La campaña de los difuntos 28. Acta tercera
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28. Acta tercera

La sesión se reanudó a las ocho y media, después del receso, y no hubo segunda convocatoria porque don Ceferino Baixauli dijo que no hacía falta.

—Es la misma sesión —dijo—. Lo que pasa es que se suspendió por asuntos de intendencia y ahora se reanuda. Ahora bien, como se ha suspendido, hay que abrir acta nueva.

—Ceferino, si es la misma sesión, ¿por qué hay dos actas?

—Porque donde hay suspensión, hay acta.

Y sacó otro folio con membrete.

Habían venido más. La noticia de lo de Anastasio y el linde había corrido por el pueblo entero en dos horas, como corren aquí las cosas, y a esa hora el salón de plenos de Valdestrella tenía treinta y ocho personas dentro, gente de pie en el pasillo y dos chavales sentados en el alféizar de la ventana.

Y de esas treinta y ocho, catorce no habían estado en la sesión de la tarde.

Eso lo vi enseguida y me puso nerviosa, porque el público nuevo es siempre el peligroso: el que ya ha venido una vez viene a que le confirmen lo que se creyó, y el que viene por primera vez viene a decidir si se lo cree.

Entre los nuevos había dos de Villar. Y había una mujer de Torrubias con una foto en el bolso, que resultó ser Paquita, la de la radio, que se había presentado con su cuñada porque yo le había dicho por antena que viniera después de la procesión y ella había entendido que viniera y punto.

—Yo espero lo que haga falta —me dijo en la puerta—. Yo he traído la foto de mi Julián.

—Paquita, esto de hoy es del ayuntamiento.

—Ya, ya. Si yo espero.

Se sentó en la última fila con la foto de su marido en el regazo, y allí estuvo hora y media, y es la primera clienta que tuvo aquel invento antes de que fuera un invento.

Jandro estaba en la puerta con el móvil en la mano y le dije que ni se le ocurriera.

—Si no estoy grabando.

—Jandro.

—Que no estoy grabando.

Estaba grabando. Lo que pasa es que aquel vídeo no lo subió, y no lo subió porque a mitad de la sesión se le olvidó que tenía el móvil en la mano.

Empezamos a las ocho y cuarenta.

Aquí conviene decir en qué estado llegaba yo a aquella sesión, porque explica lo que pasó después.

Yo llevaba treinta y seis horas sin dormir.

Había estado en un cementerio a las cinco de la mañana, en la casa de mi madre a las seis, en una comparecencia de tres horas y media, en un café con una funcionaria de Toledo y en un museo vacío con una linterna.

Llevaba en el bolso, en aquel momento, una dentadura postiza en un estuche de gafas y cuatro folios grapados que valían un millón doscientos mil euros.

Y encima estaba contenta. Que es lo que más miedo debería haberme dado.

Porque el asunto del linde de Anastasio, aquella tarde, me había salido redondo. Y cuando a una le sale algo redondo, se confía. Y en este oficio la confianza es exactamente igual de peligrosa que en el otro, el de las alturas.

Las dos primeras preguntas fueron de trámite: una de la limpieza del arroyo y otra del horario de la farmacia de guardia. Las contesté sin despeinarme, con lo que sabía.

Y a la tercera, Herminia Requena se levantó de su silla.

Ella no se sentaba a la mesa. Nunca. Presidía desde la primera fila, de lado, con la carpeta en las rodillas, como había estado treinta años.

Aquella noche se levantó, dio dos pasos hacia la mesa presidencial y se quedó de pie delante del tablero de las letras, con las manos cruzadas por delante.

En el salón se apagó todo el ruido.

—Yo quiero preguntar una cosa —dijo.

—Adelante —dijo Cefe, sin levantar la vista del acta.

Y Herminia preguntó:

—Terio. ¿Y lo del molino?

Y a mí se me paró el corazón.

Y aquí hay que explicar dos cosas a la vez, porque en aquella pregunta había dos preguntas, y las dos iban dirigidas a personas distintas.

La primera iba para él. El molino de los Lodares está en la parte de arriba del Cerro Bermejo. Es la finca por la que empezó todo en el ochenta y dos. Y en el anexo del contrato que yo tenía en el bolso, en la primera línea de las referencias catastrales, está el molino.

Herminia le estaba preguntando a un muerto por qué había firmado la venta.

La segunda pregunta iba para mí. Y la segunda pregunta era: ¿tú qué sabes?

Porque en aquel salón de plenos, aquella noche, había treinta y ocho personas, y treinta y seis creían que la teniente de alcalde preguntaba por una finca vieja.

Las otras dos habíamos estado hora y media antes en un despacho vacío con una linterna.

