24. Población aparente
Parte IV — Población aparente
✝
ROGAD A DIOS EN CARIDAD POR EL ALMA DE
EL SEÑOR DON ARGIMIRO SOLANA PEÑA
Juez de Paz de esta villa
que falleció en Valdestrella el 14 de enero de 1998
a los 71 años de edad
habiendo recibido los Santos Sacramentos de manos de don Aurelio
Sirvió al juzgado de paz durante veintidós años con una letra que todo el mundo entendía. Nunca dio un disgusto y no consta que lo recibiera. Fue el primero que se quedó sin irse.
Sus desconsolados: su esposa, Otilia Cañas, que ocupó su plaza al mes siguiente y firma con su pluma; y este pueblo, que le debe más de lo que sabe.
Ruegan una oración por su alma y comunican que el sepelio se celebró en la intimidad y sin más papel que este.
D. E. P.
— Pendiente de publicación —
24. Población aparente
El coche oficial entró en la plaza a las diez y siete minutos, como se tarda en llegar desde Toledo si sales a las ocho y paras a desayunar en Tarancón.
Era un Seat gris con el escudo pequeño en la puerta. Bajaron dos mujeres. La que conducía tenía unos cincuenta años, chaqueta azul marino y una cartera de las de asa. La otra era mucho más joven, con un cuaderno y un móvil con la funda de los que llevan a todas partes.
Milagros Turégano. Servicio de Administración Local. Eso ponía en la tarjeta que le dio a Herminia y que Herminia se guardó sin mirarla.
Lo que se encontró aquella mujer al bajarse del coche fue esto: una plaza barrida y regada, veintidós sillas puestas en dos filas a la sombra, dos mesas de las de comunión con mantel, una jarra de agua con vasos, y setenta y tantos vecinos de pie, arreglados, callados y esperando.
Yo, que llevo veinte años en esto, sé lo que es un decorado bueno: es el que no parece un decorado. Aquello parecía una tarde de convocatoria de subvenciones. Y esa fue la primera cosa que hicimos bien: no esconder a nadie.
—Buenos días —dijo Mila Turégano—. Vamos a hacer una verificación del padrón. No es una inspección.
—Ya nos lo ha explicado el secretario —dijo Herminia.
—¿Está el secretario?
—El secretario viene los martes.
Mila Turégano se quedó un segundo con la cartera en la mano y luego dijo que bueno, que ya lo había supuesto.
Se sentaron en la primera mesa. Sacó dos listados y un sello.
—Vamos a llamar por orden alfabético y vamos a coger una muestra. Necesito que la persona esté delante y que traiga su documento. Si alguien no puede venir, me lo justifican y lo hago constar.
Y empezó.
Ahora tengo que contar cómo salió aquello, y lo voy a contar despacio y sin exagerar nada, porque lo que pasó en la plaza de Valdestrella entre las diez y las doce y media del sábado no es una película de risa.
Las tres primeras horas fueron un trámite de esos que dan sueño.
Yo me quedé de pie, apoyada en la esquina de la fachada del consultorio, debajo de mi propia cara empapelada, y no abrí la boca ni una vez.
Eso también lo habíamos hablado. La mujer de la tele, en una comparecencia administrativa, es un foco.
Si yo me pongo en la mesa, la funcionaria mira a la mujer de la tele; y una funcionaria que se pasa la mañana entretenida mirando a una persona que le suena de algo es una funcionaria que no está aburrida, y este pueblo se salvó aquella mañana exactamente por el aburrimiento.
Así que estuve tres horas y media callada, mirando, contando y sin ser nadie. Que es lo que llevaba seis años haciendo en Madrid, con la diferencia de que aquel día lo hacía a propósito.
Se llamó a treinta y cuatro personas y se presentaron treinta y cuatro.
Vivas, con su carné, con su cara y con su casa.
Porque en aquel pueblo, como la gente de fuera no entiende, hay doscientos veintiséis vecinos de verdad, y esos doscientos veintiséis se levantaron un sábado por la mañana y fueron a la plaza a que los contaran.
Anselmo Quijada no fue llamado. Ni Balbina. Ni mi madre. La muestra la sacó ella misma del listado, alternando páginas, y de los veintisiete cayeron cinco.
Cinco. Melitón Garrido, Práxedes Moya, Filomena Ballesteros, Gumersindo Perona y Amancia Recuero.
Voy por orden.
Filomena y Gumersindo. Los llamó a los dos seguidos y Consuelo se levantó de la segunda fila con el bolso al brazo.
