27. La dentadura
Nicasio lo planteó en la trastienda, a las seis y media, con la profesionalidad de quien lleva cuarenta años diciendo cosas terribles con palabras suaves.
—Para el traslado de mañana hace falta que el señor alcalde esté presentable —dijo—. Y sin la prótesis, la cara se hunde. En dos días se hunde mucho. Y a un hombre se le conoce por la boca antes que por los ojos.
—¿Y dónde está? —dijo Herminia.
—Yo he mirado donde se mira: la mesilla, el baño, el bolsillo de la chaqueta. Y no está.
—¿Y en la sacristía?
—En la sacristía no hay nada. Aquello lo limpió Sagrario el jueves por la noche.
—¿La llevaría puesta?
—La llevaba puesta —dijo Nicasio, y bajó la voz—. Y por eso no está.
Nadie preguntó más. En un pueblo hay cosas que se entienden a la primera y esa es una de ellas: si un hombre se atraganta y hay que sacarle lo que sea de la garganta, la prótesis sale primero y se queda donde caiga.
Y donde cayó fue en el suelo de la sacristía, o en la plaza, o dentro de una servilleta, un jueves por la noche con doscientas personas de pie y cuatro hombres cargando una mesa.
—Yo miro en la sacristía otra vez —dijo Consuelo.
—Y yo en el ayuntamiento —dijo Herminia.
—¿Y en su casa? —dije yo.
—En su casa estuviste tú anoche —dijo Herminia.
Lo dijo sin ninguna intención, mientras se ponía la rebeca, y a mí se me quedó dentro tres días.
—Yo estuve en el despacho —dije—. Y en la cocina. No abrí ni la mitad de los sitios.
—Pues hay que abrirlos.
Y entonces habló Nicasio otra vez, con la carpeta debajo del brazo, y dijo la frase que nos llevó al sitio al que había que ir:
—A mí me dijo él una vez, hace dos o tres años, que las cosas suyas de valor no las tenía en casa. Que las tenía en el Centro.
—¿En el Azafrán?
—En el Azafrán.
El Centro de Interpretación del Azafrán de Valdestrella está a la salida del pueblo por la carretera de Villar, en un solar que era una era.
Es un edificio de una planta, de bloque enfoscado y pintado de color teja, con un porche de madera laminada, una rampa de minusválidos con barandilla de acero inoxidable y un cartel grande de chapa en la fachada.
Se inauguró en 2016. Costó ochocientos setenta mil euros entre fondos europeos, aportación autonómica y la parte del ayuntamiento, y en su placa de mármol, junto a la puerta, están los tres escudos y el nombre del alcalde.
Nunca ha abierto.
Fuimos Herminia y yo a las siete y cuarto de la tarde, con la llave del ayuntamiento y una linterna, porque la luz está cortada desde 2019 por impago.
Por dentro es lo que es: un vestíbulo con mostrador de recepción de madera clara, con su hueco para el ordenador y su cajón, y detrás una sala grande de trescientos metros con seis vitrinas vacías y catorce paneles.
Los paneles siguen puestos. Están impresos en lona y hablan del azafrán: la rosa, la monda, el tueste, la denominación de origen. Tienen fotos de manos de mujeres desbrizando y un mapa de la comarca. En el panel cuarto, en el título, hay una errata: EL AZAFRÁN EN LA MANCH.
Falta la A. Ochocientos setenta mil euros y falta una A.
Herminia iba delante con la linterna. Yo detrás.
—¿Tú has estado aquí alguna vez? —dije.
—Yo estuve el día de la inauguración. Con el diputado.
—¿Y desde entonces?
—Desde entonces vengo dos veces al año a cambiarle las bombillas al cuadro y a que no se meta nadie.
Olía a nuevo. Eso es lo que a mí más me impresionó de todo, y lo he pensado muchas veces desde entonces: aquel edificio, nueve años después, seguía oliendo a inauguración. A moqueta sin pisar, a barniz, a plástico de embalar. Es el único sitio de España que huele a un solo día.
En el vestíbulo, en un expositor de metacrilato, quedaban los folletos. Un taco entero, sin tocar, con el papel ya amarillo por el borde: CENTRO DE INTERPRETACIÓN DEL AZAFRÁN. Descubre el oro rojo de la Mancha. Horario: consultar.
