habría dicho.

Deja este mundo como lo encontró: en contradiós.

D. E. P.

— Pendiente de publicación —

33. La jornada de reflexión no existe

El sábado de una procesión, en un pueblo, no se acaba con la procesión. Se acaba a las tres o a las cuatro de la mañana, en el bar, con los que quedan.

Aquella noche quedaron dieciocho.

A las doce de la noche entró la jornada de reflexión, que según la ley es el día anterior a la votación y en el que está prohibida toda actividad de campaña electoral.

—Aquí no se reflexiona —dijo Rufo, echando la persiana hasta la mitad y dejando la puerta pequeña abierta—. Aquí se repasa.

Y con la persiana a media asta, que es la altura a la que este país entero resuelve sus asuntos, empezó lo de aquella noche.

Y es aquel bar la noche antes de unas municipales en un sitio así, porque no se parece a nada de lo que sale en la televisión.

No hay banderas. No hay carteles. No hay nadie diciendo consignas. Hay dieciocho personas que se conocen desde el parvulario repasando, uno por uno, quién va a ir a votar y quién no, con la misma precisión con la que se repasa una lista de la compra.

—La Petra no va.

—La Petra va si la lleva alguien.

—La lleva su nuera.

—Su nuera vota lo otro.

—Da igual, la lleva.

Eso es una campaña electoral en un municipio como este: catorce señores en un bar sabiendo el domicilio, la movilidad y la nuera de cada votante.

Y ahí no hay ideología. Hay un censo con nombres, apellidos y detalles.

El repaso empezó con la quiniela.

El papel cuadriculado con los doce nombres y la columna de cruces llevaba desde el miércoles encima de la barra, sujeto con un vaso de tubo, y aquella noche estaba lleno. Veintiún apostantes.

Anselmo Quijada, muerto en 2021, línea veintitrés del cuaderno de tapas de hule, sigue siendo, catorce años después, el gran misterio electoral de este municipio.

—A ver —dijo uno del dominó—. Que yo digo que Anselmo, este año, con lo del monte, vota lo que vota su hermano.

—Su hermano se murió antes que él.

—Por eso —dijo el hombre—. Que vota lo que votaba.

Hubo una discusión de veinte minutos, seria, con argumentos, sobre la orientación política de un hombre que llevaba cuatro años enterrado en el corralillo y cuyo voto por correo estaba ya, en aquel momento, dentro de una saca en la oficina de Villar.

Yo lo miraba desde la esquina de la barra con una copa de anís que no me había pedido.

Voy a intentar explicar lo de la quiniela de Anselmo, porque me costó cinco días y una noche entera entenderlo.

En este pueblo no se pregunta a nadie a quién vota. No se hace. Es de las pocas cosas que se respetan de verdad, más que la propiedad y más que el matrimonio. Se sabe, claro. Se sabe de todos. Pero no se dice.

Y cuando una comunidad tiene una cosa de la que no puede hablar, se inventa un sitio donde hablar de ella.

Ese sitio, en Valdestrella, es un papel cuadriculado con el nombre de un muerto.

Discutir a quién vota Anselmo es discutir a quién vota el pueblo entero, sin que nadie tenga que decir a quién vota él. Cuando un hombre defiende que Anselmo votaría a Futuro Rural porque está harto de que aquí no se pueda vender una fanega, está diciendo lo suyo y no lo está diciendo.

Llevan catorce años votando en voz alta por boca de un muerto.

Aquella gente no necesitaba una médium. La médium llegó tarde y en coche de línea.

Torcuato entró pasada la una.

Entró con la chapa puesta.

Es una chapa de plástico blanco, de esas que se hacen en una imprenta de comarca, con el logotipo azul de Futuro Rural, el nombre y debajo el cargo: INTERVENTOR.

En una mesa electoral hay presidente y dos vocales, que salen por sorteo entre los vecinos, y luego están los interventores, que los designa cada candidatura para vigilar. Es un cargo legal, con su credencial, y da derecho a estar sentado en la mesa toda la jornada y a firmar el acta.

En un municipio de doscientos cincuenta y tres, ser interventor del partido de fuera es sentarse durante doce horas delante de tus vecinos con un cartel que dice de qué lado estás.

Torcuato tiene sesenta y cuatro años y llevaba toda la vida esperando a que alguien le preguntara algo.

Aquella chapa era su respuesta. No a Lodares, ni a Cinegética, ni al monte: a este pueblo. Puesta de madrugada, en la barra donde llevaba cuarenta años bebiendo solo, decía una sola cosa: ahora me miráis.

Y lo miraron.

Se acercó a la barra, se puso en el sitio de siempre, en la punta, y pidió un anís.

El Bar Avenida, que en aquel momento tenía dieciocho personas dentro, bajó dos grados.

Rufo le puso la copa.

Y después, sin subir la voz, sin mirar a nadie, con la libreta de hule abierta encima de la caja registradora, dijo:

—Eso son dos con veinte. Y al contado.

