14. Acta primera
El agua se fue el viernes a las siete y cuarto de la tarde.
No del todo: primero bajó la presión, luego los grifos empezaron a escupir aire y a las siete y media no salía nada en la parte alta del pueblo, que es la de la iglesia, la residencia y catorce casas.
Con una verificación del padrón a la mañana siguiente y diecinueve casas que había que abrir y ventilar aquella noche, el agua eligió su momento con una puntería que no tuvo ningún ser humano en toda la semana.
Casimiro subió al depósito con la llave inglesa y bajó al cuarto de hora.
—Hay que cerrar la de arriba y abrir la del ramal viejo —dijo—. Y la llave de la de arriba no está donde estaba.
—¿Y dónde está?
—Eso es lo que digo.
El depósito de Valdestrella tiene tres llaves de paso. Una está a la vista, en la arqueta de la carretera. Otra está en el propio depósito. Y la tercera, la que gobierna el ramal viejo que abastece la parte alta, la cambiaron de sitio hace once años, en unas obras, y desde entonces está donde está.
Y dónde está lo sabía una persona.
—Pues llamamos a la empresa —dijo Consuelo.
—La empresa es de Villar —dijo Rufo.
Y esa frase cerró el debate, porque llamar a Villar aquella noche era como pedirle fuego al que te está mirando la casa.
Nos juntamos en el salón de plenos otra vez, ya de noche, catorce o quince personas, más de las que hacían falta, porque en un pueblo cuando falta el agua sale todo el mundo.
Se probó lo evidente: mirar en el archivo del ayuntamiento (no había nada), llamar al técnico que hizo las obras (jubilado, en Alicante, no contestó), mirar en la memoria de las obras (la memoria de las obras existía, con planos, y en los planos la llave estaba en un sitio donde Casimiro ya había mirado).
Mientras tanto, en la parte alta, la residencia llevaba dos horas sin agua con once ancianos dentro.
Consuelo llamó tres veces desde el pasillo, cada vez más seca.
La tercera dijo, sin bajar la voz, que si a las diez no había agua tenía que dar parte, y que dar parte significaba llamar al servicio de inspección de centros, y que el servicio de inspección de centros iba a preguntar por el número de residentes.
Eso fue lo que puso a todo el mundo de pie. No la sed: el impreso.
A las nueve menos veinte, con el pueblo entero sin agua en la parte de arriba, Consuelo dijo, medio en broma y medio no:
—Pues habrá que preguntárselo a él.
Se rieron cuatro. Dos no. Y yo no me reí porque yo llevaba doce años cobrando por eso.
—¿Con qué? —dije.
Se giraron todos.
—¿Cómo que con qué?
—Que con qué se le pregunta —dije—. Porque si esto se hace, se hace en condiciones. Yo no me pongo a mover un vaso encima de una mesa como una cría en un campamento.
Y ahí, por primera vez desde que llegué a aquel pueblo, tuve la sensación exacta de estar en mi puesto de trabajo.
—Macarena —dijo Herminia, muy bajo, apartándome un paso—. Aquí hay gente mayor.
—Ya lo veo.
—Que aquí hay gente que se lo va a creer.
—Herminia, aquí hay gente que lleva veinte días diciendo que un hombre tiene un flemón —dije—. Lo de creerse cosas lo tenéis muy trabajado.
Me miró como se mira a alguien a quien acabas de meter en tu casa y empiezas a sospechar que va a redecorar.
—Hazlo corto —dijo.
Se trajo el abecedario de la escuela.
Está en el trastero de detrás del salón de plenos, en la misma caja donde estaba el micro, y es un tablero de madera de cincuenta por setenta con las letras talladas y pintadas de negro, hecho a mano en los años noventa por el maestro y los alumnos para aprender a leer.
Cada letra está en un cuadrado y cada cuadrado lo talló un niño distinto: por detrás, en la mayoría, hay unas iniciales a lápiz.
Lo sacó Melchor y lo puso en la mesa presidencial, encima del faldón verde.
—Cuidado con la eñe —dijo alguien, de pasada—, que está suelta.
Yo la cogí. La eñe se salía del cuadrado, hecha con menos oficio que las demás, con la virgulilla torcida y demasiado grande.
—Esa la talló el chico de los Cifuentes —dijo Consuelo.
