30. El paso
El traslado no lo decidió la inspección, ni la procesión, ni el miedo. Lo decidió la nevera.
—El lunes tengo la fiesta —dijo Rufo el sábado a las diez de la noche, en la trastienda, con las manos todavía mojadas—. Y para la fiesta tengo comprometidos setenta kilos, más las dos canales que ya están dentro, más lo que hay que meter mañana por la mañana.
—Rufo…
—Que no es por nada. Es que no cabe. —Se secó con el trapo—. Yo he hecho las cuentas. Con él ahí dentro, en la grande me caben tres canales y media. Sin él, seis. Y yo el domingo doy de comer a este pueblo y a los que vengan de fuera, que con lo del vídeo van a venir.
Así fue como el alcalde de Valdestrella salió de la cámara frigorífica del Bar Avenida: no porque viniera la Guardia Civil, ni porque lo buscara la Junta, sino porque hacían falta los metros cúbicos para el lomo.
La procesión de Nuestra Señora de la Estrella sale el sábado a las nueve y media de la noche, después del rosario, y hace el recorrido de siempre: plaza, calle de la Tercia, camino de la ermita hasta el humilladero, vuelta por el Pozo y entrada por la puerta grande.
El paso de la Virgen es de los antiguos: peana de madera con cuatro varales, faldones de terciopelo granate hasta el suelo y un canasto donde va la imagen, que es pequeña, de setenta centímetros.
Lo llevan ocho hombres a hombro, cuatro delante y cuatro detrás, y pesa unos doscientos kilos con las flores.
Debajo del canasto, entre la peana y los faldones, hay un hueco.
En todos los pasos de este tipo lo hay. Es donde se guardan las cuerdas, el gato para levantarlo, las cuñas de madera para las paradas y una banqueta.
Ahí cabe un hombre.
Lo midieron los Chaparro el sábado por la tarde, entre la sesión de la güija y la reanudación, con una cinta métrica de las de obra, en la nave donde se guarda el paso, sin decirle nada a nadie.
—Un metro ochenta y cuatro por sesenta y dos de ancho —dijo Damián, el mayor.
—¿Y él?
—Él mide uno setenta y uno.
Y con esa conversación, dicha con el tono con que se calculan los kilos de un remolque, se decidió lo que se decidió.
A las siete de la mañana del sábado se hizo el traslado del bar a la sacristía, en la furgoneta del multiservicio, por el callejón de atrás, tapado con la manta de mudanza. Cinco minutos. No había nadie en la calle.
Hubo un detalle en ese traslado que Rufo me contó dos meses después, cuando ya se podían contar estas cosas, y que a mí me parece el resumen de aquella semana.
Que al sacarlo de la cámara, antes de subirlo a la furgoneta, Rufo pasó la manguera y fregó la mesa de despiece. Como hace siempre. Como la había fregado dos veces antes de meterlo, el jueves por la noche.
—¿Y por qué la fregaste? —le dije—. Si lo ibas a fregar todo otra vez el lunes.
—Porque en esa mesa se despieza.
—Ya.
—Que no es lo mismo lo de dentro que lo de fuera —dijo Rufo—. Un cochino es un cochino y una persona es una persona, y la mesa es la misma. Pues por eso se friega.
Y volvió a lo suyo.
A las cinco de la tarde, mientras yo estaba con el cenicero y con lo del linde de Anastasio, en la sacristía de la iglesia de Valdestrella, cuatro personas vistieron al alcalde.
Nicasio, Herminia, Damián Chaparro y Consuelo.
Yo no estuve. Lo cuento porque me lo contaron y porque el que me lo contó, que fue Nicasio, es el único de este pueblo que habla de estas cosas sin rodeos, por oficio.
El traje era el gris marengo de invierno que Herminia había planchado el viernes por la mañana, con la raya hecha. La camisa blanca. Los zapatos negros nuevos, los del homenaje, con el cartoncito del precio todavía pegado en la suela, que se lo quitó Consuelo con la uña.
La corbata se la puso Nicasio: azul con rayas, la que él llevaba en las fotos oficiales.
Y le pusieron la dentadura.
Nicasio dice que se le puso bien y que se le quedó la cara como era. Eso lo dijo con una satisfacción profesional que a mí, en aquel momento, me pareció monstruosa y que hoy me parece otra cosa.