En un pueblo de la Mancha, en la madrugada del domingo de las elecciones, dieciocho personas oyeron cómo se ejecutaba una sentencia.

Torcuato no dijo nada. Se metió la mano en el bolsillo del pantalón de pana, sacó unas monedas y las fue poniendo encima del zinc: dos de a euro, una de veinte céntimos.

Rufo cogió el dinero, abrió la caja, lo metió, y luego pasó una página de la libreta, buscó, encontró y tachó una línea con la regla.

Cuarenta y un años de fiado tachados con una raya.

Y hay que explicar lo que es el fiado en un sitio así, porque quien no lo haya vivido se cree que es una cortesía.

El fiado no es que te dejen deber. El fiado es que existes.

En este pueblo, tener línea abierta en la libreta de Rufo significa que si un mes te falla la pensión, comes. Que si se te rompe la caldera en enero, hay quien te adelanta el butano. Que si tu hija viene con los críos, tú puedes decir «apunta» sin mirar el precio delante de tus nietos.

Significa, sobre todo, que el hombre que te fía se fía de que tú vas a estar aquí el día veintisiete.

Al contado se le cobra al de fuera. Al forastero, al de la resinera, al de Tarancón que viene a cazar.

A Torcuato, aquella noche, lo pasaron a la columna de los de fuera. En el pueblo donde nació y donde pagó doce mil quinientas pesetas la fanega delante de notario.

Yo estaba a metro y medio y no me atreví a mirar a ninguno de los dos.

Torcuato se bebió el anís en dos tragos, se limpió con el dorso de la mano y se fue.

Y en la puerta, con la mano en la cortina de tiras, se volvió y dijo una sola cosa, en alto, para todo el bar:

—Yo pagué doce mil quinientas.

Nadie contestó.

Aquel hombre salió a la calle y se fue a su casa a dormir cuatro horas para presentarse a las ocho en el colegio electoral, con su chapa, a vigilar que en Valdestrella no se cometiera ningún fraude.

Yo estuve un rato pensando en aquello con la copa de anís que no me había pedido, porque en aquel bar acababan de ejecutar a un hombre por ponerse del lado que le convenía, que es exactamente lo que estábamos haciendo todos los demás. La diferencia es que él se puso del lado de fuera.

Eso, en un sitio de doscientos cincuenta y tres habitantes, no es una diferencia política. Es una diferencia de especie.

Y a los diez minutos entró el otro.

Nadie lo esperaba, porque en jornada de reflexión un candidato no pisa el pueblo del contrario ni loco, y porque en cuarenta años ningún Lodares había vuelto a entrar en aquel bar.

Óscar Lodares apartó la cortina de tiras con el hombro, dio las buenas noches al aire y se puso en la barra. No en la punta, donde se acababa de sentar Torcuato. En el medio.

—Un café solo, si todavía se puede.

En el Bar Avenida, a la una y pico de la madrugada, se instaló un silencio de esos que en un plató valen dinero.

Rufo cogió el filtro, lo golpeó dos veces en el cajón y puso la cafetera.

Nadie le habló. Nadie se levantó. Doce hombres siguieron con el dominó y con las cartas, y no siguieron: hicieron como que seguían, que es distinto y se nota en la velocidad de las manos.

—¿Y usted qué hace aquí? —dije yo, desde el taburete, porque a mí me pagan por hablar.

—Tomarme un café.

—Hoy es jornada de reflexión.

—Por eso —dijo Lodares—. Hoy no puedo pedir el voto. Es el único día del año que puedo entrar en un sitio como este sin que nadie diga que vengo a pedir nada.

Se lo tomó de pie, sin apoyarse, en tres sorbos.

Y cuando terminó puso la taza en el zinc y sacó la cartera.

—¿Qué le debo?

Y Rufo Peinado, con la libreta de hule cerrada encima de la caja registradora, dijo:

—Eso son ochenta céntimos.

Al contado.

Y ahí es donde a mí se me revolvió una cosa por dentro, y me duró tres días, hasta que la entendí.

Porque era el mismo gesto y no era el mismo gesto.

A Torcuato se le cobra el café al contado y es una condena: un hombre de este pueblo al que se le retira la línea de la libreta después de cuarenta y un años.

A Lodares se lo cobran igual y no es nada.

Es lo que hay. Es lo que se le cobra al de la resinera, al viajante y al que viene de caza.

Es el precio de ser de fuera, y ese hombre lleva pagándolo desde el año ochenta y dos, cuando su padre se quedó sin fiado en esta misma barra y se fue a Cuenca de portero de finca.

Lodares dejó un euro y no esperó la vuelta.

—Buenas noches —dijo, a nadie.

Y en la puerta, con la mano en la cortina de tiras, se volvió hacia Torcuato, que estaba en la punta con la copa vacía y la chapa puesta.

—Torcuato, mañana a las ocho.

—A las ocho —dijo Torcuato.

Y se fue.

