La campaña de los difuntos 19. El registro
43%

19. El registro

Pedí las llaves de la casa del alcalde a la una menos cuarto de la madrugada, en la barra del bar, delante de cinco personas, y las pedí con la excusa profesional más antigua que existe.

—Si mañana hay que canalizar en serio, necesito material suyo.

—¿Material? —dijo Consuelo.

—Objetos. Ropa. Fotos. Cosas que haya tocado mucho.

Lo dije con una seriedad que a mí misma me habría dado risa en cualquier otro momento de mi vida. Y funcionó, porque en aquel pueblo, a aquellas horas, después de lo de la radio, yo ya no era la de la tele: era la que hablaba con él.

Herminia me miró tres segundos largos.

—Las llaves las tiene Melchor —dijo.

Y me las dieron.

Ahora conviene que diga la verdad, ya que estamos.

Yo no fui a por material. El material me sobraba: llevaba once horas de audios en el móvil y una imitación clavada en el oído desde aquella misma tarde.

Yo fui a la casa de Eleuterio Pastrana a la una de la madrugada del sábado porque llevaba desde las nueve de la noche con una sola idea metida entre ceja y ceja, y la idea era esta: si en este pueblo hay un cuaderno con veintisiete muertos y un hombre que llevaba veintiocho años administrándolos, tiene que haber más papeles.

No lo hice por justicia. Lo hice por lo mismo que se abre el cajón de la mesilla de alguien que te ha mentido: para saber cuánto.

La casa está en la calle del Pozo, es de dos plantas, con la fachada encalada y un balcón corrido. Entré por la puerta de la calle con la llave grande y encendí la luz del zaguán.

Lo primero que noté fue el olor: cerrado, jabón y algo de puchero de hace tres días.

Ese es el olor exacto de una casa de hombre viudo, y me lo sé porque lo he olido en veinte pisos de gente que me llamaba por teléfono a las tres de la mañana y que luego, cuando fui a cobrar en persona a alguno, resultó vivir así.

En la mesa de la cocina había un plato, un vaso y un cuchillo, boca abajo en el escurridor. Una taza sin fregar. Media barra de pan en una bolsa de tela, dura como una piedra. En la nevera, cuatro yogures caducados el domingo anterior, medio kilo de tomates y un tupper con arroz.

Yo he entrado en muchas casas ajenas. Nunca había entrado en la de un muerto que no sabía que se iba a morir. Es distinto. Una casa de muerto preparado está ordenada. Una casa de muerto de golpe está a medias: hay una vida entera parada en mitad de una frase.

En el salón, la mesa camilla con el brasero eléctrico y encima una carpeta azul con papeles del ayuntamiento, gafas de leer, un bolígrafo de propaganda de la casa de piensos —el mismo, o hermano del que me dio a mí en Madrid— y un plato con dos pastillas.

Encima de la mesa camilla, debajo del cenicero, había un papel doblado en cuatro que resultó ser el guion del pregón. El mío. Los tres folios que me había dado el martes, con la letra grande.

Los había repasado. Tenía cosas subrayadas y en el margen del segundo folio, donde venía lo del frontón, había escrito con su letra gorda: «que salga Casimiro». Y en el tercero, al lado del párrafo de la emigración, una palabra: «Rosario».

Rosario, otra vez.

Aquella tarde en el salón de plenos yo había oído ese nombre en un audio y no había preguntado.

Ahora lo tenía escrito de su puño y letra en el margen de mi propio pregón, y ya sabía por qué estaba: aquel hombre iba a nombrar a mi madre en la plaza el jueves por la noche, delante de doscientas cincuenta y tres personas, tres años después de enterrarla sin decírmelo. Y a mí me hubiera parecido precioso.

Dejé el papel donde estaba y me limpié las manos en la falda, aunque no tenía nada en las manos.

Y en la despensa, que fue la primera sorpresa, ochenta o noventa carpetas.

Ochenta o noventa. Entre las latas de conserva y los botes de tomate, en las baldas de arriba, en cajas de fruta, con las gomas puestas y etiquetadas a mano: ObrAS 2004. AGUA. AUTOBÚS. SUBVENCIONES DIPUTACIÓN. FIESTAS. CEMENTERIO.