También le pusieron el reloj, que Nicasio había guardado en un sobre desde el jueves con lo que llevaba encima: el reloj, la cartera, dos llaves, un mechero y ochenta euros.
El sobre, con el resto, se lo dieron a Herminia.
—¿Y esto qué hago yo con esto? —dijo ella.
—Eso va a los herederos —dijo Nicasio.
Hubo un silencio de esos que hay en este pueblo cuando alguien dice sin querer la palabra exacta, porque Eleuterio Pastrana no tenía hijos, ni hermanos vivos, ni sobrinos aquí, y aquel sobre con ochenta euros y un mechero dio para una reunión de veinte minutos que se cuenta a su tiempo.
—¿Y no le impresiona? —le pregunté.
—A mí me impresionaría no ponérsela —dijo Nicasio—. Yo llevo cuarenta años en esto. Un difunto sin sus dientes es un difunto al que no ha cuidado nadie, y eso se ve toda la vida en las fotos del velatorio y no se olvida. Aquí no habrá velatorio, pero se va a ver igual.
—¿Quién lo va a ver?
—Nosotros —dijo—. Los cuatro que lo hemos vestido. Y esos ya somos alguien.
A las ocho y media, después de la sesión suspendida, subieron el paso hasta la puerta lateral con el carro y los rodillos.
Yo fui. Me quité la mantilla de mi madre y la guardé en la bolsa antes de entrar, y eso lo hice sin pensarlo y hoy sé por qué lo hice.
Éramos ocho: los cuatro Chaparro, Melchor, Nicasio, Herminia y yo. Y estaba Sagrario, que no ayudó y no se fue, y estuvo en el banco de la primera fila, sentada, mirando, hasta el final.
Se levantaron los faldones de terciopelo por el lado izquierdo y se sacaron las cuerdas, las cuñas y el gato.
—Falta la banqueta —dijo Damián.
—Que se quede.
—No cabe.
—Pues se queda fuera.
Esa fue toda la discusión moral que hubo en aquella iglesia sobre meter un cadáver debajo de una imagen de la Virgen: si cabía o no cabía la banqueta.
Lo metieron entre seis. Con las manos, sin cuerdas, muy despacio, y con una precaución que no era religiosa: era la de la gente que ha cargado cosas pesadas toda su vida y sabe que lo que se rompe es la espalda del que va detrás.
Cuando estuvo dentro, Damián se puso de rodillas, metió medio cuerpo debajo del faldón y estuvo un rato colocándolo. Salió con la cara roja.
—Va a dar tumbos —dijo.
—¿Cómo que tumbos?
—En las paradas y en la cuesta, va a moverse. Y si se mueve, se oye.
Se quedaron todos parados un momento. Porque aquello era un problema técnico y en un problema técnico esta gente es imbatible, pero también era otra cosa que nadie quería nombrar.
Y entonces Herminia salió de la iglesia sin decir nada.
Estuvo fuera once minutos. Yo los conté, porque en aquella sacristía no se podía hacer otra cosa que contar.
Y volvió con una almohada.
Era una almohada de matrimonio, de las largas, con la funda de cuadros pequeños azules y blancos, un poco amarilla en el centro, con la marca redonda que dejan cuarenta años de dormir del mismo lado.
Era la suya. La de su cama, la de la casa de la calle del Pozo, la que yo había visto el viernes de madrugada desde la puerta del dormitorio y por la que no había entrado.
Herminia se la dio a Damián.
—Para que no dé tumbos —dijo.
Y Damián la cogió, se puso otra vez de rodillas, se metió debajo del faldón de terciopelo y estuvo dentro casi un minuto, colocándola.
En aquella iglesia no habló nadie.
Y ahí es donde a mí se me acabó del todo la gracia, si es que me quedaba alguna.
Porque en cinco días yo había visto a aquella gente votar a mano alzada dónde se metía un muerto, fabricar la voz de un muerto con una aplicación, hacerse pasar por muertos delante de una funcionaria y preguntarle a un muerto por un contrato de autobuses, y todo eso lo había hecho con una frialdad que a mí me tenía asombrada.
