La campaña de los difuntos 31. La procesión
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31. La procesión

Salió a las nueve y treinta y cinco, con cinco minutos de retraso, porque a última hora hubo que buscar dos hombres más.

Ocho no eran suficientes. Damián lo dijo por la tarde y lo repitió en el atrio, con el paso ya en la puerta y la gente esperando: doscientos setenta kilos entre ocho son treinta y cuatro por hombro, y la cuesta de la iglesia son ciento veinte metros al ocho por ciento.

—O metemos dos más o lo dejamos en el atrio.

—¿Y a quién metemos?

—A mi cuñado y al Rubén.

—El Rubén tiene veintidós años y no ha cargado en su vida.

—Por eso —dijo Damián—. Porque no sabe lo que tiene que pesar.

Y así fue como el hijo pequeño de los del estanco de Villar acabó llevando a hombros al alcalde de Valdestrella sin saberlo, y sin saberlo sigue.

Y cuenta, porque a mí me tuvo dos horas con el estómago cerrado: de los diez hombres que cargaron aquel paso, dos no sabían nada. El Rubén y el cuñado de Damián, que es de Fuentespín.

—¿Y si lo notan? —le dije a Damián en el atrio.

—¿El qué van a notar?

—Que pesa.

—Es que pesa —dijo Damián—. Un paso pesa. El que no lo ha llevado nunca se cree que pesa lo que sea.

Ahí está otra vez lo mismo, como he aprendido en este pueblo y no se me va a olvidar: para esconder una cosa enorme no hace falta taparla. Basta con que el que la mira no tenga con qué compararla.

El pueblo estaba entero en la calle. Y no era el pueblo: eran también los de fuera.

Habían venido cuarenta o cincuenta personas que no eran de aquí.

De Villar, de Torrubias, de Fuentespín. Una pareja de Tarancón.

Cuatro chavales con una cámara de las buenas.

Y en la esquina de la plaza, junto al bar, un coche con el logotipo de una televisión autonómica y dos hombres, uno con cámara al hombro y otro con un micrófono de mano y una chaqueta que en aquella calle desentonaba muchísimo.

Eso fue lo de #EnCuenca. Doce segundos de un carnicero espantando vencejos, cuatrocientas mil visualizaciones, y una televisión de Toledo mandando una unidad a un pueblo de doscientos cincuenta y tres habitantes un sábado por la noche.

La banda es la de Villar, que son once, y toca en esta procesión desde el noventa y cuatro. Abren los estandartes, luego la cruz parroquial, luego los niños —tres, este año—, luego el paso y detrás las mujeres con velas y el resto del pueblo.

Don Atilano se puso delante, con la capa pluvial puesta a pesar del calor, y desde el atrio, antes de que se levantara el paso, dijo lo que dice siempre y una cosa más.

Dijo la fórmula: que Nuestra Señora de la Estrella salga a bendecir su pueblo y a los que están lejos.

Y luego, sin cambiar el tono, añadió:

—Y por los ausentes.

Yo estaba a dos metros de él y no le vi la cara, porque miraba al paso.

Se levantó a la de tres.

Y ahí pasó lo primero que no estaba previsto, que fue el ruido.

Un paso, cuando se levanta, cruje. Es de madera, tiene cuarenta años y cruje siempre. Pero aquella noche, al levantarlo, sonó un crujido largo, de los que suben desde abajo, y el eje del bastidor delantero hizo un chasquido seco.

Damián levantó la mano. Se paró todo.

Se agachó, desapareció debajo del terciopelo y estuvo dentro veinte segundos.

Cuando salió, dijo:

—Vamos.

Y no dijo nada más en toda la noche.

La calle de la Tercia es la primera del recorrido y es la peor.

Es estrecha, tiene el empedrado suelto y sube. Y es la calle de las quince casas, de las cuales tres tienen las persianas a medias y doce están cerradas.

