La campaña de los difuntos 26. Acta segunda
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26. Acta segunda

La segunda sesión no la pedí yo. La pidió el pueblo, que es una cosa muy distinta y que a mí me cambió el sitio donde estaba.

Empezó a las cuatro y cuarto de la tarde del sábado, dos horas después de que el coche gris de Toledo saliera por la carretera de Villar, y empezó por un contrato.

—Hay que mirar lo del autobús —dijo Herminia, en el multiservicio, con la copia del acta de verificación todavía en la mano—. Vence el veinte de junio y hay que denunciarlo o prorrogarlo antes de que acabe el mes.

—Pues se prorroga —dijo Rufo.

—Es que no sé si conviene prorrogarlo.

—Se prorroga como siempre se ha hecho —dijo Casimiro, que estaba en la puerta—. Que llevamos así desde que se murió el de la Ruta.

—Ya. Pero es que si se prorroga en los mismos términos y resulta que los términos eran malos, nos comemos cuatro años.

Ahí empezó una discusión que duró veinte minutos y que era, en realidad, una sola frase repetida de siete maneras distintas: nadie sabía lo que ponía en aquel contrato.

El contrato existe, está en el archivo, lo hemos visto todos, tiene doce folios.

Lo que nadie sabía es lo otro: lo que se habló.

Qué le prometió el alcalde al de la empresa en el veintiuno para que subiera el autobús a Valdestrella dos veces al día cuando no le salía a cuenta.

Si hubo algo a cambio. Si se le dijo que el ayuntamiento le pondría la marquesina o que le pagaría el seguro del conductor. Si se quedó en algo con la Diputación.

Eso no está en ningún folio. Eso estaba en la cabeza de un hombre que llevaba treinta y ocho horas en una cámara frigorífica a dos grados.

—Pues se le pregunta —dijo Consuelo.

Y esta vez no lo dijo medio en broma. Lo dijo como se pide una carpeta.

A las cuatro y media, en la puerta del bar, ya no preguntaba nadie si se iba a hacer la sesión. Preguntaban la hora.

Me lo dijo Rufo mientras me ponía un café:

—Llevo desde las tres oyendo lo mismo. Que si a qué hora, que si dónde, que si hay que llevar algo. —Pasó el paño—. Y esta mañana, con la de Toledo, no ha abierto la boca ni Dios.

—¿Y qué preguntan exactamente?

—Pues eso. Que qué dice el alcalde.

A las cinco menos cuarto había veintiséis personas en el salón de plenos.

Veintiséis. La noche anterior habíamos sido catorce y me había parecido mucho. Aquella tarde no cabían en las sillas y había gente de pie contra la pared del fondo, y una señora que había traído a su nieta.

Ceferino llegó de Villar a las cinco, sin que nadie lo llamara.

—He venido porque me lo he imaginado —dijo, y sacó el membrete.

El tablero del abecedario ya estaba en la mesa presidencial. El cenicero de Cinzano también. Yo me puse la mantilla y me senté en el sitio de siempre, que a la segunda vez ya era el sitio de siempre.

—¿Quiénes asisten? —dijo Cefe.

Y empezó a escribir nombres, y tardó cuatro minutos, porque eran veintiséis.

La sesión de aquella tarde duró una hora y diez minutos y en ella se trataron cuatro asuntos, y aquí es donde yo tengo que explicar lo que de verdad estaba pasando en aquel salón de plenos, porque si no parece una tontería y no lo es.

Yo no adivinaba nada. Yo contestaba.

Y contestaba bien, que es lo grave.

Porque esto es lo que nadie entiende de aquel mes y lo que sigue pareciéndome lo más incómodo de todo: que aquel ayuntamiento funcionó mejor con el alcalde muerto que con el alcalde vivo.

En una hora y diez minutos se resolvieron cuatro asuntos que llevaban meses parados. Se contestó a un vecino que llevaba treinta y siete años preguntando. Se pagó una factura de tres años. Y se hizo delante de veintiséis personas, en voz alta, con acta.

