29. Confesiones en cadena
Lo del confesionario me lo contó Rufo el sábado al anochecer, en el bar, con la persiana a medio echar y sin que yo se lo preguntara.
Y no me lo contó entero. Aquí nadie te cuenta nada entero. Me lo dio en tres trozos, y los otros dos me los dieron Consuelo por la noche y el propio don Atilano tres semanas después, en el atrio, con esa manera que tienen los curas de contarte una cosa mientras te dicen que no te la están contando.
Así que lo que sigue lo he montado yo, con las costuras a la vista.
Sagrario fue a ver al cura el viernes por la noche, después de la primera sesión de la güija.
Don Atilano lleva seis parroquias. Vive en Villar, en la casa parroquial, y sube a Valdestrella los sábados por la tarde y un domingo de cada dos. Tiene cincuenta y ocho años, una moto de campo y una manera de hablar que consiste en no comprometerse en nada que se pueda escribir.
Sagrario llegó a las once de la noche, en el coche de su sobrino, con el cubo de las flores todavía en la mano.
Le dijo tres cosas.
Que en el salón de plenos del ayuntamiento se estaba llamando a los muertos.
Que la que llamaba era la hija de la Rosario.
Y que el secretario levantaba acta.
Don Atilano, según ella, estuvo un rato callado y luego preguntó una sola cosa, que es la que preguntaría cualquiera de esa profesión:
—¿Y el alcalde?
—El alcalde está en su casa con un flemón.
—Ya —dijo don Atilano.
Y no preguntó más aquella noche.
Lo que hizo después es lo que a mí me parece la maniobra más limpia de toda esta historia, y la hizo un hombre que ya sabía perfectamente en qué lío se estaba metiendo.
Podía haber llamado al obispado. Podía haber subido el sábado por la mañana al ayuntamiento a poner orden. Podía haberse callado y no volver por aquí en dos semanas, como habría hecho la mayoría.
Hizo otra cosa.
El sábado, sobre las ocho y media, mientras nosotros estábamos poniendo mesas en la plaza para la de Toledo, don Atilano subió en la moto y abrió la iglesia.
Y se puso a confesar.
No lo anunció. Se sentó en el confesionario del lado de la epístola, que es el de madera, con la cortinilla, y se quedó allí. En este pueblo, cuando el cura se sienta en el confesionario un sábado por la mañana, la gente lo sabe en diez minutos.
Pasaron nueve personas.
Los cuatro hermanos Chaparro, que son los costaleros de delante. Melchor. Casimiro. Los dos hijos de Amancia, que habían venido de Cuenca por lo de la comparecencia. Y Consuelo, la última, a las once y media, con el abrigo puesto encima del uniforme.
Nueve confesiones seguidas, de nueve personas distintas, sobre exactamente el mismo asunto.
Yo he pensado mucho en aquella mañana. Y no por lo que tiene de gracioso, que lo tiene, sino por lo otro.
Aquellas nueve personas no fueron a confesarse para que las perdonaran. Fueron porque llevaban cuarenta y ocho horas sin poder contárselo a nadie.
En un pueblo donde todo el mundo sabe lo mismo, no se puede hablar de nada. En el bar no se puede decir «tenemos al alcalde en la cámara de Rufo», porque en el bar están los mismos que lo metieron. En casa tampoco, porque tu mujer estuvo allí. Y a la hija que vive en Madrid, menos.
El único sitio de aquel pueblo donde se podía decir en voz alta lo que había pasado era una caja de madera de dos metros de alto con una cortinilla, donde había un hombre obligado por su oficio a no repetirlo.
Aquella mañana, en la iglesia de Valdestrella, no hubo nueve pecadores. Hubo nueve personas hablando.
Don Atilano estuvo tres horas escuchando la misma historia nueve veces, con nueve gramáticas distintas, sin poder decir ni una palabra fuera de allí.
Y eso, que parece una desgracia para él, era exactamente lo que le convenía a todo el mundo.
Porque a partir de las once y media de aquella mañana, el párroco de Valdestrella sabía lo que había pasado en el pregón, sabía dónde estaba el cuerpo y sabía lo que se iba a hacer con él al día siguiente.
Y no lo podía contar, ni a la Guardia Civil, ni al obispado, ni a nadie, porque se lo habían dicho debajo de sigilo sacramental.
Nueve personas de este pueblo blindaron a su cura en tres horas.
