La campaña de los difuntos 32. Extemporaneidad sobrevenida
73%

32. Extemporaneidad sobrevenida

La fe de vida se firmó a las once y cuarenta de aquella misma noche, en el juzgado de paz de Valdestrella, que es un cuarto de doce metros cuadrados en la planta baja del ayuntamiento con una mesa, dos sillas, un armario de persiana y un olor a papel guardado que no se quita ni abriendo.

Estábamos cuatro: doña Otilia, Ceferino, Herminia y yo.

Ceferino había venido desde Villar a las once, después de la procesión, con la carpeta de anillas y una cara que no le habíamos visto en cinco días.

—A ver —dijo, sacando un papel—. Nos ha entrado un escrito.

Y contó lo que había pasado aquella mañana mientras nosotros estábamos con la de Toledo en la plaza.

A las nueve y cuarenta de la mañana del sábado, Óscar Lodares Serrano había presentado en el registro general de Villar del Záncara un escrito de dos folios dirigido al Ayuntamiento de Valdestrella, con copia a la Junta.

En ese escrito solicitaba, con toda la corrección del mundo, que el Ayuntamiento de Valdestrella acreditara documentalmente que su alcalde-presidente se encontraba en el ejercicio de sus funciones, o en su defecto que se hiciera constar la situación de la Alcaldía a efectos de la sesión constitutiva posterior a las elecciones.

Añadía, en el punto tercero, una cosa que era la puntilla: que en caso de imposibilidad física del titular, se procediera conforme a la legislación vigente, y que se aportara fe de vida del interesado expedida por el Registro Civil correspondiente.

—¿Y eso lo puede pedir? —dijo Herminia.

—Lo puede pedir cualquiera —dijo Cefe—. Otra cosa es que se le tenga que contestar en dos días.

—¿Y hay que contestarle?

—Al escrito, no. Ahora bien. —Se ajustó las gafas—. Si el lunes ese hombre lleva ese papel a la Junta Electoral de Zona diciendo que ha pedido una fe de vida y no se la han dado, tenemos un problema. Y si se la damos, no lo tenemos.

—¿Y quién la da?

—El Registro Civil —dijo Ceferino, y se volvió despacio hacia la silla donde estaba sentada una señora de ochenta y cuatro años con el abrigo abrochado hasta arriba—. Que en este municipio es el juzgado de paz.

Aquí hay que decir una cosa sobre los juzgados de paz de este país, porque si no, esto parece imposible y no lo es.

Yo entonces no sabía lo que era aquel papel, y lo dije, y me contestó ella.

—¿Y eso qué es exactamente? —pregunté.

Doña Otilia estaba abriendo el armario de persiana para sacar el talonario, y contestó de espaldas, con la naturalidad de quien lleva media vida explicándoselo a los nietos de sus vecinas.

—Un papel que dice que uno está vivo.

—¿Y para qué sirve?

—Para cobrar. —Puso el talonario en la mesa—. Para una pensión de fuera. Para una herencia. Para un seguro. A mí me lo pide más gente de la que te crees. Está la Consolación, que tiene un hijo en Suiza y le mandan uno todos los años. Y el de la nuera de Casimiro, que cobra viudedad de Francia.

—¿Y usted qué comprueba?

—¿Comprobar?

—Sí. Qué pruebas hace.

Doña Otilia me miró por encima de las gafas y se sentó.

—Hija. Yo los miro. Y firmo.

Y ahí está el sistema entero, dicho por la persona que lo sostiene, en una habitación de doce metros que huele a papel guardado.

Ceferino, que estaba en la otra silla, lo completó como completa él las cosas, que es añadiendo el reglamento.

—El juez de paz no es juez —dijo—. Es un vecino. Lo elige el pleno del ayuntamiento por mayoría absoluta y por cuatro años, y para serlo no hace falta carrera, ni estudios, ni nada: hace falta ser mayor de edad y no estar impedido. Cobra una indemnización que aquí no llega a mil euros al año.

—¿Y lleva el Registro Civil?

—Lleva el Registro Civil —dijo Ceferino—. Nacimientos, matrimonios y defunciones. En siete mil municipios de este país, el que dice quién ha nacido y quién se ha muerto es el del bar o la de la mercería.

—Yo fui de la mercería —dijo Otilia—. Hasta el ochenta y cuatro.

—¿Y eso se sostiene?

—Eso se sostiene por una cosa —dijo Ceferino, y aquí levantó la vista del papel y la miró a ella—: porque en un pueblo pequeño todo el mundo sabe quién está vivo.

Doña Otilia no contestó a eso.

Se puso a quitarle el capuchón a la pluma.

