23. La heredera
A las ocho menos veinte de la mañana del sábado puse las tres cosas sobre la mesa camilla de mi madre, una al lado de otra, y me senté a mirarlas.
El cuaderno de tapas de hule con los veintisiete nombres.
La libreta azul forrada con plástico de cocina, con treinta años de columnas y una palabra escrita en la última página.
Un folio doblado en cuatro, escrito por las dos caras con las q sin u.
Ahí estaba el pueblo entero. Los muertos, el dinero y la conciencia. Las tres cosas sobre una mesa camilla con las faldas puestas en mayo, dentro de una casa que llevaba tres años cerrada con alambre.
Y las tres eran mías.
Voy a explicar cómo lo pensé, porque en esto no quiero que nadie me ponga después intenciones que no tuve. No lo pensé como una cuestión moral. Lo pensé como se piensan los contratos.
Opción primera: entregarlo.
Coger el folio de mi madre, añadirle el cuaderno y la libreta, y llevarlo el lunes a la Junta o dárselo a Lodares el sábado por la tarde, que es más rápido.
Resultado: en quince días cae el padrón.
En seis meses hay expediente. En dos años no hay ayuntamiento, no hay médico dos días, no hay autobús, no hay residencia, y Consuelo saca a once ancianos de Los Almendros y los reparte por la comarca.
Filomena, Gumersindo y Basilisa no, porque esos ya están en el corralillo.
En el mismo paquete van diecinueve familias de este pueblo que llevan años cobrando la pensión de un muerto para pagar el fiado del bar y el gasóleo del tractor.
Van Puri, que tiene cincuenta y cinco años y una plaza a extinguir.
Va Gabino, que tiene setenta y cuatro y una firma en cada receta.
Va Otilia, que tiene ochenta y cuatro y lleva desde el noventa y ocho sin inscribir a su marido porque no fue capaz de escribir su nombre en un libro.
A cambio: yo hago lo que quería mi madre. Y salgo de aquí honrada y con ciento cuarenta euros menos el butano.
Yo he sido pobre. La honradez, a los cuarenta minutos, aburre muchísimo.
Opción segunda: venderlo.
Que es la primera pero cobrando. La declaración voluntaria, el documental, la cifra que me dio Lodares en el escalón del cementerio con los impuestos aparte, y la lápida de mi madre puesta la semana que viene con su nombre y su fecha, a la vista de todos, para siempre.
Y aquí me detuve un rato largo, porque esta era la buena.
Esta era la que resolvía las dos cosas: el dinero y la deuda. Cumplía la voluntad de mi madre, la sacaba de aquel rectángulo de tierra sin nombre y encima me pagaba por hacerlo.
Y solo tenía un defecto, uno, y tardé veinte minutos en verlo.
Que el que paga es el que va a poner el coto.
Es decir: que a mi madre le pondría la lápida con su nombre la misma sociedad que iba a comprar el monte donde ella cogió espliego toda su vida, y que iba a cerrar el consultorio donde la atendió Gabino, y que iba a mandar a Tarancón a las cuatro vecinas suyas que quedan vivas en la calle de la Tercia.
Y aquella mujer, que en su vida escribió una sola palabra grande, había puesto en su denuncia, dos veces, que con ese dinero se paga el médico.
No es que mi madre no quisiera denunciar. Es que quería denunciar sin que se llevaran nada por delante. Y eso, hija, no se puede.
Hay una tercera cosa que también me quité de en medio aquella mañana, y es la más incómoda de escribir.
Que si yo entrego esos papeles, se sabe todo.
Todo incluye lo de mi madre. Y lo de mi madre, contado en un expediente o en un documental, no se cuenta como yo lo estoy contando aquí.
Se cuenta así: que una mujer de setenta y cuatro años murió sola en un pueblo del que su hija llevaba cuatro años sin venir, y que su hija estuvo tres años mandándole audios de cinco minutos sin darse cuenta de que contestaba otra.
Yo he trabajado en la televisión. Sé perfectamente qué parte de esa historia se pone en el minuto uno y con qué música.
En un documental yo no soy la que descubre el fraude. Soy la hija que no vino.
Y eso, señores, no lo paga ninguna fundación.
Opción tercera: quedármelo.
Callarme. Los tres papeles bajo llave. El domingo se vota, gana el muerto, el pueblo sigue igual y yo sigo aquí siendo la que habla con él.
A partir del lunes, en Valdestrella, la única persona que tiene a la vez el cuaderno de los muertos, la contabilidad del alcalde y la voz del alcalde soy yo.
Que es exactamente lo que pensé aquella noche en el bar y no me atreví a terminar la frase.
Lo terminé aquí, en la cocina de mi madre, a las ocho y veinte de la mañana, y la palabra es sencilla y no tiene ningún misterio: mando.
Para que no quede la cosa en que yo me lo guisé todo sola en una cocina, hay que decir una cuarta posibilidad, que existía y que no me planteé ni cinco segundos, y que era la que habría elegido cualquier persona decente.
Enseñárselo a Herminia.
Poner el cuaderno, la libreta y la carta en la mesa del multiservicio, delante de los seis, y decir: esto es lo que hay, decidid vosotros.
No lo hice, y no lo hice por un motivo que no tiene nada de noble y que es puramente profesional. Porque si aquello se decidía entre seis, la que dirigía dejaba de ser yo.
En este oficio hay una regla que no falla nunca, y sirve igual para una orquesta, para un plató y para un pueblo: el que reparte la información manda, y el que la reparte a partes iguales no manda nada.
Elegí la tercera.
Quiero que quede claro que no me costó veinte minutos ni cuarenta: me costó lo que se tarda en decirlo por dentro.
Todo lo anterior, las dos opciones, los pros, los contras, las once viejas de Los Almendros, es lo que una se cuenta para poder mirarse luego.
