20. Caja Rural
A don Ceferino Baixauli lo llamé a las dos y media de la madrugada desde el fijo del bar, porque el móvil lo tenía sin batería y porque Rufo me abrió la puerta del multiservicio en calzoncillos y sin preguntar nada.
Contestó al cuarto tono, con la voz entera. Ese hombre no dormía.
—Ceferino, soy Macarena. Necesito que venga.
—¿Ahora?
—Ahora.
—¿Es del expediente?
—Es de una libreta.
Hubo un silencio al otro lado. Tres segundos. Los conté, porque los cuento siempre.
—Salgo —dijo.
Llegó en veintidós minutos desde Villar, que son diecisiete kilómetros de carretera de dos carriles con dos curvas malas, así que vino deprisa.
Traía el pijama de rayas debajo del jersey y unos zapatos sin calcetines, y llevaba la carpeta de anillas, porque aquel hombre no ha salido de su casa sin la carpeta de anillas desde 1998.
Nos sentamos en la mesa del rincón del bar, la del mantel de tela, con la persiana echada y una sola luz encendida encima de la barra.
Puse la libreta sobre la mesa.
Ceferino se puso las gafas.
Y aquí tengo que contar una cosa importante, porque es la única vez en toda esta historia en la que yo he visto a alguien mentir mal.
Él abrió la libreta. Pasó la primera página. Y dijo:
—Vaya por Dios.
Con dos segundos de retraso.
Un hombre que ve por primera vez la contabilidad B de su alcalde no dice «vaya por Dios» a los dos segundos. Se calla. Se queda quieto. Pasa cuatro páginas antes de reaccionar. Yo he visto reaccionar a mucha gente delante de una noticia y sé exactamente lo que tarda cada cosa.
—Usted esto ya lo ha visto —dije.
—Yo esto no lo he visto nunca.
—Usted esto ya lo sabía.
Ceferino cerró la libreta un momento, con las dos manos encima, y me miró por encima de las gafas.
—Macarena. Yo compulso. Yo no leo. Y cuando alguien me trae un papel firmado por quien tiene que firmarlo, yo le pongo la diligencia y lo uno al expediente, y no me pregunto de dónde ha salido el dinero de la factura, porque si me lo pregunto no acabo un expediente en la vida y este pueblo se queda sin escuela, sin frontón y sin depuradora.
—Volvió a abrir la libreta—. Salvo error u omisión, esa ha sido mi manera de trabajar veintiséis años. Y me quedan dos.
—Eso no contesta a lo que le he preguntado.
—No —dijo—. No contesta.
Y entonces, sin dejar de mirar la primera página, hizo una cosa que no me esperaba: se levantó, fue hasta la puerta donde había dejado la carpeta de anillas, sacó de dentro un sobre marrón doblado y lo puso encima de la mesa.
Dentro había once folios fotocopiados.
Once folios de aquella misma libreta. Las páginas de los años 2016 a 2021, fotocopiadas, con la esquina un poco torcida como salen las fotocopias que se hacen deprisa.
—¿Y esto?
—Eso lo hice yo hace tres años —dijo Ceferino—. Un martes que él se dejó el cajón abierto y se fue a un entierro a Villar.
—¿Y por qué lo hizo?
—Por si acaso.
—¿Por si acaso qué?
Ceferino se sentó otra vez, muy despacio, y se estiró el jersey por encima del pijama, y en aquel momento parecía exactamente lo que era: un funcionario de sesenta y tres años a dos de jubilarse, a las tres de la mañana, en un bar cerrado, con una fotocopia que llevaba tres años guardando en un sobre marrón.
—Por si un día alguien venía a preguntarme a mí —dijo.
Y ahí, en esa frase, está el hombre entero y está media España.
—¿Y por qué a mí? —dije—. Podía habérselo dado a Herminia. O al cura. O a la Guardia Civil.
—A Herminia no —dijo Ceferino—. Herminia se lo hubiera comido.
—¿Cómo que se lo hubiera comido?
—Que lo hubiera guardado y no hubiera dicho nada nunca.
Y no por él. Por el pueblo, que es peor.
—Se sirvió agua del botijo que Rufo tiene en la barra—.
Y a la Guardia Civil no se le lleva una libreta sin nombres.
A la Guardia Civil se le lleva una denuncia con un delito y una persona, y aquí el delito prescribe la mitad y la persona está muerta.
