16. Tres años de ya
Parte III — El Tránsito
✝
ROGAD A DIOS EN CARIDAD POR EL ALMA DEL NIÑO
ÁLVARO CIFUENTES MOYA
que subió al cielo en Valdestrella el 2 de octubre de 2016
a los 11 años de edad
habiendo recibido los Santos Sacramentos, aunque no le hacían ninguna falta
Cursaba sexto. Talló la letra eñe del abecedario de la escuela y fue el último alumno matriculado en este pueblo. El colegio cerró al año siguiente.
Sus desconsolados: sus padres, Ángel y Pilar, que se marcharon; su abuelo Demetrio, que no; y sus dieciséis compañeros de clase, todos ellos mayores que él y ninguno de ellos aquí.
Ruegan una oración por su alma y comunican que el sepelio se celebró con asistencia de todo el pueblo, que es la única vez que este documento puede decir la verdad entera.
D. E. P.
— Pendiente de publicación —
16. Tres años de ya
Subí a mi cuarto a las nueve menos veinte con el bolso, los ocho folios y la media cuartilla del Cerro Bermejo, y me quedaban cincuenta minutos.
Me senté en el borde de la cama de hierro. Puse el móvil a cargar. Y mientras se cargaba abrí el WhatsApp y busqué el contacto que se llama Mamá.
Llevaba tres días en aquel pueblo sin abrirlo.
La conversación empieza en 2016, que es cuando le compré el teléfono. Son ochocientos y pico mensajes en nueve años, que sale a poco más de siete al mes. Yo le escribía los domingos y algún miércoles. Ella contestaba a veces el mismo día y a veces al siguiente.
Escribía así:
q tal
q hoy no e salido
q me a dicho la Balbina lo del programa
q llames cuando puedas macarena
Sin puntos. Sin comas. La q sola, sin la u, porque el aparato le ponía la u y ella la quitaba, y me lo dijo una vez por teléfono: que la u le parecía una pérdida de tiempo.
Me llamaba Macarena. Siempre. Nunca hija, nunca cariño, nunca nada. Macarena, con las cuatro sílabas puestas, igual que cuando me llamaba desde el corral para que entrara a cenar.
Bajé con el dedo. Hay que bajar mucho.
Por el camino van pasando cosas. El día que me dieron el papel del anuncio de la casa de piensos.
El día que se le rompió la lavadora, que fueron once mensajes en dos días.
Una foto que me mandó del corral con el limonero, movida y con el dedo delante.
Un audio suyo de once segundos, de 2019, que es el único audio que ella mandó en su vida y que dice, entero: «A ver si esto se manda. Macarena. Que era para probar.»
Le di al play. Se oía el corral detrás y una gallina.
Le di al play otra vez.
Marzo de 2023. Día 1: q el jueves viene el del butano y no se q hacer con la bombona vieja . Día 3: q me ha dicho gabino q nada q es la tension . Día 5, domingo, a las nueve y cuarto de la noche: q ya vi el video q me mando la nena de amparo. estas mas delgada .
Ese es el último.
El día 6 de marzo de 2023, un lunes, no hay nada.
El día 6 de marzo de 2023 es la fecha que hay escrita, con la letra de imprenta de don Ceferino Baixauli, en la línea veintiséis de un cuaderno de tapas de hule que yo tenía en aquel momento dentro del bolso, encima de la cama, a metro y medio.
El día 7 hay esto:
Que estoy bien, hija. Que me ha visto Gabino y no es nada.
Con la palabra «que» entera. Con el punto al final. Y con la palabra hija.
Lo leí cuatro veces.
Luego bajé el dedo otra vez y fui leyendo.
Que aquí todo sigue igual.
Que no te preocupes por mí, que estoy muy bien atendida.
Que el jueves vino el del butano y ya está la bombona.
Que hace frío pero yo con la estufa estoy bien.
Que me alegro mucho, hija. Que ya me contarás.
Tres años de puntos y de haches.
Puse los dos mensajes juntos en la pantalla, el último q y el primer Que , uno encima del otro, con un dedo tapando la fecha de en medio. Y entre uno y otro cabía un entierro.
Mi madre se murió un lunes por la noche y el martes por la mañana me escribió para decirme que estaba bien.
Seguí subiendo. Hay que subir despacio, porque en esa conversación estoy yo.
Yo le mandaba audios. Los mandaba porque escribir me cansa y porque se habla. Están todos ahí, uno detrás de otro, con su rayita azul y su duración.