Puse los dedos en el cenicero.

Herminia no puso los suyos. Se quedó de pie, mirándome a mí.

Y ahí, delante de todo el pueblo, hice el peor trabajo de mi vida profesional.

Porque yo, en ese momento, tenía tres opciones y las tres eran malas.

Podía contestar la verdad, que era V-E-N-D-I-D-O, o C-I-N-E-G-E-T-I-C-A, o cualquier cosa que abriera aquello en canal delante del pueblo entero, a doce horas de la procesión y a treinta y seis de las urnas.

Podía contestar una mentira concreta, que era peor, porque una mentira concreta sobre una finca en un pueblo la desmonta cualquiera en dos días. Si el cenicero decía «nada», mañana alguien pregunta en el catastro. Si decía «lo hablamos», alguien pregunta con quién.

Había una cuarta, que la tuve delante durante segundo y medio y que hoy pienso que era la buena: soltar los dedos, quitarme la mantilla y decir, allí mismo y en alto, que aquel hombre había firmado en febrero la venta del monte a los de la caza y que yo tenía el papel en el bolso.

Habría sido, además, una gran salida de escena.

Con eso se acababa el fraude, se acababa el domingo, se acababa Cinegética y se acababa yo.

Lo he pensado mucho. Yo no callé por el pueblo, ni por la residencia, ni por las once viejas de Los Almendros. Yo callé porque a las nueve menos veinte de la noche del sábado, en aquel salón de plenos, había treinta y ocho personas mirándome a mí.

O podía hacer lo que hice, como hace la gente de mi oficio cuando la acorralan: contestar algo que no significa nada.

El cenicero se movió.

Se movió mal. Salió, se paró a medio camino, volvió atrás. Yo notaba los dedos de Casimiro, de Rufo y de Consuelo encima, esperando, y notaba que no esperaban en la misma dirección, porque nadie en aquella mesa sabía lo que había que contestar.

T-O-D-O.

Pausa larga.

S-E.

Otra pausa. Y aquí ya se oyó a alguien removerse en la tercera fila.

A-N-D-A-R-A.

«Todo se andará.»

En un pueblo de la Mancha, delante de treinta y ocho personas, después de que aquel mismo cenicero le hubiera dicho a un hombre dos horas antes «dos metros y medio» con una precisión de topógrafo, el alcalde acababa de contestar «todo se andará».

Que es exactamente lo que dice un político cuando no piensa contestar.

Y esa fue mi ruina, aunque tardó veinte días en cobrarse.

Porque aquella gente no sabe de contabilidad, ni de opciones de compra, ni de recalificaciones. Pero de verbenas sabe todo el mundo, y de orquestas, y de cuando una cantante se salta un compás. Y en aquel salón, treinta y ocho personas oyeron perfectamente que la orquesta había perdido el paso.

—Todo se andará —repitió Cefe en alto, anotando, con una neutralidad admirable.

Y entonces habló Sagrario.

Yo no la había visto entrar. Llevaba cinco días viéndola en la puerta, en el vano, con la bolsa de las flores, y nunca dentro.

Aquella noche estaba dentro. Tres filas detrás, de pie, con la rebeca gris y las manos delante.

—Si no es él —dijo—, que lo diga ella.

Se volvieron treinta y ocho cabezas.

—Sagrario —dijo Herminia.

—Y si es él —siguió Sagrario, sin levantar la voz, con la voz con la que se reza el rosario en esta comarca—, entonces que Dios nos coja confesados a todos, porque lo que estamos haciendo en esta casa no se hace.

Nadie contestó.

Es lo más raro que he visto en mi vida. El pueblo entero, en el salón de plenos de su ayuntamiento, con las luces dadas, y ni uno solo fue capaz de contestarle a una sacristana de sesenta y nueve años.

Porque no había respuesta. Porque las dos cosas que dijo aquella mujer eran las dos únicas posibilidades que había, y las dos eran malas, y todo el mundo lo sabía desde el jueves y nadie lo había dicho en voz alta.

Y lo que hizo el pueblo entero en aquel momento, como de verdad hay que contar, fue mirar al suelo.

Treinta y ocho, y ni una levantó la cabeza. Ni Rufo, que le fía a media comarca. Ni Consuelo, que tiene tres plazas. Ni Gabino, que firma las recetas. Ni Casimiro, que dos horas antes estaba llorando de contento con la gorra en la mano.

Yo he trabajado en verbenas de agosto delante de dos mil personas y sé lo que es una sala en contra. Aquello no era una sala en contra. Aquello era una sala pillada.

Yo la miré desde la mesa presidencial, con la mantilla de mi madre puesta y los dedos todavía encima de un cenicero de Cinzano.