Yo no creo que ninguna de las nueve lo hiciera con esa intención. Creo que fueron a soltar el peso. Pero el resultado fue ese, y en este pueblo los resultados casi nunca coinciden con las intenciones, y eso a estas alturas ya no me sorprende.
—¿Y qué les dijo? —le pregunté yo, semanas después, en el atrio.
—Yo no puedo decirle a usted lo que se dice ahí dentro.
—No le pregunto lo que dijeron ellos. Le pregunto lo que dijo usted.
Don Atilano se quedó mirando la calle.
—Les dije que rezaran por él —dijo—. Que es lo que hay que hacer con los muertos.
Luego añadió, sin que nadie se lo preguntara y mirando hacia el faldón de la nave lateral:
—Mire, yo llevo seis parroquias y ochocientos y pico feligreses repartidos por cuatro valles.
Aquí lo que yo hago, lo hago para el pueblo.
Y a este pueblo, si le quitan el ayuntamiento, le quitan la iglesia detrás, porque la diócesis no mantiene abierto un templo donde no hay quien barra.
—Se ajustó el reloj—. Y luego está el tejado, que lleva catorce años.
Cuarenta segundos tardó aquel hombre en pasar de los muertos al tejado. Los conté, porque los cuento siempre.
Y ahí, en cuatro palabras dichas en un atrio, aquel hombre me confirmó que llevaba desde el sábado por la mañana sabiéndolo todo.
Lo del tejado hay que contarlo, porque si no, esto parece una historia de gente noble.
La iglesia de Valdestrella tiene un problema de cubierta desde 2011.
Se han caído dos tejas en la nave lateral, hay una gotera encima de la capilla del Cristo y el informe del arquitecto de la diócesis dice que hay que rehacer sesenta metros cuadrados de faldón. Presupuesto: cuarenta y un mil euros.
El obispado pone la mitad si la parroquia pone la otra mitad.
La parroquia de Valdestrella, que tiene once feligreses en el rosario diario y una colecta media de dieciocho euros los domingos, lleva catorce años poniendo su mitad a base de donativos.
Uno de esos donativos es fijo. Trescientos euros al trimestre, por domiciliación bancaria, desde 2009, de doña Obdulia Cañete Peral.
Obdulia Cañete Peral está en la línea veinticinco del cuaderno de tapas de hule. Murió en el año diez.
Su pensión sigue entrando en una cuenta y de esa cuenta sale, cada tres meses, un recibo de trescientos euros a nombre de la parroquia de Nuestra Señora de la Estrella.
Quince años. Dieciocho mil euros.
Don Atilano no sabe de dónde sale ese dinero.
Eso es lo que dice él y eso es lo que yo escribo aquí.
Lo que también escribo es que ese hombre, en catorce años, no ha preguntado nunca por qué una señora que no aparece en misa desde hace década y media sigue siendo la mayor benefactora de su parroquia.
Que en la iglesia de este pueblo se dicen, desde hace años, unas novenas que aquí se llaman «las de los ausentes», los viernes, sin nombres.
Sagrario las pone. Sagrario cree que son por los emigrados.
Lo de Sagrario pasó el sábado a mediodía, en la sacristía, y esto me lo contó Consuelo aquella misma noche con una cara que no le he vuelto a ver.
Fueron a hablar con ella tres: Consuelo, Herminia y don Atilano.
La cosa se planteó bien. Se planteó como se plantean estas cosas en un pueblo: sin nombrarlas.
Que el tejado hace catorce años que espera.
Que ahora, con lo de las fiestas y con la ayuda que va a salir de Diputación después de las elecciones, se podría acometer entero.
Que haría falta que la parroquia certificara que tiene su parte, y que la parroquia puede certificarlo si el ayuntamiento pone una subvención finalista para bienes de interés local. Que eso se aprueba en el primer pleno.
Que ella lleva veintidós años poniendo las flores y limpiando la sacristía sin cobrar un céntimo, y que en la nueva legislatura se podría crear una figura de auxiliar de conservación del patrimonio, con su alta y su sueldo, aunque fuera media jornada.
Y que, por otro lado, y sin que tuviera nada que ver, lo de las sesiones del ayuntamiento eran cosas de trámite y no había que darles importancia.
Para que se vea cómo se hacen estas cosas, hay que decir que en aquella conversación no se nombró ni una sola vez la güija, ni el alcalde, ni la cámara del bar.