4:12
3:47
5:03
2:58
6:21
Le contaba lo de Hacienda. Le contaba lo del piso, en tres audios seguidos de un domingo de octubre, y en uno de ellos, según el reproductor, estuve hablando seis minutos y veintiún segundos.
Le contaba lo del abogado. Le contaba que Poli había vendido la sociedad y que la deuda me la habían dejado a mí.
Le contaba que estaba bien, que era mentira, y que iba a salir de esta, que también.
Y debajo de cada audio de cuatro, de cinco, de seis minutos, hay una línea gris con dos letras.
Ya
Ya
Ya hija
Ya
Los conté. Están en la pantalla, se pueden contar. Del 7 de marzo de 2023 al 11 de febrero de este año, mi madre me contestó doscientas nueve veces, y en ciento sesenta y una de ellas la contestación fue «ya», sola o con una palabra detrás.
Ciento sesenta y una.
Yo he cobrado a un euro con cuarenta y cinco el minuto por escuchar a gente que no conocía de nada.
Ese era el precio y ese era el trabajo. Una señora llamaba a las tres de la mañana, decía cuatro frases, y yo le decía de dónde era, cuántos hijos tenía y qué le pasaba con el mediano.
Y acertaba. No acertaba por ningún don: acertaba porque escuchaba dónde respiraba, qué palabra repetía, qué palabra no decía nunca.
Se llama lectura en frío. Yo he sido, y esto lo digo sin ninguna vanidad porque no hay ninguna vanidad en ello, una de las mejores de este país.
Una vez, en 2011, una señora de Ponferrada me dijo cuatro palabras —«buenas noches, quería preguntar»— y yo le dije que su marido se llamaba Manuel y que había sido de la mina. Las dos cosas eran verdad. Se me puso a llorar y estuvo en línea cuarenta y un minutos.
Lo del marido lo saqué de la edad de la voz y del acento. Lo de Manuel lo saqué de que en aquellos años, en aquella zona, uno de cada cinco hombres de esa edad se llamaba Manuel.
Es un oficio de porcentajes y de oído. Y el oído es lo que se cobra.
En tres años no leí que al otro lado del teléfono había otra mujer.
Otra mujer con otra letra, con otra puntuación, con otro vocabulario. Una mujer que ponía haches. Una mujer que me llamaba hija.
Ni una vez. Ni una sola vez en tres años levanté la cabeza y pensé: aquí pasa algo.
Y hay una cosa peor, y la escribo aquí porque si no la escribo no he escrito nada.
Que no me di cuenta porque no estaba escuchando.
Hay una manera de comprobarlo, que es la que usé aquella noche sentada en la cama con el debate a cuarenta minutos.
Volví a subir por la conversación buscando una sola cosa: una pregunta mía. Una pregunta de esas que se le hacen a una madre. Cómo te encuentras, qué has comido, quién ha ido a verte, te ha subido Balbina, te duele.
En tres años hay cuatro.
Cuatro preguntas en tres años. Y las cuatro están al final de un audio de cinco minutos, dichas deprisa, en el último cuarto, cuando ya había terminado de contar lo mío.
Cuando yo mandaba un audio de seis minutos y veintiún segundos a las once de la noche de un domingo contando lo del piso, yo no estaba hablando con mi madre.
Estaba hablando. Mi madre era el sitio donde yo dejaba las cosas.
Y una mujer que se llama Purificación Mansilla, cartera rural, plaza a extinguir, contestaba «ya» desde su cocina para que aquello siguiera funcionando, y a veces contestaba «ya, hija», y le salía más cariñoso que a la original.
Puse el teléfono boca abajo encima de la colcha.
Estuve un rato así. No sé cuánto. Me acuerdo de que la colcha de picos tiene un dibujo de rombos y de que se me quedaron marcados los rombos en el antebrazo.
Me acuerdo también de que en la cómoda estaba la foto de la hermana de Herminia con el marco de tres euros y medio y la etiqueta despegada, y de que la miré un buen rato sin pensar en nada.
De una cosa más, que es la que me da vergüenza. Que en algún momento de aquellos minutos me acordé de que a las diez tenía un debate y de que no me sabía la parte de las fiestas.
Eso es lo que hay. Una puede estar sentada en el borde de una cama de hierro descubriendo que su madre lleva tres años muerta y que le han estado escribiendo «ya» desde la cocina de la cartera, y a la vez estar repasando por dentro los años en que se repusieron las fiestas. Dieciocho, veintiuno, veinticuatro.