Aquellos dos hombres se dieron los buenos días delante de dieciocho vecinos que llevaban toda la noche sin mirar a ninguno de los dos. Y fue lo único parecido a una campaña electoral que se hizo en Valdestrella aquella madrugada.

Cuando se cerró la puerta, en el bar tardaron un rato largo en volver a hablar. El primero que habló fue Casimiro, y dijo:

—Es que tenía razón.

—Ya lo sabemos que tenía razón —dijo Rufo, secando un vaso—. Aquí todo el mundo sabe lo que pagó cada uno.

—¿Y entonces?

—Entonces nada. —Dejó el vaso—. Que se puede tener razón y hacer daño. Y él sabe lo que ha hecho.

Y volvió a lo suyo.

A mí me preguntaron dos veces aquella noche por el alcalde. Las dos con la misma fórmula, que en este pueblo ya se había fijado en cuarenta y ocho horas:

—¿Y él cómo lo ve?

No «cómo está». Cómo lo ve.

La primera vez contesté que tranquilo. La segunda vez contesté que tranquilo también, porque se repite la respuesta hasta que deja de haber pregunta.

Y una mujer, la del estanco, me dijo:

—Es que él ya ha ganado seis veces.

—Siete —dijo otro.

—Seis, que la del noventa y uno la ganó su padre.

Y se pusieron a discutir de las elecciones del noventa y uno.

En aquel bar, a la una de la madrugada, mi trabajo consistió exactamente en dos frases y en dejar que hablaran de otra cosa. Eso es lo que hace una médium buena en una casa donde acaban de perder a alguien: dos frases y quitarse de en medio.

Después, cuando ya quedábamos ocho o nueve, se habló de lo del domingo, que era lo que había que hablar.

Que a qué hora abrían las mesas y quién llevaba a los de la residencia. Que la furgoneta del multiservicio hacía dos viajes, uno a las once y otro a la una. Que Consuelo sacaba a los que pudieran andar y que a los otros no.

Y ahí soltó un vecino, un tal Emilio, la frase que a mí me hizo levantar la cabeza:

—Yo lo que digo es que hay que ir todos. Todos. Que esto es para el pueblo, y que el que no vaya, que no venga luego a llorar cuando no suba el autobús.

Su interés estaba a media frase de distancia, porque Emilio tiene a la mujer en silla de ruedas y vive de que el autobús pare en la puerta de su casa.

Hubo un último asunto, el más incómodo, que lo planteó Gabino con su voz de recetar.

—¿Y si mañana pregunta alguno de fuera?

—¿Preguntar qué?

—Por él. Que mañana viene gente. Vienen los de Villar a votar los que están empadronados aquí, vienen los interventores, y con lo del vídeo puede que venga alguno más.

Se quedaron todos mirándome a mí.

—Se contesta lo que se ha contestado siempre —dije—. Que está malo. Que no puede hablar. Y que ha votado por correo.

—Él no lo ha pedido —dijo Cefe, que llevaba media hora en un rincón con una tónica.

—Ya lo sé.

—Es que si alguien lo dice y luego se mira, ese sobre no está.

—Nadie lo va a mirar —dije—. Pero tienes razón. Entonces se dice que votará por la tarde si puede levantarse.

—¿Y si no se levanta?

—Es que no se va a levantar, Ceferino.

Y aquel hombre se quedó con la tónica en la mano y dijo, muy serio:

—Ya. Pero eso conviene decirlo en pasado el lunes, no en futuro el domingo.

Y ahí, en una frase, aquel secretario me enseñó más de mi propio oficio que doce años de televisión: que el que miente en futuro se compromete, y el que miente en condicional no.

Yo me fui a las dos y cuarto.

Herminia salió conmigo. Habíamos estado tres horas en el mismo bar sin dirigirnos la palabra desde lo del molino.

Fuimos calle arriba las dos juntas y sin hablar hasta la esquina de la Tercia.

—Mañana pon el vestido azul —dijo, sin mirarme.

—¿El de la plaza?

—Ese.

—Herminia, ese vestido lo llevaba puesto el jueves.

—Por eso.

Entonces me di cuenta de lo que me estaba pidiendo, y no era de ropa.

Aquella mujer llevaba dos días viendo cómo el pueblo entero se acostumbraba a la mantilla de mi madre. Y me estaba diciendo, sin decirlo, que el domingo no era el día de la médium: era el día de la candidata número tres.

—Vale —dije.

Nos quedamos un momento en la esquina.

—Lo del molino —dijo.

—Después del domingo.

—Después del domingo —repitió ella.

Y se metió en su casa.

Yo me quedé sola en la calle de la Tercia, delante de la casa de mi madre, con las ventanas de arriba abiertas desde por la mañana, a las dos y veinte de la madrugada del domingo de las elecciones municipales.

Y en la plaza, a doscientos metros, la iglesia tenía la puerta cerrada y una vela encendida en el escalón, dentro de un vaso de cristal, aguantando el aire.