La campaña de los difuntos 21. El corralillo
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21. El corralillo

El cementerio de Valdestrella está a ochocientos metros del pueblo, subiendo por el camino que va a la ermita, y tiene una tapia encalada, un ciprés y una verja de hierro que no se cierra con llave porque aquí eso no hace falta.

Llegué a las cuatro y media de la mañana con la linterna del móvil al doce por ciento de batería.

No fui a ver a mi madre. Eso lo digo primero porque es lo que hay: fui a ver un panteón.

Está donde había dicho Ceferino: según se entra, a la derecha, el primero.

Mármol claro, tres escalones, dos columnas y arriba, en letras de bronce que alguien limpia, PASTRANA.

Es del tamaño de la casa en la que yo viví los últimos cuatro años, y lo digo sin exagerar: yo he vivido en cuarenta y un metros cuadrados en Usera y aquel panteón tiene por dentro más de treinta.

La puerta es de hierro con cristales de colores y estaba cerrada.

Empujé sin ganas. Alumbré por el cristal roto de la esquina de abajo, como hay en todos los panteones de España, y vi lo que se ve: un altarcito con una virgen de escayola, dos jarrones con flores de plástico y, en el suelo, una losa de mármol más nueva que las demás, con un asa de hierro.

El osario.

Estuve un rato con la linterna pegada al cristal. Se me apagó dos veces y la volví a encender.

Me fui de allí sin tocar nada, como hace la gente que no sabe todavía si va a ser un delito o una herencia.

El corralillo está detrás, pasada la última calle de nichos, en la parte que se queda a la sombra de la tapia todo el día.

Es un rectángulo de tierra pisada con hierba en los bordes y no tiene nada: ni calles, ni números, ni cruces.

Solo bultos. La tierra sube un poco donde hay alguien y se hunde otra vez a los tres o cuatro años, así que unos se notan mucho y otros son casi llano.

Los conté. Los conté como cuento todo, y me salieron veintitrés, y sé que estaban mal contados porque los últimos ya no se distinguían.

En algunos hay un tiesto. En dos hay una teja puesta de canto. En uno, un frasco de cristal de los de conservas con flores secas dentro.

Y en la fila de la izquierda, la tercera, hay un tiesto de esparto trenzado con esparto seco dentro.

Yo supe cuál era. Y no lo supe por ningún don, que ya llevo veinte capítulos explicando que no tengo ninguno: lo supe porque mi madre trenzaba esparto, porque toda mi vida en aquella casa hubo tiestos de esparto en el patio y porque nadie más en aquel pueblo lo hacía desde que se murió la tía Angelines.

Me quedé de pie delante. No me arrodillé. No la toqué.

Estuve, no sé, cuatro minutos. Puede que menos.

Y no le dije nada, y esto lo escribo aquí porque es lo más raro que me ha pasado en la vida: yo, que me he pasado doce años cobrando por hablar con los muertos ajenos, delante de mi madre no supe qué decir.

Lo único que hice fue una cosa de oficio, que me salió sola y de la que no me siento ni orgullosa ni avergonzada.

Conté los pasos desde la esquina de la tapia hasta el tiesto. Once pasos hacia el este y cuatro hacia el norte.

Los conté porque en aquel rectángulo de tierra no hay nada escrito y porque yo sabía, desde el jueves, que en aquel pueblo las cosas que no están escritas se pueden perder.

La tierra se hunde a los tres años. El esparto se lo lleva el viento.

Y si el año que viene alguien pone otro tiesto en otro sitio, se acabó.

Once y cuatro. Todavía me lo sé.

Me fui a fumar un cigarro que no tenía a la parte de la tapia. Y allí, apoyada, es donde vi la luz.

Era una linterna de móvil, como la mía, moviéndose despacio entre los nichos de la parte nueva. Iba y venía. Se paraba. Subía. Bajaba.

Detrás de la linterna había un hombre con las botas de campo caras andando por un cementerio a las cinco menos cuarto de la mañana.

—Buenas noches —dije, desde la tapia.