El archivo del Ayuntamiento de Valdestrella estaba en la despensa de un hombre de setenta y un años, encima de un paquete de sal gorda.

Estuve una hora larga y no encontré nada, porque no había nada que encontrar en aquellas carpetas: eran lo que decían ser, expedientes municipales aburridísimos, con sus fotocopias y sus sellos, guardados por un hombre que no se fiaba de dejarlos en un edificio que se abre con una llave que tienen cuatro.

Solo dos cosas me llamaron la atención, y las dos por el mismo motivo.

La carpeta que ponía CEMENTERIO tenía dentro cuatro folios y un plano dibujado a mano, con las calles del cementerio numeradas y las tumbas en cuadrículas.

La parte de atrás, la que llaman el corralillo, estaba dibujada también, con sus cuadrículas, y las cuadrículas tenían números pequeños a lápiz. Ni un nombre. Números.

Conté los que tenían número. Eran veintitantos. No los conté bien porque me temblaba un poco la mano y porque supe enseguida que si me ponía a contarlos me iba a poner a buscar uno concreto, y aquella noche no fui a eso.

Doblé el plano y lo dejé donde estaba.

La otra carpeta ponía AZAFRÁN y estaba vacía. Vacía del todo, con las gomas puestas.

Subí.

El dormitorio está al final del pasillo y tiene la puerta pintada de blanco.

La cama estaba deshecha.

Deshecha del jueves por la mañana: la sábana echada hacia un lado, el embozo doblado, la manta a los pies. Y en la almohada, la marca. El hueco redondo que dejan cuarenta años de dormir del mismo lado, con dos pelos blancos y la funda un poco amarilla en el centro.

Me quedé en la puerta con la mano en el marco.

Dos segundos. No más.

Cerré la puerta y no entré, y así estuvo aquella cama hasta el sábado por la tarde, que fue cuando alguien tuvo que entrar por otro motivo.

El despacho es la habitación de al lado y era, con diferencia, la habitación más usada de la casa.

Una mesa de oficina de los años ochenta, con tablero de melamina. Un sillón giratorio con el respaldo hundido. Una estufa de butano. Y en las estanterías, más carpetas, un banderín de un club de fútbol sala, una foto de su boda y otra de un grupo de hombres delante del frontón, en obras, con casco.

Empecé por lo que había ido a buscar de verdad, que era otra cosa, y que no encontré: la dentadura.

Suena a broma y no lo es. Aquella tarde, en la cámara, Nicasio había dicho por lo bajo, muy profesional, que para el traslado —él decía «para el traslado», nunca decía otra cosa— iba a hacer falta la dentadura postiza del señor alcalde, porque sin ella la cara se hunde y se le conoce a un hombre en la boca antes que en los ojos.

Y que la dentadura no estaba en el bolsillo del pantalón, ni en la sacristía, ni en la funeraria.

Así que allí estaba yo, a las dos de la mañana, abriendo los cajones del despacho de un alcalde muerto en busca de unos dientes.

En el primer cajón: bolígrafos, un cortaúñas, sellos de correos, una petaca vacía, pilas.

En el segundo: papeles del coche, recibos del seguro, una libreta de la caja rural de las de cartilla, con los movimientos impresos, normales, de un señor con una pensión y un sueldo de alcalde de pueblo, que son doscientos y pico euros al mes.

En el tercer cajón, que tenía llave y estaba abierto con la llave puesta —eso también dice mucho de la casa y del hombre—, había una caja de puros vacía, un sobre con fotos antiguas y, debajo del todo, forrada con plástico de cocina de ese que se pega, una libreta.

De tapas duras, azul oscura, de las de contabilidad, con el lomo de tela.

El plástico estaba puesto con cuidado, doblado por las esquinas como se forran los libros del colegio. Alguien había dedicado a proteger aquella libreta un rato largo de su vida.

La saqué. Me senté en el sillón giratorio, que se hundió más de lo que yo esperaba, y la abrí.

Ahora tengo que contar lo que entendí y lo que no entendí, y lo que no entendí es casi todo.

