La campaña de los difuntos 15. La víspera
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15. La víspera

El debate de Onda Záncara era el viernes a las diez de la noche, y a las once de la mañana de aquel mismo viernes yo todavía no sabía que existía.

Me enteré por el corcho del bar, como se entera una aquí de todo. Un cartel fotocopiado, con el logotipo de la emisora y una tipografía de las que vienen en los ordenadores:

Modera: Fausti Ropero.

—¿Y quién va? —dije.

—Iba Terio —dijo Herminia.

Nos quedamos las dos mirando el papel.

—Se puede no ir —dije.

—Se puede no ir —dijo ella—. Y mañana en Villar dicen que el alcalde de Valdestrella no fue al debate porque no existe, y el domingo, en la cola de la urna, lo dice alguno en voz alta. Aquí no se pierde por lo que se dice: se pierde por lo que se deja de contestar.

—Yo no soy candidata a alcaldesa.

—Tú eres el número tres —dijo Herminia—. Y el uno está donde está, y el dos soy yo.

—Pues vaya usted.

—Yo no —dijo, y por primera vez en tres días la vi apartar la vista.

No dio ninguna explicación. La explicación me la dio Gabino a la hora de comer, en cuatro palabras: Herminia Requena no ha hablado nunca en público.

En treinta años. Ni en un pleno, ni en un pregón, ni en una boda.

Redacta, organiza, manda, escribe los discursos de otros y se coloca en la última fila.

Y a los sesenta y tres años ya no se aprende.

A las cuatro se convocó a la Cofradía para decidirlo, y fue la reunión más corta de la semana.

—Que vaya Macarena —dijo Rufo.

—Macarena no lleva aquí ni tres días —dijo Consuelo.

—Macarena sale en el cartel —dijo Rufo—. Y en el cartel sale en color.

—¿Y si le preguntan por el alcalde?

—Le van a preguntar por el alcalde —dijo Gabino—. Eso es seguro. Se le contesta el flemón y ya está.

—El flemón lo aguanta el papel —dijo Cefe desde la esquina—. En una radio, un papel no se puede clavar con chinchetas.

Nadie le hizo caso. Y aquella fue la segunda cosa importante que dijo Ceferino Baixauli en toda la semana y que nadie escuchó.

Así que subimos a casa de Herminia a las cinco de la tarde y montamos lo que en televisión se llama un repaso de escaleta y en aquella cocina fue otra cosa.

Ella sacó los papeles.

Y no eran papeles: eran treinta años.

Un archivador azul con las obras desde 1996.

Una carpeta de gomas con los contratos del autobús, los cinco, con las prórrogas grapadas.

Un cuaderno con los apodos y los parentescos de todo el pueblo, escrito con su letra, que empezaba en la letra A y llegaba hasta la V.

Los expedientes del frontón, con las facturas.

Un sobre con las cartas de la Diputación de los últimos cuatro años, ordenadas por fecha y con una anotación a lápiz en la esquina de cada una: «contestada», «sin contestar», «no interesa contestar».

—Empezamos por lo que te van a preguntar —dijo.

Me lo fue dando en cuatro horas. Sin descansos, sin café, sin una sola frase de más.

—El autobús. Contrato del veintiuno, cuatro años, prórroga automática si no se denuncia con seis meses.

Vence en marzo del veintisiete. Lo van a preguntar porque Lodares dice que la línea no es rentable.

La línea no es rentable. Lo que hay que contestar es que la línea la usan catorce personas para ir al médico a Villar y que las catorce tienen más de setenta años.

No se contesta con dinero. Se contesta con los catorce.

—¿Y si me pide los nombres?

—No te los va a pedir. Y si te los pide, se los das, que me los sé.

Anoté. Anoté ocho folios en cuatro horas, con la letra de cuando trabajaba y me daban una escaleta veinte minutos antes de entrar.

A la media hora ya había entendido cómo funcionaba aquella cabeza, que es una cosa que se aprende a ver rápido porque de eso vive uno. Herminia no memorizaba datos. Herminia memorizaba lo que a cada vecino le dolía.