Y le dije, porque algo había que decir:

—Sagrario, aquí nadie está jugando.

Y ella me contestó:

—Ya lo sé —dijo—. Eso es lo malo.

Y se fue.

Cefe dejó pasar cuatro segundos, se ajustó las gafas y dijo:

—Se suspende la sesión por indisposición del canal.

Y cerró el acta.

Aquella frase la escribió aquel hombre, tal cual, en un folio con membrete del Ayuntamiento de Valdestrella, y esa acta existe, y está numerada, y está incompleta, y es el único documento de toda esta historia que dice la verdad sin querer: que en aquel momento, en aquel sitio, el canal se había indispuesto.

La gente salió despacio y hablando poco, que en un pueblo es la peor de las señales.

En la puerta oí dos conversaciones y las dos me las sé de memoria.

La primera, de dos mujeres de las de la primera fila:

—A mí me ha dado no sé qué.

—Y a mí. Pero es que la pobre lleva desde el jueves.

—Ya. Si yo no digo nada.

Eso es lo que se llama perder al público con cariño, que es la manera peor de perderlo. Cuando el público empieza a disculparte, ya no te está creyendo: te está aguantando.

La segunda fue de dos hombres, junto a la escalera, y fue de tres palabras:

—Lo del molino.

—Calla.

Y ahí supe que aquello no se acababa en la puerta del salón de plenos.

Que en aquel pueblo, esa noche, había gente que se iba a acostar dándole vueltas a por qué la teniente de alcalde había preguntado por una finca vieja delante de todo el mundo, y que en un sitio como este esas vueltas duran años.

Herminia se quedó recogiendo las letras.

Yo la ayudé. Estuvimos un minuto largo poniendo cuadraditos de madera en una caja, una enfrente de la otra, sin decir nada, hasta que quedaba solo la eñe.

La cogió ella. La miró, la puso en su sitio y cerró la caja.

—¿Sabías lo del molino? —dijo.

Y yo le contesté lo único que le podía contestar a aquella mujer aquella noche, que era la verdad exacta y no le servía de nada:

—Sé lo que sabe él.

Herminia se puso la caja debajo del brazo.

—Pues entonces sabemos las dos lo mismo —dijo—. Y una de las dos lo lleva en el bolso.

Se paró en la puerta del salón, con la caja de las letras y su carpeta.

—Macarena. Mañana hay procesión y el domingo hay urnas. Después del domingo tú y yo nos sentamos.

—Nos sentamos.

—Y no me vuelvas a contestar como esta noche —dijo—, que a mí eso no me lo hace nadie desde el año noventa y uno.

Se fue con el abecedario de los niños de esta escuela debajo del brazo, calle abajo, a su casa, donde tenía un traje gris marengo colgado en el cuarto de la plancha para el día siguiente.

AYUNTAMIENTO DE VALDESTRELLA (CUENCA)

ACTA DE LA SESIÓN ORDINARIA DE COMUNICACIÓN CON EL SR. ALCALDE Nº 3

(Reanudación de la sesión nº 2, suspendida por asuntos de intendencia)

En Valdestrella, siendo las veinte horas y cuarenta minutos del día 17 de mayo, se reanuda la sesión con asistencia de treinta y ocho vecinos, según relación que se adjunta.

Actúa como canal Dña. Macarena Salcedo Vela. Actúa como fedatario el que suscribe.

DESARROLLO DE LA SESIÓN

1.º Limpieza del cauce del arroyo de la Vega. La planchette señala: J-U-N-I-O.

2.º Farmacia de guardia. Turno comarcal. La planchette señala: V-I-L-L-A-R-L-O-S-P-A-R-E-S.

3.º Formulada consulta por la Sra. Teniente de Alcalde en los siguientes términos literales: «Terio, ¿y lo del molino?» , la planchette señala, con dos interrupciones que se hacen constar:

T-O-D-O — (interrupción) — S-E — (interrupción) — A-N-D-A-R-A.

(Se hace constar que la respuesta ha sido leída en alto por esta Secretaría y que la proponente no ha formulado réplica.)

(Se hace constar la intervención de Dña. Sagrario Utiel Peral, sacristana, quien manifiesta su oposición a la celebración de estas sesiones en dependencias municipales, en los términos que constan en su intervención, y que abandona la sala.)

(Se hace constar que esta Secretaría no entra a valorar lo manifestado por la Sra. Utiel, por exceder de su competencia.)

SE SUSPENDE LA SESIÓN POR INDISPOSICIÓN DEL CANAL , siendo las veintiuna horas y doce minutos, quedando los asuntos pendientes sobre la mesa.

El Secretario-Interventor.

(No consta el visto bueno del canal.)