25. Café con Mila
La invitó Rufo, que en aquel pueblo es el que invita.
—Señora, ¿quiere usted tomar algo antes de irse? Que son dos horas hasta Toledo.
—Un café, si no es molestia.
La auxiliar joven dijo que ella prefería esperar en el coche, que tenía que mandar unas cosas, y se fue con el móvil.
Eso también hay que apuntarlo: que la chica se fue sola al coche y estuvo veinte minutos con el teléfono, y que si aquella chica hubiera tenido cuarenta y cinco años en vez de veintiséis, esta historia sería otra.
El Bar Avenida a la una y media de un sábado de fiestas estaba vacío, porque a esa hora todo el mundo está en su casa comiendo.
Rufo puso dos cafés en la mesa del rincón, la del mantel de tela, y se metió en la cocina con la cortina de tiras echada, que es la manera que tiene un tendero de estar delante y no estar.
Y ahí nos quedamos las dos.
Yo no había hablado con Mila Turégano en toda la mañana. Ella sabía perfectamente quién era yo, porque me había puesto en su listado a las once y cuarto y porque, además, en este país la gente de cierta edad me conoce.
—Usted es la del programa.
—Fui.
—Mi suegra la veía. En Talavera. —Removió el café—. Le tenía a usted mucha ley.
—¿Y usted?
—Yo trabajaba —dijo.
Y ahí supe con quién estaba tratando.
Milagros Turégano tiene cuarenta y nueve años, es funcionaria de carrera desde los veintiséis y lleva dieciséis en el Servicio de Administración Local.
Vive en Toledo. Tiene dos hijos, uno estudiando fuera.
Todo eso no me lo contó ella: se lo saqué en once minutos, y no por ningún don, sino porque es lo que hago.
Cómo se hace, ya que estamos, y por última vez en este libro: se empieza por la mano izquierda, que llevaba alianza y un anillo de compromiso muy fino, de los que se compraban en los noventa.
Se sigue por el bolso, que era bueno y viejo.
Se mira el llavero, que tenía un colgante de plástico de un parque temático descolorido, de esos que se compran con hijos pequeños hace quince años.
Y se escucha cómo dice «mi suegra la veía»: si dice «mi suegra» y no «la madre de mi marido», hay trato.
Si hay trato y dice «la veía» en pasado, la señora está muerta o está mal.
Y luego se lanza una frase ancha, se calla una, y ellos rellenan.
No es magia. Es mirar y esperar. La única diferencia entre mi oficio y el de aquella mujer es que ella lo llama verificación y yo lo cobraba.
Lo que sí me contó ella, sin que yo se lo preguntara, fue lo otro.
—Yo he estado en este pueblo tres veces —dijo—. En el diecinueve, en el veintidós y en el veinticuatro.
—Vaya.
—Las tres por verificación de padrón. Nunca por denuncia: las tres por muestreo aleatorio del programa anual. Este municipio ha salido en el sorteo tres veces en seis años, que es mucha casualidad, y eso también lo sé.
Bebió café.
—Las tres veces me atendió el secretario. Don Ceferino. Y las tres veces me tenía preparado el itinerario de visita, con las casas por orden, para no perder tiempo.
—¿El itinerario?
—El recorrido. Qué calles, en qué orden. —Me miró por encima de la taza—. Yo eso lo acepté tres veces. Se acepta siempre. Cuando llegas a un municipio pequeño y el secretario te da el recorrido hecho, tú lo coges, porque si no te pasas la mañana dando vueltas.
—Ya.
—Las tres actas están firmadas por mí. Concordancia satisfactoria.
Lo dijo con el mismo tono con el que había leído el acta en la plaza.
—¿Y las tres veces contó a la misma gente?
—Las tres veces conté a la gente que me pusieron delante, como se cuenta —dijo—.
Mire, señora Salcedo, yo le voy a explicar cómo funciona esto, que la gente se cree que somos policías.
En España hay ocho mil y pico municipios.
Más de la mitad tienen menos de mil habitantes.
Y la plantilla que hace verificaciones de padrón en esta comunidad, hoy, somos cuatro personas.
—Cuatro.
—Cuatro. Y una está de baja. —Se encogió de hombros—. Así que se hace por muestreo, y el muestreo se hace con lo que hay, y lo que hay es lo que el ayuntamiento te enseña. Este sistema no está hecho para pillar a nadie. Está hecho para que los números cuadren en una hoja de cálculo en Toledo.