Consultar dónde, no lo pone.
Cogí uno y me lo guardé, y no sé todavía por qué lo hice. Lo tengo aquí, encima de la mesa, mientras escribo esto.
El despacho está al fondo, detrás de la sala, con una puerta de aluminio. Dentro hay una mesa, una silla giratoria igual que la del despacho de su casa y un archivador metálico de cuatro cajones.
El archivador estaba cerrado con llave. La llave estaba encima del archivador.
En el primer cajón, papeles del propio Centro: el proyecto, las certificaciones de obra, la memoria justificativa de la subvención, la solicitud de prórroga de 2018, el escrito en el que el ayuntamiento renunciaba al programa de actividades por falta de personal.
En el segundo cajón, más de lo mismo, y una cosa que me detuvo: el libro de firmas.
Uno de esos libros de tapa dura, con las hojas cuadriculadas y una cinta de raso para marcar la página. Estaba en su caja, con el celofán roto por una esquina.
Lo abrí.
Tres firmas. Las tres del día de la inauguración, con la misma fecha. El diputado provincial, un señor de la denominación de origen y una tercera, con letra grande, que dice: «Enhorabuena y a seguir. R. Salcedo.»
Mi madre firmó en el libro del Centro de Interpretación del Azafrán el 24 de septiembre de 2016, porque aquel día hubo vino español y aquel día fue medio pueblo.
Y desde entonces no ha firmado nadie más.
Cerré el libro y lo dejé en el cajón, y no me puse a pensar en aquello, porque tenía trabajo.
En el tercero, una caja de zapatos con cosas suyas: dos relojes, una medalla, una insignia de la peña taurina de Villar, un juego de gemelos y una funda de gafas de esas duras, de plástico negro, con la tapa de resorte.
Lo abrí.
Dentro estaba la dentadura, envuelta en un pañuelo de tela, limpia.
Se me quedó una cosa rara en el estómago, y no fue por lo que era, sino por lo que significaba: que aquella prótesis llevaba allí semanas o meses.
Aquella no era la que se le cayó el jueves.
Era la vieja, la de repuesto, la que guardaba en un estuche de gafas en un cajón cerrado con llave de un edificio vacío a la salida del pueblo.
Un hombre que guarda su dentadura de repuesto fuera de su casa es un hombre que ha pensado alguna vez en no volver a su casa.
O, y esto es lo que pensé después, un hombre que tiene un sitio donde guardar lo que no quiere que le encuentren, y que en ese sitio va dejando de todo: los gemelos, la medalla, la insignia, los dientes.
La gente cree que los que esconden cosas tienen un escondite. No lo tienen. Tienen una costumbre.
—Ya está —dije—. La tengo.
Y Herminia no contestó, porque Herminia estaba en el cuarto cajón.
El cuarto cajón era el de las carpetas colgantes. Y las carpetas colgantes estaban etiquetadas con máquina: PROYECTO. CERTIFICACIONES. SUBVENCIÓN. JUSTIFICACIÓN. ACTIVIDADES.
Y la última, escrita a mano con rotulador, ponía: AZAFRÁN — VARIOS.
Dentro de AZAFRÁN — VARIOS había cuatro folios grapados y un plano.
Los cuatro folios eran un documento privado de opción de compra, con fecha de 14 de febrero de este año, firmado en Cuenca, entre don Eleuterio Pastrana Ruiz, de una parte, y una sociedad mercantil de la otra.
CINEGÉTICA DEL ZÁNCARA, S.L.
CIA.
Trescientas cuarenta hectáreas. Todas las fincas de la familia Pastrana en el término de Valdestrella y en el de Villar, con sus referencias catastrales una debajo de otra, incluidas las seis del borde del Cerro Bermejo.
Un millón doscientos mil euros.
Una cláusula, la quinta, que Herminia leyó dos veces en voz alta con la linterna temblándole un poco:
«La eficacia de la presente opción queda condicionada a la aprobación por el órgano municipal competente de la modificación puntual de las normas subsidiarias que permita el uso cinegético-turístico del ámbito descrito en el anexo II.»
—¿Eso qué es? —dijo.
—Eso es que le pagan un millón doscientos mil euros si el ayuntamiento recalifica el monte.
