La campaña de los difuntos 17. Onda Záncara
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17. Onda Záncara

El estudio son doce metros cuadrados con cuatro micrófonos, una mesa de control de los años noventa y una moqueta gris pegada a la pared con silicona.

El suelo es de tarima flotante y suena. Yo lo comprobé nada más entrar, dando dos pasos con el tacón, y Herminia, que había venido conmigo hasta la puerta de la calle, no dijo nada pero se le movió la boca.

Fausti Ropero lleva veintiséis años haciendo «La comarca opina».

Es un hombre de sesenta y muchos, con jersey de pico y unos cascos gastados por el arco.

Modera con una neutralidad que no es política: es de supervivencia.

En esta comarca, Fausti tiene que ir a la fiesta de todos los pueblos y saludar a las madres de todos los candidatos.

—Aquí no se interrumpe —nos dijo, antes de abrir micros—. Y aquí no se dicen nombres de vecinos. Que luego me llaman a mí.

Lodares llegó cinco minutos antes con una carpeta y una botella de agua propia. Se sentó, se colocó el micro a la altura exacta y probó el pop dando dos golpecitos con la uña. He visto a mucha gente sentarse delante de un micro y esa es la manera de sentarse de alguien que lo ha hecho antes.

—Señora Salcedo.

—Señor Lodares.

—Se le ve entera.

—Me han visto peor.

En la otra habitación, que es donde está la cafetera y el archivo de cintas, había cuatro personas de pie: dos concejales de Villar, el hermano de Fausti y una chica joven con un cuaderno que resultó ser del semanario comarcal.

Yo miré aquello y pensé lo que pensaría cualquiera que haya trabajado en esto: que había más gente detrás del cristal que en la mitad de los platós donde yo he ganado dinero, y que la diferencia entre un sitio grande y un sitio pequeño no es el número de personas, sino cuántas de ellas te conocen la casa.

Fausti abrió a las diez y dos.

Los primeros veinte minutos fueron míos, y lo digo sin presumir, porque no tiene mérito: yo llevaba ocho folios de Herminia y él llevaba un programa.

Empezó con lo del autobús. Dijo que la línea Valdestrella–Villar tenía una ocupación media de tres coma dos viajeros por trayecto y un coste por viajero de dieciocho euros con setenta. Lo dijo con las décimas. La gente que dice las décimas cree que las décimas la protegen.

—Catorce personas —dije yo—. Catorce personas de este pueblo van al médico en ese autobús, y las catorce tienen más de setenta años, y de las catorce, once no conducen.

Usted me ha dado el coste por viajero. Yo le doy los viajeros.

Elija el señor Ropero cuál de los dos números es más barato de decir por la radio.

Fausti hizo lo que hacen todos: dijo «bien, bien» y pasó al siguiente punto.

Hubo un detalle que a mí me dio la medida de la noche. Cuando terminé de decir lo de los catorce, Lodares apuntó algo en su carpeta. No una respuesta: un dato. Apuntó «14» y lo subrayó.

Aquel hombre estaba en un debate de un pueblo de este tamaño tomando notas del argumento de la contraria para usarlo él más adelante, cuando aquello fuera suyo. Y lo hacía delante de mí, sin disimular, porque no se le había pasado por la cabeza que fuera de mala educación.

Con el consultorio igual. Con las fiestas igual: le solté los tres años, dieciocho, veintiuno y veinticuatro, y él no los tenía.

A los veinte minutos me di cuenta de una cosa rara, que es que estaba disfrutando. Llevaba seis años sin trabajar. Aquello era trabajo. Un micro, un contrario, un reloj de pared y un público que no ves.

Lo del Cerro Bermejo lo leí de la media cuartilla, palabra por palabra, sin quitar ni poner:

—El monte del Cerro Bermejo es de titularidad municipal en su mayor parte, con seis particulares en el borde. Para cualquier cambio de uso hace falta acuerdo de pleno. Y para que haya pleno hace falta ayuntamiento. Y mientras haya ayuntamiento en Valdestrella, ese monte no se toca.

Lodares dejó pasar tres segundos.

—Eso lo ha escrito Herminia Requena —dijo.

—Eso lo firma quien lo dice.

—Se le ha notado el cambio de voz —dijo él, muy tranquilo—. Antes hablaba usted. Ahí ha hablado el ayuntamiento.