—¿Y si alguien quisiera pillar a alguien?
—Entonces no se manda a una técnica un sábado por la mañana —dijo—. Entonces se manda a la Intervención General, o a la Guardia Civil, o se lo lleva uno al juzgado. Y eso pasa cuando hay un interés detrás. —Levantó la taza—. Y aquí, hasta este viernes, no había interés de nadie.
—¿Y ahora sí?
—Ahora hay un escrito con un sello —dijo Mila Turégano—. Que no es lo mismo que un interés, pero se le parece bastante.
Yo no dije nada. cuando el otro empieza a poner las cartas encima de la mesa por su cuenta, lo único que hay que hacer es no interrumpir.
—Le voy a decir una cosa, señora Salcedo, y luego me tomo el café y me voy.
—Dejó la taza—. Yo tengo cuarenta y nueve años.
Me quedan dieciséis para jubilarme y llevo cuatro esperando un traslado a Toledo capital, a un puesto de oficina, que me lo dan el año que viene si no hay ruido. ¿Sabe lo que es el ruido?
—Me lo imagino.
—El ruido es un expediente. Un expediente con mi nombre. No hace falta ni que sea culpa mía: basta con que en un papel de una comisión aparezcan las palabras «actuaciones previas» y mi firma tres veces en el histórico.
—Entiendo.
—No —dijo—. Usted todavía no entiende. Yo no le estoy diciendo que hoy haya mirado para otro lado.
—¿Ah, no?
—No. Yo hoy he hecho exactamente mi trabajo. He verificado una muestra del quince por ciento, he pedido documentos, he recabado justificantes y he hecho constar lo que he podido constatar. —Se limpió la comisura con la servilleta de papel—. Yo certifico lo que veo. Y veo lo que se puede certificar.
Nos quedamos calladas un momento. En la cocina, detrás de la cortina, Rufo hacía ruido con una cazuela para que no pareciera que estaba escuchando, que es la manera más clara de estar escuchando.
—Población aparente —dije yo.
Mila Turégano no se inmutó.
—Es el término técnico.
—Es un término precioso.
—Es el que hay.
—En mi programa —dije— teníamos un público de los martes que llamaba siempre. Los mismos. Doce o trece. Y el resto de la audiencia no llamaba nunca. En la productora, al recuento de los que llamaban lo llamábamos «los que existen». Los demás también estaban ahí. Solo que no se les podía certificar.
Por primera vez en toda la mañana, aquella mujer se rio. Poco. Media boca. Pero se rio.
—Pues sí —dijo—. Pues es eso.
Y entonces hizo la pregunta.
La hizo mirando la taza, con esa voz de trámite que ponen los funcionarios para las cosas que no van a ninguna parte:
—¿Y el alcalde está bien atendido?
Y yo, que llevo veinte años en esto, no contesté enseguida.
—Está atendido —dije.
—Ya. —Dio vueltas al azúcar que ya no había—. Digo espiritualmente.
Y añadió, y esto es lo que a mí me dejó pensando toda la tarde:
—Porque yo, en este trabajo, he visto pueblos de esta provincia donde hay ciento diez habitantes en el padrón y no hay ninguno en la calle.
Ninguno. Vas un martes por la mañana y no encuentras a nadie a quien preguntarle la hora.
—Se colocó la chaqueta—. Y aquí esta mañana había setenta y tantas personas de pie en una plaza, esperándome, arregladas, con sus documentos.
Yo llevo dieciséis años en esto y eso no me había pasado nunca.
—Es que el pueblo tenía interés.
—El pueblo tenía miedo —dijo Mila Turégano—. El interés lo pone otra cosa.
Nos miramos las dos por encima de dos tazas vacías, en un bar de un pueblo de doscientos y pico, a las dos menos diez de la tarde del sábado anterior a las elecciones.
—Muy bien atendido —dije.
—Me alegro —dijo Mila Turégano—. Es importante.
Y no hubo más. Ni una palabra más de aquel asunto, ni entonces ni nunca. Yo he tenido conversaciones de tres horas que no dicen ni la mitad de lo que se dijo en aquellos veinte segundos.