Cuando decía «el autobús», por dentro estaba diciendo: Amparo, la de la casa del olmo, que va a diálisis. Cuando decía «el consultorio», estaba diciendo: los tres de la calle del Pozo que no salen solos. Los papeles del archivador azul eran la copia, y ella era el original.

—¿Y todo esto lo sabía él? —dije en algún momento.

—Él sabía lo que yo le decía por la mañana.

Lo dijo sin rencor y sin orgullo, como se dice el precio de una cosa que se lleva vendiendo treinta años al mismo cliente.

—El consultorio. Dos días, martes y jueves. Lodares va a decir que con la fusión tendríamos médico todos los días en Villar. Es verdad. Lo que hay que decir es que Villar está a quince kilómetros y aquí no conduce nadie que tenga más de ochenta.

—El colegio. Cerrado en el diecisiete. No lo saques tú. Si lo saca él, dices que es la herida y que por eso hay que pelear lo demás.

—El agua. Anoche se arregló. Si lo saca, dices que se arregló en dos horas, que es verdad.

—Las fiestas. Se las han recortado tres veces y las tres las repuso él. Si lo saca, di los años: dieciocho, veintiuno, veinticuatro.

—La residencia. Catorce camas. No digas nunca «catorce camas». Di «Los Almendros». Aquí la gente no manda a su madre a un centro de catorce plazas: la manda a Los Almendros, que está a doscientos metros y se ve el campanario desde la ventana.

—El Cerro Bermejo. —Aquí paró y me miró—. Aquí no improvises. Aquí lees lo que yo te apunte, palabra por palabra.

—¿Por qué?

—Porque de eso sabe él más que nosotras.

—¿Y qué sabe?

—Que el monte, sin ayuntamiento, no se puede recalificar —dijo—. Y que ayuntamiento, mientras haya siete concejales, hay.

Volví a mirar los ocho folios que llevaba escritos y por primera vez desde el miércoles se me juntaron las dos cosas en la cabeza: el padrón y el monte. Los veintisiete muertos no eran solo pensiones y bonos de autobús. Eran los dos concejales que impedían que aquello se pudiera vender.

—Herminia. ¿Ellos saben lo del padrón?

—Ellos sospechan lo del padrón desde hace cuatro años —dijo—. Lo que no saben es contarlo.

A las nueve menos cuarto de la noche yo tenía el pueblo entero en ocho folios y una idea muy clara de que aquella mujer llevaba treinta años haciendo el trabajo y que el trabajo era, técnicamente, impecable.

—Herminia.

—Qué.

—Esto lo tendría que decir usted.

—Ya —dijo.

Y siguió pasando papeles.

Lo otro pasó a las nueve y veinte, cuando ya estábamos con lo del tono.

Yo le estaba explicando cómo se contesta en radio a una pregunta que no quieres contestar, que es una cosa que no consiste en escaparse sino en contestar otra pregunta parecida y más fácil, y le puse un ejemplo con la voz de Terio, porque llevaba dos días con aquella voz metida en el oído y porque estaba presumiendo.

—Mira —dije—: «A ver. Que eso del contrato lo miramos, pero lo primero es la gente. Me explico.»

Herminia se rio. Fue la primera vez que la oí reírse.

—Eso no lo dice así —dijo.

—¿Cómo que no?

—Que no. Que el «a ver» lo mete más adelante. Él primero suelta el aire.

Y entonces, con los papeles todavía en la mano y sin levantarse de la silla, Herminia Requena hizo esto:

— [carraspeo] A ver... eso del contrato lo miramos, Óscar, si tú quieres lo miramos, pero es que aquí lo primero es la gente. Y la gente es la que es. Me explico. Ea.

Clavado.

No parecido. No imitado. Clavado: la respiración antes de la frase, la pausa de dos segundos en mitad, el carraspeo puesto exactamente donde iba a pedir algo, la manera de decir el nombre del otro para ablandarlo.

Estaba el hombre entero en aquella cocina, en la boca de una mujer de sesenta y tres años con un archivador azul en las rodillas.

Se me pusieron los pelos de punta y no lo digo como se dice: se me pusieron.

Nos quedamos calladas.