Nadie añadió nada más, ni yo pregunté, porque en aquel momento estaba con lo mío y porque en aquel pueblo, cuando se decía un nombre y todo el mundo se callaba, yo ya había aprendido a no meter el dedo.
La coloqué en su sitio, apretándola con el pulgar hasta que encajó.
De planchette usamos un cenicero de cristal de los de Cinzano, boca abajo, que Rufo trajo del bar. Los ceniceros de esos son perfectos: pesan lo justo, se deslizan y no se enganchan.
Cefe, que llevaba veinte minutos mirando aquello desde la puerta con la carpeta bajo el brazo, hizo lo que hace un secretario-interventor cuando ve que en el salón de plenos de un ayuntamiento se va a tomar una decisión sobre una infraestructura municipal.
Se sentó en su sitio, sacó una hoja con membrete y desenroscó el capuchón.
—¿Quiénes asisten? —dijo.
—Ceferino, no me jodas —dijo Rufo.
—Si se hace, se hace con acta —dijo Cefe—. Yo no voy a discutir lo que se hace aquí. Yo lo que no voy a permitir es que mañana no conste.
Así se levantó la primera acta de la sesión ordinaria de comunicación con el señor alcalde, que es un documento que existe, que está numerado correlativo al libro de plenos del Ayuntamiento de Valdestrella y que yo he visto con mis ojos.
Nos sentamos seis alrededor de la mesa presidencial. Los demás se quedaron de pie, contra la pared del fondo, y allí dentro se instaló el silencio de las cosas serias, que no es el de las cosas raras, aunque se le parezca.
Yo me puse la mantilla de mi madre.
Me la habían dado aquella misma tarde, con las llaves de la casa, en una bolsa de tela con dos cosas más.
Es una mantilla negra de blonda, de las de tres picos, y huele a naftalina y a otra cosa que no sé nombrar.
No me la puse por teatro. Es decir: sí me la puse por teatro, porque todo lo que hago es teatro, pero también me la puse porque cuando una va a hacer un trabajo se pone la ropa del trabajo, y aquella era la primera vez en seis años que yo tenía un trabajo.
—Vamos a hacerlo bien —dije—. Nadie habla. Nadie empuja. Si alguien nota que otro empuja, se calla y me lo dice al final.
—¿Y si no contesta? —dijo Consuelo.
—Contesta.
Elegí yo a los cinco, y los elegí por lo mismo que se eligen los coristas: por el volumen.
Herminia, porque manda y porque si no está ella la sala mira a la puerta.
Rufo, porque tiene manos grandes y las manos grandes tranquilizan.
Consuelo, porque estaba nerviosa y a los nerviosos hay que darles algo que sujetar.
Melchor, porque era el más incrédulo de la sala y a los incrédulos hay que sentarlos delante.
Y Casimiro, porque era el que sabía del agua.
A Puri no la senté. Puri estaba en la pared del fondo, mirándose las manos, y a la gente que carga con una culpa no se le pone un cenicero debajo de los dedos: se le pone al lado del interruptor.
Puse los dedos en el cenicero. Los otros cinco pusieron los suyos.
Ahora tengo que explicar una cosa técnica, porque si no, esto no se entiende.
Yo no creo en nada. Que quede escrito aquí, en el capítulo catorce, para que nadie se llame a engaño más adelante: yo no he creído nunca en nada de lo que he vendido. Ni en las cartas, ni en las líneas de la mano, ni en los espíritus, ni en las llamadas de las tres de la mañana.
Una güija se mueve sola. Eso también es verdad, y no tiene nada de misterio: se llama efecto ideomotor y lo puede leer cualquiera.
Seis personas con los dedos apoyados en un objeto, esperando que se mueva, lo mueven.
No lo empuja nadie a propósito. Lo empujan todos un poquito sin querer, y el objeto va adonde la mayoría espera que vaya.
Mi trabajo, aquella noche, no era mover el cenicero. Mi trabajo era saber qué esperaba aquella gente.
Sabía lo que esperaban, porque llevaba dos horas oyéndolos.
Casimiro había dicho tres veces «esto lo sabrá alguno del pueblo».
Melchor había dicho que las obras del catorce las llevó gente de aquí.
Y Rufo llevaba una hora sin decir absolutamente nada, que en un hombre que habla en precios es la información más ruidosa que existe.
Lo demás es aritmética de dedos.
—Señor alcalde —dije—. Buenas noches. Perdone que le molestemos.