El paso subió por el centro, con las velas de las mujeres a los dos lados, y la banda tocando una marcha lenta que se llama «Virgen de la Estrella» y que compuso un director de la banda de Villar en el noventa y siete.

A la altura del número 9, que es la casa de Amancia Recuero, muerta en 2017, empezó a llorar el segundo de la derecha.

Se llama Fermín y es el mediano de los Chaparro. Llevaba el varal de atrás a la derecha, y le empezaron a caer las lágrimas sin ruido, mirando al frente, con la cara colorada del esfuerzo, sin soltar la mano.

En la acera, una mujer de Torrubias le dijo a otra:

—Mira ese, qué devoción.

A los treinta metros lloraba también Damián. Y luego Melchor, que no es Chaparro y que llevaba el varal de delante a la izquierda, y que perdió a su madre en el año veintidós y no ha podido decirlo en voz alta en tres años porque su madre es la línea seis del cuaderno.

Cuando llegaron al humilladero lloraban seis de los diez.

Hay que contarlo despacio, porque si no se cuenta bien parece que exagero.

Un paso a hombros no se lleva mirando al suelo. Se lleva con la cabeza alta, porque la barra va en el hombro y el cuello tiene que ir recto. De modo que aquellos hombres iban llorando de frente, a la vista de todo el mundo, con las manos ocupadas, sin poder taparse la cara ni limpiarse.

Es la única circunstancia de la vida de un hombre de este pueblo en la que puede llorar en público sin que nadie le diga nada.

Eso lo sabían ellos y lo sabía yo y lo sabía Damián Chaparro, que fue el que eligió quién iba en cada varal.

Porque los diez que llevaban aquel paso no salieron por sorteo. Los eligió él el sábado por la tarde. Y de los diez, siete tienen a alguien en el corralillo.

Los de fuera lo miraban con la cara que pone la gente de ciudad cuando ve una procesión de pueblo: con respeto, un poco incómodos, pensando que aquello es la fe.

No era la fe. Era un entierro con banda.

Aquella noche, en la calle de la Tercia, diez hombres cargaron a hombros a un vecino que no habían podido enterrar y, debajo de él, cargaron a los suyos. Y el pueblo entero, con las velas encendidas, iba detrás.

Es lo más parecido a un funeral que ha tenido este pueblo en quince años, y por eso salió bien: porque todo el mundo sabía lo que estaba haciendo menos los que habían venido a mirar.

El periodista de la televisión autonómica hizo su directo pasadas las diez, en la esquina de la plaza, con el paso pasando por detrás.

Yo lo oí entero porque estaba a cinco metros esperando a que pasara.

Dijo que estábamos en Valdestrella, un pequeño municipio de la comarca del Záncara, en plena España vaciada, donde esta noche la tradición resiste al despoblamiento.

Y en ese momento pasó por su lado Casimiro, con la vela y el traje de los domingos, que lo oyó.

Casimiro tiene setenta y dos años, puso las horas del frontón y le acababan de dar la razón en un pleito de treinta y siete años. Se paró, se volvió hacia la cámara y dijo, con la mano libre:

—Vaciada estará su casa.

Y siguió andando detrás del paso.

En la plaza, los que lo oyeron se rieron. Se rieron de verdad, con ganas, que es una cosa que en este pueblo no se hace mucho. El periodista sonrió con la sonrisa que hay que poner y siguió con el directo.

Aquella frase la vio media comunidad en el informativo de la noche.

El paso llegó a la plaza a las diez y media, para la parada larga, la que se hace delante del ayuntamiento.

Y ahí estaba lo otro.

En el balcón del primer piso, el del despacho de la Alcaldía, con las dos hojas abiertas y la luz de dentro encendida, había un hombre.

Se le veía a contraluz, de medio cuerpo, con la chaqueta puesta y la mano izquierda apoyada en la barandilla. La cara no se le distinguía porque la luz venía de detrás y porque el balcón está a seis metros de altura.

Levantó la mano derecha.

La levantó despacio, la mantuvo arriba y la fue bajando, saludando a la Virgen y al pueblo, quince segundos exactos.

