22. El costurero
Las persianas las desaté yo desde dentro.
Eso fue lo primero que hice, a las seis menos veinte del sábado, entrar por la puerta con la llave que llevaba dos días en mi bolso, subir al cuarto de delante, abrir la ventana y cortar el alambre con unas tijeras de podar que había en el patio.
El alambre estaba dado dos vueltas y retorcido, del de atar viñas. Se corta bien. Se caen las persianas de golpe y hacen un ruido que en una calle vacía a esa hora se oye entero.
Después bajé y abrí las tres ventanas de abajo, y la puerta del patio, y me quedé de pie en el zaguán a ver qué pasaba.
Lo que pasó fue que entró aire. Y que la casa olía a cerrado, a polvo y a espliego, y en veinte minutos ya solo olía a polvo y a espliego.
Mi madre tenía en el patio un limonero, un poyo de piedra y dos tiestos de esparto vacíos.
En la cocina: la mesa camilla con las faldas puestas en mayo, el brasero eléctrico debajo, dos sillas. Una taza en el escurridor. El calendario de la parroquia de 2023 colgado del clavo.
En el aparador, la vajilla de las fiestas, sin usar, y detrás del cristal, de pie, mis fotos.
Cinco. Yo con quince años en la puerta del colegio.
Yo con la Marabú en Torrevieja. Yo en un plató, en un recorte enmarcado.
Yo el día de mi boda con Poli, con el vestido crema.
Y yo de cría, con dos coletas, en el patio de aquella misma casa, sentada en el poyo.
Ninguna foto de nadie más. Ni de mi padre, que se murió en el ochenta y uno.
Cinco fotos de una hija que venía dos veces al año y luego una y luego ninguna, puestas de pie detrás de un cristal, en un aparador que se limpia todas las semanas.
Yo he estado en casas de clientas que me pagaban por teléfono para hablar de sus hijos. Sé lo que es un aparador así. Lo que no sabía es que el mío estuviera aquí.
En el cuarto de baño, en el vaso, un cepillo de dientes. Uno.
En el dormitorio, la cama hecha. Y en la percha del armario, colgada por fuera, una bata de casa limpia y planchada.
Alguien había hecho aquella cama y había planchado aquella bata después. Eso lo entendí enseguida y no pregunté nunca quién fue, aunque lo sé.
La máquina de coser está en el cuarto de delante, la habitación buena, que es donde tenía el taller. Es una Alfa de las de pedal con la tapa de madera, y encima, extendida, había una labor.
Una falda gris marengo, con el bajo cogido con alfileres.
Ocho alfileres puestos y el resto del bajo suelto. La almohadilla de los alfileres al lado, con la aguja enhebrada en hilo gris clavada en el borde.
Hay cosas que no hace falta explicar y que le explican a una la muerte de otra persona mejor que un certificado. Aquella mujer se levantó de esa silla el 6 de marzo de 2023 pensando que iba a volver a sentarse.
No toqué los alfileres. Sigue igual. Está en el plató, tres meses después, con un foco encima.
El costurero es de mimbre, grande, con tapa y con dos asas, de los que se ponen al lado del sillón. Lo bajé de encima de la máquina y lo abrí en la mesa de la cocina.
Arriba, lo que hay en todos los costureros de este país: carretes, un dedal, un metro de sastre enrollado, botones en una caja de pastillas, una cinta métrica de propaganda de una ferretería de Villar, tijeras, ganchillo.
Debajo de la bandeja de mimbre, una caja de zapatos.
Y dentro de la caja de zapatos, mi carrera entera.
Estaba todo ordenado por años, sujeto con gomas por paquetes.
Recortes de periódico. El anuncio de las fiestas de Torrevieja de 1994 con el nombre de la Orquesta Marabú y, debajo, subrayado a boli: voz solista Macarena Salcedo .
Una página de una revista de 1996 con las fotos de los doce de la preselección, con la mía rodeada.
El programa de mano de la gala. Dos entradas.