La gente cree que el dolor ocupa a una persona entera. No ocupa. Deja sitio para el trabajo. Es lo único bueno que tiene.
Luego cogí el teléfono otra vez y abrí la información del contacto.
Ahí sale la foto, que es una que le hice yo en 2018 en la puerta de casa, con el delantal puesto y la mano levantada para que no le diera el sol.
Y sale el número, que empieza por 6 y sigue con nueve cifras que me sé de memoria desde hace veinte años.
Nueve cifras que llevaban tres años sonando en el bolsillo de otra persona.
Aquí hay una cosa que no se me ha ido de la cabeza en todos estos meses, y es de dinero, porque yo lo mido todo así y no voy a empezar ahora a disimularlo.
Ese número tiene una tarifa. Todos los números tienen una tarifa. Los que yo cobraba en la centralita eran de los caros: 1,45 el minuto desde red fija, impuestos incluidos, y el que llamaba lo sabía porque lo ponía en pantalla debajo de mi cara, con letra blanca y fondo azul.
Aquellas llamadas eran las más honradas que he hecho en mi vida. El precio estaba escrito. La señora de Ponferrada estuvo cuarenta y un minutos hablando conmigo y sabía perfectamente lo que le iba a costar, y lo pagó, y a mí me consta que volvió a llamar.
En cambio el número de mi madre era gratis. Ese lo marcaba una sin mirar y no ponía nada en pantalla, ni tarifa, ni aviso, ni letra blanca sobre fondo azul.
Y me ha salido carísimo.
Entonces sonó el fijo de la casa.
Se oye desde arriba, porque es de los de pared y está en el hueco de la escalera. Sonó cuatro veces y no lo cogió nadie porque Herminia estaba en el corral.
Bajé yo.
—¿Sí?
—¿Macarena? —Era Ceferino, desde Villar—. Perdona la hora. Una cosa rápida, que mañana no voy a estar y esto hay que dejarlo hablado.
—Dime.
—Lo de la compulsa. —Se oía papel de fondo—.
Verás. Para la verificación de mañana hay que tener a mano el fichero del padrón sellado, y el sello lo tiene que poner el alcalde o persona en quien delegue.
Y como no hay delegación por escrito, yo lo que digo es que se firme una diligencia con fecha de esta semana, y que la firme él.
—Ceferino, él no puede firmar.
—Ya lo sé —dijo Cefe—. Por eso te llamo a ti.
Me quedé mirando la pared del hueco de la escalera, que tiene un calendario de la parroquia con una foto de la Virgen de la Estrella y las fechas de las misas.
—¿Y yo qué pinto?
—Tú vas a estar mañana con la gente. Y a mí me hace falta saber si el criterio es firmar o no firmar. Porque si firmamos, hay un papel más. Y si no firmamos, hay un hueco. Y en un expediente, hija, un hueco se ve más que un papel.
Un hueco se ve más que un papel.
—Que no se firme nada —dije—. Que el sello lo ponga usted en calidad de fedatario y que no aparezca ninguna firma de nadie que no pueda estar mañana en esa plaza.
Hubo un silencio corto al otro lado.
—Eso es exactamente lo que yo iba a hacer —dijo Cefe—. Pero quería que lo dijera alguien más.
—Ya lo he dicho.
—Muy bien. Pues descansa.
Colgué.
Me quedé de pie en el hueco de la escalera, con la mano todavía en el teléfono, y me acordé de que tenía un debate en cuarenta minutos.
Subí. Me lavé la cara. Me la lavé dos veces, la segunda con agua fría, hasta que el agua salió del todo fría, que en esa casa tarda.
Me pinté. Me puse el traje de chaqueta y los zapatos de tacón que hacen ruido en la tarima.
Cogí el bolso, los ocho folios y la media cuartilla del Cerro Bermejo escrita con la letra de Herminia.
Y antes de salir del cuarto abrí otra vez el teléfono, entré en el contacto que se llama Mamá y escribí, sin pensarlo mucho:
Estoy en el pueblo.
Le di a enviar a las nueve y cincuenta y cuatro.
Me quedé mirando la pantalla dos minutos con el bolso colgado del hombro.
El mensaje se puso en gris con dos rayitas.
Y luego las dos rayitas se pusieron azules.