Lleva desde 1987 al frente de aquel juzgado. La eligió el pleno al mes de morirse su marido, que era el juez anterior, y desde entonces ha inscrito nacimientos, matrimonios y defunciones, ha certificado convivencias y ha firmado, según sus cuentas, unas cuatrocientas fes de vida.

Cuatrocientas veces ha mirado a una persona y ha escrito que estaba viva.

Cuatrocientas una, desde aquella noche.

—Otilia —dijo Ceferino, muy despacio—. Yo le voy a explicar a usted lo que se le pide y luego usted hace lo que le parezca, y esto que quede claro delante de estas dos señoras.

—Explícame.

—Se le pide que certifique que don Eleuterio Pastrana Ruiz vive.

Y en aquel cuarto de doce metros cuadrados no habló nadie durante bastante rato.

Doña Otilia tenía las dos manos encima del bastón. Estuvo mirando la mesa, y luego el armario de persiana, y luego a mí, que soy la que no era de allí.

—¿Y qué hay que poner? —dijo.

—Ahí está el asunto —dijo Ceferino—. En el modelo antiguo, el que tenemos aquí, se pone que el titular «se persona ante esta autoridad» y se le identifica por documento. Eso no se puede poner.

—No.

—Y en el modelo de notoriedad se pone que a esta autoridad le consta que la persona vive, por conocimiento directo o por notoriedad pública en la localidad. Y ahí se pone lo que se ha visto.

Silencio otra vez.

—Yo lo he visto esta noche —dijo doña Otilia.

—Otilia.

—Yo he estado en la plaza a las diez y media —dijo, sin levantar la voz—, con setenta u ochenta personas más, y he visto en el balcón del ayuntamiento a un hombre que ha saludado a la Virgen. Y le he saludado yo también. Y esto lo digo delante de ti, Ceferino, que eres el fedatario, y de estas dos.

—Usted lleva las gafas de cerca.

—Yo llevo las gafas que llevo desde el noventa y seis.

Ceferino se quitó las suyas y se pasó la mano por los ojos.

—Otilia, si esto revienta, esto va a un juzgado de verdad.

—Ceferino —dijo ella—. Yo tengo ochenta y cuatro años.

A mí lo que me pueden hacer es quitarme el juzgado, y el juzgado me lo quitan en año y medio de todas maneras porque van a fusionar la agrupación con Villar.

Tú tienes dos años para jubilarte y una nómina.

Así que la firmo yo, y tú lo compulsas, y en paz.

Y sacó la pluma.

Es una Parker de las de capuchón dorado, con el cuerpo negro, que fue de su marido y que ella usa desde el noventa y ocho para todo lo que se firma en aquel juzgado.

Rellenó el impreso a mano, con la letra de las señoras que aprendieron a escribir en los años cincuenta, que es la letra más legible que existe en este país.

Y en el apartado de observaciones, donde el modelo dice «hágase constar el medio por el que se acredita», escribió tres palabras.

Visto y saludado.

Ceferino leyó el impreso dos veces.

—Eso no existe —dijo.

—¿El qué?

—«Visto y saludado.» Eso no es una fórmula. Eso no está en ningún sitio.

—Pues yo lo pongo desde que empecé —dijo doña Otilia—. Y me lo han admitido en Cuenca, en Madrid y una vez en Alemania.

Ahí Ceferino Baixauli, secretario-interventor de cuatro municipios, con veintiséis años de servicio, se quedó con el papel en la mano y no dijo nada más.

Porque lo pensó, y yo le vi pensarlo, y llegó a la misma conclusión a la que llegué yo dos segundos antes: que aquella fórmula era inatacable precisamente porque no existía.

Para impugnar un «visto y saludado» hay que ir a un juzgado y explicarle a un juez que esas tres palabras no figuran en la normativa del Registro Civil.

Y el juez tendría que preguntar entonces qué fórmulas figuran exactamente, y nadie en este país se sabe esa lista, y el primero que tendría que buscarla sería el propio juzgado.

Nadie va a discutir una fórmula que no existe. Porque discutirla obliga a admitir que no sabes cuáles existen.

Yo esto lo he visto mil veces, y por eso lo reconocí a la primera.

En la televisión de madrugada, cuando la línea iba floja, nosotros sacábamos el «método de la Escuela de Praga».

Se lo inventó un compañero mío en 2008, una noche, sobre la marcha.

Consistía en poner tres cartas en cruz y decir eso, «según el método de la Escuela de Praga». No existe. No ha existido nunca.

Y en once años no me lo discutió una sola clienta. Ni una. Y llamaron abogados, y llamó una profesora de instituto, y llamó un señor que era perito judicial.

La gente no discute lo que no entiende. La gente discute lo que cree que sabe.