Porque en aquella pregunta cabía todo. Cabía que ella sabía, o que se lo olía, o que se lo había olido a las once y cuarto de la mañana en una plaza cuando una prima de Villar dijo un número de casa equivocado.
Cabía que no pensaba escribirlo. Y cabía, sobre todo, la única cosa que yo agradecí de verdad aquel día: que en vez de preguntarme si el hombre estaba vivo, que era lo que le correspondía preguntar, me preguntara si estaba bien cuidado.
Los de fuera, cuando llegan a un sitio como este, hacen siempre la pregunta de si o no. Aquella mujer hizo la otra.
Pagó ella el café. Insistió. Rufo salió de la cocina secándose las manos.
—Eso no se cobra.
—Eso se cobra —dijo ella—, porque si no, luego tengo que ponerlo en algún sitio.
Y Rufo, que es un hombre que entiende el mundo, le cobró el café.
—Ochenta céntimos.
—Los dos.
—Uno con sesenta.
Le dio dos euros y no cogió la vuelta, y Rufo se la dejó en el platillo y ninguno de los dos discutió, porque los dos sabían exactamente lo que estaban haciendo.
Y luego Rufo se metió otra vez en la cocina y salió al minuto con una tarrina de plástico blanca, de las de medio kilo, con la tapa puesta y una goma alrededor.
—Tenga. Para el viaje.
—No, por favor.
—Es lomo de orza —dijo Rufo—. De mi matanza. Esto no es de la tienda, esto es de mi casa.
Y ahí está la diferencia, y por eso Rufo lleva cuarenta años detrás de una barra y yo llevo cincuenta y ocho equivocándome. Lo de la tienda es un regalo de un proveedor a una funcionaria. Lo de la casa es una cosa que una vecina le da a otra.
Mila Turégano miró la tarrina.
Y la cogió.
—Muchas gracias.
—De nada, señora.
Antes de salir, ya de pie y con la cartera en la mano, dijo una última cosa de trabajo, y la dijo mirando al corcho de los anuncios, donde seguían clavados el parte del flemón y los dos carteles electorales.
—El acta de hoy va a ir al expediente que abrieron el viernes. Eso lo saben ustedes, ¿verdad?
—Lo sabemos.
—Y en ese expediente hay un escrito de un particular pidiendo una cosa muy concreta, que no es lo que yo he hecho hoy.
—Se colgó la cartera del hombro—. Yo he verificado una muestra.
Él pide una certificación completa: los doscientos cincuenta y tres, uno por uno, cruzados con el Registro Civil y con la Seguridad Social.
Eso no lo hace una persona en una mañana.
Eso lo hace un ordenador en veinte minutos.
—¿Y por qué no se ha hecho ya?
—Porque hay que pedirlo bien y hay que pedirlo a quien es —dijo—. Y porque en agosto no hay nadie, y en junio están las oposiciones. Yo he visto peticiones así tardar catorce meses.
—¿Y las que no tardan?
Mila Turégano se quedó un momento con la mano en la cortina de tiras.
—Las que no tardan son las que alguien empuja todas las semanas —dijo—. Y para empujar todas las semanas hay que tener mucho tiempo o mucha rabia.
Yo pensé en un hombre de cuarenta y un años midiendo parcelas con el móvil a las cinco de la mañana en un cementerio.
Tiempo, no sé. Rabia tenía toda.
Salimos con ella a la plaza. La auxiliar ya estaba en el coche. Antes de subirse, se volvió y me dio la mano.
—Suerte mañana.
—Yo no me presento a nada.
—Usted sale la tercera en el cartel —dijo—. Lo he visto al llegar.
Se subió al Seat gris. Arrancó. Y en la ventanilla bajada, mientras la auxiliar se abrochaba el cinturón, dijo la última cosa, en el tono de las despedidas de compromiso, mirando hacia la calle de la Tercia:
—Y a los que no he visto hoy, que se mejoren. O que descansen, según. Que a esas edades una ya no sabe nunca si el que falta está en Cuenca o dónde está.
Y se fue.
Yo me quedé en la plaza viendo salir el coche por la carretera de Villar, con el sol de las dos dando en la fachada del ayuntamiento y en mi propia cara empapelada en el consultorio.
Se llevó el lomo y nos dejó el censo.
En toda mi vida no he visto un trueque más español.