18. El Tránsito
Un silencio de radio dura muchísimo. En televisión, dos segundos de nada son un accidente; en radio, dos segundos son una avería. La gente que escucha se cree que se ha cortado la emisión y mira el aparato.
Yo tenía dos segundos.
Lo primero que hice, como hay que hacer siempre y no lo hace casi nadie, fue no llenarlos.
Los dejé correr. Uno. Y otro.
Uno de los dos era necesario y el otro se lo regalé al público, que es un truco viejo de las noches malas: cuando no sabes qué decir, callas medio segundo más de lo que el otro aguanta, y entonces la sala deja de estar contra ti y se pone a esperar contigo.
Fausti abrió la boca para rescatarme. Le vi coger aire. Y ahí entré.
—El alcalde —dije— no está donde usted lo busca.
Lo dije bajo. Y lo dije despacio, que es la otra mitad del oficio: cuando bajas el volumen en una radio, el que está en la cocina sube el aparato, y una vez que ha subido el aparato ya es tuyo.
—Ah, ¿no? —dijo Lodares.
—No. Y no le voy a mentir a usted ni a la gente que nos está escuchando. Yo hoy no le puedo decir que el alcalde vaya a venir a esta emisora. Ni mañana. Y usted lo sabe, y por eso lo pregunta.
Fue el momento exacto. Lo noté como se nota el peso de una copa cuando está a punto de derramarse.
—Eleuterio Pastrana ya no está en el plano en el que ustedes lo conocieron.
Silencio otra vez. Pero de otra clase. De los que trabajan para ti.
Respiración de radio.
—Está más presente que nunca —dije.
Conviene explicar una cosa, porque si no parezco más lista de lo que soy.
Yo no había preparado eso. Yo no tenía una doctrina, ni un plan, ni una idea. Yo tenía cincuenta y ocho años, ocho folios de Herminia, cuatro horas de haber sabido que mi madre llevaba tres años muerta, y una pregunta encima que no se podía contestar ni con la verdad ni con la mentira.
La verdad era que estaba en una cámara frigorífica. La mentira era que estaba en su casa con un flemón, y esa mentira acababa de romperse en directo, porque una mentira aguanta lo que aguanta el papel donde está escrita y aquel papel estaba clavado en el corcho de un bar, no en la radio.
Así que hice lo único que sé hacer cuando no hay salida por ninguno de los dos sitios, y es lo que llevaba doce años haciendo a las tres de la mañana con señoras que preguntaban por sus muertos: no contestar ni sí ni no, y ponerlo en otro plano.
En mi antiguo trabajo, cuando una mujer preguntaba «¿está bien mi Manolo?», la respuesta no era sí. La respuesta nunca era sí. La respuesta era: «Manolo está donde ya no le duele nada.»
Es exactamente la misma frase. Lo único que cambié fue el nombre.
Funciona por una razón que no tiene nada de mágica y que cualquiera que haya hecho una madrugada de teléfono sabe: porque la gente que pregunta por un muerto no quiere una respuesta. Quiere permiso.
Permiso para seguir hablándole. Permiso para ponerle un plato en Nochebuena. Permiso para contarle cosas en voz alta cuando conduce sola. La señora que llama a las tres de la mañana no está pidiendo que le digas dónde está su marido: está pidiendo que le digas que puede seguir teniéndolo.
Y aquel pueblo llevaba cuarenta y ocho horas sin permiso para nada.
—¿Qué quiere decir eso? —dijo Lodares.
Esa pregunta, la de él, es la que fundó todo lo demás. Porque preguntar qué quiere decir una cosa así es aceptar que quiere decir algo.
—Quiere decir lo que ha oído.
—Yo no he oído nada. He oído una frase de las suyas.
—De las mías —dije—. Efectivamente. Yo llevo veinte años en un oficio del que en esta comarca se ríe mucha gente, y del que se ríe menos la gente cuando se le muere alguien. Yo he acompañado por teléfono a más viudas de esta provincia de las que ha visitado usted en su campaña.
—Eso no contesta a la pregunta.
—Es que la pregunta está mal hecha —dije—. Usted pregunta dónde está. Y las cosas del alma no son de sitio, señor Lodares. Ni son de sí o de no. Usted es muy joven todavía.
Y en el estudio, detrás del cristal, se rio la chica del semanario comarcal.
Se rio ella y se rio Fausti por dentro, que se le vio en los hombros. Y en ese momento se acabó el debate, aunque quedaban once minutos.
Y usé una cosa más, que la usé sin pensarla y que fue la que remató la faena.
Le hice la segunda voz.
—A ver —dije, y solté el aire antes, como lo soltaba él—. Que el pueblo está tranquilo, Óscar, y que aquí lo primero es la gente. Me explico.