En vida de Terio, aquello se despachaba en la barra, por audios, de uno en uno y sin testigos.

Que a un pueblo le vaya mejor preguntándole a un cenicero que a su alcalde no dice nada bueno del cenicero. Dice otra cosa. Y esa otra cosa yo la fui entendiendo despacio a lo largo de aquel mes, hasta que ya no la pude soltar.

Contestaba con los ocho folios de Herminia, que me sabía de memoria desde el viernes.

Contestaba con lo que había leído en las carpetas de la despensa de aquel hombre a las dos de la mañana.

Contestaba con la libreta azul, que me había explicado media comarca.

Y contestaba, sobre todo, con once horas de audios de un tipo que llevaba veintiocho años explicándole a la gente por qué había que hacer las cosas.

Asunto primero: el autobús.

—Señor alcalde. Del contrato del autobús. ¿Se prorroga o se denuncia?

Diez segundos. El cenicero salió hacia la derecha.

P-R-O-R-R-O-G-A-R.

Murmullo.

—¿Y lo de la marquesina? —preguntó Casimiro, desde la tercera fila—. Porque a mí me dijo él en el veintidós que la marquesina la ponía la empresa.

Ahí es donde se me ocurrió lo que se llama devolver la pregunta, que es la técnica más vieja que existe y la que menos se nota.

—Pregúnteselo usted —dije—. Que está aquí.

Casimiro se puso colorado.

—¿Yo?

—Usted. En voz alta. Como si estuviera delante.

Y aquel hombre de setenta y dos años, que puso las horas del frontón cuando se hizo, se levantó, se quitó la gorra y preguntó, mirando a la mesa:

—Terio, lo de la marquesina, ¿cómo quedó?

E-L-L-O-S.

—Ellos —dijo Cefe, anotando—. La empresa.

—Ya me parecía a mí —dijo Casimiro, y se sentó, satisfecho, con la gorra en la mano.

Yo no tenía ni idea de lo de la marquesina. Lo saqué de que las marquesinas de esta comarca las pone siempre la concesionaria, porque llevan publicidad, y eso lo sabe cualquiera que haya esperado un autobús en un pueblo de España. Es un porcentaje. Todo mi oficio son porcentajes.

Hay una cosa más que hay que decir de aquel primer asunto, y es la que a mí me dio la medida de dónde me había metido.

Que el acuerdo se cumplió.

El contrato del autobús de Valdestrella se prorrogó en sus propios términos por cuatro años, con fecha de aquel sábado, y la marquesina la pagó la concesionaria en septiembre. Ahí está, en la parada, con su publicidad de una casa de piensos.

Es decir: en el Boletín Oficial de la Provincia de Cuenca hay publicado un acuerdo municipal que se tomó consultando a un cadáver mediante un cenicero de Cinzano, y ese acuerdo es válido, y está en vigor, y no lo ha impugnado nadie.

Porque lo que llega arriba no es la sesión. Lo que llega arriba es el papel.

Asunto segundo: el pago a la funeraria.

Este lo metió Cefe, con una cara de póker que no le he vuelto a ver.

—Hay una factura de servicios funerarios pendiente desde el año pasado, con cargo a la partida de servicios sociales, que el alcalde dejó sin conformar.

—¿De quién? —dije yo.

—De varios.

Y en aquel salón, con veintiséis personas delante, nadie preguntó de quiénes.

El cenicero dijo P-A-G-A-R.

—Se conforma la factura —dijo Cefe, escribiendo—. Y se imputa donde toca.

Nicasio, que estaba de pie al fondo, no dijo nada y no cambió de cara. Cobró aquella noche, tres años después, y la única autoridad que había en aquella sala para autorizarlo era un cenicero de Cinzano.

A Nicasio, cuando salíamos, lo vi en el pasillo esperando a Cefe con una carpeta de plástico en la mano, y le oí decir una sola frase, muy bajo, con la voz que ponen los hombres cuando llevan mucho tiempo aguantando algo:

—¿Y lo pongo con fecha de hoy o con la fecha que era?