Lodares se paró en seco. Tardó dos segundos en reaccionar, que para lo que era, es bastante poco.

—Buenas noches.

—Está usted muy lejos de Villar.

—Y usted muy lejos de Madrid.

Se acercó. Traía el móvil en la mano con una aplicación abierta que no era una linterna: era un plano. El catastro, con las parcelas en amarillo y los números encima.

—¿Está usted midiendo un cementerio?

—Estoy midiendo lo de detrás del cementerio —dijo—. La parcela 90 del polígono 12. Que empieza en esa tapia y llega hasta el Cerro.

—A las cinco de la mañana.

—Es cuando no hay nadie.

Y entonces me miró con la cara de quien acaba de oírse a sí mismo.

—Bueno. Cuando creía que no había nadie.

Nos quedamos los dos en aquel sitio, cada uno con su móvil apagado, y hubo un momento tonto, de esos que en la vida real duran mucho más que en las películas, en que ninguno de los dos supo qué hacer con las manos.

—¿Y usted qué hace aquí? —dijo.

—Yo he venido a ver a mi madre.

Lo dije sin pensarlo y lo dije en presente, y en cuanto lo dije me di cuenta de que era la primera vez que se lo decía a alguien en voz alta.

Lodares miró hacia el corralillo, que desde donde estábamos es un rectángulo negro sin nada.

—¿Ahí?

—Ahí.

—¿Y no tiene lápida?

—No.

—¿Por qué?

Yo, que llevaba tres días construyendo mentiras para todo el mundo, me quedé callada, porque la respuesta a esa pregunta era la única que no me correspondía a mí.

—Eso pregúnteselo al pueblo —dije.

Aquel hombre no era tonto. Era, de hecho, la persona más rápida de toda esta historia, y por eso perdió: porque los rápidos llegan antes a las conclusiones y esperan que los demás lleguen también.

—Su madre está en el padrón —dijo.

No lo preguntó. Lo dijo.

—Sí.

—¿Y usted lo sabe desde cuándo?

—Desde la noche del jueves.

Lodares se guardó el móvil en el bolsillo del pantalón, muy despacio, y luego se pasó la mano por la boca. He visto ese gesto en muchos hombres en un plató cuando les acaban de dar la noticia buena y saben que no se pueden alegrar delante de la cámara.

—¿Y cuántos hay ahí? —dijo, señalando el corralillo con la barbilla.

—Eso pregúnteselo al pueblo también.

—Se lo estoy preguntando a usted.

—Y yo le estoy diciendo que no.

Lodares asintió una vez, despacio, y no volvió a insistir en toda la noche, y esa fue la única cosa elegante que hizo aquel hombre en cinco días: tener delante a la persona que podía darle el número exacto y no pedírselo dos veces.

—Vamos a sentarnos —dijo.

Nos sentamos en el escalón de la puerta del cementerio, que es de piedra y estaba fría, y allí, a las cinco y diez de la mañana del sábado, con la primera claridad saliendo por detrás del Cerro Bermejo, Óscar Lodares me hizo la oferta.

Y fue una oferta buena, y conviene que se entienda, porque si yo cuento aquí que un hombre malo me ofreció una cosa mala, no he contado nada.

—Usted no le debe nada a esta gente —empezó.

—Empiece por el final.

—Muy bien. —Se colocó las manos en las rodillas—.

El domingo yo pierdo. Eso lo sé desde el jueves.

Aquí va a votar todo el mundo lo que ha votado siempre, y encima ahora con el vídeo y con lo de la radio, más.

Yo saco dos concejales y me como cuatro años de oposición en un pueblo donde no me van a saludar en el bar.

—Eso ya lo sabía usted cuando se empadronó.

—Eso lo sabía. Lo que yo no sabía es lo del padrón.

—Usted lo sospechaba.

—Sospechar no vale nada —dijo—. Sospechar es lo que hace la gente en el bar.

Yo el lunes voy a pedir una certificación a la Junta, y si esa certificación sale como creo que va a salir, aquí en seis meses hay un expediente y en dos años no hay ayuntamiento.