—Esos dos son de la residencia. ¿Quiere que vayamos allí o los traigo?
—Si están en condiciones, mejor allí. ¿Están en condiciones?
—Filomena no anda bien. Gumersindo sí.
Antes de salir, Consuelo me agarró del brazo dos segundos en la esquina de la mesa y me dijo, muy bajo y muy deprisa:
—Que conste que yo esto lo hago para el pueblo. Y que si mañana esto sale mal, a mis tres plazas no me las toca nadie, porque esas camas están ocupadas por personas que existen, aunque se llamen de otra manera.
Y se fue con la funcionaria por la calle abajo, hablando del tiempo.
Fueron los tres andando doscientos metros hasta Los Almendros, y allí estaban en el comedor, sentados a la mesa de siempre, una señora de noventa y un años con una rebeca de punto y un hombre de ochenta y nueve con la boina puesta dentro.
La señora era Práxedes Utiel, que tiene ochenta y ocho y está viva. El hombre era Julián Casas, que tiene ochenta y siete y también.
—Filomena, hija, que viene esta señora de Toledo a saludarte.
—Ay, qué bien.
—¿Me deja su documento?
Consuelo lo tenía. Lo llevaba en el bolso, con los otros dos, en una funda de plástico de las del banco.
Ahí está lo que yo había dicho el viernes en el salón de plenos y que se cumplió exactamente: Mila Turégano miró una foto en blanco y negro de una mujer de cuarenta años tomada en 1974, levantó la vista, miró a una señora de ochenta y ocho con rebeca de punto, y dijo:
—Muy bien. Muchas gracias, doña Filomena.
Y anotó.
Hubo, entre medias, un momento que no estaba en ningún plan y que a mí me pareció el más peligroso de la mañana.
A las once y cuarto, Mila Turégano levantó la vista del listado y preguntó, así, en general:
—¿Está por aquí la señora jueza de paz?
Doña Otilia estaba en la segunda fila, con el bastón, el abrigo abrochado hasta arriba en mayo y las gafas de cerca puestas.
—Servidora.
—Solo es una pregunta de trámite. ¿Ha habido en los últimos cinco años alguna defunción en el municipio que no haya sido inscrita en plazo?
Setenta y tantas personas se quedaron quietas en aquella plaza.
Y doña Otilia, con ochenta y cuatro años, sin levantarse de la silla y sin que le temblara ni la voz ni el bastón, contestó:
—No me consta.
—Muy bien.
Y anotó.
Yo he oído mentir a mucha gente y esa no fue una mentira.
Fue una fórmula. Aquella mujer llevaba treinta y ocho años diciendo esas tres palabras y no las dijo por salvar a nadie: las dijo porque es lo que se dice cuando una no ha abierto un libro que no ha querido abrir.
En su cabeza, y en la de medio pueblo, no le constaba.
Y a mí, que soy una profesional del engaño, me dio un frío raro darme cuenta de que ella no estaba engañando a nadie.
Melitón Garrido. Ese es el del sorteo de la mesa electoral, muerto en 2015, que este año le había tocado ser vocal.
—Melitón Garrido Ruipérez.
Silencio.
Y Gabino se levantó de la tercera fila, con la carpeta, sin ninguna prisa.
—Ese está en Cuenca, en el especialista —dijo—. Tengo aquí el justificante, que se lo hice yo el jueves.
Le dio el papel. Membrete, sello torcido, letra de receta.
—¿Y volverá para el domingo? —dijo Mila—. Porque está sorteado para la mesa.
—Eso ya se lo comunicó el ayuntamiento —dijo Herminia—. Está el suplente avisado.
—Muy bien.
Y anotó.
Práxedes Moya. Muerta en 2009. Y aquí es donde se torció, porque estas cosas siempre se tuercen por donde no toca.
Se levantó a hacer de Práxedes una prima de Sinesio venida de Villar aquella misma mañana, señora de setenta y ocho años, con el DNI de la difunta en la mano, y lo hizo perfecto: dijo buenos días, dio el documento y se quedó quieta.
Entonces la de Toledo, que llevaba tres horas de listados y que hizo lo que hace la gente cuando lleva tres horas de listados, que es hablar por hablar, levantó la vista y dijo:
—Práxedes, usted vive en la calle del Pozo, número 4, ¿verdad?
Y la mujer contestó:
—Sí, señora.
Vivía en el número 11.
Yo estaba a cuatro metros. Vi a Mila Turégano bajar los ojos al listado, donde ponía 11, y volver a subirlos.