—Con la de hoy —dijo Cefe—. Lo otro no se puede.

—Ya.

Aquel hombre llevaba tres años enterrando gente a las cinco de la mañana y guardando las facturas en un cajón sin poder emitirlas. No cobraba por callarse: se callaba y encima no cobraba, que es la peor combinación que hay.

Asunto tercero: la fiesta.

Que si se suspendía la procesión del sábado por lo del alcalde.

N-O.

Aquí hubo algo que sí me sorprendió: la que preguntó fue una mujer joven, de las pocas que quedan, y preguntó de verdad. No estaba haciendo teatro. Le importaba lo que fuera a decir el cenicero.

—Pues entonces se hace —dijo.

Asunto cuarto: los ruegos y preguntas.

Y esto no lo puso nadie en el orden del día. Salió solo.

Se levantó un hombre de la última fila, de unos sesenta y cinco años, con una carpeta de plástico en la mano. Era Anastasio, el del huerto de abajo, al que yo no había oído hablar en cinco días.

—¿Puedo preguntar una cosa?

—Es el turno de ruegos y preguntas —dijo Cefe.

Aquel hombre abrió su carpeta de plástico y sacó un plano catastral con las lindes marcadas a boli, de esos que la gente lleva a los ayuntamientos de toda España desde que existen los ayuntamientos.

—Del linde de la Vega del Chorro. Que yo llevo desde el ochenta y siete diciendo que la valla de los Marcos está metida dos metros y medio en mi parcela, y que el ayuntamiento vino a medir en el noventa y dos y luego no dijo nada.

Se hizo un silencio en la sala. De ese pleito lo sabía todo el mundo menos yo.

—Anastasio —dijo Herminia—, eso ahora no…

—Es el turno de ruegos y preguntas —repitió él.

Y me miró a mí.

Aquello, es lo que se llama la pregunta imposible, y a mí me han hecho miles: una mujer que quiere saber si su marido la engañaba, un hombre que quiere saber si su padre lo perdonó.

No tienen respuesta. Y las tres cosas que no se pueden hacer nunca son: no contestar, contestar que sí y contestar que no.

Puse los dedos en el cenicero.

—Señor alcalde. De la Vega del Chorro. ¿Qué se midió en el noventa y dos?

Tardó más que las otras veces. Veinte segundos. La sala aguantando.

D-O-S-M-E-T-R-O-S-Y-M-E-D-I-O.

Anastasio, el del huerto de abajo, se quedó de pie con el plano catastral en la mano y con la boca abierta, y luego se sentó despacio, y luego se puso a llorar sin hacer ruido, tapándose los ojos con la mano.

Treinta y siete años.

Diciendo lo mismo en un pueblo donde nadie le daba la razón, y una tarde de mayo un cenicero de Cinzano le dijo, delante de veintiséis vecinos, que tenía razón.

Yo lo saqué de él. De cómo lo dijo. Un hombre que se sabe de memoria una medida después de casi cuarenta años no se ha equivocado nunca en la cifra: se ha equivocado en quién se la tenía que confirmar.

Herminia me estaba mirando.

Llevaba mirándome desde el asunto del autobús, y no como se mira a una médium ni como se mira a una farsante: como se mira una factura que no cuadra.

Cuando se levantó la sesión y la gente empezó a salir hablando de lo de Anastasio, se acercó a la mesa presidencial, recogió el tablero del abecedario y me dijo, en voz baja, sin dejar de guardar las letras en la caja:

—Lo del noventa y dos.

—¿Qué pasa?

—Que el que fue a medir aquel año fue mi padre, con Argimiro. Y les salió lo que dice él, clavado. Y no se puso en el acta porque los Marcos eran cuatro hermanos y uno era concejal. —Cerró la caja—. Eso lo sabemos en este pueblo cinco personas, y tres están en el corralillo.