Nadie se rio. Ese fue el momento en el que entendí que aquello iba a funcionar.
—Aquí hay catorce casas sin agua. La llave del ramal viejo la cambiaron ustedes de sitio en las obras del catorce. Necesitamos saber dónde está.
El cenicero se movió a los once segundos.
Salió despacio hacia la derecha, se paró, y luego fue letra por letra, con dos paradas largas en medio, y Cefe iba cantando en alto lo que señalaba y anotándolo:
—Erre. U. Efe. O.
Un murmullo en la pared del fondo. Alguien, desde atrás, preguntó lo que iba a preguntarse en este pueblo durante los veinte días siguientes, y lo preguntó aquella noche por primera vez, sin darle ninguna importancia:
—¿Qué dice el alcalde?
—Espere usted, hombre —dijo Cefe, sin levantar la vista del acta—. Que está deletreando.
—Ele. O. Ese. A. Be. E.
Y se paró.
RUFO LO SABE.
Catorce personas se volvieron a la vez hacia el hombre del multiservicio, que estaba de pie contra la pared, con el mono de trabajo y los brazos cruzados.
Rufo descruzó los brazos.
—Está detrás del contador del frontón —dijo—. Debajo de la tapa de chapa. La cambiaron ahí porque en la arqueta de arriba se llenaba de agua y no se podía maniobrar.
Hubo tres segundos de nada.
—¿Y tú eso lo sabías? —dijo Herminia.
—Yo eso lo sabía desde el catorce —dijo Rufo—. Es que nadie me lo había preguntado.
—¡Llevamos hora y media, Rufino!
—Haber empezado por ahí —dijo Rufo, y se fue a por la llave inglesa.
A las diez menos cuarto el agua volvió a subir a la parte alta del pueblo con un golpe de ariete que sonó en todas las tuberías a la vez, un ruido hondo, de casa vieja, que se oyó en la calle.
Y catorce personas en un salón de plenos aplaudieron.
Eso es lo que pasó. Lo cuento tal cual, sin adornos, para que quede claro cómo empieza esta clase de cosas: no empieza con nadie creyendo en fantasmas. Empieza con una avería.
Y con una segunda cosa, que es la que de verdad importa y que aquella noche solo vi yo, porque para verla hay que haber trabajado en esto.
Cuando el cenicero empezó a moverse, nadie miró el cenicero. Miraron a la puerta, al techo, al retrato del rey. Un hombre de sesenta años se quitó la gorra. Consuelo cerró los ojos.
Aquella gente llevaba veinticuatro horas sin poder llorar a un vecino que llevaba veintiocho años mandándoles, sin poder decir su nombre en voz alta, sin velatorio, sin misa y sin ponerse la ropa negra. Y de pronto alguien puso una mesa en el centro de la sala y dijo «señor alcalde, buenas noches».
Yo creía que estaba montando un número.
Estaba abriendo un tanatorio.
Cefe levantó el acta, la leyó en alto —«...formulada la pregunta, el canal procede; la planchette señala, por su orden, las letras...»— y en el punto de acuerdos escribió: «Reparación del ramal alto. Se localiza la llave conforme a lo indicado. Se ejecuta por D. Rufino Peinado en la misma noche.»
La numeró. La firmó él. Y me la pasó para que yo firmara debajo, donde ponía «visto bueno del canal».
Firmé con la raya que se cae hacia la derecha, como firmo siempre.
Cuando levanté la cabeza vi a Sagrario en el vano de la puerta, con la bolsa de las flores en la mano, mirando la mesa presidencial: el abecedario de los niños, el cenicero de Cinzano, la mantilla de mi madre, catorce vecinos aplaudiendo y el secretario del ayuntamiento poniéndole número de registro.
Se santiguó. Despacio, entera, sin quitar los ojos de la mesa.
No dijo nada. No me señaló. No hizo el numerito que hubiera hecho cualquiera de las mujeres que yo he tratado en veinte años de televisión de madrugada.
Dio media vuelta y se fue calle arriba, hacia la casa del cura, con la bolsa de las flores en la mano, andando deprisa.
Yo, que estaba muy contenta y con la mantilla puesta y con catorce personas dándome las gracias, la vi irse por la ventana y pensé una cosa que apunté aquella noche en el margen del cuaderno de los veintisiete, porque me pareció importante y no supe por qué:
La única que se lo ha creído es la única que no me aplaude.