Primer punto suyo. Y lo apunté, porque a mí, cuando alguien me hace un buen punto, me da gusto aunque me lo haga a mí.

A partir de ahí empezó a apretar y apretó bien.

Dijo que Valdestrella tiene doscientos cincuenta y tres habitantes en el padrón y cero niños en el colegio.

Dijo que hay cuarenta y un contadores de agua con consumo cero desde hace más de dos años.

Dijo que en la última convocatoria de ayudas de la Diputación, el municipio declaró treinta y ocho beneficiarios de más de setenta y cinco años, y que en la residencia hay catorce plazas y once ocupadas.

Todo era verdad.

Eso es lo que hay que entender de aquella noche y de toda esta historia: que aquel hombre no dijo una sola cosa que no fuera verdad, y que yo lo sabía mejor que él, porque yo tenía la lista con los nombres en el bolso.

—¿Adónde quiere ir a parar? —dije.

—A ninguna parte —dijo Lodares—. Yo lo que digo es que este pueblo no está donde dice que está. Y que el que gobierne el domingo va a tener que contarlo. Yo prefiero contarlo antes.

—Contar qué.

—Que somos menos.

—¿Y qué pasa por ser menos?

—Que las cosas cuestan lo que cuestan y las paga alguien —dijo—.

Que un médico dos días a la semana para doscientos cincuenta y tres personas es una cosa, y para doscientas veinte es otra, y para ciento noventa es otra.

Que a mí nadie me ha explicado nunca por qué en este país está mal decir cuánta gente vive en un sitio.

Y ahí, en aquel estudio de doce metros con la moqueta pegada con silicona, un hombre de cuarenta y un años dijo la única frase decente de toda la campaña, y la dijo el que iba a perder:

—Que somos menos, y que llevamos veinte años haciendo cuentas para no decirlo. Y que cuando esto reviente, y va a reventar, no va a reventar por culpa mía. Va a reventar porque los números son los números y porque un pueblo no se sostiene con papeles.

Fausti carraspeó y dijo lo de la publicidad.

[Cuña: piensos y forrajes.]

En la pausa, Lodares bebió agua y me miró.

—No es contra usted.

—Ya lo sé.

—Es contra él.

—Ya lo sé.

Y volvieron los micros.

Fue en el bloque tercero, el de «cierre y mensaje a los vecinos», cuando pasó lo que no estaba en ningún guion.

Lodares dejó los papeles boca abajo y dijo:

—Yo quiero decir una cosa que no tiene que ver con las elecciones.

En el año ochenta y nueve yo tenía nueve años y en las fiestas de Valdestrella tocaba la Orquesta Marabú, y por la tarde, en las pruebas de sonido, yo estaba delante del escenario con otros dos críos, y la cantante nos dejó subir.

A mí me dio un micrófono. Uno cromado, gordo, de los de antes.

Y me dejó decir «hola» por los altavoces de mi pueblo.

Yo me quedé mirando la mesa de control.

—Eso lo hicimos muchas veces —dije.

—Ya. Pero yo solo una.

Y añadió, mirando la mesa:

—Al año siguiente ya no estábamos aquí.

Y ahí fue donde perdió el debate, y no lo supo.

Porque yo lo noté. En este oficio se nota.

Al otro lado de aquel micro, en las cocinas de Villar y en la barra del Avenida, doscientas personas que hasta ese momento estaban oyendo a un candidato con papeles frente a una mujer de fuera acababan de oír algo distinto: que el candidato con papeles era el crío al que la de la orquesta le dejó decir hola.

En un pueblo, el que fue crío es siempre el que fue crío. No se le puede tener miedo. A mí, en cambio, acababan de ponerme en la única categoría en la que no me pueden discutir: la de la mujer que le dejó el micro.

Lodares se dio cuenta a los cinco segundos. Y lo arregló como se arregla eso, que es no arreglándolo, sino pasando al ataque de frente y en frío.

—Y por eso —dijo— me duele especialmente lo que voy a decir ahora. Señora Salcedo, ¿usted cuándo ha visto al alcalde por última vez?

—El jueves.

—¿A qué hora?

—Por la noche.

—¿Dónde?

—En la plaza.

—¿Y desde entonces?