Recortes de la comarca: «La cantante Maca de España actuará en las fiestas de Villar». «Éxito de la orquesta en Motilla». Cosas de tres líneas, de esas que se publican en el semanario de la provincia, recortadas con tijera y pegadas en un folio con celo.
Más abajo, en el paquete de los años dos mil, dos hojas de revista de las de televisión con la programación de madrugada de TeleAlcores, con mi programa rodeado a boli. Ocho hojas de esas. De ocho semanas distintas.
Debajo del todo, la última cosa del paquete, un recorte de un anuncio a toda página. El de la línea.
MACA DE ESPAÑA. LA VIDENTE DE LA ESTRELLA. CONSULTAS EN DIRECTO, TODAS LAS MADRUGADAS. Y abajo, con el número, en letra pequeña: Un euro con cuarenta y cinco el minuto desde red fija. Mayores de 18 años.
Mi madre lo había recortado igual que los demás. Con la tijera, siguiendo el borde.
Y al lado del número, en el margen blanco, con su letra, a bolígrafo azul, había escrito dos palabras.
1,45 el minuto. Ladrona.
Estuve un rato con aquel papel en la mano.
Lo que hice fue lo siguiente, y lo cuento porque explica de qué estoy hecha.
Cogí el recorte, lo puse debajo de la luz de la cocina y me quedé mirando la palabra a ver si estaba escrita con rabia o de otra manera. Se nota. La gente escribe distinto según con qué mano le sale la cosa. Y la palabra estaba escrita despacio, con la letra de siempre, sin apretar. Sin rabia.
Después miré la fecha del recorte. Diciembre de 2009.
Después conté los recortes del paquete: la línea del 806 estuvo en antena de 2007 a 2015.
En aquella caja hay veintiséis recortes de esos ocho años.
Veintiséis. Los sigue habiendo de después de la palabra.
Los hay de 2012, de 2013, de 2015. Los recortó, los guardó y los puso con su goma en el paquete que les tocaba.
Es decir: mi madre me llamó ladrona por escrito en diciembre de 2009 y siguió guardando mis anuncios seis años más.
Eso es lo más parecido a mi madre que hay en el mundo, y no está en ninguna foto.
Luego lo volví a poner en su sitio, en el paquete de los dos mil, con su goma, y ordené los paquetes por años, porque estaban casi ordenados pero no del todo, y porque yo, cuando se me viene el mundo encima, ordeno.
En el fondo del costurero, debajo de la caja de zapatos, hay un forro de tela de flores pegado al mimbre. Se levanta por una esquina.
Debajo había cuatro cosas.
Una cartilla de la caja rural. Las escrituras de la casa. Una foto de un hombre joven con un traje de los años setenta, que es mi padre.
Y un folio doblado en cuatro.
Estaba escrito a mano por las dos caras, con bolígrafo azul, con la letra de las q sin u.
Arriba, en el encabezado, ponía:
A la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha. Delegación de Cuenca.
Y debajo:
q yo, Rosario Salcedo Vela, vecina de Valdestrella con DNI…
No lo voy a copiar entero. Y no lo copio por dos motivos, y el segundo es el que importa: primero, porque es de ella; y segundo, porque ese folio no ha llegado nunca a ninguna Junta y todavía hoy no sé si va a llegar, y una cosa que no se ha entregado no se publica.
Diré lo que dice, que es esto: que en el padrón de este pueblo hay personas muertas.
Que ella lo sabe porque en su calle hay tres casas cerradas y en las tres sigue llegando el correo.
Que su vecina Balbina murió en el dieciséis y que ella misma fue a la cámara donde la tuvieron.
Que el alcalde lo sabe y que el secretario lo sabe.
Que ella no quiere perjudicar a nadie y que sabe que con ese dinero se paga el médico.
Y que aun así lo escribe, porque una cosa no quita la otra.
En la última línea, antes de la firma, hay una frase que está escrita con otra letra: más apretada, con la mano más floja, como se escriben las posdatas y las cosas que se piensan después.
q si a mí me pasa algo, a mí me enterráis con papeles.