Nos quedamos las dos de pie en un despacho vacío de un museo que no ha abierto nunca, con una linterna, una dentadura postiza en una funda de gafas y cuatro folios grapados.
Y Herminia Requena, teniente de alcalde de Valdestrella, que llevaba treinta años planchándole las rayas de los pantalones a aquel hombre, dijo exactamente esto:
—Anda.
Nada más. «Anda.»
Luego se sentó en la silla giratoria y estuvo callada un minuto largo, con la linterna apuntando al suelo.
—Herminia.
—Espera.
—Herminia, esto…
—Que esperes.
Y esperé.
Cuando habló, no habló de traición ni de vergüenza ni de treinta años. Habló como habla ella:
—El pleno para recalificar hacen falta cuatro votos de siete. —Levantó la vista—. Él, yo, Rufo y Consuelo. Ahí los tienes.
—Consuelo no habría votado eso.
—Consuelo vota lo que le digan si le garantizan las plazas.
Y en un coto con casa club hay cocina, y en una cocina hay tres puestos de trabajo, y a Consuelo se le compra con tres puestos de trabajo para las hijas de sus amigas.
—Volvió a mirar los folios—. Y a Rufo se le compra con un contrato de suministro.
—¿Y a usted?
Y aquí conviene decir que se lo pregunté con toda la mala intención del mundo, porque yo ya sabía la respuesta y quería oírsela decir.
Herminia se quedó un momento callada.
—A mí me hubiera puesto de alcaldesa —dijo—. Este año o el que viene. Retirándose él. Con eso yo firmo lo que me echen y él lo sabía.
Y ahí, en aquel despacho, con la linterna en el suelo, aquella mujer hizo la única cuenta que le quedaba por hacer en la vida y le salió el resultado que le tenía que salir.
—Yo he estado treinta años pensando que este pueblo se salvaba porque él lo sostenía —dijo—. Y resulta que llevaba desde febrero con la venta firmada.
—Firmada no. Con opción.
—Es lo mismo.
—No es lo mismo. Estaba condicionada al pleno. Necesitaba ganar las elecciones para poder venderlo.
Herminia levantó la cabeza muy despacio.
Y así fue como aquella mujer y yo entendimos, a la vez y sin decirlo, que el domingo no estábamos robando unas elecciones para salvar el pueblo del hombre que quería venderlo.
Estábamos robándolas para el hombre que lo iba a vender.
Hay una tercera persona en aquel despacho que no estaba y que conviene nombrar, porque si no, esto no se entiende.
Óscar Lodares.
Aquel hombre llevaba dos meses diciendo por toda la comarca que aquí iba a haber un coto, y la mitad del pueblo lo trataba como a un traidor por decirlo. Y resulta que el traidor lo decía porque era verdad, y que el que había firmado no era él.
Yo estuve un rato dándole vueltas a si él lo sabía.
Y creo que no. Creo que aquel hombre trabajaba para una sociedad que le encargó ganar un ayuntamiento, y que la sociedad, mientras tanto, se estaba comprando al alcalde por el otro lado, por si acaso, que es como se hacen estas cosas en todas partes: dos caballos en la misma carrera.
Es decir, que Cinegética del Záncara iba a ganar el domingo votáramos lo que votáramos.
Y eso, cuando lo entendí en aquel despacho, no me dio rabia. Me dio otra cosa mucho peor, que es la sensación exacta de estar dentro de un negocio en el que una es la única que trabaja gratis.
Guardé los cuatro folios en el bolso, con el plano.
—Eso me lo llevo yo —dije.
Esta vez no fue como cuando cogí el cuaderno en la cámara, que lo dije con la voz un poco alta y con miedo a que alguien me lo discutiera.
Esta vez lo dije normal.
Herminia miró el bolso, me miró a mí y no dijo absolutamente nada.
Cerramos el archivador, dejamos la llave encima, apagamos la linterna y salimos por el vestíbulo, pasando por delante del mostrador de recepción de madera clara donde no se ha sentado nadie jamás.
En la puerta, Herminia se paró a poner la alarma que no funciona.
—El azafrán es caro por lo mismo que la verdad —dije—. Por los jornales que cuesta cogerlo.
—El azafrán es caro porque son mil quinientas rosas para un kilo —dijo Herminia— y porque se monda de noche.
Y echó la llave.