Yo elegí la tercera desde que salí del cementerio, y probablemente desde antes.
Mi madre quiso denunciar. Yo quería público.
Ganó la familia.
Metí las tres cosas en el fondo del armario del cuarto de delante, debajo de las mantas, que es donde guardaba ella lo suyo, y cerré con la llave que estaba puesta en la cerradura desde 2023.
Aunque antes hice una cosa con la carta.
La saqué del sobre, la desdoblé y le eché una foto con el móvil por las dos caras. Las dos fotos me las mandé a mí misma por correo, a la cuenta que tengo desde 2011 y que sigue funcionando, con el asunto vacío.
No sé todavía por qué lo hice. Se lo he preguntado a la persona que era yo aquella mañana y no me contesta.
Lo que sé es que a partir de aquel momento el papel estaba en dos sitios, y que un papel que está en dos sitios ya no es una herencia: es un seguro.
Y luego me puse a trabajar, que es lo único que sé hacer cuando acabo de hacer algo mal.
A las diez venía una funcionaria de Toledo a contar personas. Yo tenía hora y media.
En la bolsa de tela que me habían dado con las llaves estaba lo demás de mi madre: dos rosarios, un misal, un broche y la mantilla.
La mantilla es negra, de blonda, de tres picos, con el encaje bueno en el borde y una peineta de carey pequeña envuelta aparte en un pañuelo. Se la compró mi padre en el sesenta y nueve, en Albacete, y se la ponía dos veces al año: en la procesión de la Estrella y en el Jueves Santo.
Me la puse delante del espejo del aparador de la cocina.
Y aquí viene lo que hice, que no se lo he contado a nadie.
Me puse la mantilla, me senté en la silla de mi madre, cogí aire y solté el aire antes de hablar, como lo soltaba él.
—A ver. Que aquí lo que hay que decir es la verdad, y la verdad es que este pueblo es el que es. Me explico.
Lo volví a decir. Bajé un poco. Metí el carraspeo de tres cuartos de segundo antes de la parte en la que pedía algo.
—A ver. [carraspeo] Que a mí lo que me preocupa, Consuelo, no es el papel. Es la gente. Y la gente es la que es. Me explico. Ea.
Y luego, ya puestos, hice lo otro.
Puse la voz en el sitio donde la tengo yo cuando trabajo, media octava más abajo y con el aire por delante, y dije la frase de la radio.
—Eleuterio Pastrana ya no está en el plano en el que ustedes lo conocieron.
Después dije, para nadie, en la cocina de mi madre, con su mantilla puesta y su mesa camilla delante:
—Está más presente que nunca.
Estuve así una hora larga.
Y en mitad de aquello me di cuenta de que llevaba veinte minutos sin acordarme de nada de lo de antes, y de que estaba bien.
Eso no lo dice nadie de mi oficio y lo voy a decir yo: cuando una tiene un trabajo bueno entre manos, un trabajo de los que se hacen con la cabeza y con la garganta a la vez, la vida se para.
No es que se te olvide lo tuyo. Es que se te queda fuera, esperando en el pasillo, muy educada, hasta que termines.
Por eso hay tanta gente rota trabajando dieciocho horas. Y por eso, aquel sábado, yo era la mujer más entera de Valdestrella.
No fue teatro, aunque todo lo que yo hago es teatro.
Fue lo que hace cualquiera antes de un bolo: pasar el repertorio.
Yo, en aquella cocina, monté el número entero: la voz de él, la voz mía, la manera de contestar cuando no se puede contestar, las dos o tres frases de repuesto para cuando alguien pregunta algo que no está en la escaleta.
Y en un momento dado levanté la vista al espejo del aparador.
Y estaba mi madre.
Es decir: estaba yo, con cincuenta y ocho años, con la mantilla de blonda puesta y sentada en su silla, en su cocina, con la misma barbilla y con las manos encima de la mesa igual que las ponía ella.
Yo he trabajado veinte años con la cara. Sé perfectamente lo que es un parecido y sé que a partir de los cincuenta y cinco todas las mujeres de una misma familia se parecen. No fue nada sobrenatural. Que quede escrito, otra vez, en el capítulo veintitrés: no fue nada.
Pero me quedé quieta un segundo largo.
En ese segundo pensé una cosa que no era ni de trabajo ni de dinero, y fue esta: que aquella mujer se había pasado tres años sentada exactamente ahí contestando «ya» a los audios de una hija que no venía, y que se murió con un bajo cogido con ocho alfileres y con una denuncia escondida debajo del forro del costurero.
Que yo iba a salir por esa puerta a hacerle la voz al hombre que la enterró sin nombre.
La campana de la iglesia dio las nueve menos cuarto.
Me levanté, me quité la mantilla, la doblé por los tres picos como se dobla y la metí en la bolsa de tela con la peineta envuelta aparte.
Fregué la taza que había en el escurridor, que llevaba tres años allí. La sequé con un paño y la puse en el aparador, con las demás, boca abajo.
Y a la falda del bajo con los ocho alfileres no la toqué.
Podía haberla terminado. Sé coser un bajo: me enseñó ella, en esa misma habitación, cuando yo tenía once años y quería una falda como la de una de la tele. Habría tardado veinte minutos.
No lo hice, y tampoco entonces supe por qué. Ahora creo que sí lo sé, y es una cosa fea: que aquella falda a medias era lo único de aquella casa que no se podía arreglar, y yo llevaba dos días arreglándolo todo.
Cerré las ventanas de abajo, dejé las de arriba abiertas para que siguiera entrando aire, cogí el bolso y salí a la calle de la Tercia.
Eran las nueve menos diez de la mañana del sábado y en la plaza ya estaban colocando las mesas.