No fue una imitación. Fue medio segundo, dicho por encima, como quien tararea el estribillo de otro sin cantarlo. En la comarca, la mitad de los que lo oyeron no supieron qué les había pasado por dentro. La otra mitad sí.
En el bar del pueblo, según me contaron, un hombre dejó el vaso en la barra sin beber.
—¿Me está usted diciendo que el alcalde de Valdestrella está muerto? —dijo Lodares.
—Yo no he dicho eso.
—¿Me está diciendo que está vivo?
—Yo he dicho lo que he dicho.
—Señora Salcedo, esto es una emisora, no una consulta.
—Esto es una radio de comarca a las once menos veinte de la noche, y hay gente escuchando que mañana entierra a alguien —dije—.
A mí me han preguntado por un hombre de setenta y un años que lleva veintiocho años siendo el alcalde de mi pueblo, y yo he contestado lo que puedo contestar: que ya no está en el plano en el que ustedes lo conocieron, y que está más presente que nunca. El que quiera entenderlo, lo entiende.
Aquí viene lo que a mí me sigue pareciendo lo más raro de aquella noche, y llevo meses dándole vueltas.
Que lo entendieron.
No como una mentira, ni como un truco, ni como una salida de una mujer acorralada.
Lo entendieron como se entiende un aviso.
En el bar del pueblo, según me contaron después, cuando dije lo del plano se levantaron dos hombres y uno dijo «ya está», y el otro le mandó callar para seguir oyendo.
Y cuando terminé la frase, en el Bar Avenida se oyó un ruido como el de los penaltis: gente que suelta el aire toda a la vez.
Porque llevaban dos días sabiendo lo que sabían y sin poder decirlo. Y una mujer con una mantilla en el bolso acababa de decirlo por la radio de la comarca sin decirlo.
Aquello, en mi oficio, tiene un nombre técnico y feo que no se dice nunca delante del cliente: se llama dar salida. Cuando una sala está cargada, tú no le quitas la carga. Le abres una puerta pequeña y la sala sale sola, ordenada, dándote las gracias.
Yo aquella noche abrí una puerta que medía cuatro palabras y por ella salió un pueblo entero con sus veintiocho muertos detrás.
En el minuto once de los once que quedaban, Fausti abrió el teléfono para el turno de oyentes, que es una cosa que hace siempre al final y que aquella noche podía haberse ahorrado.
Entró una llamada.
—Onda Záncara, buenas noches, ¿con quién hablamos?
—Buenas noches. Soy Paquita, de Torrubias.
—Diga usted, Paquita.
—Que era para la señora.
—Adelante.
Y Paquita, de Torrubias, provincia de Cuenca, a las once y cuarto de la noche del viernes anterior a las elecciones municipales, con la comarca entera escuchando, preguntó esto:
—Que si me puede dar hora.
Fausti se quedó con la boca abierta.
—¿Hora para qué, señora?
—Para lo del alcalde —dijo Paquita—. Que yo tengo a mi Julián desde el año pasado y quería preguntarle una cosa. Y como ella habla con él…
Yo miré a Lodares. Lodares me miró a mí.
En aquella mirada, que duró lo que dura un rótulo, los dos entendimos exactamente lo mismo, y él lo entendió incluso mejor que yo: que aquello ya no eran unas elecciones municipales.
—Paquita —dije—, mañana hay procesión en Valdestrella. Después de la procesión, si usted quiere, hablamos.
—¿Y voy?
—Vaya usted.
Fausti cortó, puso la sintonía y se quitó los cascos con las dos manos, como se quita uno la ropa mojada.
—Yo esto no sé lo que ha sido —dijo, al aire.
Salimos a la escalera. Lodares bajaba delante con su carpeta y su botella de agua, y en el rellano se paró y se volvió.
—Ha estado bien —dijo.
—Gracias.
—No era un cumplido. —Se colocó la carpeta debajo del brazo—. Le he preguntado dónde está un hombre y usted ha montado una religión en cuatro frases. Eso está bien hecho. Y es de lo peor que he visto hacer en mi vida.
—Usted preguntó.
—Yo pregunté dónde está —dijo—. Y usted ha contestado que está en todas partes. Con eso no se puede ni gobernar ni discutir.
Y se fue escaleras abajo.
En el coche, de vuelta, Melchor conducía y no decía nada, pero llevaba la radio puesta en Onda Záncara, que a esa hora ya ponía música.
A la altura del cruce de Torrubias, Herminia habló por fin desde el asiento de atrás.
—Los muertos —dijo, y se paró.
—¿Qué?
—Nada.
Y luego, dos kilómetros después:
—Que has dicho «en el plano en el que ustedes lo conocieron». No has dicho «lo conocimos». Has dicho «ustedes».
Yo no me había dado cuenta.
—¿Y eso qué más da?
—Que te has puesto fuera —dijo Herminia—. Que has hablado como el que ya está del otro lado.