En la plaza se hizo un ruido raro, de ropa y de voces bajas, y luego alguien empezó a aplaudir y aplaudió la plaza entera.

Aplaudían como se aplaude en las plazas de toros cuando sale un torero después de una cogida: fuerte, deprisa y con alivio.

Hubo una cosa que no me esperaba y que a mí me dejó floja las piernas: alguien gritó su nombre.

Un hombre, desde el fondo, gritó «¡Terio!», y se le unieron cuatro o cinco, y durante unos segundos la plaza de Valdestrella estuvo llamando por su nombre a un cadáver que iba, en aquel momento, a doce metros de allí, debajo de una imagen de la Virgen, con la almohada de su cama.

Yo miré a Herminia, que estaba a mi lado.

Tenía la cara igual que siempre. Y estaba aplaudiendo.

Rufo Peinado, cincuenta y nueve años, un metro setenta y dos, con la chaqueta buena de Terio, un algodón en el carrillo izquierdo para cambiar la línea de la cara y las luces del despacho colocadas por Jandro esa misma tarde con dos flexos.

Estuvo quince segundos. Ni uno más. Se lo había cronometrado yo aquella tarde, en el despacho, con el móvil en la mano y él en el balcón practicando con las hojas entornadas.

—Quince —le dije—. Ni catorce ni veinte.

—¿Y por qué quince?

—Porque en catorce parece que te escondes y en veinte te da tiempo a que alguien piense.

Rufo se quedó mirándome con la chaqueta de un muerto puesta y el algodón en la mano.

—Macarena —dijo—. Tú esto lo has hecho antes.

—Yo he hecho galas benéficas. Es lo mismo con menos gente muerta.

Después se retiró hacia dentro y alguien cerró las hojas del balcón.

En la plaza, la banda arrancó otra vez y el paso siguió.

Yo estaba abajo, entre la gente, y lo que hice fue mirar a la gente, que es lo único que sé hacer.

Y vi esto: que nadie miraba el balcón. Miraban el paso.

Doscientas personas de Valdestrella, que llevaban dos días sabiendo que su alcalde estaba muerto, aplaudieron a una ventana mientras miraban un paso de Virgen, y las dos cosas eran la misma cosa y todo el mundo lo sabía.

Doña Otilia Cañas, jueza de paz de este municipio desde 1987, estaba en la plaza con su bastón, junto a la fuente, a unos veinticinco metros del balcón.

Llevaba puestas las gafas de cerca. Las de leer. Las que usa siempre, también para andar.

Yo me acerqué después, cuando ya había pasado el paso, y le pregunté si lo había visto.

Y doña Otilia me contestó:

—Visto y saludado.

Lo dijo así, en dos trozos, como quien recita una fórmula que lleva cuarenta años en la boca. Y luego se ajustó el bastón y añadió, mirando al balcón cerrado:

—A mí de ese hombre no me consta otra cosa.

Y así, con dos frases dichas en la plaza a las diez y treinta y cuatro de la noche del sábado, quedó constituida la prueba que iba a sostener todo lo demás.

Yo entonces no lo sabía. Yo creí que era una señora mayor diciendo una cosa de señora mayor.

El paso entró en la iglesia a las once y diez, de espaldas, que es como entran los pasos en toda España: la Virgen mirando al pueblo hasta el último momento.

Los diez hombres lo dejaron en su sitio, se apoyaron en los varales y estuvieron un rato sin decir nada, con las manos en los riñones.

Damián se agachó por última vez, se metió debajo del faldón y comprobó lo que tenía que comprobar.

Salió, se sacudió el pantalón y le dijo a su hermano, en voz baja:

—No se ha movido.

En la puerta de la iglesia, sentada en el escalón de piedra, con la bolsa de las flores vacía en el regazo, estaba Sagrario, que había hecho el recorrido entero detrás del paso, rezando el rosario en voz baja, sin hablar con nadie.