Y añadió, más bajo:
—Y además, si yo denuncio esto, en el mismo expediente sale el padrón. Y en el padrón salen veintisiete personas, y detrás de las veintisiete salen sus familias, y detrás de las familias salgo yo, que es el que ha ido firmando las certificaciones anuales.
—Usted ha dicho que compulsaba y no leía.
—Y es verdad —dijo—. Pero eso lo entiende usted, que me conoce de tres días. En un juzgado eso no lo entiende nadie.
Estuvimos hora y media con la libreta.
Él la leía y yo preguntaba. Y hay que decir que, en cuanto se dejó de hacer el tonto, aquel hombre leyó aquello como quien lee el periódico deportivo.
—FR es frontón. Aquí, mire: noventa y ocho, noventa y nueve, dos mil. Tres anualidades. La obra la llevó una empresa de Tarancón. —Pasó la página—. Y esta columna de la derecha es lo suyo.
—¿El quince por ciento?
—Quince en obra pública. Aquí, mire, en el dos mil ocho sube a veinte. Eso fue el año del plan aquel del gobierno, el del dinero para los municipios. Ese año subió todo el mundo.
—¿Todo el mundo?
—En esta comarca, todo el mundo.
Lo dijo sin cinismo. Lo dijo como se dice el precio del gasóleo.
—AZ es azafrán —siguió—. El Centro de Interpretación. Fondos europeos, programa de desarrollo rural. Ochocientos y pico mil euros entre subvención y aportación municipal, del catorce al dieciséis.
—Ese edificio está vacío.
—Ese edificio está vacío desde el día que se inauguró —dijo Ceferino—.
Se hizo la obra, se puso la placa, vino el diputado y se cerró la puerta.
Y no es que se malgastara: es que el edificio en sí es el negocio.
En el edificio no tiene que pasar nada. El edificio es donde va el dinero a estar quieto.
Yo he tardado meses en entender aquella frase del todo.
—CIA no sé lo que es —dije, pasando páginas—. Sale desde hace tres años y sube.
Ceferino miró. Se acercó la libreta. Puso el dedo debajo de la sigla y estuvo un rato.
—Ni idea —dijo, y esa vez le creí, porque tardó lo que se tarda de verdad en no saber una cosa.
—¿Es una empresa?
—Puede ser. O una persona con dos nombres. O una finca. Aquí la gente pone lo primero que se le ocurre y luego se acuerda toda la vida. —Pasó dos páginas más—. Lo raro no es la sigla. Lo raro es que en esas líneas la columna de la derecha está vacía.
—¿Y eso qué quiere decir?
—Que en esas no cobraba —dijo Ceferino—. En esas pagaba.
Nos quedamos los dos mirando la página.
—¿Y usted por qué me está enseñando esto? —dije.
—Yo no le estoy enseñando nada —dijo—. Yo estoy leyendo en voz alta en un bar cerrado a las tres de la mañana.
—¿Y TRACT?
—El tractor comunal. Eso es poca cosa. Gasóleo.
—¿Y esto de cuánto estamos hablando, en total?
Ceferino cogió el bolígrafo, se sacó del bolsillo del pijama una calculadora pequeña, de esas planas de propaganda, y estuvo diez minutos.
—Yo no le voy a dar una cifra, porque una cifra dicha a estas horas es una cifra falsa —dijo al final—. Le voy a dar un orden de magnitud. Esto son treinta años. Y esto, en treinta años, es una casa buena en Cuenca capital y dos pisos.
—¿Y dónde está?
—Ahí está la gracia —dijo Ceferino—. Que ese hombre vivía como vivía. Comía en el Avenida, tenía el Renault del dos mil nueve y se compró unos zapatos para el homenaje. Ese dinero no se lo ha gastado.
—¿Y entonces?
—Y entonces está en alguna parte.
Los dos nos quedamos mirando la última página escrita. Febrero. Tres líneas. Y la palabra.
panteón
—¿Eso qué es? —dije.
—Un panteón es un panteón.
—¿Y hay uno?
—Hay el de los Pastrana —dijo Ceferino—. En el cementerio viejo, según se entra a la derecha. Es el más grande que hay. Lo mandó hacer su abuelo en los años cuarenta, con mármol de Macael, y en este pueblo se ha dicho siempre que costó lo que cuatro casas.