Nos quedamos las dos de pie junto a la mesa.

—Bonito —dijo Herminia—. Muy bonito.

Y se fue con la caja de las letras debajo del brazo.

Eso fue lo que pasó de verdad aquella tarde, y no lo del cenicero: que yo acerté una cosa que no podía saber, por porcentaje y por oficio, y que la única persona de aquel pueblo que sabía lo que yo no podía saber se dio cuenta de que yo lo había acertado.

Cefe cerró el acta a las seis y cuarto, la numeró correlativa al libro de plenos —entre una de asfaltado de febrero y otra de festejos— y la leyó en alto.

Y después dijo, muy serio, ajustándose las gafas:

—Se decreta un receso por asuntos de intendencia.

—¿Qué intendencia? —dijo alguien.

—La de mañana.

Que era como se llamaba, en aquel salón de plenos y en aquel momento, a que había que ir a buscar la dentadura de un muerto.

—El libro de plenos no distingue —me dijo Cefe por lo bajo, mientras pasaba el acta a limpio con la letra buena—. Esa es su grandeza.

AYUNTAMIENTO DE VALDESTRELLA (CUENCA)

ACTA DE LA SESIÓN ORDINARIA DE COMUNICACIÓN CON EL SR. ALCALDE Nº 2

En Valdestrella, siendo las diecisiete horas y quince minutos del día 17 de mayo, se reúnen en el Salón de Plenos de esta Casa Consistorial veintiséis vecinos, según relación que se adjunta como anexo I, bajo la presidencia de la Sra. Teniente de Alcalde, Dña. Herminia Requena Lillo.

Actúa como canal Dña. Macarena Salcedo Vela, vecina y candidata.

Actúa como fedatario el Secretario-Interventor que suscribe.

ORDEN DEL DÍA

1.º Contrato de transporte de viajeros Valdestrella–Villar del Záncara. Prórroga o denuncia.

2.º Conformidad de factura pendiente de servicios funerarios, ejercicios anteriores.

3.º Celebración de la procesión de Ntra. Sra. de la Estrella.

4.º Ruegos y preguntas.

DESARROLLO DE LA SESIÓN

1.º Formulada la pregunta, el canal procede. La planchette señala, por su orden, las letras: P-R-O-R-R-O-G-A-R.

Formulada cuestión incidental por D. Casimiro Peral Utiel sobre la instalación de marquesina, la planchette señala: E-L-L-O-S. (Se hace constar que el proponente se da por satisfecho.)

2.º Formulada la pregunta, la planchette señala: P-A-G-A-R.

3.º Formulada la pregunta, la planchette señala: N-O. (Se hace constar que la respuesta se refiere a la suspensión y no a la celebración, según aclaración solicitada por dos asistentes.)

4.º RUEGOS Y PREGUNTAS. Formulada consulta por D. Anastasio Ruipérez Chaparro relativa al deslinde de la parcela 47 del polígono 3, paraje Vega del Chorro, la planchette señala: D-O-S-M-E-T-R-O-S-Y-M-E-D-I-O.

(Se hace constar que el interesado manifiesta su conformidad. Se hace constar asimismo que esta Secretaría no puede pronunciarse sobre los efectos jurídicos de lo anterior.)

ACUERDOS

Primero. Prorrogar el contrato de transporte de viajeros en sus propios términos, correspondiendo a la concesionaria la instalación y mantenimiento de marquesina.

Segundo. Conformar la factura de servicios funerarios pendiente, con cargo a la partida 231.226.

Tercero. Celebrar la procesión de Ntra. Sra. de la Estrella en la fecha prevista.

Cuarto. Tomar razón de lo manifestado en el punto 4.º, sin perjuicio de tercero.

Sin más asuntos que tratar, se decreta un receso por asuntos de intendencia, siendo las dieciocho horas y quince minutos, con el visto bueno del canal.

V.º B.º El canal. — El Secretario-Interventor.