Vi la cara de una funcionaria de cincuenta años que acaba de descubrir, en el segundo y medio que se tarda en descubrir estas cosas, que la mujer que tiene delante no es la mujer que dice ser.
Nadie respiró en aquella plaza.
Mila Turégano miró el papel otra vez. Después miró a la mujer. Después, y esto lo vi yo y no me lo ha contado nadie, miró un momento el pie de su propio listado, donde vienen impresas las verificaciones anteriores del municipio con sus fechas y sus firmas.
Tres verificaciones. 2019, 2022, 2024. Las tres suyas.
Y dijo:
—Perdone. Me he equivocado yo de línea. Es el 11.
—El 11 —dijo la prima de Sinesio.
—Muchas gracias.
Y anotó.
Ahí terminó todo, aunque quedaba una hora.
Yo, que llevo media vida viendo a gente decidir cosas delante de una cámara, sé exactamente cuándo alguien acaba de elegir.
Y aquella mujer eligió en segundo y medio, con un bolígrafo en la mano, en la plaza de un pueblo de la Mancha, y no volvió a levantar la vista del listado hasta el final.
Ahora hay que contar por qué aquella mujer se equivocó de número, porque no fue por nervios.
Fue porque yo lo hice mal.
En el reparto del viernes por la tarde, en el salón de plenos, yo dicté tres reglas y la segunda decía que nadie se inventara nada.
Lo que no dije, porque no se me ocurrió, es que a cada uno se le diera la dirección de la persona a la que iba a representar.
Di por hecho que en un sitio así vecinos todo el mundo sabe dónde vive todo el mundo.
Y es verdad. Pero ella no es de aquí. Es de Villar.
Ese fue mi fallo, y estuvo a punto de costarle el pueblo a doscientas veintiséis personas, y de él aprendí lo que llevo aprendiendo desde los diecisiete años cada vez que me confío: que en los directos no te hunde lo difícil. Te hunde el dato pequeño que no has comprobado porque te parecía obvio.
Amancia Recuero. Muerta en 2017. Se presentaron sus dos hijas, que viven en Cuenca capital.
—Mi madre está impedida y no baja.
—¿Dónde vive?
—En la calle de la Tercia, 9.
—¿Y está usted empadronada aquí?
—Yo no. Yo estoy en Cuenca.
—Muy bien. ¿Me deja el documento de su madre?
Se lo dieron. Y Mila Turégano hizo la única cosa de aquel día que le pudo costar el sueldo, que fue no subir a la calle de la Tercia número 9.
Estaba a doscientos metros. Tenía coche oficial. Y en el listado había cinco personas más de esa misma calle.
No subió.
En la Tercia, a doscientos metros de aquella mesa, había aquella mañana nueve casas cerradas seguidas. Con las persianas atadas por fuera. Con el correo en el buzón. Cualquiera que hubiera andado esa calle de arriba abajo con el listado en la mano habría terminado con este pueblo en veinte minutos.
Está a doscientos metros. Se ve desde la plaza el arranque de la calle.
No subió.
A las doce y media pidió una mesa para redactar el acta. Se la pusieron a la sombra, con la jarra de agua.
Escribió unos veinte minutos a mano, en un impreso con casillas, y después, como se hace en estos casos, leyó en alto el resultado delante de los interesados, que en aquel momento éramos setenta y tantos vecinos de pie en una plaza.
—«Verificación de concordancia entre el Padrón Municipal de Habitantes y la población residente en el municipio de Valdestrella (Cuenca).
Muestra de treinta y nueve personas sobre un total de doscientas cincuenta y tres.
Realizadas las comprobaciones oportunas mediante exhibición de documento identificativo y presencia física de los interesados, y recabados los justificantes de las ausencias, se constata la correspondencia entre padrón y población aparente. »
Nadie respiró hasta el punto final.
Población aparente. Yo llevo veinte años trabajando con las palabras y me quito el sombrero: en dos palabras, aquella mujer dijo la verdad entera y no dijo nada. La población que aparece. La que se ve.
Firmó. Puso el sello. Le dio una copia a Herminia y se guardó la otra en la cartera de asa.
Cuando levantó la cabeza, setenta y tantas personas de Valdestrella la estaban mirando sin decir una palabra, y por un momento aquello pareció lo que era: veintisiete testigos que no estaban y doscientos veintiséis que sí.
—Bueno —dijo Mila Turégano, guardando el bolígrafo—. Pues ya está.
Y la tinta de su firma se secó al sol de la plaza en un minuto y medio.