Se habló de tejados, de flores, de una media jornada y de un pleno.
Lo entendió todo el mundo. He visto negociar contratos de televisión con abogados delante y no he visto nunca a nadie decir tan poco y ofrecer tanto como aquella tarde en la sacristía de un pueblo de este tamaño.
Sagrario los dejó terminar.
—¿El tejado a cambio de qué? —dijo.
—El tejado no es a cambio de nada, mujer.
—Herminia. ¿El tejado a cambio de qué?
Aquí es donde aquella mujer de sesenta y nueve años, sacristana, con la rebeca gris y las manos rojas de agua fría, hizo la única cosa de toda esta historia que a mí me sigue pareciendo grande de verdad.
Dijo que no.
—Un tejado que se paga con muertos gotea para dentro —dijo—. Yo no lo quiero.
Y salió de la sacristía y se fue a por las flores.
No denunció. Eso conviene decirlo, porque hay quien ha creído que aquella mujer nos tenía miedo, y no es eso.
Yo se lo pregunté a la cara, semanas más tarde, en la puerta de la iglesia. Le pregunté por qué no había llamado a la Guardia Civil, que está a dieciséis kilómetros, en Villar, y que tiene teléfono.
Me contestó lo siguiente, palabra por palabra, porque lo apunté cuando llegué a casa:
—Porque el pecado es de Dios y el delito es de fuera. Yo rezo por sus almas. Los papeles no son cosa mía.
—Sagrario, hay veintisiete personas en el padrón que están muertas.
—Yo sé de veintisiete personas que están sin misa —dijo—. De lo otro no entiendo.
Ahí está la mujer entera, y ahí está lo que yo no supe ver hasta mucho después: que aquella señora no estaba oponiéndose a un fraude administrativo. Le daba exactamente igual el padrón, la subvención, el autobús y la residencia.
Lo que ella no soportaba era otra cosa, y era una cosa que en su cabeza tenía todo el sentido del mundo: que estábamos llamando a un hombre por su nombre para preguntarle por un contrato de autobuses.
Sagrario Utiel Peral es la única persona de Valdestrella que se creyó de verdad, desde el primer día, que aquello podía funcionar.
Y por eso fue la única que se puso enfrente.
Los demás, los treinta y ocho del salón de plenos, los veintiséis de la tarde, los que aplaudieron cuando volvió el agua, los que lloraron con lo del linde: todos aquellos sabían perfectamente que la de la mantilla era una señora de la tele que había venido en el coche de línea. Por eso podían participar.
En este país nos creemos las cosas exactamente hasta el punto en que nos convienen, y ni un milímetro más allá. Y hay un tipo de persona, muy escaso, que se las cree hasta el final.
Esos son los que no tienen precio. Y son insoportables.
Yo, he tratado con miles de personas que se lo creían. Miles. Señoras que llamaban a las tres de la mañana y que se creían de verdad que yo tenía delante una baraja que les hablaba de su hijo.
Siempre, siempre, había un momento en la llamada en el que la clienta te dejaba ver que sabía. Un «bueno, yo esto lo hago por entretenerme». Un «ya sé que usted no me puede decir todo». Una risita.
Ese momento es el que sostiene el negocio. Yo no engañaba a nadie del todo: yo hacía un trato con una señora sola a las tres de la mañana, y las dos sabíamos cuál era el trato, y por eso funcionaba y por eso volvían.
Con Sagrario no había trato posible. Aquella mujer no me estaba comprando nada, ni fingiendo comprármelo. Estaba mirando exactamente lo que había: una mujer con la mantilla de su madre llamando por su nombre a un hombre que llevaba dos días sin enterrar.
Una cosa más, la peor, que solo entendí en la coda de todo esto: que si lo que yo hacía era falso, Sagrario no tenía razón. Pero si lo que yo hacía era verdad, entonces la que tenía razón era ella, y todos los demás éramos algo mucho peor que unos estafadores.
Nadie de aquel pueblo quiso pensar en eso ni cinco minutos. Yo tampoco.
Aquella noche, cuando salí del salón de plenos después de lo del molino, Sagrario ya no estaba en la plaza.
Estaba en la puerta de la iglesia, encendiendo una vela dentro de un vaso de cristal, de esas que se ponen en el suelo y aguantan toda la noche aunque haga aire.
La dejó en el escalón. Se limpió las manos en la rebeca. Y se metió dentro.