Eran columnas. Fechas a la izquierda, en cuatro cifras: 94, 95, 96. Después, unas letras: FR, CIA, AZ, LEADER, TRACT. Después, cantidades. Y a la derecha, otra columna de cantidades más pequeñas, con un porcentaje escrito arriba del todo, en la primera página, subrayado dos veces: 15 %.

Página tras página. Con la letra gorda del alcalde, la misma de las anotaciones al margen del cuaderno de los veintisiete. Sin una sola palabra en toda la libreta. Ni un nombre, ni una explicación, ni un concepto entero: siglas, fechas y números, treinta años.

Yo no sé leer una contabilidad. Yo lo que sé es otra cosa, que es reconocer el género.

He estado casada once años con un hombre que llevaba mis contratos.

Y sé cómo son los papeles de verdad de una persona que hace cosas raras con el dinero: son ordenados.

Son limpios. No tienen tachones. No los guarda en un cajón cerrado con la llave puesta porque los tenga escondidos, sino porque los consulta.

Aquella libreta no era una prueba de nada para un juez. Para mí era la cosa más clara que había visto en tres días.

Hice una cuenta rápida, de las mías, en el reverso de un sobre que había por allí. Cogí una fila cualquiera del año pasado, de las que llevaban las siglas LEADER, y apliqué el quince por ciento de la columna grande. Salían cuatro mil y pico euros.

Cuatro mil y pico euros de una sola línea de un año cualquiera.

Yo, en el mejor mes de mi vida, en el año 2007, con dos programas semanales y la línea a tope, gané tres mil doscientos. Y me duró seis meses. Un hombre que apunta durante treinta años el quince por ciento de algo no está llevando la contabilidad de un pueblo. Está llevando la suya.

En la última página escrita, la de arriba del todo, con fecha de febrero de este año, ponía tres líneas.

En dos de ellas, una palabra que sí era una palabra, la única de toda la libreta, escrita a bolígrafo azul y con las letras separadas, como se escriben las cosas cuando uno está pensando en otra cosa:

panteón

Cerré la libreta.

Me quedé un rato en aquel sillón, con la casa entera crujiendo como crujen las casas viejas de noche, y con la estufa de butano apagada delante y una foto de una boda de 1979 en la estantería.

Y lo que sentí, que también lo voy a escribir, no fue indignación.

Fue alivio.

Alivio de dejar de ser, aquella noche, la única persona sucia de aquel pueblo. Yo llevaba tres días haciéndole la voz a un hombre para robarle unas elecciones a otro y encima empezaba a gustarme, y me estaba costando mirar de frente a Herminia, y a Puri no la miraba directamente desde la cámara.

Y de pronto resulta que el santo tenía libreta.

Estuve un rato pensando en lo que iba a hacer con ella, y lo pensé como se piensan estas cosas, que es no pensándolas: dándoles vueltas a las consecuencias mientras la decisión ya está tomada por debajo.

Podía enseñársela a Herminia. Y Herminia, que llevaba treinta años planchándole las rayas del pantalón, se pondría de un color y luego decidiría, por el pueblo, que aquello se guardaba hasta el lunes. Y del lunes pasaría al martes.

Podía enseñársela a Ceferino. Y Ceferino diría que él compulsa pero no lee.

Podía dársela a Lodares, que era lo único que tenía sentido, y con eso se acababa todo aquello el sábado por la mañana: se acababa el fraude, se acababa la campaña, se acababa la residencia, se acababa el autobús y me iba yo a Madrid en el coche de línea de las siete y cuarto con la conciencia limpia y ciento cuarenta euros.

O podía quedármela.

No he dicho en ningún momento de este capítulo que lo dudara mucho.

Me la metí por dentro de la rebeca, a la altura del pecho, que es donde me he guardado siempre los contratos malos.

Apagué las luces, cerré con la llave grande y salí a la calle del Pozo a las dos y veinte de la mañana.

Hacía fresco. En la parte alta del pueblo, la iglesia tenía luz otra vez.

En el bolso, encima del cuaderno de los veintisiete, llevaba una libreta de tapas azules forrada con plástico de cocina que pesaba lo que pesan los papeles que no son papel.

La dentadura no apareció.