Y sin ayuntamiento, el monte se recalifica en pleno de la mancomunidad, que es donde mando yo.

—Vale.

—Pero eso son dos años —dijo—. Y hay una manera de que sean dos semanas.

—Yo.

—Usted.

Y lo puso encima de la mesa, o encima del escalón, con la limpieza de un hombre que se lo había preparado en el coche:

Que yo declarase. Nada de traición ni de escándalo: una declaración voluntaria ante la Junta, por escrito, contando lo que me habían enseñado en la cámara. Con eso no hacía falta ni certificación ni expediente: caía todo en quince días.

Que a cambio, y aquí bajó la voz porque estábamos en un cementerio pero también porque era lo que había que hacer, la sociedad para la que él trabaja tiene una línea de patrocinio de contenidos, y hay un documental sobre despoblación, y en ese documental hay presupuesto, y una historia como la mía —una mujer de la tele que vuelve a su pueblo y descubre que su madre lleva tres años enterrada sin que nadie se lo diga— vale dinero.

Mucho más dinero, dijo, del que yo iba a ver en toda mi vida cobrando en aquel pueblo.

—¿Cuánto?

Aquí es donde se ve quién es quién. Porque un hombre que va de farol te dice «ya lo hablaremos» o «lo que haga falta».

Lodares me dio una cifra.

Me la dio entera, con los impuestos aparte, y me dijo en cuántos pagos y cuándo el primero. Y era una cifra que resolvía mi vida durante dos años, y de esas yo he tenido tres en cincuenta y ocho años y las tres las firmé sin leer.

—¿Y quién paga eso?

—Una fundación.

—¿La de la caza?

—La de la caza tiene una fundación —dijo—. Como todo el mundo.

Que además, y esto lo dijo el último y es lo que casi me convence, mi madre tendría una lápida con su nombre y una fecha, en el cementerio, a la vista de todos, la semana que viene.

Yo estuve a un milímetro.

A un milímetro. Con ciento cuarenta euros en el banco, cincuenta y ocho años, una deuda con Hacienda y una madre enterrada en un montón de tierra con un tiesto de esparto.

Y él lo notó, porque era rápido.

Y entonces, para rematar, cometió el único error que cometió en toda la campaña.

—Y además —dijo—, usted no estaría haciendo nada que su madre no fuera a hacer.

Levanté la cabeza.

—¿Qué?

—Su madre iba a denunciarlo —dijo Lodares—. Ella sola. Hace tres años.

—Eso no lo sabe usted.

—Eso lo sé desde ayer por la mañana. Me lo dijo Torcuato en el olivar. Su madre le enseñó a él un papel escrito, en el año veintitrés, buscando que la apoyara. Y él no la apoyó, y ella se murió al mes, y de eso, según parece, no se ha vuelto a hablar en este pueblo.

Se levantó del escalón y se sacudió el pantalón.

—Su madre al menos tuvo la decencia de querer denunciarlo —dijo—. Piénselo hasta el lunes.

Y se fue por el camino de la ermita hacia donde tenía el coche, con la linterna encendida otra vez.

Yo me quedé sentada en el escalón de piedra del cementerio de Valdestrella con la primera luz saliendo por detrás del Cerro, y no pensé en la oferta, ni en el dinero, ni en el documental, ni en la lápida.

Pensé en una casa cerrada con las persianas atadas por fuera con alambre, en la calle de la Tercia, que estaba a ochocientos metros de allí y de la que yo tenía las llaves desde el jueves por la noche y no había entrado todavía.

Y en un costurero.

Porque si una mujer de setenta y cuatro años de un pueblo de la Mancha escribe un papel para denunciar a su alcalde y se muere al mes, ese papel no está en el ayuntamiento, ni en un juzgado, ni en manos de Torcuato.

Ese papel está en su casa.

Me levanté a las cinco y media y bajé andando.

Salí de Cuenca sin despedirme. Como todo el mundo.