Entramos en el pueblo a las doce menos veinte. En la plaza había luz en el bar, con la puerta abierta de par en par, y quince o veinte personas de pie en la puerta, esperando.
Cuando el coche paró, se apartaron para dejarme sitio, y un hombre mayor al que yo no había visto en mi vida se quitó la gorra.
Dentro, en la barra, la radio seguía puesta aunque ya solo daba música.
—Ha estado bien —dijo Rufo, y me puso un vino que no le pedí.
—¿Se ha entendido?
—Se ha entendido —dijo—. Aquí lo ha entendido todo el mundo.
Y entonces Casimiro, que es el del agua y el del frontón y el que se levantó a saludar la noche del pregón, dijo desde la mesa del dominó, sin dirigirse a nadie, con la naturalidad del que le pone nombre a una cosa que ya existe:
—Entonces es que está en tránsito.
Y así se dijo por primera vez.
No lo dije yo. Que quede claro en este capítulo y en todos los que vienen: la palabra no es mía. Yo di la vuelta y ellos le pusieron el nombre, que es como se hacen todas las religiones de este mundo.
Al día siguiente lo decía el pueblo entero. A la semana lo decían en Villar. Y dos meses después venía escrito, con esas dos palabras exactas, en un contrato de una productora de Madrid.
Los muertos, desde aquella noche, tuvimos programación.
ONDA ZÁNCARA 98.7 · «LA COMARCA OPINA»
Transcripción parcial · viernes, 22:00 h · bloque 3
FAUSTI ROPERO: …y con esto entramos en el bloque de cierre, que es donde cada candidatura se dirige a los vecinos. Empezamos por Futuro Rural.
ÓSCAR LODARES: Yo tengo una última pregunta, y con esta acabo.
Es para la señora Salcedo y es muy sencilla.
Si el alcalde no puede venir a un debate, y no puede hablar por teléfono, y no puede recibir visitas, y no puede firmar un papel, y en tres días hay unas elecciones en las que él es el candidato…
¿puede alguien decirme dónde está exactamente Eleuterio Pastrana?
[Silencio en antena: 4 segundos.]
OYENTE (en directo, sin identificar): ¡Que venga y lo diga él!
F. ROPERO: Perdón, se nos ha abierto la línea. Cortamos. Señora Salcedo, si quiere contestar.
[Silencio en antena: 2 segundos.]
MACARENA SALCEDO: El alcalde no está donde usted lo busca.
Ó. LODARES: Ah, ¿no?
M. SALCEDO: No. Y no le voy a mentir a usted ni a la gente que nos está escuchando. Yo hoy no le puedo decir que el alcalde vaya a venir a esta emisora. Ni mañana. Y usted lo sabe, y por eso lo pregunta. Eleuterio Pastrana ya no está en el plano en el que ustedes lo conocieron.
[Silencio en antena: 3 segundos.]
M. SALCEDO: Está más presente que nunca.
Ó. LODARES: ¿Qué quiere decir eso?
M. SALCEDO: Quiere decir lo que ha oído.
Ó. LODARES: Yo no he oído nada. He oído una frase de las suyas.
M. SALCEDO: De las mías. Efectivamente. […] Usted pregunta dónde está. Y las cosas del alma no son de sitio, señor Lodares. Ni son de sí o de no. Usted es muy joven todavía.
[Risas en control.]
Ó. LODARES: ¿Me está usted diciendo que el alcalde de Valdestrella está muerto?
M. SALCEDO: Yo no he dicho eso.
Ó. LODARES: ¿Me está diciendo que está vivo?
M. SALCEDO: Yo he dicho lo que he dicho.
F. ROPERO: Vamos a una publicidad y volvemos con el turno de oyentes.
[CUÑA: «Seguros agrarios Záncara. Porque el pedrisco no avisa. Infórmese en su oficina de Villar.»]
[CUÑA: «Orquesta Nuevo Cielo. Contrataciones para verbenas y bodas. Consulte disponibilidad de agosto.»]
F. ROPERO: Volvemos. Tenemos una oyente. Onda Záncara, buenas noches, ¿con quién hablamos?
OYENTE (PAQUITA, TORRUBIAS): Buenas noches. Soy Paquita, de Torrubias. Que era para la señora. Que si me puede dar hora.
F. ROPERO: ¿Hora para qué, señora?
PAQUITA: Para lo del alcalde. Que yo tengo a mi Julián desde el año pasado y quería preguntarle una cosa. Y como ella habla con él…
M. SALCEDO: Paquita, mañana hay procesión en Valdestrella. Después de la procesión, si usted quiere, hablamos.
PAQUITA: ¿Y voy?
M. SALCEDO: Vaya usted.
F. ROPERO: Pues… con esto lo dejamos, que se nos ha ido la hora. Buenas noches a todos y el domingo, a votar.
[Sintonía de cierre.]