—Salvo error u omisión —dijo Ceferino al fin, y estampó la diligencia de compulsa.

Después cosió los papeles.

Con hilo de bramante y una aguja de las de saco, que las tiene en el cajón, porque es lo que se ha hecho toda la vida en los expedientes de este juzgado.

—Ceferino, ponle una grapa.

—Las grapas se oxidan —dijo, sin levantar la vista—. Y una grapa se quita con la uña.

Aquel expediente, cosido con hilo de bramante por un secretario en pijama a las doce menos veinte de la noche de un sábado, contiene hoy: el parte facultativo del flemón, el comunicado del tablón, el acta de verificación de padrón firmada por Milagros Turégano y la fe de vida de doña Otilia Cañas.

Es, si a mí me preguntan, el documento más completo que ha producido este municipio en su historia.

Y no hay una sola falsedad en él.

Eso es lo que a mí me sigue quitando el sueño y lo que quiero dejar escrito con todas las letras, porque es la única cosa de este libro que puede servirle a alguien de algo.

El parte de Gabino dice que un hombre tiene un proceso agudo que le impide hablar. Cierto.

El comunicado dice que el alcalde no puede atender presencialmente sus obligaciones. Cierto.

El acta de Mila Turégano dice que hay correspondencia entre el padrón y la población que se ve. Cierto: la que se ve.

La fe de vida de Otilia dice que a esa autoridad le consta por notoriedad, y añade cómo. Y aquella mujer vio a un hombre en un balcón y lo saludó.

Cuatro documentos. Cuatro firmas de cuatro personas distintas. Ni una mentira escrita.

Nosotros no falsificamos nada aquella semana. Lo único que hicimos fue colocarnos de manera que todo lo que había que firmar fuera verdad.

Lo del recurso lo entendí a la mañana siguiente y no lo entendí yo sola: me lo tuvo que explicar Ceferino con el calendario delante.

El escrito de Lodares entró en el registro de Villar el sábado a las nueve y cuarenta. Bien. Con sello. En plazo.

El registro de Villar es el registro general de la agrupación. Lo que entra allí para los municipios de la agrupación se distribuye a cada ayuntamiento a través del secretario.

El secretario es Ceferino Baixauli.

Y Ceferino Baixauli tiene a Valdestrella los martes.

—O sea —dije—, que ese escrito, aunque entró el sábado, no llega aquí hasta el martes.

—Ese escrito ha entrado en el registro general el sábado y está registrado el sábado —dijo Cefe—. Lo que pasa es que en Valdestrella no hay nadie que lo tramite hasta que llego yo.

—¿Y no lo puede tramitar Herminia?

—Herminia es teniente de alcalde, no es fedataria. Ella puede recibirlo. Tramitarlo, no.

—¿Y eso es legal?

—Eso es lo que hay en este país en los municipios de menos de quinientos habitantes —dijo Ceferino, y aquí se le puso una cara rara, entre la vergüenza y el orgullo—. Somos ochocientos y pico secretarios para tres mil y pico ayuntamientos. Yo llevo cuatro. Los martes estoy aquí. Lo demás se espera.

El martes las elecciones ya se habían celebrado.

Una petición de que se acredite la situación de la Alcaldía antes de unas elecciones, tramitada tres días después de esas elecciones, ya no pide nada: pide una cosa que ha dejado de existir.

Ceferino redactó la respuesta el domingo por la tarde, antes de que se supiera el resultado, con fecha del martes.

«Recibido el escrito de referencia, y habiéndose celebrado con fecha 18 de mayo las elecciones municipales, procede declarar la inadmisión del mismo por extemporaneidad sobrevenida, al haber decaído su objeto. No consta a esta Secretaría ninguna otra circunstancia que deba hacerse constar.»

Cuando me leyó el borrador en voz alta, al llegar a esa parte, lo dijo con sus propias palabras antes de escribirlo:

—Y aquí pongo que a mí no me consta ninguna otra cosa.

Esa frase la puso él solo, sin que se lo pidiera nadie, y es la única vez en cinco días que le vi coger prestada una fórmula que no era suya.

—Ceferino, eso último es de Otilia.

—Ya lo sé —dijo—. Es que funciona.

Aquel hombre había estado veintiséis años cuidando de no saber nada, y aquella noche descubrió que la fórmula que llevaba treinta y ocho años usando una señora de ochenta y cuatro era mejor que todas las suyas.

—Ganamos por calendario —le dije, cuando salíamos.

Ceferino, en la puerta del ayuntamiento, con la carpeta debajo del brazo y el pueblo entero durmiendo, me contestó una cosa que yo he repetido muchas veces desde entonces y que no es mía:

—Aquí se gana casi siempre por calendario. Lo raro es que alguien se dé cuenta.