Se lo enseñó a Torcuato. Torcuato no la apoyó. Y el 6 de marzo de 2023, a las once y media de la noche, se murió sola en su cama y este pueblo la enterró en un rectángulo de tierra sin lápida y sin registrar, que es exactamente lo que ella había pedido que no le hicieran.
Mi madre no escribió aquella frase por miedo a que la mataran. Nadie mata a nadie en Valdestrella. La escribió porque tenía setenta y cuatro años, porque sabía cómo se hacían aquí las cosas y porque quiso dejar dicho, por escrito y a mano, que a ella la quería fuera de la lista.
Y no le hicieron caso.
Aquí tengo que ser exacta, porque es lo único que puedo hacer por ella.
Mi madre no era una heroína. En ese folio no hay una sola palabra grande. No dice justicia, no dice fraude, no dice vergüenza. Dice el nombre de tres calles, dice el nombre de una vecina suya y dice, dos veces, que con ese dinero se paga el médico.
Es un papel de una mujer que sabía perfectamente lo que iba a pasar si lo entregaba y que lo escribió igual, y lo escribió en la mesa camilla de esta cocina, con el brasero puesto, y luego lo dobló en cuatro y lo metió debajo del forro del costurero, y le enseñó una copia a un vecino, y se murió al mes.
Yo llevo doce años cobrando por decirle a la gente lo que quiere oír. Ella se pasó setenta y cuatro años en un pueblo de doscientos cincuenta y tres y una sola vez en su vida escribió lo que nadie quería oír, con las q sin u, y encima pidiendo perdón por dentro.
Somos la misma familia. Que conste en acta.
Me senté en la silla de la cocina con el folio en la mano.
Y entonces aporrearon la puerta.
Fueron tres golpes fuertes, de nudillos y de puerta de calle, y una voz de hombre que gritó desde fuera, desde el medio de la calle, con esa voz que ponen ellos, que se oye en tres manzanas:
—¡BUTANOOO!
Me levanté. Fui hasta la puerta sin soltar el folio y abrí.
Era el del butano, con el mono naranja y una bombona en cada brazo, y detrás, en la esquina, el camión con la lona.
—Buenos días. Vengo a lo de siempre.
—Aquí no hace falta.
El hombre miró la puerta abierta, las ventanas abiertas, la casa ventilándose con el sol todavía bajo.
—¿Aquí ya no vive la señora Rosario?
—No.
—Pues es que yo le traigo la bombona el primer sábado de cada mes desde hace no sé cuántos años.
—¿Y quién se la paga?
—Se paga en el bar —dijo—. Yo dejo la bombona y lo cobro allí.
Nos quedamos los dos en el escalón.
—Déjemela —dije.
—¿Se la dejo?
—Sí.
La bajó del hombro y la puso en el suelo del zaguán, y me dio el albarán y un bolígrafo, y yo firmé con mi firma de siempre, encima de la línea de puntos donde ponía CONFORME.
Y le pagué en efectivo con dos billetes de los ciento cuarenta euros que tenía en el mundo.
—¿Se la apunto en el bar? —dijo.
—No. Que a mi madre no le gustaba deber.
El hombre se quedó un momento con los billetes en la mano.
—Ah —dijo—. Pues nada. Que usted lo pase bien.
Y se fue con el otro brazo cargado.
Cerré la puerta.
Desde el zaguán, con la casa abierta y el aire entrando por todas partes, oí lo que se oye en este pueblo a las siete menos veinte de un sábado de fiestas: el camión del butano arrancando, un perro, la campana dando la media, y muy lejos, por la parte de la plaza, alguien barriendo.
A las diez de aquella mañana venía una señora de Toledo a contar cuántas personas viven en Valdestrella.
Miré el folio que tenía en la mano. Ahí, en dos caras y con las q sin u, estaba escrito absolutamente todo lo que aquella mujer venía a averiguar.
Me quedé de pie, con una bombona de butano pagada en el suelo y en la otra mano la única denuncia que se ha escrito nunca contra este pueblo.
Herencia: una denuncia y un butano.
Firmé el albarán.