Duró tres segundos, cuatro. En esos segundos cabía todo lo que aquella mujer y yo íbamos a decirnos en los cinco meses siguientes y que no nos dijimos nunca: que ella podía hacerlo mejor que yo, que ella lo había oído treinta años y yo dos días, que ella conocía a aquel hombre desde que los dos tenían veinte años y sabía cómo pedía las cosas, cómo mentía y cómo se callaba.

Que jamás, en toda su vida, iba a ponerse delante de un micrófono a hacerlo.

Herminia bajó la vista a los papeles.

—El Cerro Bermejo —dijo—. Toma. Esto tal cual.

Y me pasó media cuartilla escrita a mano.

Yo la cogí y no dije nada de lo otro, porque hay cosas que si las dices en voz alta le quitas a alguien lo poco que tiene, y aquella mujer tenía dos cosas: que mandaba en un pueblo como este y que nadie sabía que era buena en algo.

A las nueve y cuarenta me fui a arreglarme.

Me puse el traje de chaqueta negro y unos zapatos de tacón. Ella me miró desde la puerta del cuarto.

—Vas a la radio —dijo—. Que no te ve nadie.

—Ya lo sé.

—Pues entonces.

—Herminia, en radio se oye todo —dije—. Se oye si estás sentada o de pie. Se oye si llevas tacón, porque el suelo del estudio es de tarima y el tacón hace ruido cuando te mueves, y cuando el otro te está atacando, tú te mueves. Y ese ruido, al que escucha en el bar, le dice que tú estás entera.

Herminia se quedó un momento en el marco de la puerta.

—Nadie sabe eso —dijo.

—Lo sabe la gente que ha trabajado.

Y ahí, aquella noche, en el pasillo de su casa, aquella mujer y yo firmamos sin decirlo el único acuerdo verdadero de toda esta historia: que las dos éramos profesionales de algo que en aquel pueblo no valía nada.

—Una cosa más —dijo, cuando yo ya tenía el bolso en la mano—. Si en algún momento te preguntan por tu madre, no contestes.

Me paré en seco.

—¿Y por qué me iban a preguntar por mi madre?

—Porque eres la hija predilecta y en el pueblo hay gente que habla —dijo—. Y porque a Fausti le gustan las cosas bonitas para el cierre.

—¿Y qué contesto?

—Que no contestes —dijo Herminia—. Que digas que eso es tuyo.

Se metió en la cocina a recoger los papeles, y desde el pasillo la oí ordenarlos por fechas, uno detrás de otro, con ese ruido de folios que llevaba treinta años haciendo para otro.

Antes de salir me dio un consejo más, y ese sí me lo dio con la cara de siempre.

—Y no te pongas colonia.

—¿Por?

—Que en la radio huele —dijo—. Y Fausti tiene el estudio muy pequeño y luego se marea y lo paga contigo en el cierre.

Salimos a la calle un cuarto de hora después. Hacía fresco y olía a la humedad de las cuadras. Al fondo, en la parte alta, se veía luz en la iglesia otra vez, y una figura pequeña con una bolsa cruzando la plaza en dirección contraria a la nuestra.

Sagrario iba calle arriba, sin prisa, hacia la casa del cura.

Yo la vi. Herminia también la vio.

—Esa mujer va a dar la lata —dijo Herminia.

—Esa mujer va a hacer lo que crea.

—Es lo mismo.

Nos subimos al coche de Melchor, que nos llevaba a Villar porque en Valdestrella el único coche disponible aquella noche era el Land Rover de un muerto y no era plan.

Y mientras salíamos del pueblo por la carretera de arriba, con los faros dando en los ribazos, Herminia me dijo la última cosa de la noche, mirando por la ventanilla:

—A un muerto no se le imita.

—¿No?

—No —dijo—. A un muerto se le hace la segunda voz. Que es distinto. Imitar es ponerse delante. La segunda voz va detrás y no se nota, y cuando se quita, la gente cree que se ha estropeado la canción.

Yo llevaba veintiocho años cantando en orquestas y doce en la televisión, y jamás nadie me había explicado mi propio oficio con esa exactitud.

Me lo estaba explicando la teniente de alcalde de Valdestrella, provincia de Cuenca, en el asiento de atrás de un Seat con el freno de mano flojo, camino de una emisora comarcal, a las diez menos cuarto de la noche del último viernes en que aquel pueblo pudo haberse salvado contando la verdad.