—Desde entonces el alcalde está en su casa, con un proceso agudo, y con un parte médico firmado por el facultativo de este municipio que está clavado en el tablón desde ayer a las nueve de la mañana. Que se lea. Está en la puerta del bar.

—Lo he leído —dijo Lodares—. Dice que no puede hablar.

—Eso dice.

—¿Y no puede saludar?

—No puede recibir visitas.

—¿Y por la ventana? Porque en un vídeo que ha visto medio país sí que saluda por la ventana.

Fausti se movió en la silla. Aquello se estaba yendo del guion de una emisora comarcal.

—Vamos a ver —dije—. Un hombre de setenta y un años…

—Setenta y uno cumplió en febrero, sí.

—…está enfermo en su casa. Usted lleva veinte minutos hablando de contadores de agua y de décimas de viajero, y ahora resulta que lo que le interesa es si un señor mayor puede o no puede asomarse a una ventana.

—Lo que me interesa —dijo Lodares, y bajó la voz, que es lo peor que puede hacer un hombre en una radio— es que este municipio lleva cuarenta y ocho horas sin nadie que firme.

El registro de entrada está cerrado con cinta.

El ayuntamiento no ha abierto en dos días.

Y el viernes por la mañana yo he presentado un escrito y no lo ha recogido nadie.

—El ayuntamiento abre cuando la teniente de alcalde abre.

—El ayuntamiento abre por ley de nueve a dos.

—Aquí no somos tantos como para tener un ordenanza, señor Lodares.

—Aquí no somos tantos —dijo él—. En eso estamos de acuerdo.

Buen punto otra vez. Segundo.

Entonces cometí yo el error de la noche, que fue defenderme con un dato.

—Mire, el ayuntamiento de Valdestrella tiene registradas este año cuarenta y dos entradas y treinta y ocho salidas —dije, que me lo sabía porque estaba en los folios de Herminia—. Que para un municipio de este tamaño es más que Villar en proporción.

—¿Y de esas cuarenta y dos entradas —dijo Lodares, sin mover un músculo—, cuántas se han registrado esta semana?

No lo sabía. No lo sabía porque no había ninguna.

—Eso lo lleva el secretario.

—El secretario viene los martes —dijo él.

Y ahí, en dos frases, aquel hombre acababa de encontrar, sin proponérselo y sin saber lo que tenía en la mano, el hueco por el que se le iba a escapar la victoria el martes siguiente. Lo dijo en antena, delante de la comarca entera, y no volvió a acordarse de esa frase hasta que fue tarde.

Fausti miró el reloj de pared y dijo la frase que dicen los moderadores cuando quieren volver a su casa:

—Bueno, pues yo creo que con esto…

Y Lodares lo cortó. Fue la única vez que interrumpió a alguien en toda la noche.

—Yo tengo una última pregunta, y con esta acabo. Es para la señora Salcedo y es muy sencilla.

—Diga —dijo Fausti, con toda la voz de estar arrepintiéndose.

—Si el alcalde no puede venir a un debate, y no puede hablar por teléfono, y no puede recibir visitas, y no puede firmar un papel, y en tres días hay unas elecciones en las que él es el candidato…

—Se echó hacia delante. La tarima crujió debajo de su silla—.

¿Puede alguien decirme dónde está exactamente Eleuterio Pastrana?

Silencio.

Y no un silencio cualquiera. Aquello era radio en directo, un viernes por la noche, con la comarca entera escuchando y con el bar de mi pueblo en pleno alrededor de un aparato.

Llevo tres mil noches de directo a la espalda. Sé lo que pesa un silencio de radio y sé cuándo un silencio se va a caer del lado malo.

Aquel se estaba cayendo del lado malo.

Encima, en aquel momento exacto, en el hueco de un segundo, se me cruzó por la cabeza una cosa que no tenía nada que ver con la política, ni con el pueblo, ni con la pregunta.

Que yo también sabía dónde estaba mi madre desde hacía cuatro horas.

Y que llevaba tres años sin saberlo.

—¡Que venga y lo diga él! —dijo alguien.

Y no fue Lodares. Fue una voz de oyente, por el teléfono de la emisora, que Fausti había abierto sin querer o queriendo, y que sonó en antena, en toda la comarca, mientras yo tenía la boca abierta y no salía nada.