De pronto una mujer de sesenta y tres años se iba a su casa a por una almohada.
Nadie lo comentó. Ni entonces ni después. En este pueblo, cuando alguien hace la única cosa decente del día, se mira para otro lado por educación.
Yo, que llevo toda la vida trabajando con el sentimiento ajeno y cobrándolo, me quedé de pie al lado de un varal calculando una cosa mezquina, y la voy a escribir porque si no, no vale nada lo demás.
Estuve calculando si aquella mujer había ido a por la almohada por él o por ella.
Porque una almohada no hace falta para que un cuerpo no se mueva.
Para eso valen dos mantas, o los sacos de las flores, o la propia banqueta que habían dejado fuera por no dejar sitio.
Herminia Requena anduvo doscientos metros de ida y doscientos de vuelta, entró en la casa de un muerto, deshizo su cama y volvió con la almohada de él.
Eso no es logística. Eso es un entierro.
Aquella mujer estuvo once minutos fuera de la iglesia y en esos once minutos hizo, ella sola y sin testigos, el único velatorio que tuvo Eleuterio Pastrana.
Se bajaron los faldones. Se comprobó que llegaban al suelo por los cuatro lados. Se cargó el paso para probar: los ocho a los varales, arriba, tres pasos por la nave, alto.
—Pesa —dijo Melchor.
—Pesa lo que pesa —dijo Damián.
—¿Cuánto de más?
—Setenta y tantos.
Doscientos setenta kilos entre ocho hombres, treinta y cuatro por hombro, cuando lo normal son veinticinco. Damián dijo que se hacía, que había que parar dos veces más de lo previsto y que la cuesta de la iglesia la subían al paso corto.
Bajaron el paso. Se pusieron las flores, que las traía Sagrario preparadas desde la mañana en dos cubos: claveles blancos y rojos.
Y aquí hay una cosa que quiero dejar dicha, aunque no sé muy bien dónde ponerla.
Sagrario, que llevaba dos horas sentada en el primer banco viendo cómo metíamos a un hombre debajo de la Virgen de la Estrella, se levantó cuando terminamos, se acercó al paso, y puso las flores.
Una por una. Las de siempre. Como las lleva poniendo veintidós años.
No dijo nada, no miró a nadie y no dejó de hacer su trabajo.
Cuando terminó de colocar el último clavel, se limpió las manos en la rebeca y dijo, en alto, para toda la iglesia:
—Mañana a las nueve y media.
Y se fue.
Antes de salir hice una cosa más, y esta es mía y no me la mandó nadie.
Cuando ya estaban todos en el atrio y en la iglesia quedábamos Nicasio y yo, me acerqué al paso, me agaché y metí una cosa por debajo del faldón, por la parte de atrás, donde no se ve.
Una bolsa de deporte azul, de las de gimnasio, con la cremallera cerrada.
Dentro estaban el cuaderno de tapas de hule con los veintisiete nombres, la libreta azul forrada con plástico de cocina, el sobre marrón de Ceferino con las once fotocopias y los cuatro folios grapados de Cinegética del Záncara.
No estaba la carta de mi madre. Esa la llevaba yo encima, doblada en cuatro, desde por la mañana, y siguió ahí toda la noche.
Lo hice porque aquella noche yo dormía en casa de Herminia Requena, y porque a Herminia Requena le habían preguntado dos horas antes por el molino delante de treinta y ocho personas y no le habían contestado, y porque una mujer que se va a buscar la almohada de un muerto es capaz de cualquier cosa, incluida entrar en un cuarto y abrir un bolso.
Porque en aquel pueblo, aquella noche, no había sitio más seguro que el hueco de debajo de la Virgen de la Estrella, que era el único que iba a estar mirando el pueblo entero.
Salimos los últimos Nicasio y yo, y él apagó las luces de la nave con la llave de la sacristía.
En la puerta se paró y miró hacia atrás, al paso, que se quedaba solo en la penumbra hasta el día siguiente, con sus faldones de terciopelo hasta el suelo, sus cuatro varales, la Virgen encima y el alcalde de Valdestrella debajo, con el traje de invierno, la corbata azul, la dentadura puesta y la almohada de su cama.
—Bueno —dijo Nicasio—. Pues ya está vestido.
Y echó la llave.