—¿Y quién hay dentro?
—El abuelo, el padre, la madre, su mujer y dos hermanos que se murieron de críos. —Se quedó pensando—. Y hay un osario debajo, que eso lo tienen todos los panteones grandes de esta zona. Se abre por una losa que hay en el suelo, dentro.
—¿Y quién tiene la llave?
Ceferino levantó la vista muy despacio.
—Macarena —dijo—, esa pregunta yo no se la he oído.
—¿Y por qué lo apunta en una libreta de dinero?
Ceferino se quitó las gafas y estuvo un rato limpiándolas con el faldón del pijama.
—Macarena, yo tengo dos años para jubilarme.
—Ya me lo ha dicho tres veces esta noche.
—Pues por eso lo digo —dijo—. Porque yo esta libreta no la he visto, y esas once fotocopias no existen, y esta conversación no ha ocurrido.
Y si algún día ocurre, ocurrirá en un sitio donde haya un juez, y allí yo diré lo que sé, que es exactamente lo que le he dicho a usted esta noche y ni una palabra más.
—¿Y mientras tanto?
—Mientras tanto, el domingo hay elecciones —dijo—. Y el lunes hay que abrir el ayuntamiento. Y el martes tengo Valdestrella, y con la que se ha montado en la radio, el martes va a ser un día muy largo.
Recogió los once folios, los volvió a meter en el sobre marrón y me lo dio a mí.
—Tenga.
—¿Y esto por qué me lo da?
—Porque yo llevo tres años guardándolo y no ha servido de nada —dijo—. Y porque usted es la única persona de este pueblo que no tiene nada que perder.
Se levantó, se estiró el jersey y se quedó un momento de pie junto a la mesa, con la carpeta de anillas debajo del brazo.
—Una cosa más, y esta se la digo como consejo y no como secretario. —Se ajustó las gafas—. Ese hombre no era malo.
—Ceferino, por Dios.
—Escúcheme. Ese hombre robaba y ese hombre mantenía esto en pie, y las dos cosas son verdad a la vez y no se anulan.
He visto cuatro municipios en veintiséis años.
En dos de ellos no ha robado nadie, y en esos dos no queda nada.
Ni bar. —Se puso el sobre debajo del brazo un momento y luego me lo volvió a dejar en la mesa, como si se le hubiera olvidado que ya me lo había dado—.
Yo no sé qué es peor. Y llevo veintiséis años pensándolo.
—¿Y ha llegado a alguna conclusión?
—A una —dijo—. Que el que roba se muere y lo que ha robado se queda. Y lo que ha construido, también.
En la puerta, con la mano ya en el picaporte, se volvió una última vez.
—¿Puedo pedirle una cosa?
—Diga.
—Que cuando esto reviente, y esto va a reventar, mi firma no aparezca.
Lo dijo sin dramatismo, con la voz con la que había explicado lo del quince por ciento en obra pública. Un hombre pidiendo lo único que se puede pedir a los sesenta y tres años.
Yo no le contesté que sí. Tampoco le contesté que no. Me quedé con la taza en la mano, mirándolo, y él estuvo tres segundos esperando una respuesta que no llegó, y luego dijo «buenas noches» y abrió la puerta.
Y ahí, en aquel momento, sin que ninguno de los dos lo dijera en voz alta, aquel hombre entendió lo mismo que yo acababa de entender: que la persona que decidía si su firma aparecía o no aparecía ya no era el alcalde de Valdestrella.
Se fue a las cuatro y diez.
Yo me quedé sentada en la mesa del rincón, con la persiana echada, la libreta azul, el sobre marrón, el cuaderno de los veintisiete y una cafetera que Rufo había dejado puesta antes de subirse a dormir.
En la cámara, seis metros hacia allá, detrás de una puerta de aluminio con la manilla de seguridad por dentro, estaba el hombre que había escrito todo aquello.
A mí lo único que se me ocurría pensar, con las tres cosas encima de la mesa, no era ni de justicia ni de dinero.
Era esto: que en tres días yo me había hecho con el cuaderno de los muertos, con la contabilidad del alcalde y con la voz del alcalde.
Que en aquel pueblo ya no había nadie que tuviera las tres cosas.
Y que eso, en cualquier sitio del mundo y en cualquier oficio, tiene un nombre.